mayo 2022 - VI Año

LETRAS

Regreso a Lisboa (Saramago versus Ricardo Reis)

2022 – Centenario del nacimiento de José Saramago

Fotomontaje Casa Fernando Pessoa (Lisboa)

En clave de sátira, Saramago relata la vida de Ricardo Reis en un corto periodo de tiempo y, desde el propio título de su novela, establece un deseo de priorizar los acontecimientos en torno al personaje mientras desarrolla su recorrido sentimental. Parece que el propio Saramago, aun conociendo la poesía de Reis, no se emociona con la recreación del mismo. Se le ve incómodo cuando inventa una personalidad que, de antemano, le resulta incompatible con su propio sesgo ideológico y, con toda seguridad, con su forma de entender la vida. Esta actitud, abiertamente manifiesta, puede tener el efecto de crear en el lector un sentimiento de compasión sobre Ricardo Reis: poeta. Lo único que es. Ahora, aprendiz de hombre en un nuevo contexto de ficción.

Duele la evidencia al saber de la muerte anticipada de aquellos que viven en las novelas. Quizá no sepamos cómo termina la novela, pero sí sabemos que morirán. Nosotros, lectores insaciables de vidas ajenas, podemos demorarlo mirando hacia otro lado, levantándonos de nuestro cómodo sillón, sabiendo las páginas que quedan para confirmarse el hecho definitivo de esos personajes que, como si vivieran en pisos de alquiler, esperaran el inevitable momento para ser desahuciados. Y qué quedará en nosotros cuando concluya esta experiencia que ha llenado nuestro ánimo. No más que la sensación dejada por la imagen de una flor que se marchita o esas voces que se han quedado en nuestra mente, sin sonido, pero igual de ciertas que las escuchadas en la vida real y, sobre todo, ese final ya sabido que seguramente olvidaremos.

Un barco entra en el puerto de Lisboa. En él llega Ricardo Reis desde Río de Janeiro (Brasil). Monárquico y exiliado durante dieciséis años. Finales de 1935. Saramago escribe: «(…) es la ciudad silenciosa lo que los asusta (a los viajeros) quizá ha muerto la gente que en ella había y la lluvia cae solo para diluir en barro lo que aún quedaba en pie.»(*) No parece el mejor recibimiento para este médico al que definió el mismo Pessoa como poeta «de la disciplina mental». Desde la barandilla del barco, aferrado a su paganismo, a su decadencia, queriendo ser al mismo tiempo epicúreo y estoico, pero sin el compromiso de integrarse en una civilización donde los hombres crean todo lo que verdaderamente subsiste. Rodeado de vulgaridad y mal tiempo no parece desprenderse ninguna alegría en este regreso.

Saramago describe a Reis como «un hombre de apariencia gris, seco de carnes …» Tramitando la entrada en su propio país, enfrentándose a la burocracia y buscando la ayuda necesaria para trasladar sus enseres. Desde una cierta displicencia mira la suciedad del puerto. También los barcos de guerra. A sus cuarenta y ocho años, soltero y con el proyecto de poder ejercer su profesión, Saramago da a su personaje la actitud del distanciamiento que pervive en su clase social. En el Hotel Bragança donde se hospedará, descubre ese mundo de subalternos del que valora, desde una posición de hombre culto, la agudeza y perspicacia de aquellos que no han tenido una mejor educación.

Lleva consigo la tristeza y el telegrama que le envió Álvaro de Campos informándole del fallecimiento de Fernando Pessoa, motivo por el cual regresó a Portugal. En su habitación abre la ventana y le viene a la mente una de sus últimas odas:

Aguardo, ecuánime, lo que no conozco:
mi futuro y el futuro de todo.
Todo en el fin será silencio, salvo
donde el mar bañe la nada. (**)

Atrapado entre esas cuatro paredes, se reencuentra con su personalidad de poeta y, a la vez, con la voz de su pensamiento: si se siente único, ¿quién puede emocionarse lo mismo que él? ¿Puede alguien utilizar los sentimientos más suyos? Saramago pone en su boca: «Yo soy quien los otros no son o hayan podido ser o puedan ser alguna vez.»

En su segundo día en Lisboa, Reis lee el obituario que el periódico dedica a la muerte de Fernando Pessoa, junto a sus otros heterónimos: Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y el propio Ricardo Reis, aunque esto parece ser irrelevante. Posteriormente, inicia la búsqueda de la pequeña tumba en el cementerio donde está enterrado Pessoa. El recorrido, mientras piensa en la desaparición de su creador le produce malestar. Todo está fatalmente relacionado. ¿Ha encontrado su propia sepultura? Bajo la lápida yace, junto a Dionisia, su abuela, «el cuerpo descompuesto de un hacedor de versos que dejó una parte de su locura en el mundo». Reis forma parte de esa locura. La desaparición paulatina de la nausea, lo que va viendo mientras se aleja del lugar, le hace reafirmarse en que él aún sigue vivo.

La atmósfera de la ciudad le va atrapando, con su permanente movimiento, sus olores, el sonido de las conversaciones. Todo le va alejando mentalmente del ambiente tropical del que llegó. ¿Cómo puede ser él -profesional acreditado, poeta, exiliado por su ideología, nacido en Porto el 19 de septiembre de 1887, consciente de su pertenencia a una época- la invención de otro, tener una vida que solo ha existido en la imaginación de otro?

Tengo más almas que una.
Hay más yos que yo mismo
No obstante existo.
Indiferente a todos.
Los hago callar, yo hablo.

Saramago recrea la personalidad de Ricardo Reis como si realmente hubiera existido. Sus odas sáficas parecen constatar una experiencia de alguien que ha vivido de verdad. En esa poesía hay una auténtica seña de identidad. Aunque Saramago utilice, a su vez, el artilugio de la ficción: «(…) familiarmente podríamos haberle dicho a Ricardo Reis, antes de que se quedara dormido como un vulgar humano: tu mal es el sueño». En un estilo literario desenfadado y exhaustivo, va generando un ambiente entre lo fantasmagórico y una realidad inventada plagada de segundas intenciones.

La evidencia de la normalidad acoge al doctor Reis. En el salón, rodeado de huéspedes, es el periódico su contacto con el mundo exterior y la justificación de su necesidad de aislarse. Mentalmente le desasosiega haber leído la noticia de la muerte de Pessoa como una afirmación de su propia muerte. Incómodo, va en busca de la cena para satisfacer, aunque sea sin ganas, una evidente necesidad del ser humano. En la soledad de su habitación, su pensamiento recrea las creencias en  los dioses que, en sus devaneos, conforman a los hombres y  les confieren su identidad para una convivencia real. La personalidad viene de allí donde se juntan los restos de antiguas civilizaciones, las más paganas. Aquellas que desde la poesía consolidan un sentimiento de pertenencia. En su deambular por la ciudad y en su mezclarse con la muchedumbre (es la noche de fin de año) se propicia el contexto para una reflexión que le permita resistir al hecho de su falsa existencia. En el divertimento desenfrenado de una noche así, él observa la pobreza a su alrededor y a las gentes que buscan caridad. Reis critica la creencia en único dios que no permite que esa caridad se extinga para que no acabe la pobreza. Todo individuo debe esforzarse por merecer ese nombre y ser dueño de su propio destino. Este es su propósito y espera conseguirlo.

El desarrollo narrativo de Saramago nos lleva a la primera aparición del fantasma de Fernando Pessoa. Le está esperando en la habitación. Reis no se sorprende. Es como una cita que finalmente se consuma. De la dimensión material de Lisboa, pasamos a la de una habitación de hotel en el que Pessoa, con su traje negro de sudario, sin gafas y relatando su condición de muerto que no se refleja en los espejos, que la lluvia no le moja y que no ve nadie si él no quiere, habla con su heterónimo. Una ficción sobre otra ficción. Un juego con el tiempo y el espacio, con lo imaginado y con una forzada apariencia de realidad donde cada uno sabe quien es. «(…) creo que vine por su muerte, es como si, muerto usted, solo yo pudiera llenar el espacio que ocupaba(…) Ninguno de nosotros está verdaderamente vivo ni verdaderamente muerto.» Saramago no utiliza ningún elemento sobrenatural para la llegada de Pessoa. Lo explica a preguntas de Ricardo Reis, desde una naturalidad en boca de un fantasma, como si la muerte fuera un estado normal felizmente conciliado con la vida. Evidentemente, hay ventajas para los muertos; bastante tienen con lo suyo.

Saramago pone a Ricardo Reis ante la búsqueda de su condición humana, para lo cual necesita un rostro en el que reconocerse, sentir el deseo amoroso sobre alguien que, en este caso, se manifiesta por la atracción hacia la camarera Lidia. Es decir, seguir representando su papel como espectador y partícipe de las experiencias mundanas. Sin embargo, Reis sigue expectante ante su próximo encuentro con Fernando Pessoa, que naturalmente sucede. Es sencillo o Saramago quiere hacerlo de esta manera, sin tener en cuenta la complejidad del asunto: se juntan, sonríen, mientras llueve sobre Lisboa. A los ojos de los demás, son una sola silueta unida. Hablan como si el puente entre ambos fuera un sueño, pero en esta situación no cabe esta diatriba: los muertos no sueñan. «La muerte no es el otro lado de la vida, (…) La muerte es, no existe, es.» Esta afirmación los contiene. Mientras tanto, en el espacio social del Hotel Bragança, las relaciones continúan. La impronta de la sexualidad se manifiesta. Reis seduce a Lidia y yacen juntos. Pero la relación señor-sirvienta no desaparece.

Saramago va perfilando un Ricardo Reis con planteamientos de actitudes clasistas. En su siguiente encuentro con Pessoa, éste se lo reprocha con ironía: el poeta de las odas a Lidia, Neeves y Cloe, abre su cama a una camarera de hotel (también se llama Lidia) y pone en duda la existencia tanto de las mujeres a las que dedica esas odas como la propia existencia del poeta que las escribe. Le manifiesta la banalidad de la que se rodea. «¿Es el poeta el que finge ser hombre o es el hombre el que finge ser poeta?»  Pessoa no tiene respuesta, Saramago tampoco. ¿Ha regresado Reis a Portugal para saber quién es? Sí, sabe de su condición profesional y esto le permite a Saramago, en su periplo novelesco, propiciar un carácter más pragmático al personaje y un tanto cínico. Reis accede a unas relaciones con personas de otro estatus social: un padre y su hija, también huéspedes del hotel. Vienen una vez al mes a Lisboa, ella para ver a un médico -tiene un brazo paralizado-, y él aprovecha para visitar a su amante. Ahora, entre los tres, se establece otra forma de realación acorde a un comportamiento elitista.

Es importante el contexto político del momento en Portugal, bajo la dictadura de Salazar. El doctor Reis y el doctor Sampaio -notario y padre de Marcenda-, reaccionarios ambos, coinciden en que esa dictadura es salvaguarda del orden y enemiga furibunda del comunismo y esto parece conciliarlos. Mientras, la vida sigue. En Lisboa es tiempo de Carnaval. En la novela se recrea esa atmósfera propicia para Ricardo Reis, observador por naturaleza no puede dejar de mezclarse en ese mundo carnavalesco. Entre la burla y el esperpento, gente que se divierte con la sensación de amenaza que nunca culmina. No se va más allá del sobresalto o una broma pesada: «en carnaval nada ofende». Hay un momento crítico, lleno de intranquilidad que perturba y hace sentirse incómodo a Reis. Alguien disfrazado de muerte, el mismo disfraz que Pessoa había querido para él: «yo iré de muerte con una malla apretada y los huesos pintados en ella (…)». Entre la comitiva de un simulado entierro ve esa misma silueta. Una vez más, en el misterioso ambiente, en la incertidumbre que rodea a las apariciones de Pessoa, Reis persigue esa figura. ¿Quién es? ¿Quién se esconde bajo ese disfraz?  «La muerte no es sosiego.» Sigue lloviendo. Quizá ha cogido frío, quizá tenga fiebre.

Indudablemente, Saramago va mostrando un Ricardo Reis con sus debilidades, con sus actitudes que generan en el lector un sentido de crítica adversa. Va poniendo de manifiesto su indolencia, su falta de escrúpulos y su inmaduro egoísmo. Ante la adversidad, no hay excesiva preocupación. Los acontecimientos evidencian su personalidad. Enfermo de gripe, se aprovecha de su relación con la camarera Lidia para recibir sus «maternales» cuidados y algo más.  A la vez, el reencuentro con el notario y su hija, aumenta en Reis un sentimiento, entre ilusorio y lúdico, de atracción hacia ella. Un desfasado enamoramiento romántico, manteniendo las distancias por cuestiones de edad y protocolo que nos hace percibir, más aún, su desaliño anímico. Hay un hecho al margen, una citación de la policía política que se hace conocida, creando a su alrededor, respecto al personal del hotel y los propios huéspedes, un ambiente de suspicacias acrecentadas por los tiempos que corren. Esto eleva en él un sentimiento de víctima al que es proclive. En su habitación, se refugia en la escritura de sus odas, pero siente que se repite. No sabe por qué.

Nuevo encuentro con Pessoa, en el mismo lugar donde tiene una cita con Marcenda, comunicada secretamente mediante nota manuscrita: el Alto de Santa Catalina. Asemeja un teatro de marionetas donde Saramago mueve los hilos de los personajes: el poeta y su heterónimo. Conversación banal. Sorprende que Pessoa esté al tanto de todos sus devaneos amorosos con ambas mujeres. En ese teatrillo, ambos personajes se golpean dialécticamente. Es la incomprensión de un espectro ante la inconsistencia y debilidad de Ricardo Reis, a gusto únicamente en la autocomplacencia. Entra en el escenario la dama (desaparecido Pessoa). Con su brazo paralizado, desesperada por su mal, está entregada a una ingenua creencia religiosa, deseosa de un milagro que alivie definitivamente su pena.

Saramago habla sobre la soledad y la insignificancia que tienen las palabras para expresar ese estado de ánimo a través de las reflexiones de Ricardo Reis. «El primer síntoma de soledad comienza en el sentimiento de inutilidad», recuerda que, en algún momento, le dijo Pessoa. Reis es un solitario, su forma de ser y de actuar le condicionan. Su interés por lo que ocurre en el mundo, en Lisboa, en la calle que ve desde la ventana de su habitación, no le interesa en exceso, tampoco lo que puedan pensar de él. No ve continuidad en sus relaciones amorosas, en retomar su actividad como médico. La expectativa inmediata que ronda su cabeza es dejar su actual lugar de residencia y buscarse un piso que le permita una mayor independencia de esa atmósfera opresiva del hotel. Sí, lo hará, tiene que hacerlo. Buscará la ayuda de Lidia, o no, la compañía de Marcenda, ¿para continuar con su ilusoria relación? Sabe que es demasiado joven y no lo entendería ni su padre tampoco. ¿Es esta la continuidad de su vida? Hay un vínculo con los otros que configura nuestro comportamiento, una inercia que nos junta, aunque no se llegue a comprender del todo. Sin embargo, en Reis hay otra idea que prevalece: «vivir el momento y no cansarse de vivir y solo si la vida pasa por él sin cambiarle».

La novela va poniendo de manifiesto en determinados momentos las condiciones en las que el personaje de Ricardo Reis evidencia su falta de adaptación, la dificultad para asumir una situación distinta. En definitiva, la imposibilidad para encontrarse a sí mismo en un contexto de normalidad. Ya vive en un piso. Tiene que repetírselo para aceptarlo, para no sumergirse en esa desconfianza que le persigue bajo la sombra de su no-existencia. Cuando encuentra entre sus pertenencias un batín y se lo pone, recupera la sensación de «sentirse en casa». Esta sensación de lo doméstico lo acerca a su actitud de poeta, a su necesidad de ejercer de médico -incluso encuentra un trabajo de sustitución en una clínica-. La urgencia elemental para resolver sus necesidades culinarias y la posibilidad de viajar y conocer gente… Llaman a la puerta. Pessoa conoce el piso donde vive. No es el momento, pero es que aparece cuando quiere. Privilegios de un muerto. Solo Pessoa parece mitigar la soledad de Reis. Cansado por el traslado y soñoliento, deja que hable mientras le ayuda a costarse. En su duermevela, Ricardo Reis sigue viendo la imagen difusa de alguien que espera hasta casi el amanecer para marcharse.

En el devenir narrativo de la novela de Saramago nos acercamos a un personaje que podría pertenecer al contexto decimonónico de la literatura: su forma de vida, su relación con las mujeres… El recorrido vital y emocional necesita tanto lo inmediato de una actitud pragmática y egoísta, como la ilusión de vivir un enamoramiento romántico e imposible. Leyendo las odas de Ricardo Reis no se atisba un hombre así. Poco nos ha dejado escrito Pessoa de su heterónimo y por ahí cuela Saramago la ficción, desde una perspectiva clasista del “señorito” que no se arredra en mostrar sus carencias e incapacidades para superar su indolencia. Un individuo sin ningún atisbo de culpabilidad: pasa de hacer el amor con su criada Lidia, buscando el placer por el placer y al cual cree tener derecho, a escribir cartas que rozan la cursilería, pidiendo perdón o encuentros a su joven y tullida dama, utilizando para ello una cualidad de poeta que parece ir perdiendo. Sin duda la personalidad que Pessoa otorga a Ricardo Reis está en sus poemas, y Saramago lo sabe. Odas que desprenden un alo de romanticismo crepuscular, que ofrecen una concepción del mundo decadente. Reflexiones sobre la naturaleza en relación con la existencia, la brevedad de la vida y la fugacidad del tiempo. «Quien soy y quien fui son sueños diferentes.» Es verdad que en su lirismo está la presencia de algo excelso, propio de unos pocos, una exigencia que nos aleja de la marcha y las necesidades más elementales de la sociedad. Saramago lo acerca de nuevo a la tumba de Pessoa. Lo muestra nostálgico, infeliz y triste. Los dioses no le han otorgado el lugar donde le gustaría haber vivido. No existe. En el cementerio nada se oye, solo el viento moviendo los cipreses.

No olvidemos que en ese trasunto de apariciones de Pessoa, Saramago también va construyendo al gran poeta portugués como otro personaje, podríamos decir que secundario, pero relevante en cuanto a su complementariedad con el personaje principal.

La conversación de Pessoa llena el odioso silencio que detesta. Su aspecto permanece invariable. Pero su opinión va cambiando: es un fantasma enfadado con todos y con todo lo que está al otro lado, es decir, la vida. Y la causa es la conciencia del olvido: «el mundo olvida tanto que ni siquiera se da cuenta de lo que ha olvidado». Es en el acto de crear donde reside el conflicto por la necesidad del ser humano de permanecer. Sin embargo, para Saramago no es nada más que un conflicto particular. Es la situación sociopolítica lo que para él es importante. Quiere resaltarla, poner de manifiesto la beligerancia por la que está atravesando Europa: en Portugal, la dictadura sangrienta del dictador Salazar; en España el triunfo del Frente Popular; en Alemania campea a sus anchas el nazismo; y en Italia, el fascismo. Ni a Pessoa ni a Ricardo Reis parece afectarles demasiado en su inframundo. Es Saramago quien utiliza su novela para dar visibilidad a un contexto histórico-temporal realmente aterrador.

No resulta fácil encontrar ese equilibrio, dadas las circunstancias sociales, para integrar el comportamiento errático de un personaje que, de antemano, se nos muestra desnaturalizado en sus principios y actitudes. Todo en Ricardo Reis se va transformando en algo estrambótico. Desde su paganismo enfrentado al cristianismo preponderante, considerándolo un naufragio universal por difundir un monoteísmo que falsea el verdadero avance de la civilización, hasta realizar un viaje a Fátima para hacerse el encontradizo con Marcenda, que va buscando lo inverosímil de un milagro que le cure de su incapacidad física. Y ahí, en ese tumulto de peregrinos y enfermos, sitúa Saramago a Ricardo Reis para darle un baño de muchedumbres, en un costumbrismo en el que no encaja. Encima, su deseo de ver a su amor platónico no se cumple. El situarle en medio de esa multitud para rebajarle a una condición más plebeya, no nos hace olvidar que Reis es un buscador de espejismos. Por eso, y Saramago lo sabe, es un personaje resbaladizo, que se desdibuja. Tiene que volver a ese mundo donde su ambición es nula, donde es consciente de su infelicidad y donde su soledad es manifiesta. Lejos queda esa motivación que le hizo volver a Lisboa, como si hubiera pretendido sustituir a Pessoa.  Saramago aleja esa pretensión en su trama y desnuda al personaje en la ciudad que se le va haciendo distante e indiferente a medida que pasa tiempo en ella, llena de acontecimientos que le afectan y le acercan a su propia contradicción. El tiempo no existe, pero nosotros vivimos en él.

Discreto, precavido, con sus reflexiones y dudas de muerto, Pessoa entra, una vez más, en escena. Saramago va rebajando la nitidez de su imagen. Le van quedando menos veces para corporeizarse y su obsesión con el olvido es preponderante. Reis con su conversación busca animarle. Le habla de sus odas recientemente escritas que Pessoa ya conoce. Le pregunta acerca de su propia vida literaria y del deseo sobre ese reconocimiento que le hubiera gustado conseguir y que los dioses le negaron. Sonsacarle su opinión del dictador Salazar, la cual, para sorpresa de Reis, es adversa y vejatoria… La evanescencia de Pessoa va propiciando que Saramago dé mayor consistencia a otra realidad: un existir independiente de Ricardo Reis, fuera de ese universo heliocéntrico de Pessoa. Quiere hacernos ver a dos poetas que se sustentan mutuamente, pero quiere un personaje de ficción diferenciado, inventado para dar verosimilitud a algo que nunca ha ocurrido. «La biografía del poeta son sus poemas» dice Octavio Paz. Pessoa creó a Ricardo Reis para adjudicarle las odas que ya estaban escritas (lo mismo que para todos sus heterónimos), pero también dice Paz: «Reis es un fantasma por cuanto su filosofía y su poética no pueden confirmar su existencia». Por tanto, Saramago utiliza, en su novela, a dos fantasmas, a dos poetas, unidos en su introspección por el paso del tiempo. Precisos y exactos, vagando por un mundo que necesitan comprender.

La disposición de ofrecer al lector la construcción de un personaje de novela como Ricardo Reis, parece considerar, en cierta medida, la alternativa de vulgarizarlo, poniendo de manifiesto su indolencia y su falta de alicientes: «(…) un único sueño, siempre igual, el de alguien que sueña que no quiere soñar». Imaginando su vida en una sucesión de acontecimientos y situaciones en los que ya no se reconoce. Cruje el mundo en su actividad dramática y pintoresca. La vida le lleva por el camino de lo convencional, con todas sus ataduras y concesiones. Saramago, en un alarde de exageración previsible, le pone frente al incómodo compromiso de la paternidad. La contradicción que se genera en Ricardo Reis se desenvuelve entre lo que le dice a su amante-criada y lo que realmente piensa: su total ausencia de responsabilidad ante tal acontecimiento.

Vuelve a aparecer Pessoa, con su abulia de muerto errante y con sus contradicciones sobre estatuas y homenajes que pudo tener en vida. Debido al acontecimiento antes mencionado de la paternidad, la conversación transcurre entre preceptos morales y prejuicios sociales. Se manifiesta un distanciamiento en la relación, más cómplice y más protectora que en anteriores encuentros. Incluso critica sus odas, ante los sentimientos reiterativos que, según Pessoa, se muestran en ellas. Reis siente la distancia de todo y se plantea la duda de si hay algo que solo le pertenezca a él. Sí, hay algo, se lo debe a Saramago: la consumación de ser, al menos, el padre putativo del hijo que espera Lidia y del cual no querrá desprenderse.

Como ya se dijo anteriormente, son importantes para Saramago, en su narración, los acontecimientos históricos, y adquieren tanta relevancia como el propio personaje. Ricardo Reis es conocedor del levantamiento militar contra La República Española y la posterior Guerra Civil (1936-1939). Asiste, dado el auge del salazarismo, como curiosidad, a una multitudinaria representación de exaltación nacional de índole fascista que solo le produce asombro y temor. Finalmente, sabe por la información confidencial de Lidia, de la participación de su hermano marinero en una sublevación de barcos de guerra para derrocar al dictador, la cual fracasa estrepitosamente. Hay una impronta de desolación que Saramago pone de manifiesto en el final de la novela: Pessoa viene a anunciar a Reis que será su último encuentro. Se han agotado sus apariciones. Durante nueve meses se han visto, se han hablado, se han trasmitido ideas que no tienen cabida en un mundo donde son seres inocentes inadaptados por su decadencia. Un día de agosto de 1936, Fernando Pessoa y Ricardo Reis se fueron juntos.

Nada queda de nada. Nada somos.
Un poco al sol y al aire retrasamos
la irrespirable tiniebla en que nos posee
la humilde tierra impuesta.
Cadáveres aplazados que procrean.                        

Notas:
(*) Todas las notas corresponden al libro El año de la muerte de Ricardo Reis. José Saramago. Traducción de Basilio Losada. Editorial Seix Barral. Barcelona, 1990.
(**) Todos los poemas corresponden al libro Poesía. Fernando Pessoa. Traducción de José Antonio Llardent. Editorial Alianza Tres. Madrid, 1983.
Bibliografía:
Cuadrivio. Octavio Paz. Editorial Seix Barral. Barcelona, 1991.

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Aproximación al libro ‘Que no se entere la Cibeles’ de Mar de los Ríos

Letras

En torno al libro ‘Extravagancia infinita’ de Javier Olalde

Letras

Augusto de Angelis (1888 -1944)

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Fernando Pessoa. El yo conflictivo

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Federico García Lorca ocho décadas después

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Antonio Daganzo, poeta de aleaciones

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Sufriente, prometeico, iconoclasta y quijotesco

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Leopoldo María Panero, el traductor de la locura

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Poesía y dignidad

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Buenos libros malos

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Confesiones de un crítico de libros

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En torno a ‘Sombra de Luna’ de Francisco Álvarez ‘Koki’

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Alda Merini, vivir al borde de la sombra

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Literatura de cordel

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Demian. Herman Hesse

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Hilario Martínez Nebreda, el poeta silencioso

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La literatura y sus soportes (I)

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La literatura y sus soportes (y II)

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La Escuela Nueva y el centenario de Ruskin

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Don Quijote y el mar

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Elizabeth Barrett Browning, una poeta victoriana

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Por qué escribo

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Ángel González: la ácida ironía de un poeta

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Carmen Posadas y su feria de las vanidades

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El caso Miguel Hernández

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Quevedo en sociedad y III.- Obra y vinculación cívica

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Quevedo en sociedad II.- La crítica como ‘función’ social

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Quevedo en sociedad I.- El hombre, la sociedad

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VII Certamen de Novela Histórica de Úbeda

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Antología poética. Alfonsina Storni

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Ángel González: palabra sobre palabra

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Galdós y el melodrama

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IV encuentro de Poesia a Sul

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Feminismos: la mujer sobre la letra

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El Hidalgo: literatura y pobreza

Letras

‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (y II)

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‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (I)

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El nazismo para Antonio Ramos Oliveira en 1930

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Ana Caro Mallén: una esclava en los corrales de comedias del siglo XVII

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José Rodrigues Miguéis, casi olvidado

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Tristeza que es amor. Alusión a Don Quijote

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George Sand: ‘Un invierno en Mallorca’

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (y II)

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (I)

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Imagen de José Ángel Valente

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Valente, sin aditivos

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Valente: Qué la palabra sea solo verdad

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José Ángel Valente, en ‘el borde de la luz’

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John Berger: ‘Un hombre afortunado’

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Los desafíos de Lou Andreas-Salomé

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La primavera y su sombra

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El Conde de Montecristo, historia de una venganza

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Luis Martín-Santos y James Joyce

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Los cimientos culturales del abolicionismo: Harriet Beecher Stowe

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Pinceladas sobre Agatha Christie

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (y II)

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (I)

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Thomas Mann: Una Europa que se derrumba

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El eterno romanticismo

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Qué es ser agnóstico

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Pedro Garfias: La poesía desgarrada del exilio

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El descenso a los infiernos de Dorothy Parker

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El Conde de Oxenstiern, a quien llamaron el Montaigne del Septentrión

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La sonrisa del Quijote (Una concesión a la melancolía)

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Antonio Machado que estás en los libros

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‘Agua’: Virginia Woolf y Alfonsina Storni

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Críticos literarios, dueños del espíritu humano

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El papel del lector en la posmodernidad

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Poesías. Catulo.

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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

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Michel de Ghelderode y las Vanguardias del siglo XX

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El trabajo entre las raíces, mirada sobre la creación literaria

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La frase del escritor

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Un cuarteto literario en clave de sol

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Oía hablar a los árboles

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El ‘slow’ de Pessoa (o las vicisitudes de la melancolía)

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Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

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Sobre las Brontë

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Borges en Ginebra

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Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

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Juan Goytisolo: ‘sobre asuntos sociales y personales’

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Miguel Hernández en Portugal

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Mi Gloria Fuertes

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Robert Walser, el paseante espiritual

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‘Al menos, memoria’: Juan Ruiz de Torres

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Cela, celador, celando, celar

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Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

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Rafael Montesinos, renovador

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Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

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Rubén Darío, poeta de las dos orillas

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Jovellanos, poeta

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Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

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Azorín, sobrevivido

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Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

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Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

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Galdós: una conciencia histórica lúcida

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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

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Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

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Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

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Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

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Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

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Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

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María Teresa León, el papel de la melancolía

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Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

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Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación