Estrenada en Valencia en 1917 ‘El gato montés’ de Manuel Penella es una ópera que ha tenido las más diversas interpretaciones. Argumentalmente crea un triángulo entre un personaje femenino, ‘Soleá’ y los dos hombres que se la disputan: un bandolero y un torero, rodeados de una corte de personajes típicos de un subgénero creado por el romanticismo francés del XIX y Merimée: la madre, el cura, el picador, la adivinadora gitana… Aunque lo peculiar del libreto del propio Penella es que apenas hay heroísmo en los personajes, atormentados y víctimas de un fatalismo. Que deriva en el último acto en casi necrofilia.
‘El gato…’ cuenta con una vibrante partitura musical, de una fuerza arrolladora y que pervive en el imaginario colectivo español, sin ir más lejos en su famoso ‘Pasodoble’ o en la romanza de la ‘Soleá’. Habitualmente se ha venido representado en otras producciones, también en tiempos anteriores en el Teatro de La Zarzuela, con un envoltorio colorista, de un costumbrismo exacerbado, bajo el apasionamiento de los mitos españoles y los estereotipos del género que ya está presente en la ‘Carmen’ original.
Lo novedoso es que un director escénico alemán como Cristof Loy ponga sus ojos en la ópera española (también en la zarzuela) y le dé un tratamiento similar al de uno de los títulos de la ópera verista. Las cosas que se han visto de Loy se caracterizan por un minimalismo en la puesta en escena con una extrema depuración de elementos escénicos. Esto se aprecia sobremanera en ‘El gato montés’ donde no hay colorín, gitanas, rojos de color sangre, y los temas habituales de la estética taurina están tratados con una extrema sobriedad, con un decorado de Manuel La Carta que viene a ser una inmensa pared blanca sin apenas elementos de atrezzo.
¿Qué es lo que gana ‘El gato montés’ con este cambio? Pues fundamentalmente dejar el drama en su máxima identidad como una verdadera tragedia griega, en la que apenas se ven elementos costumbristas. Esta producción es especialmente intensa desde el punto de vista dramático, somete al numeroso elenco de cantantes y actores a una tensión extrema depurando escénicamente la mayor parte de los elementos que en otras producciones parecían imprescindibles en el subgénero.
Desde el punto de vista del vestuario es contemporáneo, también con una cierta elegancia en el diseño; creado por Robby Dolveman. En las antípodas de la errática ‘Carmen’ vista en el Real el pasado diciembre, donde la supuesta actualización llevaba a los personajes a convertirse en sosias de ‘Torrente’ y a las cigarreras en poligoneras de una extrema vulgaridad. Nada de esto hay en ‘El gato montés’ que concentra la alta intensidad dramática en un espacio relativamente reducido y ausente de ‘kitsch’ en todos los sentidos, donde el costumbrismo desaparece en favor de una desnuda tragedia.
Hay un factor relevante en esta producción del Teatro de La Zarzuela, aparte de la dirección escénica, como es la musical de Pérez Sierra. La Orquesta de la Comunidad de Madrid suena vibrante, colorista, con una riqueza de una intensidad arrolladora para una partitura que tiene toda una paleta de colores musicales. Sensacionales esas orquestaciones que estaban en la partitura original y que ahora se recrean con una manifiesta potencia en esta producción.
Con un doble reparto en casi todos los personajes. Presenciamos el primero de ellos, con un solvente David Oller como ‘Bandolero’ (Borja Quizá en el otro), que ya trabajó con Loy en ‘El barberillo de Lavapiés’ representado en Basilea (Suiza), frente a un contundente ‘Torero’ hecho por voces sudamericanas (Rodrigo Garull y Rafael Humberto Rojas) personaje que se presta a todos los excesos, que en esta producción acentúa el tono de tragedia. Lo mismo que ‘Soleá’ (Mané Galoyan y Miren Urbieta Vega), la gitana adivinadora (Carol García y María Luisa Corbacho) o la madre (María Rodríguez y Milagros Martín), el ‘Picador’ (Gerardo Bullón) o el ‘Cura’ (Manel Esteve) entre otros del amplísimo reparto.
Lo que el espectador puede ver a lo largo de las representaciones que este junio ofrece La Zarzuela es una producción donde bajo una estética aparentemente ‘fría’ y desprovista de buena parte del costumbrismo con el que ‘El gato montés’ se ha venido representando se pone en evidencia una desgarradora tragedia, bajo un fatalismo en el que no quedan ganadores ni perdedores. Musicalmente tremenda, con una Orquesta que suena con la potencia que requiere este drama pasional, y un reparto de voces solvente en el que la dimensión actoral de cada personaje está muy trabajada. El ‘experimento’ de escenificar ‘la más española’ de las óperas populares hispanas en manos de un director escénico alemán prestigioso en el mundo de la ópera resulta positivo.











