junio de 2026

‘Ser solo esto’, de Yves Namur

Ser solo esto
Yves Namur
Ediciones Fantasma, 2025
Traducción: Carlos Ramos y Emilia Oliva

SER SOLO ESTO DE YVES NAMUR. MIRADA, PENSAMIENTO Y ESCRITURA DIBUJAN EL MAPA PARA LLEGAR A LA IDENTIDAD.

Yves Namur nació en Namur (Bélgica) en 1952. Médico, editor de Le Tail lis Pré, director del Journal des Poètes, autor de varias antologías, de numerosos libros de artista y de unos cuarenta volúmenes de poesía entre los que cabe destacar Le livre des sept portes, Le livre des apparences, Les ennuagements du c’ur, La tristesse du figuier ou Les lèvres et la soif, todos publicados en la editorial Lettres Vives.

En la editorial Arfu se han publicado recientemente Dis-moi quelque chose (2021), Ainsi parlait Maurice Maeterlinck (2021) y La nuit amère (2023), entre otras muchas publicaciones.

Finalmente, ha recibido, entre otros, los premios Mallarmé (2012) y Lucian Blaga (2022) por el conjunto de su obra. En 2001 es nombrado miembro de la Academia Real de la Lengua y la Literatura Francesas de Bélgica, institución de la que es actualmente secretario perpetuo. También es miembro de la Academia Mallarmé de París.

En el 2025 se ha publicado en español Ser solo esto, breves textos en prosa poética que aparece en España en edición trilingüe de la mano de ediciones Fantasma, cuyo editor, Carlos José Oliveira Ramos, lo ha traducido al portugués. Excelente la labor de traducción al español por la poeta y profesora de francés Emilia Oliva —de la única que puedo comentar—, quien ya había traducido El libro de las siete puertas.

Se compone de fragmentos, anotaciones y reflexiones que profundizan en la vida, la muerte, la existencia de Dios, la escritura o la identidad. Constituyen notas concatenadas unas con otras, como una red de pescar que desea atrapar las ideas y con la que va tejiendo el tapiz de su pensamiento y vivencia, como si creara un mapa para orientarse y llegar a … tal vez a sí mismo. Un palimpsesto compuesto del diálogo con la escritura de otros autores, a los cuales cita: Edmond Jabès, Salah Stétié, Henri Michaux, René Char, Rainer Maria Rilke, Roberto Juarroz y Antonio Porchia.

En todo momento habla con un «tú»; se dirige al lector o bien a su amiga Claire, a quien escribía cartas y fallecida recientemente. Esta muerte le provoca preguntas difíciles de contestar y puede que este texto sea consecuencia de tal acontecimiento, al menos en gran medida. Aunque también podrían tratarse de preocupaciones constantes, teniendo en cuenta que algunas de estas meditaciones aparecen en El libro de las siete puertas: la incertidumbre que somos y en la que estamos; la importancia de la mirada; la otredad, ese otro que siempre nos acompaña y que es también quien escribe; el camino hacia el interior —necesariamente genuino—; y la escritura como un continuo nacer y renacer.

En este sentido, comienza con el milagro y la sorpresa de sentirse nacer de nuevo a los cincuenta años. Concibe el nacimiento como «haber cruzado por primera vez una puerta, una puerta abierta», una vez atravesado el abismo de la mirada. Afirma que este renacimiento le provoca un estado en el que no busca respuestas, se aleja del saber y permite que todo pueda acontecer. Distanciarse de lo que se sabe para volver a mirar con la inocencia de un niño, para deconstruir caminos trillados.

Resalta la necesidad y la importancia de la mirada, y cita a Edmond Jabès: «La mirada no es el saber, sino la puerta. Ver es abrir una puerta». «Ver, mirar sin los ojos», nos afirma; pero duda de si habrá aprendido a ver, a caminar en la noche oscura e incierta. Ver es caminar dentro de uno mismo, caminar hacia lo impensable, hacia lo incierto o la nada. Debe aprender a vivir en esa incertidumbre sin dejar de reconocer la belleza de lo que le rodea: los pájaros, las nubes, el toque de campanas que provoca el vuelo de las palomas…

Profundizando en el tema de la contemplación, encontramos verdaderas perlas o aforismos: «El paraíso está en el ojo del que mira» —cita tibetana— o «el ojo es el abismo más alto», de Salah Stétié. Para concluir: «Nacer, ¿será acaso saber que algo finalmente ocurre, que algo ocurre… y entra en uno mismo?».

«Vivir —me decía Hubert— es aprender a perder». Y para el poeta, nacer es aprender a perder y a perderse. Para nuestro autor belga, nacer y escribir constituyen una misma actitud. La escritura viene casi al dictado, casi por imposición, y nos ayuda a nacer; en este acto aparece la otredad. ¿Nace él cuando escribe o nace otro?

Compara el poema con el jardín de su casa, revuelto y en barbecho, por el que a veces pasa un mirlo que parece mostrar cómo cambiar la vida, cómo cambiar el sentido de la vida. «La poesía es un camino hacia el vacío», manifiesta citando a Salah; una rosa inacabada, una rosa pensante que habita el silencio de la claridad.

Confía en no tener necesidad de respuestas. Lo esencial de la vida está en el sincamino, en ir hacia ninguna parte; como el pájaro que observo frente a mi terraza cada día, suspendido durante varios minutos en un incesante batir de alas para después retomar el vuelo. Lo imagino libre y ligero por el cielo, sin necesidad de conocer.

Muchas de estas ideas del poeta belga beben de la filosofía oriental, del budismo y del taoísmo. Coincide con nuestro poeta José Ángel Valente en su interrogación sobre los límites del lenguaje y su capacidad para dar cuenta de la realidad; en el fragmentarismo; en la palabra como instrumento de conocimiento o revelación; y en la consideración de la poética como el arte de la composición del silencio: «Un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio». También para Valente el espacio de creación sería la nada, el desierto, el silencio; el vacío constituye el centro de la escritura poética. «Se escribe por pasividad, por escucha, por atención extrema de todos los sentidos a los que las palabras acaso van a decir», nos dice en Material memoria.

Resalta Yves Namur las palabras de Antonio Porchia: “Lo que nace de este mundo lleva desde el nacimiento la vejez de este mundo”, o la siguiente reflexión de Epicuro: «Cada uno sale de la vida como si apenas hubiera nacido».

Todo este trazado filosófico, tanto metaliterario como existencial, nos conduce a su conclusión: «No ser más que esto (…). Escribir y, en alguna parte, esperar saber un poco más sobre quién soy realmente», a través del distante e infranqueable foso del lenguaje.

Tendrán que leerlo para averiguar a qué se está refiriendo nuestro autor. Qué somos en realidad o qué deseamos ser. Ser solo esto

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Archivo Entreletras

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