
¿Quién eres, Lola?
Para mí, una desconocida. Y escribirle una carta a una desconocida es muy complicado, salvo que lo haga para acercarme a ti y conocerte. Podría plantearla como un interrogatorio, pero dudo de que de esa forma me contestases a alguna pregunta.
En el Lyceum Club Femenino, que yo frecuentaba y donde ya sabían que era historiadora, me enteré de que llevabais viviendo en el número 22 de la calle de la Magnolia desde después de tu boda aquel 27 de diciembre de 1913, con casi treinta y dos años.
Era un primer paso. Tus hermanas Amparo y Concha se habían casado con los hermanos Zulueta y Escolano, y eso de que dos hermanas se casaran con dos hermanos era una novedad, cuanto menos, curiosa.
María de Maeztu me comentó que debía comprobar si Amparo se había casado con Luis el 11 de diciembre de 1908, y si Concepción lo había hecho con Ricardo el 18 de mayo de 1914. Me dijo también que, para mí, este dato sería muy interesante. Me prometió ponerme en contacto contigo, pero, además, ya había sembrado la curiosidad. A veces, para abrazar el tronco de un árbol, hay que acariciar sus ramas.
Con Luis, que era un gran pedagogo y había sido ministro de Estado, yo ya había tenido varias entrevistas por razones de trabajo, y siempre me había tratado muy bien; y su hermano Ricardo sé que también trabajaba en el Ministerio de Estado, aunque tenía una posición menor. ¡Estas chicas sabían elegir!
Me gustaba aquel salón del Lyceum; era sencillo, moderno y elegante. Le conocíamos como «el salón del té»; bajo la luz de sus amplios ventanales solía yo escribir mis observaciones y notas. Una tarde, sin que yo lo esperase, apareció en el salón del té del Lyceum la directora de la Residencia de Señoritas, mi amiga María de Maeztu, con otra mujer.
Eras tú. Ya a primera vista, se me antojó como una mujer de rasgos finos, expresión inteligente y porte elegante. Vestida de forma sobria, reflejando su perfil académico como científica y docente. Me fijé bien en ella. Tenía unas facciones proporcionadas y una mirada profunda que denotaba una aguda inteligencia. Su expresión era seria pero afable, propia de una pedagoga dedicada.
Proyectaba serenidad y rigor intelectual; llevaba el cabello recogido de forma sencilla, lucía traje de chaqueta azul, blusa de cuello alto, tono gris oscuro, lo que le daba un aire de distinción natural y la sencillez de una científica.
Tras las presentaciones, te sentaste a mi lado. Como sabes, yo tenía mucho interés en conocerte, y estaba acostumbrada a llevar la conversación de forma libre y abierta pero orientada a aquel fin. Enseguida conseguí que empezaras a hablar de tu infancia.
Tu padre, me decías con un tono nostálgico, era don Cristino Cebrián y Guerra, comandante de artillería y catedrático de Física y Química en la Escuela Normal de Maestros de Salamanca desde 1872, que estaba situada en la calle de la Compañía y compartía sede con el Instituto de Segunda Enseñanza en el edificio del Antiguo Colegio Mayor de San Bartolomé, el Palacio de Anaya, situado en la plaza de Diego de Anaya, aunque funcionaba de forma independiente de la Escuela Normal Femenina.
Él había elegido para la primera formación de sus hijas a las «jesuitinas». Hablabas con naturalidad de aquellos ocho años que estuviste en el colegio del Sagrado Corazón, con una mezcla de nostalgia y cariño de Cándida María de Jesús, que en realidad se llamaba Juana Josefa Cipitria y Barriola. Era la fundadora y directora. Iba para santa.
Allí pude seguir estudiando el bachiller, y le pedí a mi padre que no me cambiara de colegio. Aunque siempre había alguna monja a nuestro lado, no nos castigaban, porque evitaban que pecáramos. Ellas en latín hablaban de bonitas praeveniens [nota: corregido el latín «bónitas previens»]. Yo llamaba a aquello «bondad preventiva».
No solo enseñaban labores y religión, sino que, aunque nos hacían ir a misa a diario, la madre Cándida —que bien le venía el nombre, me dices en voz más baja— insistía en que las niñas recibiéramos una instrucción sólida. Allí, en la calle Zamora, se enseñaba geografía, historia, aritmética y gramática con un rigor superior.
Aunque yo sospechaba que todo esto María ya lo conocía, ella escuchaba con mucho interés. Desde nuestra casa, en la plaza de los Bandos, número cuatro, íbamos todos los días al colegio. Nos gustaba ir.
Esa formación ha sido fundamental y básica para nosotras, para llegar a ser lo que somos ahora. Me doy cuenta de que incluye a sus hermanas.
Cuando salí del colegio, estaba ya preparada para presentarme a la universidad; quería estudiar Física y Química, pero era una mujer. Aunque el vaso de refresco que nos habían puesto era grande y ya llevábamos más de la mitad, todavía no me habías hablado de tu madre.
Mi madre, según Miguel de Unamuno, era «…como el paisaje castellano: sobria, dura, pero auténtica. No había en ella artificios ni vanidad. Admiraba su estoicismo. La veía como el pilar fundamental que mantenía la cohesión familiar, una suerte de matriarca espiritual. Disfrutaba de su forma de hablar, que consideraba pura y libre de los vicios de la modernidad urbana. No la veía como una beata de rituales vacíos, sino como alguien con una fe arraigada en la tierra y en el deber moral…»
A nosotras nos gustaba salir a jugar a la plaza del Carbón; sabíamos que, desde las ventanas de nuestra casa, las mujeres que ayudaban a mamá, Antonia y Francisca, nos tenían vigiladas continuamente.
Esa era una orden que mi padre, que también era comandante de artillería, repetía continuamente a la servidumbre. No quería que nos manchásemos los vestidos con los sacos de carbón; yo las quería mucho a las dos, pero a Antonia… ella me traía juguetes y muñecas cuando volvía de su pueblo.
Se acercó un camarero y le pedimos otros refrescos, pero María se excusó diciendo que tenía que irse y, ¿recuerdas?, nos dejó a las dos solas, pero eso no te importó: tú seguías hablando de tu niñez.
Cuando mamá mandaba sacar del arcón la frasca de vino dulce, ya sabíamos que al día siguiente vendría a visitarnos el tío Tomás. Yo me quedé pensando quién sería. Tú, que eras muy observadora, al momento descubriste mi curiosidad.
El padre Cámara, o el tío Tomás, como le llamábamos en casa, se llamaba Tomás Cámara y Castro, un fraile agustino —dices—, era muy amigo de mis padres ; de hecho, era el padrino de mi hermana Amparo, el de mi hermano Cristino y el mío.
Él nos había facilitado la entrada en el colegio de las jesuitinas de la calle Zamora. Sigues hablándome de manera pausada, como si te costara sacar de dentro las palabras. Por aquella época, estaba estudiando yo Física y Química en la Universidad de Salamanca, era la única mujer y tenía vacaciones.
Nosotras estábamos en casa mientras muchos panaderos estaban de huelga. Nos acercamos a la tahona del Pozo Amarillo, no teníamos prisa, nos entretuvimos mirando unas tiendas de ropa y, al volver, vimos que había mucha gente en la plaza del Carbón.
En la puerta, una mesa con un paño negro encima. Sabíamos lo que significaba eso. Era jueves, 10 de julio de 1902. El padre Cámara, que ya era obispo, nos estaba esperando. Había también muchos militares. Sospechamos lo peor.
Apuraste todo el vaso de refresco. Papá había muerto. Mamá decidió que nos fuésemos toda la familia a Madrid. El piso segundo de la calle Atocha, 107, era diferente de nuestra casa en Salamanca. La echaba de menos. Dejaste el vaso sobre la mesa y te recostaste sobre el sillón; noté tu abatimiento.
Había pasado la angustia. Cuando al final del curso, en junio de 1904, me dieron el título de «maestra de Primera Enseñanza Superior» en la Escuela Normal de Maestras de Madrid, me costó despedirme de la calle de la Puebla, donde estaba la Normal Femenina.
Sabía que iba a echar de menos la rigidez y la disciplina, aunque comenzaban a filtrarse ideas de renovación pedagógica. Siempre recordaría en ella mis estudios de pedagogía, derecho, historia, ciencias naturales y gramática. Yo había oído hablar de la Institución Libre de Enseñanza, que abogaba por métodos más científicos.
Tenía claro que debía conservar la amistad con mis compañeras Rufina de la Redonda, Concepción Saiz de Otero —a la que llamábamos Cura— y Matilde García del Real; si algún día me casaba, las tres estarían en mi boda. Te inundó la emoción al hablarnos de aquel día, el 22 de junio de 1904. Fuimos todos tus hermanos y yo a la Universidad Central de Madrid, ¿lo recuerdas?
Era el edificio del convento de los Jesuitas. Estrenabas un traje azul que te quedaba precioso. El premio extraordinario de fin de carrera de la licenciatura en Ciencias Físicas y Químicas era para ti. Había amanecido un día de sol, sin excesivo calor.
Entraste la primera en el salón de actos: la única mujer, la única premiada. Todos nos pusimos en pie.
Detrás, los doctores Ignacio González Martí, catedrático de Ciencias Físicas; José María de Madariaga, catedrático de Electricidad, y Eugenio Piñerúa, catedrático de Química; los tres ataviados con toga larga, negra y con vueltas de raso, esclavina corta de color azul sobre los hombros.
No sé si te emocionaste tanto como yo al escuchar el Veni, Sancte Spiritus cantado en gregoriano a ocho voces, mientras avanzabas hacia la mesa presidencial en el salón de actos.
Don José Echegaray y Eizaguirre, catedrático de Física Matemática, tu padrino de ceremonia, ataviado como los demás, fue el encargado de tomarte juramento de fidelidad a la ciencia y a las leyes ante el rector.
Estaba orgulloso de ti. En realidad, todos lo estábamos. Temblabas al recibir el diploma y cuando, acto seguido, te impusieron la insignia y la medalla de honor.
También José Echegaray fue el encargado de pronunciar la «Lección Magistral» como discurso de clausura antes de los vítores finales. Yo no salía de mi asombro. ¡A tus veintitrés años!
Un año después, ya en 1905, llegué a Toledo —me sigues diciendo— para dar clase en la Escuela Normal Femenina, donde enseñé Ciencias Naturales, Física y Química. La Normal estaba en el antiguo convento de Santa Ana, y encontré un piso cerca, en la calle de la Plata, 15. Allí conocí a Luz Zuluaga, el Tajo y el mazapán.
Te miro fijamente; no sé si coinciden todas las fechas que me estás dando. Sigues navegando entre recuerdos. … Y había un chico… bueno, no era solo un chico. Daba clases en el Instituto General y Técnico, que estaba en el palacio de Lorenzana; era catedrático de Lógica, Ética y Psicología ; además era de mi cuerda, en la enseñanza tenía ideas reformistas, renovadoras, modernas…
Respiras profundamente para luego seguir: … Me pareció alguien reservado, de trato inicialmente distante, con un aire de profesor muy marcado. Me llamaba la atención su actitud reflexiva, su dominio de sí mismo y una evidente inclinación hacia el análisis racional. No proyectaba entusiasmo ni calor emocional, sino más bien una autoridad basada en la seriedad, la coherencia y el rigor intelectual.
Esa primera percepción me podía resultar fría, pero al mismo tiempo me imponía respeto y me sugería profundidad de pensamiento. Era mayor que yo, once años.
Recuerdo a la directora, Valentina Aragón Cano; ¡anda que no le di la lata hasta conseguir que montase un laboratorio de física y química…! Me alegré cuando a Julián, que ya era mi novio, le dieron una beca en la Junta para Ampliación de Estudios para estudiar en Alemania y Francia.
Fueron unos años en los que las cartas de ida y vuelta volaban semanalmente. Yo esperaba sus cartas tanto como él las mías.
A finales de 1911 regresó a España y yo me sentí mucho más tranquila, aunque solo un año después, en 1912, se afilió al PSOE y a la UGT, pero ganó la cátedra de Lógica Fundamental en la Universidad Central de Madrid.
Pedí el traslado para irme con él. Me lo dieron y nos casamos el sábado 27 de diciembre de 1913. Hacía mucho frío y los trenes estaban de huelga. Quisimos que fuera un evento íntimo y discreto, acorde a sus valores, rodeados de familiares directos y amigos cercanos del ámbito académico y político. Me gustó ver en el juzgado a Andrés Ovejero, catedrático, escritor y compañero socialista de Julián. No podían faltar Lope Gisbert, mi amigo, ni Luis Simarro, el neurólogo; también invité a mis dos amigas, Concepción Saiz de Otero y Matilde García del Real, la directora de la Normal.
El restaurante Lhardy era un lugar emblemático de la capital. Todo estaba muy bueno. A mis treinta y dos años podía comer de todo.
Después nos esperaba nuestro nuevo domicilio, en la calle Castelló, 12, cuarto derecha. Me habían ayudado a decorarlo mis hermanas Amparo, Mercedes y María.
Después de las tertulias de los sábados por la tarde, a las que solían acudir Luis Simarro, Manuel Azaña, Fernando de los Ríos, Andrés Ovejero, Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Manuel Bartolomé Cossío, José Ortega y Gasset, Pablo Iglesias, Américo Castro ; solía quedarme, y mi cuñado Antonio de Zulueta y Escolano, el marido de mi hermana Amparo, que era genetista, me hablaba de los avances de la genética, de las leyes de Mendel, de los cromosomas y de sus investigaciones; también me quedaba cuando venía a casa Santiago Ramón y Cajal. Hablar con ellos era descubrir otro mundo.
Mi otro cuñado, Luis, que ya era ministro de Estado, no podía por sus múltiples ocupaciones; me hubiese gustado que también estuviese allí, porque me habría enterado más directamente de la situación de España en aquel momento.
Seguramente de alguna de aquellas tertulias salió la idea de que mi marido se presentara a las elecciones del 8 de noviembre de 1913 para concejal. Fue elegido por el distrito de Chamberí.
En la Normal Femenina de Toledo, donde yo tenía la plaza de cátedra de Física, Encarnación de la Rigada y Ramón, la directora, que acababa de suceder a Clementina Albéniz —hermana del compositor Isaac Albéniz—, entendió mi situación y me adecuó los horarios para que no tuviese que ir todos los días a Toledo.
Aunque ya conocía sobradamente la carretera, para mí aquella decisión fue un alivio. Los días que no tenía que ir a la ciudad de las tres culturas los dedicaba a visitar el laboratorio de genética que dirigía mi cuñado Antonio; y Antonio Madinaveitia, cuñado de Luis, me acompañaba muchas veces al laboratorio del Instituto-Escuela, donde yo ejercía como profesora de Física y Química. Como aquellas visitas eran imprevisibles, siempre llevaba conmigo la bata blanca.
En 1917, tras la huelga general de agosto, mi marido fue condenado a cadena perpetua y recluido en Cartagena por su apoyo a la UGT. Me destrozaron la vida. Lloré y recé en secreto como no lo había hecho nunca, pero él no se sentía solo, o al menos eso me decía en sus cartas. Un año hasta su amnistía en 1918, cuando fue elegido diputado.
María Zambrano quería a toda costa que coordinase el laboratorio de ciencias de la Residencia, a lo que de ninguna manera me pude negar. Siete años estuve allí. Pero todo se acaba. Fue una época de actividad frenética.
Mi marido concejal, yo entre Madrid y Toledo. Dicen que detrás de la tempestad viene la calma; pues no, en mi caso no fue así.
Se encendieron las luces del salón mientras me hablabas de que, cuando al dictador Primo de Rivera, el 4 de octubre de 1927, se le ocurrió nombrarme miembro de la Asamblea Nacional Consultiva, me eché a reír y, naturalmente, rechacé la oferta.
Me había nombrado por ser una científica de prestigio, además de ser una mujer. Un elemento de propaganda que a él le venía muy bien. Era perfecto, pero lo rechacé.
Decidí volcarme en el Lyceum Club Femenino, y a Julián le nombraron presidente de las Cortes Constituyentes.
Mira, me dices, cómo se ve que nos están echando y a mí me queda mucho por contarte; si quieres, podemos quedar otro día. Me hubiese apetecido quedarme a cenar aquel día en el salón del té, era muy acogedor, pero comprendí que estabas cansada y acepté un nuevo encuentro; aunque, hasta que llegase, con lo ocupada que estabas, sabía que podía escribirte un par de cartas más.
Nos despedimos con un fuerte abrazo, como si nos conociésemos de toda la vida, y yo me fui a poner en orden todas mis notas.
Un viento frío enreda canciones de guerra entre los adoquines, se apagan las farolas, y los cascos de los caballos las acompañan rompiendo puentes, como las castañuelas de una premonición sombría. Nos acompañan dos serenos hasta casa, haciendo sonar sus llaves y sus chuzos.
Cuando vuelva la calma, te digo, te volveré a escribir; entre tanto, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.
Eliberia.












