junio de 2026

‘La eternidad menguante’, de Josefina Aguilar Recuenco

La eternidad menguante
Josefina Aguilar Recuenco
Editorial Pre-Textos, 2025
Páginas: 80

Fotografiar lo inasible: una poética de la mirada y la incertidumbre

Leer La eternidad menguante, poemario ganador del Premio Internacional de Poesía Juan Rejano-Puente Genil, es entrar en un territorio donde el lenguaje deja de ser un medio transparente para convertirse en materia activa, casi indócil. Desde las primeras páginas, el libro de Josefina Aguilar Recuenco desplaza la expectativa de lectura: no se trata de reconocer una experiencia, sino de asistir a la aparición de un mundo que se construye —y se desestabiliza—en el propio acto de nombrarlo.

La presencia de la fotografía como eje es el dispositivo que organiza todo el libro. Hay una voz que observa, que espera, que se sitúa detrás de una lente o de un espejo. Pero lo que esa mirada encuentra no es una realidad fija, sino su extrañeza constitutiva. La luz y la oscuridad, lejos de oponerse, se implican mutuamente: la imagen solo es posible gracias a esa tensión, a ese fondo oscuro del que emerge toda forma. En este sentido, el libro ensaya una forma sorprendente de conocimiento: mirar es ya transformar.

Uno de los rasgos más llamativos es la proliferación de imágenes que se suceden con rapidez, como destellos. El poema no se detiene en desarrollar una escena, sino que avanza por condensaciones sucesivas, por intuiciones que se abren y se cierran casi al mismo tiempo. Esta intensidad constante genera un efecto de asombro sostenido, una sensación de estar siempre al borde de algo que no termina de fijarse. Hay en ello una apuesta clara: sostener la inestabilidad, sin pretender resolverla.

Esa misma apuesta es, también, su riesgo. La reiteración de ciertos procedimientos — especialmente la construcción de imágenes a partir de oposiciones conceptuales— puede llegar a hacerse visible, y con ello aparece, en algunos momentos, una leve sensación de saturación o de previsibilidad. El campo semántico, concentrado en unos pocos núcleos (luz, sombra, espejo, mirada, tiempo), refuerza la cohesión del libro, pero también puede producir una cierta clausura. Sin embargo, estas tensiones no invalidan la propuesta; forman parte de su lógica interna, de su voluntad de explorar un mismo territorio hasta sus límites.

Lejos de una poesía de la experiencia o de la confesión, la voz que recorre el libro se sitúa en un lugar distinto: no cuenta, no recuerda, no explica. Más bien piensa, o mejor, hace pensar al lenguaje. Hay en ella algo de monólogo ensimismado, de contemplación intensa que roza lo visionario y lo surrealista, pero sin grandilocuencia. La emoción se presenta como intensidad del propio pensamiento.

La eternidad menguante es, en definitiva, un libro exigente y coherente, que asume el riesgo de construir un sistema poético propio. Su fuerza reside en esa capacidad de sostener una mirada que no se conforma con lo dado, que insiste en interrogar la relación entre imagen, tiempo y realidad. Puede desbordar o incluso incomodar a ciertos lectores, pero también ofrece, a quien acepta su propuesta, una experiencia de lectura poco habitual: la de asistir a un lenguaje que no solo nombra el mundo, sino que lo vuelve extraño y, en esa extrañeza, lo renueva.

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