Apología del margen
Juan Manuel Uría
Cypress Cultura, Sevilla, 2026
54 pp.
UN GALLO PARA URÍA
Se está bien al margen, sin nada que decir y sin nada que proponer, viendo cómo los otros pugnan por una tribuna o por una recompensa.
Mario Pérez Antolín
En 2026 la editorial Cypress publica Apología del margen, de Juan Manuel Uría (Errenteria, 1976), un libro que había asomado, embrionario, como ambicioso texto en aforismos en el número inaugural de la revista Aforistas (2023) y que ahora se nos entrega exento, crecido y decidido a llevar el género hasta consecuencias limítrofes con sus arquetipos estandarizados. Conviene anotar de entrada una distinción: en los últimos tiempos, es un hecho que hay aforistas que todavía van cobrando impulso, pero los hay que ya hacen de su trayecto una exploración. Uría pertenecería sin discusión a los segundos. Forma parte de ese elenco, cada vez más nítido entre el aluvión del boom, de los aforistas aforistas: los que no visitan el género de paso, como quien posa en la alfombra roja de la moda literaria, sino que lo asumen como medio nuclear de su obra, con sus modos y sus demandas, sus servidumbres y sus grandezas, sus fronteras y sus posibilidades. Y, en este caso, Uría se permite arriesgar e ir más allá del libro de hallazgos sueltos para presentarnos en fondo y forma una poética a través de un aforismo abierto a defender su causa, fundamentada en su condición de margen.
Marginalia: el taller del margen
Este libro no cae del cielo, sino que corona un itinerario y, si se observa con perspectiva, así lo llega a corroborar. Uría empezó a escribir aforismos donde casi todos los aforistas han empezado sin saberlo: en los márgenes de los libros ajenos, en cuadernos, en frases sueltas anotadas al filo del renglón. El margen, como partida de nacimiento, fue, pues, taller antes que tema. De aquella orilla brotó Dos por la mañana (2015), donde un poeta llegaba al género desde la imagen y desde un humor de raíz vanguardista. Con La ciencia de lo inútil (2018) dio el salto decisivo al inaugurar el proyecto Poética: un aforismo que dejaba de observar el mundo para observar el acto mismo de escribirlo. Dos por la tarde (2020) cerró después el díptico horario abierto en 2015, mientras proyectos como K’amékuarhu, Harria-La piedra o Infancia es lugar iban afinando, por vías laterales (¿por dónde, si no?), una misma intuición: la palabra breve es asunto poético antes que ingenioso. Apología del margen es el desenlace natural de ese trayecto. Y desde ahí, desde esa conquista, para nada marginal, pronuncia su alegato.
Apología: la defensa del reo
El título no es inocente. Apología es palabra de resonancia socrática y cuesta no oír aquí el eco del Tábano de Atenas que, ante el tribunal que iba a condenarlo, no se disculpó: se reivindicó. La apología es el discurso del reo en su propia voz, pronunciado a contracorriente y sin abogados de oficio; y Uría asume esa voz para salvar el margen de su marginación, para defender a ese acusado perpetuo cuyo único delito consiste en no ocupar el centro. El gesto es de estirpe clásica y de consecuencia extrema: como el ateniense prefirió la cicuta antes que renunciar a su daimon —y aún tuvo, ya moribundo, un gallo que ofrecer a Asclepio—, el aforista prefiere la intemperie al refugio. Y la primera prueba de la defensa se enuncia con la sequedad de quien no argumenta, sino que constata: El margen es tomar conciencia de la intemperie.
Ahí está la tesis nuclear de todo el libro. El margen no es exilio ni castigo, sino lucidez: el sitio elegido desde el que, despojado del abrigo de cualquier centro, uno por fin acampa en su seno y predica con lo que ve. De ahí que el libro no hable sobre el margen, sino desde él, y así lo defiende. Ahora bien: toda defensa necesita un orden de pruebas. Y la de Uría lo tiene, aunque haya que descifrarlo.
Un código entrevelado
Si algo distingue a Apología del margen de la inmensa mayoría de los compendios aforísticos al uso —generados, casi siempre, por mera yuxtaposición, según esa común organización caótica que amontona textos como quien vacía los bolsillos— es que aquí late una arquitectura. El libro se ordena en cuatro tiempos cuyos títulos, leídos en cadena, componen ellos mismos una frase, un aforismo que vertebra y enuncia el todo: razón del margen (parte primera), aliento (segunda), del monstruo (tercera) y en el amor (cuarta). El esqueleto, pues, va más allá del pretexto para convertirse propiamente en parte nuclear del texto. Con ese gesto a limine Uría nos advierte de las reglas del juego: lo que viene no se leerá como un saco de sentencias independientes, sino como un código entrevelado que pide desciframiento. Estamos ante un fragmentarismo causal, no casual; ante esquirlas que se eslabonan, se llaman, se (co)rresponden en un discurso donde apenas asoman aforismos tradicionales, de redondez asertiva y cierre de campana, sino que hallamos una rotura textual que avanza entre abismos que respiran. Este es, por cierto, un rumbo que venía tanteando el aforismo lírico de los últimos tiempos —el del libro orgánico frente al cajón de sastre—, pero rara vez con tanta determinación: aquí la deriva no se insinúa, se asume y es un norte que infla sus velas a pleno pulmón.
Conspirar: respirar juntos
No es casual que la segunda parte se titule, sin más, aliento. La gran intuición formal del libro consiste en haber convertido la respiración en principio compositivo: los aforismos se cortan, se suspenden, se alargan; tienen pausas que son inhalaciones y silencios que son exhalaciones; el blanco entre uno y otro no es un vacío tipográfico, sino un abismo que respira. Leerlo es acompasar la propia mecánica pulmonar a la del texto. El libro invita a pensar respirando, como si el respiro propiciara el pensamiento y no al revés; como si la vieja in-spiración de los poetas recuperase aquí su literalidad fisiológica y se tomase aire para tomar conciencia. Pero esta poética del aliento guarda, además, una dimensión ética que el propio Uría se encarga de explicitar, pues el poema no se agota en quien lo escribe: El poeta sabe que el poema respirará en otro, tomará vida en quien lo lee. Leer es, entonces, conspirar: respirar juntos. Y, en contrapartida, queda definido con precisión quirúrgica el pecado contrario, el hermetismo que asfixia: El verdadero hermetismo está en no dar lugar a la respiración del otro. Poema ya cerrado en origen, que no permite la dialógica del aire, el vuelo del significado, inmóvil como una huella sin vida. La coherencia profunda del conjunto reside ahí, en que el aforismo que se cierra sobre sí mismo muere, y en que solo respira el que deja respirar; de modo que esa estructura quebrada, esos textos sueltos pero encadenados, no son capricho estilístico, sino la traducción formal de una convicción: el sentido se convierte en un aire que circula.
El monstruo que (se) muestra
La tercera parte bautiza al habitante del margen: el monstruo. La elección es exacta si se la mira desde la etimología, porque monstruo (monstrare: mostrar, señalar) es, antes que la bestia, lo que se muestra, lo que se sale de la norma para hacerse visible; y el poeta —el que vive en la periferia renombrando el mundo— es exactamente eso. Uría lo dice sin estridencia, casi con ternura, en un guiño nietzscheano que desactiva cualquier monstruosidad para devolverla a lo más nuestro: Monstruo, demasiado humano.
Este monstruo no destruye, sino que siembra. ¿Y qué siembra? Aquello que está en el margen de las cosas, dándoles nuevos nombres, alrededor de los que emergen formas que se identifican mágicamente con sus ojos. Hay aquí, además, una clave oriental que recorre todo el libro y que conviene no pasar de largo: la mirada de haijin, el ojo del poeta de haiku que se vacía de identidad para que el mundo se diga a través de él. No en vano Uría es también autor de haikus, y esa disciplina de la atención desnuda cristaliza en una de las imágenes más hermosas del conjunto: deshacerse de la identidad para ser un ángel, un texto sin género. Despojarse del yo y del género —del gramatical, del literario, de todos— es la condición misma del margen: solo quien renuncia a ser alguien puede decir y serlo todo. La consecuencia, advierte el libro, no es el vacío. Algo viene a ocupar ese hueco, y ese algo tiene la última palabra.
El amor, ese afuera
No podía cerrarse el alegato sino donde se cierra: en el amor. Si el margen era conciencia de la intemperie, el amor es el modo de sobrevivirla; si el monstruo se vaciaba de identidad, el amor es lo que lo (re)llena sin su mismidad. Es la última estación de un trayecto que ha ido de la razón al aliento, del aliento al monstruo y del monstruo, por fin, a la entrega, porque amar, en la lógica del libro, es la forma más alta de marginarse: salir del propio centro para perderse en lo otro: En el amor todo es un afuera en el que perdernos. Y el libro alcanza su cota moral en una sentencia que es, a la vez, paradoja y programa: Seamos libres a condición de amar. La libertad, que parecía el premio del margen, resulta estar condicionada por el amor. El círculo se cierra y el código, por fin, se descifra: del afuera del margen al afuera del amor, el yo se ha ido vaciando hasta volverse puro umbral. La defensa ha concluido. Queda el veredicto, y el veredicto compete al lector; pero antes de dictarlo conviene reparar en cómo está dicho todo esto, porque ahí reside buena parte del riesgo.
Coda: el blanco que sostiene
Los aforismos de Uría tienden a romper la dicción, a enunciarse en una suerte de estado catártico, como mensajes sibilinos que se profieren más que se razonan. Lejos quedan la clásica asertividad sentenciosa y, sobre todo, el recurso trillado, sobado, explotado del ingenio: no hay aquí guiño cómplice ni golpe de efecto, sino un discurso aforístico, lírico y filosófico a un tiempo, que se atreve a balbucear donde otros rematan. Es, en suma, un aforismo al margen del aforismo y que, por vivir donde vive, inevitablemente deja al margen —sin desdén, pero con firmeza— a los otros aforismos, a los que se conforman con la redondez del epigrama y la coartada del chiste. No los desautoriza: simplemente, respira en otra parte. Y en ese gesto hay también una lección para el momento que atraviesa el género. Uría propone replegarse a la orilla, bajar la voz, hacer del aforismo no una exhibición sino una respiración compartida.
Quien escribe desde el margen sabe que la página tiene dos: el del texto y el del blanco que lo rodea. Durante siglos creímos que lo escrito era el centro y el blanco, mera ausencia, papel en barbecho. Apología del margen invierte la jerarquía y nos enseña a leer al revés: es el margen, ese aire en blanco que respira alrededor de cada frase, el que sostiene la palabra y le da sentido, como la orilla sostiene al río precisamente por no ser río. Hay un aforismo suyo, anterior a este libro, que certeramente (re)suena ahora a divisa de toda esta empresa: pinte usted saliéndose del margen. Eso ha hecho Uría exactamente. Y al hacerlo nos ha dejado, aforismo interpuesto, sitio para respirar, margen para respirar.










