En esta mañana de lluvia y atmósfera brumosa y gris, he llegado hasta la Fundación Camilo José Cela. De ella solo puedo exclamar que es magnífica. Y me quedo corta. Igualmente exclamo de la amabilidad de su bibliotecario Iván Rodríguez Varela, que me ha recibido, y hemos mantenido una charla sabrosa, intelectual y personalmente.
Al punto, y dejando los previos.
Estoy emocionada de reencontrarme con el que fue mi escritor en la adolescencia y, sin duda, el gran escritor de la España de la posguerra tan dilatada, que llegó hasta los 90, casi.
Vivíamos en un país de papel de estraza, por decirlo en metáfora matérica. Sí, aquel papel basto que se utilizaba para prensar las sardinas en salazón que venían presentadas en una cuba circular, y se llamaban sardinas de cuba por ello.
Eran cuatro escritores y tres escritoras los que había en el país, por así decirlo. Sobraban los dedos de las manos para contarlos, y a todos los conocíamos y queríamos. Camilo José Cela era el rey.

Yo he sido y soy un animal literario. Por mis venas corren novelas, poemas, ensayos… Ergo, incorporo a mi vida lo que leo. Así que quien me conoce, sabe que yo llegaba a su casa, en el autobús de Pascual Duarte y otras ocurrencias que pueden testificar mis amigos. Pura carne literaria.
En la Fundación CJC, he visto su excelente auditorio, he recorrido sus amplias salas de una a otra parte. Está lo convencional maravillosamente ordenado, con su correspondencia, casi infinitos premios y medallas. Y sobre todo, una extensa biblioteca que contiene sus propios libros, más la suma de las bibliotecas de José García Nieto, de José Asunción Silva, y otras. Como ha dicho el académico Darío Villanueva: “es una de las fundaciones más ricas, en su género, del mundo”.
Sin embargo, lo que más me llega, son los carteles con su prosa viva, seleccionados ad hoc, muy bien escritos y legibles a distancia, que te interpelan, o con los que entras en diálogo.
Memento Mori.
Cela dice que devuelve a la tierra, su tierra, lo que le dio. Bien está y bien hecho. Que no te vendiste a pingües ofertas monetarias, sobre tu legado, provenientes de prestigiosas universidades americanas. Bien hecho.

Sin embargo, Camilo José Cela, como los grandes faraones, ha estado pensando, construyendo y modelando su tumba durante más de 50 años, o quizás toda la vida. Con mucho tiempo te hiciste con las llamadas Casas de los Canónigos de Padrón, y comenzaste acariciar el sueño de tu Fundación. En realidad, tu tumba faraónica en sentido amplio y figurado, es tu Fundación, porque la real está en la tierra, bajo la sombra de un olivo, en el jardín del cementerio de Adina, Iria Flavia.
Merece la pena que esta Fundación pública resista los embates del siglo XXI, y venideros. No tanto per se, sino por la saludable corriente, que es una continuidad entre vivos y muertos en permanente diálogo.
Claro que sí, larga vida para Camilo José Cela, abonada sobre el suelo la tradición.
Vivos y muertos somos un continuum.












