
La originalidad de la filosofía, su peculiaridad como disciplina teórica, no se ha debido tanto a los grandes asuntos de los que tradicionalmente se ha ocupado, aunque también. No se lo debe a eso o, mejor dicho, no lo debe solo a eso. Lo debe más al cómo lo ha hecho y al cómo lo hace, mediante el establecimiento de las bases de todos los saberes, científicos y humanísticos. La filosofía, si realmente lo es, no puede ignorar o negar la realidad. Lo que ha de hacer es afrontarla, tratar de aprehenderla y comprenderla.
En el último cuarto del siglo XX, la llamada filosofía posmoderna, al declarar que todas las realidades son construcciones culturales y sociales infinitamente manipulables, negó la misma realidad, convirtiéndola en pura subjetividad. Y, una vez negada la realidad, la verdad devino en la posmodernidad igualmente inútil e imposible, en sí misma. Además, la verdad se cuestionó también porque, ante “valores” más importantes y “elevados”, como son la justicia social o la solidaridad, no es aceptable que prevalezcan la objetividad y la verdad.
Como era previsible, la posmodernidad se estrelló en una escollera insuperable. Nunca pudo pasar la prueba del contraste con la existencia de hechos absolutos y de realidades indudables. La vida y la muerte de todos y cada uno son hechos reales, que no pueden reducirse a ser considerados como meras interpretaciones. La muerte es una realidad, no se puede reducir a considerarla una mera construcción social, ni admite muchas manipulaciones: es rigurosamente objetiva y verdadera. La posmodernidad se impuso arrolladoramente en el final del siglo XX, arrumbando los restos de los sistemas precedentes, estructuralismo, existencialismo, marxismo, filosofía analítica, nada fue capaz de resistirse a los posmodernos.
El pensamiento en este siglo XXI
Tras la desaparición por implosión de la posmodernidad, se ha llegado a cuestionarse el mismo hecho de pensar, pues el pensamiento, en su más acabada expresión, la filosofía, ha desaparecido hoy casi por completo. La han sustituido el cálculo y la cuantificación, el número y la cantidad. El siglo XXI parece que ha dejado de pensar y se ha rendido a esas razones del cálculo y de la cantidad, de la acción productiva y de la valorización del valor. El “pensamiento único” se ha convertido en el referente principal de ese abandono o agonía de la facultad de pensar que actualmente se registra en todas partes. Casi parece que acabar con el “pensamiento”, fue la principal finalidad de la filosofía finisecular. El pensamiento actual está asfixiado bajo una capa de homologación mental que esteriliza toda energía intelectual y ofrece al hombre la cómoda situación de dispensa del esfuerzo de emplear activamente su intelecto.
En todos los tiempos ha existido un pensamiento dominante, pero en este siglo XXI, el pensamiento dominante se ha transformado en “pensamiento único” excluyente que busca, y a menudo consigue, eliminar la posibilidad misma de pensar diferente. No sorprende que buena parte de las energías de ese pensamiento único y de sus divulgadores sean utilizadas para lograr la desactivación apriorística de la posibilidad de pensar de otro modo y, en último extremo, de pensar, simplemente. El pensamiento único de este siglo es una condena a muerte del pensamiento. Una condena que se ejecuta mediante la coacción, la propaganda y la difusión de esa “neolengua” en la que el pensamiento único se articula y se expresa.
Una neolengua que se articula en toda una serie de lemas, consigna, “slogans” y funciones conceptuales, cuyo fin no es promover el pensamiento, sino desvitalizar sus mismas condiciones de posibilidad y de ejercicio. Por ejemplo, demoniza como “homófobo” a cualquiera que no se adecúe al orden erótico del nuevo desorden sexual y defienda la centralidad de la familia natural como célula base de la sociedad y fuente de la vida social. Y, sobre todo, estigmatiza como “conspiranoico” a quien intente cuestionar sus dogmas del pensamiento único, a quien se atreva ejercer el arte de pensar que, según la etimología, expresa ante todo la capacidad de sopesar y evaluar críticamente. Una neolengua que se enseña e imparte a los escolares de unos sistemas educativos públicos, como los actuales, en los que se ha renunciado a la transmisión de conocimientos y saberes, en favor de un adoctrinamiento completo y analfabetizante.

¿Se ha quedado sin sitio la filosofía?
Para el nuevo orden intelectual de este siglo, la filosofía aparece como un comportamiento indeseable, extravagante, casi conspirativo, pese a que la filosofía nació de la necesidad de buscar una verdad más profunda que aquella ofrecida por los fenómenos del mundo y por la primera apariencia de los entes. No hay afinidad alguna entre ese pensamiento único y la filosofía en su sentido más clásico, es decir, esa disciplina intelectual que trata de pensar diferente, de problematizar lo obvio, de refutar lo falso, de utilizar la propia cabeza como único fundamento para el saber verdadero y como búsqueda de la Verdad con mayúscula. Una incompatibilidad que se impulsa con el discurso sobre la “inutilidad de la filosofía”, que la va expulsando poco a poco de los planes de estudio.
La filosofía es un saber sobre la totalidad de lo real y, desde los antiguos griegos, se plantea como un conocimiento a la vez teórico, axiológico en cuanto a valores y práctico en cuanto a la conducta. Pero el tiempo presente sólo admite conocimiento en las ciencias y en las tecnologías. Saberes exclusivamente científicos que determinan y estudian partes concretas de la realidad, pero aisladas, con lo que se impide el conocimiento general y pleno, así como la valoración crítica y la transformación de la realidad. Los métodos científicos profundizan el conocimiento de los objetos que estudian, pero no pueden orientar sobre qué sea el bien y lo justo y cómo se puede perseguir la plenitud en la vida, tanto en lo individual como en lo social. Mas, al confiar enteramente y solo en las ciencias, se produce el resultado paradójico de la inversión del racionalismo científico en un irracionalismo de masas. Cientificismo e irracionalismo coexisten hoy como fenómenos expresivos de la racional irracionalidad de nuestro tiempo.
De manera más general, se podría afirmar que el pensamiento único, reabsorbido en la dictadura del relativismo y del ateísmo líquido de la indiferencia, que son grandes enemigos de la “verdad”. La muerte de Dios no precisa de fundamentos metafísicos y verdaderos, más aún, deben desalentarlos y deslegitimarlos, para que no se pueda poner en cuestión un orden fundado sobre la nada, como el del presente. Por eso se condena a muerte, junto a la filosofía, también a la religión, ya que ésta remite a la “verdad absoluta” que representa la divinidad.

El cientificismo: la nueva metafísica de hoy
El hecho de que el pensamiento dominante promueva las ciencias como único conocimiento permitido, muestra cómo se aspira a aniquilar la cuestión de la verdad, sustituyéndola por la de la “certeza”. Una certeza calculable y controlable, orgánica al funcionamiento de la tecnología. Pero las ciencias no pueden decir nada sobre la plena realidad, ni sobre Dios o el arte. El error del pensamiento dominante no está en la valorización absoluta de la Ciencia (así, con mayúscula, como nueva instancia metafísica), sino en su elevación a único saber permitido: las ciencias son, uno de los grandes descubrimientos de la humanidad, pero no el único.
La condena a muerte de la filosofía como búsqueda de la verdad y arte del pensar diferente en la búsqueda de la misma, viene de la mano de similares descalificaciones contra la religión. El ateísmo, hipertrofiado en los dos últimos siglos, refleja también la pérdida del interés por la cuestión de la verdad: la muerte de Dios, como la expresa el lenguaje representativo de la religión, no es otra cosa que la muerte de la verdad y del fundamento último. El hombre actual está perpetuamente atrapado en las irreflexivas “tareas cotidianas” de producir y consumir, de calcular y de usar. La eutanasia a la que está sometida la filosofía no sólo se hace mediante la imposición del pensamiento único, sino también a través de la absolutización religiosa de la ciencia como único saber admitido.
También se realiza mediante la influencia ejercida por los restos de la filosofía posmoderna, con su racionalización filosófica de la renuncia programática a cambiar el mundo. Rasgo con el que el posmodernismo asumió el estatus de nihilismo plenamente desarrollado, transfigurado en la única posibilidad de emancipación hoy permitida. Y también en el “gran relato”, que cuenta la pérdida originaria del fundamento, la ansiedad que deriva de esta pérdida, la resignación por el hecho de que es irreversible y, por último, el orden consuetudinario que gradualmente surge de ella, hasta la plena aceptación de este mundo como el menos malo o, en todo caso, como el único posible.
¿Malos tiempos para la filosofía? Quizá.












