septiembre 2020 - IV Año

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Covibar celebra 40 años de utopía hecha realidad con una exposición fotográfica

La muestra recoge la historia de Covibar, la exitosa cooperativa que urbanizó Rivas Vaciamadrid

Hasta el 7 de septiembre de 2018. En el Centro Social Covibar Armando Rodríguez (Avda. de Armando Rodríguez Vallina s/n -antigua avenida del Deporte-). 

Por Mariola Cifuentes.- | Junio 2018

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Por desgracia, la historia de numerosas cooperativas de viviendas en nuestro país ha estado plagada de problemas, incumplimientos y actuaciones que en numerosos casos han acabado en los tribunales. Muy por el contrario, la historia de la Cooperativa obrera de viviendas Covibar que urbanizó Rivas Vaciamadrid es la historia de un éxito que proporcionó vivienda a miles de familias. Un proyecto que pasó de la utopía a la realidad y, aún en nuestros días, sigue tan pujante como cuando fue impulsado por sus fundadores hace 40 años. 

Ahora, cuando se cumplen cuatro décadas de aquel utópico proyecto, Covibar celebra los 40 años de su creación con una exposición en la que pueden contemplarse fotografías aéreas que recogen cómo Covibar pasó de ser un descampado a lo que es en la actualidad: un barrio puntero, modélico y un ejemplo de transformación social y cultural, todo un referente en el sureste madrileño.

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También pueden verse fotografías de la época en la que comenzó a hacerse realidad este proyecto, recortes de prensa, folletos, carteles, etc. La mayor parte del material expuesto forma parte de la donación que el fundador de Covibar, Armando Rodríguez, ha realizado al archivo documental del Centro Social de Covibar.

Sin duda, está exposición traerá muy buenos recuerdos a los cooperativistas que se embarcaron a partir de 1978 en este proyecto que fue y es la Cooperativa Covibar.

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La idea de hacer posible Covibar surgió de Armando Rodríguez Vallina, exiliado en París durante la dictadura de Franco y profesor de Urbanismo de la Universidad de la Sorbona. Rodríguez Vallina, influido por diversas tendencias y varias filosofías utópicas del urbanismo, gestó un proyecto que haría realidad en caso de regresar a España. Solo quedaba saber dónde, porque no era fácil encontrar una ubicación en la que llevar a cabo la idea.

Como relata el propio Rodríguez Vallina: ‘Pensé en hacer una cooperativa social en un municipio junto a Madrid. Tenía que ser un espacio que no estuviera condicionado por otros ámbitos urbanísticos y, por tanto, debía ser una célula urbana con todos los servicios funcionando, que tuviera capacidad de generar actividad a su alrededor, y con equipamientos que fueran propiedad de los cooperativistas. Además, tenía que ser un proyecto modular en función de las circunstancias. Cuando llegué en 1977, di una conferencia sobre mi idea de ciudad y uno de los asistentes me dijo que tenía una parcela en Rivas -denominada ‘Valdelázaro’- que podía prestarse a ello. Vi que Rivas era una zona que estaba en un estado desastroso y que carecía de infraestructuras», explica. ‘No era un terreno sencillo. Prácticamente, suponía construir una ciudad en un desierto con un suelo frágil, duro y traicionero (especialmente, en la margen que hoy día es la zona de Dolores Ibárruri) que era pasto de la escorrentía cada vez que había tormenta y de los vendavales que, como el de 1987, arrasaban con todo a su paso’, añade Vallina.

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Se reorganizó el proyecto para adaptarlo a las circunstancias y negoció, después de varios tiras y aflojas, un pago de 730 millones de pesetas a pagar en cuatro años (la cifra inicial era de 1.500 millones) por una finca de 130 hectáreas en la linde entre Madrid y Rivas, junto a la que pasaban las aguas residuales de Vicálvaro. Allí se concentrarían 4.500 viviendas, una cantidad suficiente para que, tanto la construcción, como el desarrollo de las infraestructuras fueran viables económicamente. Tendría 30.000 metros cuadrados de equipamientos, 300 tiendas y hasta piscinas.

‘Para obtener el dinero, conseguí que Comisiones Obreras me diera un local y fui contactando con posibles interesados a través de comités de empresa. Puse como condición a los cooperativistas una entrada en dos plazos de 16.000 pesetas y luego 35 letras hasta conseguir el veinte por ciento del coste de cada piso, con garantía de devolución en caso de no continuar. Si llegaban a esa cantidad, el banco les podría dar la hipoteca del otro ochenta por ciento. El sistema desbordó las expectativas’, explica Rodríguez Vallina.

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‘Los sindicatos fueron el granero de cooperativistas inicial del proyecto, que luego atrajo a un perfil de población que buscaba viviendas baratas. El sistema generó confianza porque la entrada y la cuota eran bajas. No obstante, se mantuvieron los que tenían un trabajo fijo y, de hecho, la gran mayoría de vecinos que fuimos éramos funcionarios o trabajadores estables de grandes empresas. Desaparecieron los que tenían trabajos puntuales, que no pudieron pagar, y los que aumentaron rápidamente su nivel de renta, que se fueron a los chalés’, añade Fabriciano Requejo, vicepresidente de la Junta Rectora de Covibar.

Para quienes deseen saber más sobre Covibar el Diario de Rivas dedica un amplio artículo a la historia de esta Cooperativa de viviendas.