enero de 2026

El Infierno del Bosco, entonces, antes y ahora

Permanezco expectante ante una pintura que abisma y maravilla desde hace quinientos años a una multitud ingente de espectadores cuyos enfoques sociales y existenciales ya no son los del tiempo en el que fuera realizada. Y esto es algo que sólo puede pasar cuando el arte nos habla desde un lugar común a todos los tiempos, o sea desde y de la médula misma de la humanidad, es decir, cuando reitera los mismos interrogantes sin “respuesta absoluta” que acuden aún hoy a la mente, los labios y las manos de todos los humanos que devinieron reflexivos, y que subyacen aletargados o embozados bajo la también humana actividad frenética del día a día, el sexo y demás satisfacciones, muchas veces banales, con cuyo goce desplazan constantemente la angustia, soterrada también bajo el último invento de la astucia humana: la ciencia cuya divulgación consista fe, y que es dividida en cada vez más especialidades; todo con el fin de rellenar la ausencia de los “absolutos” deseados con invenciones más o menos bien justificadas o racionales o lógicas que se aceptan hoy por “lógicamente coyunturales”, o… “tácticas”, de acuerdo con el fabuloso recurso de “el pensamiento elemental” que reduce, simplifica, cancela cada vez más los significantes y sus términos lingüísticos. Un aspecto que ayuda mucho a caudillos y especialistas del discurso, que lo realimentan.

Debemos (deberíamos) reconocer que esto tan sólo parece afectarnos a «nosotros, los del pincel chino», grupo o subespecie a la que se sentía pertenecer Nietzsche, o a «los más sensibles», entre los que se contaba Freud. A fin de cuentas, a «los (figurativamente) elegidos» por lo insondable, la casualidad o la irregularidad de la producción encadenada de la especie, etc., según nos venga «mejor» para explicar nuestra existencia. No obstante, pienso que les sucede a todos los humanos, lo dejen libremente brotar y lo cultiven «contra la hostilidad del mundo» (defensiva u ofensivamente de uno u otro modo) o se encuentre en bruto y reprimido, incapaz de expresarse y comprender qué los insatisface, reprimiendo incluso, creo que sobre todo por miedo a desgajarse de la masa humana, que esos sentimientos de opresión, persecución, castigo, terror al vacío, etc., deriven en algo más que en la blasfemia o la súplica, la envidia y el resentimiento; derivados al fin inevitables que no dejan en algún grado y momentos  dados de aflorar.

A mi criterio, no hay tanto que nos separe «a nosotros» de la multitud que se lamenta o se resigna en parte, y rechaza comprenderse; una mayoría que a su vez permanece refunfuñando sometida sin saber por qué “castigo” en la servidumbre o se contenta con lo que le repartan u obtenga de La dominación ajena o propia sobre los demás como sustituto de un retorcimiento infructuoso del mundo para su satisfacción oscura, ciega, y más o menos cruel, que persigue lo inaccesible yendo a la deriva. Poco que parece mucho: la resignación a ver hasta la raíz y la necesidad irrefrenable de expresar lo que hemos visto, que no es sino el entretejido del infierno, del mundo, del presente, de la inevitable hostilidad de una humanidad de náufragos sobre la balsa del mundo.

Y Jeronimus Bosch fue uno de los que «vieron y necesitaron decirlo»…, como bien dictaminará Sigüenza, ocupándose del “adentro” del ser humano.

El a mi juicio mal llamado «Jardín de las delicias» del Bosco (tres paños que componen un tríptico que engloba la totalidad del mundo de los hombres, a saber: lo que deriva de la reflexión, lo que deriva del deseo ir realizado, lo que nos circunda y se sufre) no por nada encandila, hipnotiza, subyuga, abisma… La obra ha sido objeto de incesante polémica… sirviendo mayormente para reforzar “miradas especializadas”, o de “especialistas” como los que han atomizado al pensamiento y viven de anatemizarlo todo. Ya lo diría Hölderlin al manifestar que ya no veía hombres sino profesiones, pudiéndose añadir que por fin cuesta encontrar obras de crítica medulares para encontrar solo enumeraciones de detalles inconexos. Algo que todavía subsana la literatura, al menos cuando rinde tributo a su esencia: ofrecer una totalidad cuyos componentes la reafirman n vez de descomponerla.

En ese sentido, yo no puedo ponerme a contar cuántos búhos, peces, reptiles, hocicos, etc., haya en las obras del Bosco. Mi mirada recorre los caminos, pasa de unas escenas a las otras, y una y otra vez vuelve a ese semblante triste que se vuelve hacia su propio trasero «ocupado».

El autor en el mundo-infierno

Se ha dicho que el Bosco ha pintado un cuadro que «nos mira», que «nos interroga». Tal vez haya algo, un poco, de ello, pero, en lo fundamental disiento.

El hombre-árbol (y hombre-huevo, y hombre-cáscara, y hombre-en-ruinas) es para mí sin duda el Bosco. Y pienso que ahí está una de las claves fundamentales del conjunto, incluso por no estar el centro de los tres paños sino sólo en el dedicado a «El Infierno».

Esto me dice dónde precisamente se encontraba o se sentía hallar el pintor cuando pintaba, y eso sirve para indicar qué lo rodea, es decir, que el Infierno es exactamente el mundo del presente, el mundo en el que él como un hombre más tiene que sufrir… y soñar. Es el mundo real que lo rodeaba, el mundo tanto de los seres con los que convivía como de las mezquindades de estos que se veía obligado en uno u otro grado a soportar (de ahí la resignación de la mirada: no hay salida… salvo en los sueños, en las idealizaciones, en lo que «sería bueno que todo fuera así»). Por eso las escenas forman un panorama en el espacio, donde ocurren cosas no del todo conectadas, cerca y lejos pero siempre en la vecindad cuando no —en ciertos casos— en la cabeza de unos u otros, en particular en la del pintor.

El hombre-árbol está sin duda en una situación penosa: su cuerpo en ruinas, anclado como un árbol a la corriente inestable del tiempo y del mundo, sobre dos barcas que no garantizan coordinación alguna y en cuyo desplazarse por el agua prometen la zozobra del transportado. Esas barcas lo van alejando de la orilla donde impera la fantasía de la estabilidad… Se lo llevan ya arruinado e invadido para que roan lo poco que queda de él, usufructuado, desgastado por el virus de la humanidad y el virus de sus pesadillas; ambos a la vez. Se siente único: nadie más sufre a su alrededor del mismo modo, aunque sabiendo que quienes lo rodean también sufren mientras viven a su modo y sin saberlo ni querer saberlo (volveré sobre ellos en particular). Está, también, sobre barcas inestables que navegan a la deriva o al menos sin timonel prometiendo alejarse de la costa por un río que, no sólo por el territorio que cruza, debe de ser el Aqueronte, el que debe cruzar el moribundo; viaje para el que ha sido preparado por las circunstancias y sus avatares.

Mira hacia atrás, en busca de comprensión, quizá de compasión y hasta del perdón que no consiguiera darse a sí mismo, sin poder evitar que lo «okupen» (para referirlo a una realidad hoy físicamente de manifiesto), que denuncia una la perpetua mayoría desaprensiva que todo artista desprecia en el fondo o al menos de la que se aleja (los mismos bebedores y engullidores de taberna que Goethe describe en su Fausto) pero de cuya depredación no puede defenderse: es y sigue siendo la plebe (a que hoy “hay” que venerar, inclusive por ley). Una mujer y otras (¡qué si no entonces pero aún hoy pese a estar prohibido y ser condenable!) están ahí para contentar a los desaprensivos dominantes: una que el pintor destaca; ella no está allí por gusto sino porque también es en un segundo plano objeto de usufructo. A su vez, nuevos «comensales» acuden a la llamada de la gula hipnótica, de la bebida que permite ignorar la penuria: allí arriba hay con qué resarcirse de la miseria sin consideración alguna por el prójimo.

Es sin duda lo propio de su tiempo, pero sobre todo de la naturaleza de la masa que se había multiplicado de sí y lo ha seguido haciendo hasta hoy y en adelante. De ella nacieron los más astutos depredadores permitidos y seguidos para la consecución idílica y esperanzada de los menos capaces de ir más allá de lo próximo para hacerse con pequeños trozos del pastel con cierta temeridad, o solo de aquel que se le pusiera a su alcance, esto es, sin castigo. Hoy incluso se fomenta su mayoría y generalidad; la educación se adapta a ello y cada vez más eficazmente.

El Bosco ya sufría por su existencia, quizá con una inevitable soberbia pero también con tristeza, dos cosas que suelen emparentarse en los artistas como dejaron ver los más logrados, en particular los escritores. En el fondo, la mayoría de estos desearía el imposible de que la masa confirmara alguna vez su público. La mayoría creería un día, y lo sigue haciendo, que la educación vendría en auxilio de su vanidad… y últimamente muchos se sienten decepcionados, acusando “a los cielos” de la decadencia y la perspectiva del fin del arte auténtico (que nunca dejó de contener alguna pizca de mezquindad, hasta en los mejores; por ejemplo, a la hora de escoger una temática y hasta un estilo, tributando en fin a ese sueño dorado; ni siquiera el Bosco, me atrevo a afirmar, y por supuesto ni en mi propio caso. Lo fue desde los tiempos remotos, manifiestamente por los dramaturgos y los filósofos griegos. Si la masa y sus caudillos responden a sus idiosincrasias en uno u otro grado, los artistas a su vez no podrán nunca dejar de hacerlo a las suyas. Todos inevitablemente según sus individualidades.

Nota de la redacción:

El autor, asiduo colaborador de Entreletras, cuenta con títulos como “Once tiempos del futuro “, “Habitados” (ex “Una nueva conciencia” revisada), “Guiños”, “Habría una vez”, “Hasta que haya máquinas en el cielo” (teatro) y otros textos. Acaba de terminar una novela en la que recrea la vida del Bosco completando la escasa documentación existente con conclusiones basadas en su particular interpretación de la obra del pintor de Brabante.

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