febrero de 2026

PRETÉRITO PERFECTO / Vive la musique française!

Amén de cantantes nacionales y de habla inglesa (inclúyanse en este apartado básicamente británicos y estadounidenses), ya desde la década de los 50 a los españoles nos gustaban especialmente los italianos —la razón ya queda fuera de mi jurisdicción—. Véase Peppino di Capri, Jimmy Fontana, Nicola Di Bari, Mina, Domenico Modugno, Bobby Solo, Rita Pavone, Gino Paoli, Gigliola Cinquetti, Pino Donaggio, Iva Zanicchi, Adriano Celentano, Paty Bravo y tantos otros. ¡Pero, ojo, porque si los italianos nos encantaban, los franceses —o, digamos, los que cantaban en francés— nos enamoraban perdidamente!

Tampoco tengo argumentos sólidos para explicarlo, pero lo cierto era que sus canciones, aun siendo tal vez igual de melódicas y románticas, nos encandilaban, fuera cual fuese el sexo del receptor. Entre las chicas, por ejemplo, el que causaba auténtico furor era Salvatore Adamo o, mejor dicho, Adamo, a secas, un cantante italo-belga al que le costó poco aterrizar en nuestro país y montar la de San Quintín. Le bastó entonar un puñado de canciones con esa dulzura especial que tenía—todas versionadas también es español—, como «Cae la nieve» («Tombe la neige»), «Tu nombre» («Ton nom»), «Un mechón de su cabello» («Une meche de cheveux») o «Mis manos en tu cintura» («Mes mains sur tes hanches»), para conseguir que una legión de jóvenes y adolescentes de la época suspiraran perdidamente por él.

Francoise Hardy

A cierta distancia, pero sin posibilidad alguna de alcanzar el liderato que ostentaba Adamo, andaba Johnny Hallyday, quizá más apto para espíritus de complexión roquera, pero que también conquistó a un buen número de fans, especialmente con sus particulares versiones de temas famosos, como «Viens danser le twist», o sea, el «Let’s Twist Again» que interpretaba Elvis Presley.

Entre los chicos, la cosa desde luego cambiaba por completo, de modo que nuestros suspiros iban directamente dirigidos a cantantes como Françoise Hardy, que arrasaba con temas como «Tous les garçons et les filles» y «Le premier bonheur du jour»; France Gall, sí, la que ganó el Festival de Eurovisión de 1965 con «Poupée de cire, poupée de son» («Muñeca de cera», en su versión española); Marie Laforet, de la que era difícil no enamorarse cuando miraba con esos ojos verdes mientras interpretaba «La plage» o «Vendanges d’amour», y, por supuesto, Sylvie Vartan, «la novia de los jóvenes franceses», como era conocida por aquel entonces, que nos dejaba atolondrados escuchándola interpretar «Panne d’essence», «Comme un garçon» o «La plus belle pour aller danser». Lástima que de pronto, en 1965, decidiera casarse con Johnny Hallyday, lo que a muchos nos dejó literalmente con la miel en los labios.

Y hasta aquí el apartado juvenil, porque ya en edades o espíritus más maduros, la lista de cantantes franceses favoritos podría completarse con algunos tan inolvidables como Gilbert Becaud, Christophe, Charles Aznavour, Mireille Mathieu, Alain Barrière, Hervé Vilard, Jacques Brel, Yves Montand, Charles Brassens, Charles Trenet y, por supuesto, la gran Edith Piaf, que consiguió que muchos sintieran «la vida en rosa». Ya de Serge Gainsbourg y Jane Birkin mejor no hablamos, no vaya a ser que se nos suba a la cabeza el «Je t’aime moi non plus» y la liemos parda.

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