noviembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

La herencia de Franco

franco-hitler-mussoliniFranco, Hitler y MussoliniEl simplismo es considerado como una de las pandemias ideológicas y políticas más extendidas. Así, una corriente importante de la historiografía señala que culpar a Hitler, Mussolini o Franco de todo lo ocurrido bajo sus regímenes es una forma simplista de abordar fenómenos mucho más complejos. El aval de masas a sus regímenes fue, aseguran, un componente corresponsable e ineludible para determinar su perpetuación en el tiempo, de 1933 a 1945, para el caso del nazismo; de 1925 a 1945, en el del fascismo italiano y para el caso del franquismo, de 1939 a 1975. Pero, ¿existió una línea divisoria en lo hecho por unos y otros? ¿Son asemejables los tres sistemas por ellos asentados?

Los tres tuvieron en común el ser dictaduras terroristas impuestas o mantenidas por las armas. Los dos primeros, tras simulacros electorales, y el franquismo, sin coartada electoral alguna. La policialización de sus respectivos ejércitos, previa eliminación de sus componentes democráticos, convirtió las fuerzas armadas, en ocasiones a su pesar, en verdaderos ejércitos de ocupación en sus propios territorios. El requisito para el asentamiento de los tres regímenes totalitarios consistía en que su primera meta estratégica fue la de desorganizar, mediante el terror, cualquier posibilidad de integración y unificación política de cuantas fuerzas les impugnaban; primero, intramuros de sus propios partidos: liquidación, vía asesinato, del aparato policial de las SA de Ernst Röhm; la persecución de la disidencias fascistas anti-mussolinianas a punta de pistola, con 300.000 exiliados antifascistas italianos; y el descabezamiento del falangismo en la revuelta de Salamanca de 1937, con penas de muerte a mansalva conmutadas a última hora, tras la muerte de José Antonio Primo de Rivera, respectivamente.

Luego vendría la ejecución-persecución-represión de sus adversarios políticos externos y las distintas formas de acosarlos mediante policías políticas como la Gestapo, la OVRA y la Brigada Político Social, más los Tribunales de Excepción; todo ello seguido de la fusión, por decreto, de fuerzas ideológico-políticas en las propias filas mediante partidos ya plenamente totalitarios: recuérdese el Decreto de Unificación dictado por Franco para fundir, cercenando su ideario, a falangistas y carlistas en el llamado Movimiento Nacional.

Los tres regímenes crearon simulacros de legalidad y de legitimidad, mediante códigos penales y civiles nuevos, de corte represivo, y ampulosas obras públicas –en España la desproporción de pantanos construidos propagandísticamente en tierras áridas, como las huertanas, condenó las estadísticas a perpetuos déficit hidrográficos-; medidas admitidas a la fuerza por amplios sectores de la población, que contribuyeron a prolongar su continuidad en el poder bien mediante una aquiescencia activa, manifiesta en el establecimiento, primero, de relaciones sado-masoquistas entre führer, duce o caudillo con su grey respectiva, gracias a gigantescas escenografías de auto-entrega, sobre las que teorizara con brillantez Wilhelm Reich; o bien, tras los fastos escenográficos, a través de una aquiescencia de masas, pasiva y resignada, generada por el pánico a la disidencia desatado por el terror policial y militar.

Lo verdaderamente pérfido del sistema totalitario no solo era lo contradictorio de sus propuestas ideopolíticas –anticapitalismo de boquilla/en realidad sumisión grosera al poder financiero, como ejemplo- sino su habilidad para crear nexos culposos entre dominantes y dominados, creando una supuesta corresponsabilidad a partes iguales entre el poder y quienes lo sufrían.

eisenhowerVisita del presidente de EEUU Eisenhower a España (1959)Sí; cabe afirmar que hubo una base de masas de apoyo a los dictadores, nazis y fascistas, Franco incluido; pero fue el efecto de una serie de causas que los enemigos del simplismo -paradójicamente por mero simplismo- desechan. La evolución de la Segunda Guerra Mundial laminó militarmente a Mussolini y Hitler cuando el capital financiero reparó en que el nazi-fascismo no le resultaba ya políticamente útil para mantener la tasa de beneficio cuyo hundimiento había preparado la gran contienda desde la crisis financiera de 1929. De los tres dictadores, solo sobreviviría Franco –España resultaba económicamente poco relevante de manera directa, que no indirecta, para aplicar el designio imperial capitalista-; sobrevivió, si, por la conjunción de una serie de factores geopolíticos y geoestratégicos que otorgaban al territorio peninsular, tri-continentalmente conectado, y al anticomunismo franquista, papeles de importantísima entidad. Todo ello fue aprovechado, sin recato moral ni ideológico alguno, por Washington, pese al apoyo recibido y devuelto por Franco de Hitler y Mussolini -matarifes de miles de combatientes estadounidenses en suelo europeo- para derrotar militarmente al pueblo español en armas.

Tras la Guerra Civil española, las necesidades hegemónicas de los artífices de la Guerra Fría para poner a España bajo la férula geoestratégica de los Estados Unidos de América, demandaban introducir aquí un factor ideológico diferencial, suficientemente consistente como para impedir que Franco fuera equiparado con los dirigentes totalitarios y genocidas del nazismo alemán y del fascismo italiano.

El factor diferencial lo hallaron en la obra de un sociólogo español, Juan Linz, formado en Estados Unidos, que teorizó al respecto –se desconoce si de forma premeditada o inconscientemente- y asignó al régimen franquista el adjetivo de ‘autoritario’, fórmula que despejaba el de totalitario, ni siquiera el de dictatorial y que, desde luego, excluía rotundamente el de genocida. Con tal concepto, exculpaba a la camarilla franquista de sus responsabilidades en la brutalidad represiva.

En los regímenes nazi-franco-fascistas, la imposición de las ideas dominantes a los dominados era tarea de alienación de masas mucho más sencilla que bajo un régimen de libertades. Por ello -en un clima posbélico de penuria y de hambre en España, signado por la propaganda machacona y abyecta sobre la Guerra Civil presentada como ‘Cruzada’ –qué sarcasmo la Guardia Mora del dictador-, el régimen franquista se propuso imponer la idea de que el enfrentamiento fratricida fue culpa de la República y no de los golpistas que la desencadenaron. En ciertos sectores de las capas medias españolas, paralizados por el terror o la resignación, arraigó aquel matiz argumental diferenciador entre autoritarismo y totalitarismo. Su arraigo provocó, entre otras muchas cosas, una supuesta legitimación de facto de la dictadura en el ámbito de los valores dominantes, habida cuenta de las dificultades, que a veces se pagaron con la muerte, para vertebrar contra aquella tiranía una oposición contundente, condenada de antemano a la clandestinidad y a una lucha en condiciones de enorme adversidad y de difícil rentabilidad política.

Solo una abnegada estrategia fundamentada en el descrédito moral del régimen franquista, aplicada en el terreno de los centros laborales, mediante el combate ideológico sobre el salario, la información, los valores y los símbolos, desde el epicentro mismo de la lucha -el mundo del trabajo-, dirigido por la izquierda marxista, comunista y socialista y cierta colaboración de demócratas radicales, conseguiría erosionar a la postre aquel poder omnímodo del franquismo totalitario y destruir la ecuación, impuesta a sangre y fuego, entre los simulacros de legalidad y legitimidad creados por el franquismo en la España de la posguerra.

CCOOAsamblea de CCOOLa lucha obrera, sindical, estudiantil y cívica rompió aquel férreo eje; creó una legitimidad democrática percibida desde la calle como un derecho; desproveyó a la ‘legalidad’ franquista de cualquier fundamento moral y racional, para aleccionar, desde la recuperación de la memoria, el surgimiento de una nueva legalidad, democrática, reequilibradora con aquella nueva legitimidad surgida de la lucha colectiva y coral, en la arena social, de hombres y mujeres anhelantes de libertades, justicia e igualdad. Esa fue la verdadera Transición, no la que se ha tratado de imponer cicateramente como asignada al supuesto genio o talante particular de personajes políticos o institucionales más o menos renombrados, cuya única contribución meritoria -entre muchas evidentes limitaciones-, fue la de dar expresión a aquel sentir mayoritario.

Por todo ello, el carácter totalitario del franquismo, por su condición de dictadura terrorista, surgida de un golpe de Estado terrorista, que instaló un Estado de terror, fue un hecho histórico, objetivo, en su origen, que solo el cambio de paradigmas geoestratégicos internacionales permitiría camuflar y consolidar. Lo terrible del caso fue que el principal receptor de aquel vendaval totalitario de muerte, atraso e ignominia fue el pueblo español, esa ‘piel de toro toreado’ que definiera el poeta comunista Jesús López Pacheco, bien que, como escribiera Miguel Hernández, ‘no somos pueblo de bueyes’, tal cual se demostró por la incesante e indomable lucha desde la clandestinidad de miles de español@s desde el minuto primero de la derrota militar republicana en 1939 hasta la Constitución democrática de 1978.

El legado de Franco fue, precisamente, resultado de la perpetuación de su hipocresía recubierta de un falso cristianismo, arropado por una jerarquía eclesial sumisa; su odio a toda dimensión de lo colectivo; su pánico a la clase trabajadora, a la que no consiguió doblegar nunca pese al ordeno y mando impuesto por un ser taimado como él, inculto, zafio y mediocre: no sabía ni entendía nada de Arte, ni de Música, ni de Literatura; sus óleos podrían lustrar un mercadillo de adefesios; la pesca, los famosos salmones del chiste, pescados con el sello de Patrimonio Nacional en el lomo…Su bajeza moral y su desconocimiento del alma hispana le llevó a creer que una serie de obras públicas megalómanas y cuatro demostraciones gimnásticas anuales podrían hacer olvidar a un pueblo como el español, sabio en sus dolores y tribulaciones, pero también en su memoria, la condición de frío y castrador genocida que mostró ser hasta su final.

No cabe duda de que algunos altos funcionarios españoles, herederos de la rica tradición ilustrada, pudieron mantener ciertas pautas de racionalidad estatal, en la Arquitectura, en la Industria o en el Turismo. Y lo consiguieron a pesar del dictador, que cuando les dejaba hacer, únicamente lo consentía porque veía en ellos y en sus obras sensatas la coartada perfecta para intentar legitimar su régimen ignorante. Tal vez, como disciplinado mílite, cosechara algún palmarés en las guerras coloniales africanas –alguno autoimpuesto, como la laureada que se hizo colocar en la pechera en 1939 por el bilaureado general Emilio Varela-; pero su rectoría de un país veterano como España a modo de un cuartel no hizo sino retrasar la evolución natural de la nación durante cuatro inacabables décadas.

Quizás existan distintas maneras de amar a España, en claves distintas, progresistas y conservadoras, que quepa cohonestar nuevamente algún cercano día, como la Transición hizo aflorar; pero el franquismo, que fascistizó cuanto pudo el conservadurismo, ni quiso, ni pudo, ni supo reconciliar a l@s español@s. Solo supo castigar, perseguir y aniquilar a quien no se sometiera a su dictado totalitario y dejar tras de sí una herencia de rencor inquisitorial y de enfrentamiento, su más específico legado.

 

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