octubre 2020 - IV Año

ARTE

Ramón Muriedas, escultor (I)

Por Ricardo Martínez-Conde*.- | Septiembre 2017

Muriedas hombre y niñaLa escultura, como toda expresión artística, provoca en el espectador, necesariamente, una reacción, favorable o no, que, excluyendo una objetividad inexistente, le sitúa con respecto a la obra.

La gama de estas reacciones es tan varia como distinto es entre sí el punto de vista de un observador con respecto a otro. Ello, es decir, esta provocación que posee toda obra, toda expresión plástica, le sitúa, a su vez, dentro del concepto tradicional de arte.

Pues bien, si hubiéramos de aplicar estos criterios a la obra de Ramón Muriedas, habríamos de decir, en primer término, que su escultura es una escultura de contenido humanista, esto es, su provocación no es tanto estética (línea o volumen) sino que lo sería más bien por su capacidad para activar un resorte anímico de respuesta a un personaje (o personajes) que nos interrogan. Es, pues, una escultura real e inteligente a la vez; ‘sentiente’, si utilizamos la expresión zubiriana.

Este será el camino que vamos a seguir para analizar su obra, esto es, a partir de su expresión plástica y utilizando como ‘elemento crítico’ nuestra condición de observador, desarrollaremos la interrelación anímico-estética de su obra, lo que equivale, en resumen, a hacer una valoración artística del escultor desde el punto de vista de nuestro ser-observador.

ramon-muriedas 2El autor y su obra

Ramón Muriedas (Villacarriedo, Santander, 1938) es un escultor cuya inteligencia, cuya expresión, está entre la introspección y el sueño. Ahora bien, una escultura no es solamente la representación de una forma de identificación con lo real, con lo humano. Escultura es también técnica, elaboración manual, proporción, volumen, sentido estético.

La expresión plástica

Hay una nota dominante a destacar como un rasgo característico de toda su obra, y ello es la elegancia. Cerca, sin voluntad determinada, del canon praxiteliano -es decir, sumiso a la proporción- sus figuras poseen esa elegancia cercana a la estilización, un tanto angulosa y huidiza, fiel acaso al arte de Giacometti, cuya influencia admite el artista sin reservas.

Esta figura, no obstante, un tanto aérea, evanescente, posee una serena fijación en lo real; son figuras tercamente sólidas a pesar de su implícita capacidad de evocación. Esta es una de las razones por las que podría considerársele un escultor realista.

Además, junto a la proporción, ordenada y exigente, destaca su concepción de los volúmenes, y ello en dos aspectos . De un lado, por la equilibrada compensación de éstos (‘Madre e hija en sofá‘, ‘Mujer con perro‘); de otro, en la ordenación armonizada de los mismos cuando se trata de figuras formando grupo (‘Tres mujeres sentadas‘).

ramon-muriedasmujerEn el primer caso son los movimientos (o las actitudes móvil/no-móvil) quienes se compensan; en el segundo, es la complementación de las figuras en favor de un equilibrio estable y sugerente -no ‘pesado’- a la vez. ‘La escultura -dice el artista- ha de tener solidez, fijación real, ha de estar asentada, sin caer en ningún momento en los volúmenes pesados’, opinión resaltada por uno de sus críticos que señaló en su obra ‘ese huidizo estar de sus volúmenes’. ¿Se trata, acaso, del cuidado puesto en la línea por Henry Moore -otra paternidad que reconoce el artista- o bien de la compensación armónica de los constructivistas?

Y junto al concepto del volumen, la concepción del espacio, que no hace sino completar el significado del primero. Así es; estas esculturas poseen espacio, entorno, y en algunas casi podría decirse que el entorno vacío– tal vez sabiamente unido por la capacidad de evocación de las figuras- es tan importante como el volumen en sí. Hay, evidentemente, una interrelación directa y creadora entre la figura y su espacio circundante, su paisaje.

A su vez, y vistas parcialmente las piezas, es de destacar el contenido significativo de las manos (‘Mujer sentada en sofá con perro’, ‘Hombre sentado’, ‘Padre con niña’), donde éstas, consustanciando el tiempo en los dedos estilizados y sensibles (a veces la posición; otras por la forma, en conjunto, de la mano), centran, encuadran el momento representado, dando una gran capacidad expresiva a lo que tratan de representar.

Tal vez todo venga justificado porque, para ejercer su labor, Muriedas emplea con exclusividad un material: el barro. ‘Mi escultura necesita un calor y una calidad que sólo la da el barro’, ha dicho en alguna ocasión. Luego estos barros son, en la mayoría de los casos, vertidos al bronce, y es entonces, definitivamente, cuando la esencia y solidez de las figuras reflejan con mayor verosimilitud la concepción plástica que pretende transmitir el escultor.

El contenido estético

La aportación de la figura humana al tema escultórico condiciona, necesariamente, el punto de vista del observador. Es así que podría decirse que las obras en grupo representan situaciones anímicas genéricas; individualmente, representan carácter, interiorización. Observemos, por ejemplo, para el caso que nos ocupa, la escultura ‘Hombre sólo de pié’. La expresión, como suele ser común en su obra, no es una expresión que indique emoción, alteración del ánimo. Su hieratismo le confiere un cierto aislamiento. No es siquiera una expresión situable en el tiempo. Sin embargo, interiormente, cualquiera de nosotros sería capaz de ubicarle en un momento dado de nuestra más sensible intimidad. No nos mira siquiera, y sin embargo sentimos sobre nosotros su mirada. (La sensación general que se obtiene al contemplar la obra de Muriedas es una cierta implicación ontológica. Implicación porque esas figuras nos preguntan certeramente dentro de nosotros mismos).

ramon-muriedas 1Las manos en los bolsillos, a su vez, dan la solidez necesaria a la figura para situarla aquí (un aquí que será válido en todo tiempo; un aquí intemporal, otra de las características de sus personajes), en lo real. La posición de las piernas, ligeramente separadas y algo adelantada una con respecto a la otra, indica la actitud del movimiento, la perennidad del gesto, un cierto grado de certeza.

Hay, también, en la misma figura, signos de cierta abstracción: ese retoque un tanto irreal de la vestimenta donde los dedos del escultor parece que han jugado, sugieren.; el pelo sin estructura sólida, un tanto desvaído, evocando también el movimiento. Y todo ello como algo presente, intacto, vivo.

¿Muchas de las características que acabamos de señalar en la figura del ‘Hombre sólo de pie’ podrían hacerse extensivas a su escultura en general?; ciertamente sí. Veamos si no su ‘Mujer de pie con perro’ donde el estatismo radica en la postura sedente del perro mientras la mujer, cuyo gesto sugiere actividad, expresa serenamente un carácter interiorizado; o la figura de ‘Pablo’, que apenas expresa exteriormente y, sin embargo, es, existe.

He aquí, entonces, cómo la condición activa en la escultura puede ser una representación visible, real, traducida y expresada en los gestos propios del movimiento, o bien, cuando se trata, como en este caso, de la figura humana, provenir del movimiento interno, anímico, espiritual, del propio hombre.

Es, en efecto, clara, no solo la forma, sino la ‘condición humana’ de sus esculturas, su condición interiorizada, su ser propio. A su vez, y como complemento, aparece en ocasiones la figura del perro, cuyo papel podría ser doble: de una parte realzar la importancia de la ‘titularidad’ del hombre, de su dominio; de otra, y como complemento estético, de fijación, lo que añade indudable belleza y armoniza en su actitud reposada.
Cabría incluir, también, algunas consideraciones acerca de un personaje complementario de sus composiciones, cual es el ángel o figura voladora. Y, para ello, tendríamos que plantear su análisis en forma de pregunta: ¿se trata de una ironía?; ¿es la representación material de una voluntad de aspiración, de evasión, de trascendencia a otros mundos de sus figuras, unido todo a un sustrato de manifestación religiosa expresada en el mundo de la esperanza en que se trata de incluir al hombre?

ramon-muriedasHay, sin duda, un algo común. Muriedas es a veces como un niño que pone en juego lo trascendente con lo cotidiano, de cuya unión resulta lo irónico (‘Marilyn y Santa Teresa’). A la vez, no es desdeñable su voluntad de colocar la figura del ángel: el equivalente de lo trascendente, lo íntimamente humano, y que expresaría el carácter cósmico y de elevación religiosa que late también en el escultor.

Otras veces, por contraste, lo humano gana significación por sí mismo, expresando una idea de dominio, de lo cual tenemos un ejemplo tan bello como claro en la ‘Mujer sentada en sofá con perro’.

El sofá, en esta consideración teórica de humano-animal-ángel, representaría el carácter sereno, duradero. Simbolizaría, de alguna forma, la expresión material en esa doble actitud espiritual del hombre, símil del título que había de formular uno de nuestros filósofos como ‘la espera y la esperanza’. El volumen sólido, denso, del sofá; su delimitación del espacio en que se encuentra la figura humana sería, aquí, el complemento material necesario que centra estética y formalmente el contenido teórico de la obra.

Fotos con imagen del escultor: Diario Montañés (Cantabria)

ricardo cir

 

*Ricardo Martínez-Conde es escritor, web del autor http://www.ricardomartinez-conde.es/

 

 

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