septiembre 2020 - IV Año

ARTE

Tectónica humana, lugares de poder. Hernán Cortés Moreno en Fundación Telefónica

Tectónica humana, lugares de poder

El gaditano Hernán Cortés Moreno cuelga sus mejores retratos en la Gran Vía

La Fundación Telefónica expone hasta el mes de octubre ‘Retrato y estructura’

Por Rafael Fraguas.- | Julio 2018

cortes2Retrato de Felipe González, presidente del Gobierno, por Hernán Cortés Moreno. Fundación TelefónicaEl arte pictórico encuentra algunos de sus mejores destellos en el retrato áulico. Pensemos en Inocencio X, de Diego Velázquez; en el ecuestre Carlos I, de Van Dyck, o en el Fernando VII de Francisco de Goya. A la magia en sí de la Pintura, la representación del Poder incorpora un nuevo y persistente latido, inigualado por otros géneros. El aura, esa extraña reverberación del pasado en el presente, cobra abrupta presencia en los mejores lienzos de la retratística de los poderosos. Hoy, aquí, hallamos suprema pervivencia del efigiado artístico en la exposición Retrato y estructura dedicada a la obra de Hernán Cortés Moreno (Cádiz, 1953), que se muestra hasta el mes de octubre en la planta segunda de la Fundación Telefónica, junto a la Gran Vía madrileña.

Hasta ochenta óleos sobre lienzo y treinta dibujos procedentes de numerosas entidades y prestatarios particulares componen la exposición, comisariada por Dolores Jiménez Blanco y Beatriz Cordero, que han seleccionado las obras. El montaje, eficaz y narrativo, corresponde a Juan Pablo Rodríguez Frade, autor, entre otras obras, de la renovación museística del Museo Arqueológico Nacional.

cortes3Retrato del abogado Matías Cortés por Hernán Cortés Moreno. Fundación TelefónicaSi no toda, si la cuota más significativa de exponentes del poder político, económico, académico, científico y judicial de la España contemporánea se ve representada en esta muestra: desde Felipe González a Jesús Polanco; de Dámaso Alonso a Severo Ochoa; del banquero Francisco González a Íñigo de Oriol; de Guillermo de la Dehesa al poderoso letrado Matías Cortés.

Se trata de un elenco de personalidades signadas por el común denominador del poder, cuyo vector parlamentario fue asimismo efigiado, años atrás, por el pintor gaditano en los retratos de los siete ponentes de la Constitución de 1978. Sus lienzos cuelgan desde entonces de los entelados muros del Congreso de los Diputados. En aquella ocasión, el retratista, sobre fondos crudos sobre lienzo al modo de sarga, aisló sus personajes de cualquier contexto ornamental para realzar esa dimensión del parecido que compone la base de todo retrato. Ahora, en esta exposición madrileña, los retratos exhibidos presentan una descontextualización semejante, intencionalmente buscada por Hernán Cortés para evaluar la singularidad personal de sus representados, según él mismo reconoce. Niega perseguir cualquier representación del poderío, mientras reivindica la particularidad de la eminencia; pero no puede omitir que sus efigiados son personas dotadas de poder.

No obstante, surge una contradicción: si el poder de los poderosos, de los banqueros, de los grandes empresarios, financieros, editores o magistrados, es de naturaleza social porque se ve socialmente sancionado, contextual pues, ¿qué procura el inhibir, descontextualizar, ese preciso y determinante envoltorio social del cual el poder recibe su sanción y su sentido?

¿Halago o criptocrítica?

cortes1Retrato de Francisco González, presidente del BBVA, por Hernán Cortés Moreno. Fundación TelefónicaFrente a quienes tan solo verían en esta exposición una galería de personalidades retratadas por el mejor pincel, en escena, de su género, a mayor gloria del narcisismo particular y del halago, cabe preguntarse: ¿hay en Cortés una premeditada intención de abstraer sus personajes representados, de alejarlos de los oropeles con los que la mirada común los envuelve, para mostrarlos tal como son y tal como debiéramos observarlos desprovistos, precisamente, del poder del que disponen? ¿Late, en la punta de sus pinceles, el temblor de quien valientemente, pero con algún atisbo oculto de temor, se aproxima a quienes detentan el poder, para enviarles un mensaje de llaneza, de amistad o quizá de advertencia? ¿Es, en realidad, su proceder desde el caballete una criptocrítica de la convencionalidad del poder o, tal vez, un alegato de la igualdad de los humanos, que consagra, sin embargo, lo específico de la individualidad personal mediante la singularidad tan bellamente captada por Cortés de cada efigiado?

Cabría inquirir ¿dónde se asienta esta batería de dudas?: en la propia Historia de la Pintura, concretamente en el Quattrocento italiano, donde los pintores se aproximaban a los condotieros y a los temerarios jefes de partidas con unción, desafiada empero por la osadía de efigiarlos con sus carnaciones sonrosadas, sus ojos sanguinolentos, sus bocas prietas por pasiones vengativas e inconfesables arrebatos. Sin llegar -desde luego-, a tales extremos, Cortés se inspira en la gran centuria italiana –’más en su dimensión conceptual florentina, que en la cromática veneciana’, según reconoce Leticia Ruiz, conservadora del Museo del Prado- ‘para rescatar de aquel siglo la maestría de sus composiciones’. En aquellas, la geometría deslizante del dibujo y la tectónica firme de la anatomía humana –el pintor Hernán Cortés estudió Medicina en la decana de las Facultades españolas- cobran presencia e incorporan al arte figurativo una señera cuota de abstracción que impregna de éxito su resultado: aunar las dos dimensiones fue -y será siempre- el mejor atributo de los más excelsos pinceles. Pese a quienes le adscribieron solo al arte figurativo, el sevillano universal fue quien más fecundamente lograría muscular tan difícil mixtura, que su émulo gaditano, hoy en Madrid, reconoce y aplica abiertamente.

Cortés 4Retrato del arquitecto Norman Foster por Hernán Cortés Moreno. Fundación TelefónicaHay, desde luego, en la fervientemente recomendable exposición madrileña, muchas otras dimensiones; por encima de todas, la que desempeña una invariante función determinante: la influencia de la bahía de Cádiz como arquitrabe del imaginario, del fuero interno artístico, del autor. En las playas de Poniente de la Tacita de Plata, en el castillo-fortaleza de San Sebastián, al amor de la sombra de los gigantescos ficus que allí mismo sobreviven a los siglos y ante a la anchura del alto horizonte atlántico que baña el dorado litoral gaditano, el pintor Hernán Cortés Moreno reconoce haber hallado la fuente nutricia de su estro, su inspiración vivencial, ese motor que despliega irrefrenablemente la creación artística. Y en los geométricos y musculados muros de la cercana catedral, los fundamentos de esa tectónica que, paradójicamente, da vida a la difusamente incólume –pero siempre presente- abstracción y a los volúmenes, que también esconden, celosamente, dosis sustanciales de emoción y de sueños.

Retrato y estructura. Obras de Hernán Cortés. Hasta el 10 de octubre. Fundación Telefónica. 2ª Planta. Fuencarral, 3 (Madrid). Metro: Gran Vía.

 

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