mayo de 2024 - VIII Año

ALGARABÍAS / La vida desmesurada de Tallulah Bankhead

Construyendo la Torre de Babel

El nombre, dicen, es de origen cherokee. Significa algo así como «aguas tormentosas» o «aguas terribles», dicen. Según parece, no se lo pusieron atendiendo a su significado, sino porque era el de su abuela, quien fue a su vez así bautizada por una localidad en el estado de Georgia llamada Tallullah Falls. En todo caso, es el nombre perfecto para ella. Aguas tormentosas. Y turbulentas.

Tallulah Bankhead vino al mundo en 1902 en Alabama ―como Zelda Fitzgerald, casi coetánea, amiga de la infancia―, en una decadente familia sureña que parece sacada de una novela de William Faulkner. Su madre murió poco después de nacer ella; su padre, destacado político, prefirió dejarla al cuidado de su abuela y su tía mientras él ahogaba sus penas en bourbon. Pero la niña resultó ser muy poco dócil.

Empezó muy tempranamente su carrera de actriz, y también se inició muy pronto en el sexo y en las adicciones. Tras haberse trasladado a Nueva York con su familia, debutó en Broadway a los quince años y empezó pronto a triunfar, en el teatro primero, donde destacó, entre otras cosas, por su característico timbre de voz,  tan ronco como sensual, y luego en el cine. Eligió vivir intensamente, a su modo: «Mi padre me advirtió sobre los hombres y el alcohol, pero no me dijo nada sobre las mujeres y la cocaína». De todas formas, disfrutó tanto de aquello contra lo que su padre le había advertido como de lo que el patriarca no había sido capaz de prever. Acuñó una curiosa palabra para referirse a sus preferencias sexuales: «ambisextrous». Se le atribuyen amores ―pásmense― con Greta Garbo, Marlene Dietrich, Hattie McDaniel (la inolvidable Mammy de Lo que el viento se llevó), Mercedes de Acosta y Billie Holiday. Entre otros muchos nombres, de mujer y de varón.

Eran sonadas las fiestas en el Hotel Algonquin de Nueva York, donde se reunía con un grupo de artistas de vida bohemia, la Tabla Redonda del Algonquin, que no se caracterizaba por su morigeración ni sus costumbres recatadas. Aunque, como ella afirmaba, «la cocaína no crea adicción, y lo sé porque llevo muchos años tomándola».

Llevó una vida glamourosa y desordenada, en Nueva York primero, y luego en Inglaterra, adonde se trasladó en 1923 y donde obtuvo un gran éxito como actriz. Conducía alocadamente su automóvil, un Bentley, por las calles de Londres y se perdía continuamente: paraba entonces un taxi para que la fuera guiando, y le pagaba, por supuesto, la carrera, además de una generosa propina. Se instaló en Hollywood en 1931 y continuó disfrutando opíparamente de todos los placeres que la vida le ofrecía. Era conocida por no tener pelos en la lengua, lo cual hacía las delicias de la prensa rosa: contaba, por ejemplo, a todo el que quisiera escucharla, que Gary Cooper le había contagiado la gonorrea. De hecho, en 1933 tuvo que ser, a causa de esta enfermedad, sometida a una histerectomía de urgencia, y cuando fue dada de alta tras la operación pesaba solo 32 kilos. «Pero, doctor, no se crea usted que me voy a tomar esto como una lección», dijo al despedirse.

Según parece, fue la primera opción de David O. Selznick para encarnar a Scarlett en Lo que el viento se llevó, lo cual no resulta sorprendente, dado su carácter fuerte y su ascendencia sureña. Por lo que sea, y por suerte para Vivien Leigh, la cosa no llegó a cuajar.

Fue una actriz muy valorada por sus contemporáneos, considerada entre las mejores. En el teatro más que en el cine, siguió cosechando éxitos, y continuó dando que hablar por su proverbial desinhibición. Lo contó todo, o casi todo, en su autobiografía, publicada en 1952. No se arrepentía de nada: «Si volviera a nacer cometería los mismos errores, solo que antes».  Falleció en 1968, de una neumonía. Sus últimas palabras fueron «Codeína… bourbon». Genio y figura.

Dícese que fue la referencia de los estudios de Disney para crear a la deliciosa Cruella De Ville, una de las mejores malas de todos los tiempos. Le cuadra mucho una frase que no es suya, sino de Mae West, otra señora de armas tomar a la que también se le daba de maravilla escu(l)pir sentencias: «Cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala, soy mucho mejor». Sin duda.

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