¡Mis queridos palomiteros!
Hay películas que no buscan ser complacientes, sino ir un paso más allá, es decir, que preparen al espectador para algo nuevo que pueda removerlo por dentro. Y, de ese modo, y sin que suene tremendista, que reabran en él asuntos que parecían estar oxidados.
Gemma Galgani, largometraje de ficción producido por DEHON Cinema International y dirigido por Óscar Parra de Carrizosa, pertenece a esta categoría. No es una hagiografía tradicional ni un retrato piadoso: es la primera película dedicada a la
primera santa del siglo XX, concebida desde un enfoque profundo que evita el cine de sacristía y amplifica el sentido y el significado de la vida de la santa.
La cinta narra los hechos y circunstancias en los que se vio envuelta la mística italiana Gemma Galgani a finales del siglo XIX. Se adentra en la intimidad de una mujer joven que, a pesar de la enfermedad y la incomprensión de su entorno, vive una experiencia de fe radical marcada por los estigmas y la comunicación directa con lo sagrado. Es, ante todo, un relato sobre la resistencia del espíritu y la búsqueda de la santidad en lo cotidiano. La producción ha buscado reflejar un drama humano de alta factura técnica, con tres años de trabajo que han permitido recrear la atmósfera de la Italia de la época con un respeto absoluto por la figura histórica de Gemma.
El guion, firmado por Óscar Parra de Carrizosa junto a José Luis Panero, se basa en los escritos y cartas reales de la santa, asegurando su fidelidad histórica. La estética cinematográfica, por su lado, exhibe una iluminación expresionista, que acentúa el misticismo de la historia y las tiranteces entre la fragilidad física y la fortaleza espiritual de la mística. Además, el biopic combina caras nuevas como Laura Lebó -protagonista indiscutible que encarna a Gemma- con veteranos de la escena española, como son los actores españoles Valentín Paredes o el icónico Pablo Pinedo.

El rodaje se sintetizó en un año, dentro de los tres de preproducción, y sus localizaciones fueron Madrid, Cartagena, Toledo y Lucca. Para las escenas de los estigmas se descartó el uso de CGI y se recurrió a efectos prácticos y maquillaje protésico de alta gama, en coherencia con el enfoque realista de la película.
Laura Lebó y el desafío de encarnar a una santa

La elección de Laura Lebó para encarnar a Gemma trasciende el acierto de casting: es una apuesta muy valiosa, donde la intérprete sabe comunicar con suficiencia cada uno de los estadios emocionales por los que circula la vida de la santa, con momentos de gran emotividad y un trabajo actoral muy sólido. Claro que la actriz no es nueva en el oficio. De hecho, entre otros trabajos hallados, ha demostrado su versatilidad en títulos como En busca de la vida cañón (2024), Esa noche en Belén (2024), Las promesas que enterramos (2025), Once campanadas (2025) o El evangelio de la servilleta (2025).
Durante el rodaje en Cartagena, Lebó se sumergió en un intenso proceso introspectivo para comprender la “bondad e inocencia” de Gemma. Y, como se esperaba de ella, su actuación se construye desde su especial mirada, que permite percibir desde el inicio la espiritualidad de Gemma con claridad.

Óscar Parra de Carrizosa: la fe como conflicto humano
La película se integra con naturalidad en la trayectoria de Óscar Parra de Carrizosa, un cineasta que explora la fe a través de la vida y las dudas de los personajes, sin recurrir a clichés ni afirmaciones obvias.
En Uno de vosotros me traicionará (2006) desplazaba el foco hacia Judas, observado sus contradicciones. Bajo un manto de estrellas (2014), emocionante hagiografía sobre los mártires de Almagro, mostraba la fe en tiempos de persecución. En La espina de Dios (2015) ampliaba esa mirada al grupo, retratando a los apóstoles como una comunidad atravesada por los desacuerdos.

Y ahora, en Gemma Galgani (2026), lleva ese enfoque a su terreno más cercano. La experiencia mística se traslada aquí a la vida de una joven, donde el cuerpo, el dolor y el sobre esfuerzo diario se convierten en eje de la experiencia. La película insiste así en una idea recurrente en su cine: la fe no como algo abstracto o espectacular, sino como la forma habitual de estar en el mundo.
Un puente entre tradiciones: el cine religioso
Gemma Galgani se inscribe en una tradición de cine religioso que ha ido evolucionando con el tiempo. En los años 50 y 60, películas como Ben-Hur (1959) o Los diez mandamientos (1956) combinaban espectáculo y épica con historias bíblicas. Durante los 70 y 80, títulos como Jesús de Nazaret (1977), Chariots of Fire (1981), Babette’s Feast (1987) o Jesús de Montreal (1989) comenzaron a centrarse en los personajes y en su vida interior, mostrando la fe como una experiencia única e irreemplazable.

En los 90, un filme como La vida es bella (1997) explora la fe con mayor cercanía, a veces con ironía o cuestionando los convencionalismos. Ya en los años 2000, películas como La pasión de Cristo (2004) o El Libro de Eli (2010) apostaban por un lenguaje más visual y sensorial, destacando el sufrimiento, la entrega y el sentido de la existencia de sus protagonistas.
Mel Gibson, La Pasión de Cristo y Gemma Galgani

La influencia de Gemma Galgani en La Pasión de Cristo se refleja en dos momentos clave. Uno de ellos tiene que ver con la flagelación, que bebe claramente de la imaginería de Gemma y que describe con gran detalle el desgarro físico, la sangre, el dolor asumido como entrega total. Mel Gibson no filma la violencia como un mero castigo histórico, sino como una experiencia casi mística del sufrimiento, muy en línea con la espiritualidad de la santa: el dolor como participación directa en la Pasión, llevado hasta el límite.

El otro gran momento tiene que ver con el camino al calvario. Gibson toma de los escritos de Gemma la insistencia en el agotamiento físico extremo de Jesús y en la repetición de las caídas, no como gesto heroico, sino como pura derrota corporal. En las visiones de la santa, Cristo cae una y otra vez bajo el peso de la cruz, humillado, observado, incapaz casi de levantarse. La película traduce eso en un Vía Crucis largo, extenuante y casi insoportable, donde el cuerpo de Jesús es un cuerpo vencido.
En ambos casos, lo que le interesa a Gibson no es el realismo histórico puro, sino la intensidad espiritual del sufrimiento, tal y como lo vivía y lo narraba Gemma Galgani en sus visiones.
Parra de Carrizosa lleva estos principios al día a día de Gemma. La cámara se fija en los detalles pequeños, demostrando que la santidad no tiene por qué ser épica; de hecho se encuentra también en nuestras rutinas.

Raúl Grillo: la música como arquitectura del sentimiento
Las composiciones de Raúl Grillo no se limitan a subrayar las imágenes, sino que actúan como un hilo narrativo adicional dentro de la película. Reconocido como uno de los músicos más destacados de su generación y varias veces candidato al Goya por trabajos previos con Parra de Carrizosa -como Bajo un manto de estrellas y La espina de Dios-, Grillo consolida aquí su capacidad para integrar la música en el lenguaje cinematográfico.
Para Gemma Galgani, el autor opta por una escritura musical contenida, apoyada en el uso expresivo del silencio y en una progresión temática integrada orgánicamente en el relato. En esta ocasión, la colaboración del guitarrista surcoreano Min Ung aporta un matiz espiritual y humano que enriquece el drama, logrando un diálogo cultural que refuerza la profundidad de la obra.
El cine hace visibles los misterios del espíritu
Con esta película, Parra de Carrizosa no solo narra una vida, sino que construye un espacio de reflexión sobre la fe y el sufrimiento humano. El equilibrio entre la poderosa presencia de Laura Lebó y la contención musical de Raúl Grillo convierte el filme en una pieza de una autenticidad infrecuente. Es una propuesta que vuelve a recordarnos que el lenguaje cinematográfico es capaz de traducir los misterios del espíritu al lenguaje de los sentidos.












