Nació en Detroit, hijo de un ejecutivo de la industria del acero. Wagner se convirtió en aspirante a actor, fue caddy de Clark Gable, ayudante de golf.
Su camino en el mundo del cine nunca fue de protagonista, sino de eterno secundario. Gracias a la Fox pudo hacer El príncipe valiente, de Henry Hathaway, junto a un reparto estupendo entre los que se encontraban James Mason, Sterling Hayden, Janet Leigh y Debra Paget.
Y lo recordamos en Flecha rota, un western de Edward Dmytrik, junto a Spencer Tracy, Richard Widmark y Jean Peters.
Lo que más caracterizó a Robert Wagner fue la faceta de galán, en Un beso antes de morir, donde asesina a su novia, Joanne Woodward, y también ese aspecto de actor de los cincuenta y sesenta, varonil, al estilo Rock Hudson, pero con ese aire ambiguo que siempre le caracterizó.
Recordado por sus matrimonios, dos veces con Natalie Wood, nunca se supo qué pasó en el Yate Splendor aquella noche: se rumoreó que Natalie descubrió una relación entre Wagner y Christopher Walken, pero nada es seguro. Quizá fue que la actriz estaba con Walken y lo descubrió su marido. Natalie, totalmente borracha, cayó al mar y no pudo salvarse.
Robert Wagner no fue un actor muy destacable, pese a que en los sesenta tuvo un papel con Paul Newman en Harper, detective privado, o en los setenta en El coloso en llamas.
Ahora cumple noventa y seis años, muchos ya con Jill St. John, amiga de la escuela, con la que sigue viviendo.
Siempre quedarán dos temas: su posible bisexualidad y la noche de noviembre en que murió Natalie Wood y hasta qué punto Wagner tuvo que ver en el desenlace final de la actriz.
Un nonagenario que nunca ha llegado a la talla de los grandes actores que son Clint Eastwood o Robert Duvall, pero que sí perteneció a un Hollywood desaparecido, fue un galán de una época que ya no volverá. Un actor de talento escaso, pero representativo de una época del cine clásico.












