septiembre 2020 - IV Año

CINE

‘Señorita María, la falda de la montaña’

Única proyección del Festival a las 13:30 del 17 de febrero de 2018 en el MoMa (NY)

cartel peliTodo el mundo sabe que el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa) hace parte de los faros culturales que convierten a la isla de Manhattan en uno de los vértices del vanguardismo del mundo. Podría decirse que su extraño edificio de relucientes cristales al sur de Central Park está ahí para romper ‘delicadamente’ cuanto molde se le ponga por delante.

Y lo mismo ocurre con sus múltiples iniciativas y eventos. En días recientes, por ejemplo, se ha conocido que su Doc Fortnight 2018: Festival Internacional de Cine y Medios de No ficción del MoMA ha incluído una película documental colombiana una película documental colombiana que, cómo explicarlo, lleva la reivindicación de lo sensible, diverso y humano-terrenal a un espacio-tiempo donde llegan pocas cámaras y micrófonos.

Señorita María, la falda de la montaña, dirigida por Rubén Mendoza (1980), uno de los cineastas más importantes de la escena colombiana y latinoamericana actual. Su película documental, estrenada a finales del 2017, ya le significó el premio como Mejor Director del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias y el premio a la Mejor Dirección en la Semana de la Crítica del Festival Internacional de Cine de Locarno.

El criterio de este encuentro cinematográfico del MoMa es dar visibilidad a la figura del contador de historias: la traducción fílmica del sujeto narrado, aquél que llega a saber más sobre él hablando de él.

La narración visual, colorida y folclóricamente sonora como aporte a una lectura más crítica y generosa de la realidad; éste es el paisaje simbólico y exuberante donde transcurre el testimonio de María, una campesina de la Colombia profunda, cuyo rasgo diferenciador más importante es su condición-cualidad transexual en un entorno rural, conservador y algo oscurantista.

María es una suerte de llovizna de humildes palabras en estético y permanente contraste con el frondoso naturalismo que sirve de fondo a su historia, encuadrado en todas aquellas menciones de la protagonista a una divinidad (mi Diosito) primariamente protectora, explicación de todo lo imposible y doloroso y con gusto por ocultar belleza, incluso, en la fealdad (casi un regreso contemporáneo y latino a los tiempos del Romanticismo).

Tráiler oficial de la película documental

Boativa, en el Departamento de Boyacá, es un tradicional y religioso pueblo encaramado en los Andes, sus fértiles tierras ostentan una riqueza casi insultante por la diversidad de cultivos que pueden permitirse. En sus antiguos dominios, además, se encuentra la Vereda Chulavita, que se haría tristemente famosa por originar y dar nombre a unas organizaciones armadas de extrema derecha que sembrarían el terror político durante el período conocido como La Violencia (una guerra civil no declarada que tuvo lugar entre 1948 y 1958).

Allí vive la protagonista de la película. Ciertamente, la señorita María nos pone a prueba, sobre todo en estos tiempos donde se lleva lo políticamente correcto pero en los que también se extiende una brutalidad subterránea contra lo distinto y una guerra abierta contra lo muy distinto. La señorita, así se refiere a ella el director, no es una mujer trans como las que conducen su lucha por el reconocimiento y legitimización de su propia imagen en las grandes ciudades, un colectivo que casi protagoniza su propio movimiento cultural. Ella viste como cualquier campesina de las alturas andinas, le gusta la vida y las cosas sencillas, trabaja la tierra y cuida de sus animales. Sus recursos para mantener la feminidad, en esos apartados lugares donde no existen los centros de belleza para hacer una depilación láser o clínicas para el tratamiento hormonal, son unos pocos complementos, faldas coloridas y un abundante y misterioso pelo negro profundo que exhibe con evidente orgullo.

La transparencia de la señorita María no podría ser más grande. Sus sufrimientos, la historia de incomprensión y exclusión no podría ser más directa y clara, pero tampoco menos simbólica por contener la crónica de su desgarrador y dulce combate porque ese pequeño mundo reconociera su derecho a existir y respirar el mismo aire.

Ésta es una película sobre la diferencia y su horrible matrimonio con la soledad silenciosa, tornándose en extremo melancólica por discurrir en esos sobrecogedores paisajes naturales que embriagan hasta al más insensible.

Eso es como… si no existiera yo en este mundo. Señor: yo sé que tú estás aquí y te lo estoy diciendo con el corazón… Padre lindo, ya no quiero estar sola, rogaba la señorita en la película documental, contra las imágenes de unas nubes y un amanecer que daban la impresión de estar arribando al fundamento último de esa trama aldeana pero universal.

En un país embarcado en la reconstrucción de su memoria histórica, luego de tantas décadas de guerra, este tipo de producciones son mapas intentando juntar las piezas de hechos innombrables, que buscan devolver la voz a los que resultaron negados por la dialéctica de las armas, la ignorancia y la intolerancia. Es como si quisiéramos gritar: — Noooo, María nunca estuvo presa de una posesión demoníaca, nunca se le debió considerar un vicioso esperpento. Un psicoanalista diría que tan sólo pretendía ver reflejada su propia imagen en los ojos de los otros… quería pruebas de su existencia.

El inesperado éxito de la película, luego de seis años interrumpidos de producción (dos años tardó la protagonista en atreverse a hablar de sí misma), transformó la vida de la solitaria campesina: cuando entró por primera vez a una sala de cine, para la presentación en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, la estremecedora ovación del público, conmovido y maravillado por tanta ternura y valentía, debió convencerla de su enorme aporte a la lucha por la igualdad.

Ante todo, el documental resalta la mística de sus palabras al referirse al mundo humano, al trabajo, la belleza o la naturaleza. Una rebeldía viva en medio de las montañas con mucho que enseñar sobre la dignidad, una batalla que parece pequeña y perdida pero que codifica una gesta por todo lo que vale la pena salvar de la humanidad. Asistimos a un viaje al centro del dolor con esperanza y fuerza que habita en nuestras conciencias. Al extraordinario amor que, en ocasiones, pueden desplegar los marginados: por los otros, por las montañas, por los sueños o los animales. La señorita María dijo a la prensa haber encontrado a sus primeros amigos en el director y el equipo de rodaje, personas encontradas en el camino, los primeros que le pidieron que hablara y lo dijera todo.

Porque el cine hecho poesía y justicia también encuentra sus lugares en esas voces refundidas, esta película acerca de una mujer que decidió ser fiel a su verdadera identidad y pagó el precio por ello es como una exhortación, un ineludible interrogante sobre si este mundo indescifrable puede admitir la intolerancia o el fanatismo por las formas absolutas.

La señorita ha contado parte de su vida esperando que algo cambiara, ¿luego de este gran proyecto de Rubén Mendoza, la realidad tendrá el valor de volver a fallarle?


logofunedEste artículo forma parte de los materiales para el análisis y debate del Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED.
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