septiembre 2020 - IV Año

LETRAS

Qué es ser agnóstico

Centenario del nacimiento de Enrique Tierno Galván (1918-1986)

'El mundo, en el sentido de todo lo que existe, empieza y acaba en sí mismo.'
Enrique Tierno Galván 

laicismo 2Mucho se ha escrito en nuestra literatura sobre asuntos de orden clerical, de orden laico o de los argumentos religiosos que configuran nuestro país, qué vamos a decir de la ‘cuestión religiosa’ que no se haya dicho ya. Pérez Galdós sin ir más lejos acuñó el asunto con soberana gallardía en muchos de sus textos, temáticas, personajes, así como en declaraciones y ensayos. Grandes mitos crecieron herederos de la superstición y de la manipulación que en educación ejercían las huestes clérigas. Es cierto, como cierto era el ímpetu de los intelectuales decimonónicos por construir una sociedad laica, casi paralela a nuestra vecina Francia. Surge de ese modo, un gran cuestionamiento sobre el qué hacer espiritual del individuo, y más que eso sobre las relaciones de Estado y de privacidad del individuo en cuanto a sus convicciones religiosas si las hubiere. Y surgen con ello los diferentes conceptos entre ateísmo, laico, laicismo, laicidad, finitud… como la religión de este siglo.’ ¿Qué era, pues, don Enrique Tierno Galván? Un agnóstico como lo definió en 1869 el inventor de este término, el biólogo Thomas Henry Huxley: un hombre que no sabe si Dios existe o no. Un hombre que no pretendió tener razón; sino que pretendió que los demás le demostraran que tenían razón.

La cuestión de la finitud y el hombre (Ricoeur) ha sido estudiada pero también cuestionada, aunque a nuestro modo de ver no igual, no de la misma forma, no posicionando ideas en una sociedad tan controvertida como la española, y en ello el profesor Tierno Galván definió en Qué es ser agnóstico, una situación a todas luces porfiada en el pensamiento español. El ser es finito. El ser es agnóstico pero no es ateo, el ateo depende del Dios trascendente, el ateísmo identifica por definición la idea de que Dios existe, lo configura en su propio axioma A-Zeus, no -Dios, hay implicación, el ateo se limita a negar.

En ese sentido el ensayo de Galván pone en la palestra los problemas y confusiones que se deslindan casi por naturaleza de esta situación: Dios existe, no creo en Dios, no creo en que Dios exista, necesito pruebas, por tanto si Dios no existe no tengo que considerar como que existe porque no forma parte de los parámetros establecidos. Este discurso era necesario para que después el resto de filósofos y pensadores se declinaran por una situación o por otra: ¿yo que soy ateo o agnóstico?. El debate estaba ya propuesto por Galván ante esa necesaria diferenciación de conceptos que de forma tan difusa ha influido en grupos y grupos. Este dilema sigue todavía en las mentes populares en término de confusión, aunque algunos otros pensadores como es el caso de Fernando Savater sí se definen (en una entrevista personal y parafraseando a Enrique Tierno) como: ‘no hombre no, ateo nunca, eso sería reconocer que hay Dios, y de eso nada…tal vez agnóstico y ni eso.’

ateismo 5El profesor Galván analiza con gran sinceridad el estado de la cuestión del hombre en conflicto consigo mismo y con la finitud de este tiempo que nos ha tocado vivir. No hay más. No hay que las sociedades vivan creyendo en algo que no existe y no hay el hecho de que el Estado se apropie de ese ideal para tener a su pueblo manipulado como nadie. Al final es esa manipulación -también económica- la que da al traste con la mentalidad moderna y de convivencia de los individuos de una sociedad. Pareciera y con él estamos de acuerdo que el ateo y el religioso tienen una categoría superior con respecto al agnóstico, ellos plantean unas diferencias atributivas de mayor complejidad psicológica y mental, como si el agnóstico, no pensase nunca nada o algo así, como si no fuera el librepensador que es. Desde que nacemos -afirma Tierno- empezamos a tomar conciencia de la necesidad de sobrevivir físicamente, de modo que nuestro cuerpo es el primer ámbito de responsabilidad ante lo finito y la fuente de la vivencia inmediata de la finitud. Pero y esta es una de las reflexiones a todas luces fundamentales de esta exposición, no debemos dejar de lado otra fundamental cuestión; el hecho de que el agnóstico viva tranquilo en la finitud no quiere esto decir que no le alcancen los problemas que tienen sentido y significado en lo finito. Cómo afecta todo ello a nuestra vida por así decirlo ‘civil’, enfrentados constantemente a reliquias de fe, a decisiones de oratoria, revestidas de patricio pontificado. Es el agnóstico quien no se niega a lo inefable, no niega, caso del ateo, sino que no concibe al Dios trascendente, (lo trascendente es inmaterial) aunque sí puede concebir lo finito, expresándose como divino, sustituyendo la palabra de Dios por la de finitud para evitar connotaciones que arrastran a una valoración no finita. Y es en el terreno de la fe donde el agnóstico se desvincula completamente al no entender, al no definir esa vivencia de lo inefable por la fe. Claro: ‘el agnóstico no tiene fe, ni pretende tenerla, no está perturbado en sus relaciones con la finitud. Al contrario se instala perfectamente en ella’ (1).

Don Enrique -recuerdo a Miret en su artículo de El País-(2) no mantenía esas posturas, sino la más inteligente de otro gran agnóstico que no venía del mundo de las letras como él, sino del de las ciencias: el francés Jean Rostand. En su confesión de agnóstico, llena de autenticidad, afirma este gran biólogo lo que era también el pensamiento de Tierno Galván: ‘No pretendo saber más que otros, y concedo de buen grado que lo que me parece inconcebible a la luz de lo poco que creo saber pudiera cesar de parecérmelo a la luz de todo lo que ignoro’.

ateismo 6Toda vez que procuramos explicar la relación del hombre y su espiritualidad, surge la misma pregunta: ¿está Dios en el espíritu del hombre? ¿Qué decimos de la relación entre Dios y la filosofía, existe una filosofía de religión? Para mi, no existe, o es filosofía o es religión y los filósofos para hablar de cuestiones de Dios siempre recurren a la religión. En torno a estas cuestiones elaboramos la respuesta que se relaciona con el hombre ‘ateo’ o con el hombre agnóstico. Así es. Pero cuando hablamos de religión la pregunta origen sería: ¿de qué religión estamos hablando? Este es mi debate pero lo desarrollaremos en otra ocasión.

‘El agnóstico -escribe Galván- no entiende la necesidad de una realidad trascendente; por lo tanto, cualquier divinidad de la que se predique la noción de tercera sustancia o trascendencia le es ajena, en el sentido de que su enunciación no le vincula con ningún compromiso o de ningún modo’(3). Claro, porque el agnóstico no echa de menos a Dios, no cuenta con ello como lo puedan hacer las filas de esa religión que es el ateísmo. Ellos, se empeñan en demostrar que Dios no existe al tiempo que lo están definiendo. Y el problema reside básicamente en la cuestión de la inmortalidad, no tanto en qué medios tenemos para vivir ahora sino, qué va a pasar después, siendo el problema de la muerte la obsesión de propios y extraños. Y cuando llega la cuestión de lo imperecedero surge el agnosticismo con su bofetada de realismo para decir que no, que no es así, que el agnóstico está perfectamente asentado en la finitud, es decir, ‘en cuanto no concibe que haya nada fuera de ella y no la echa de menos porque tampoco admite esta clase de paradoja’(4). El agnóstico en estos términos siempre exige pruebas y no niega ni critica el hecho de creer, se dice que la existencia del objeto de la creencia, por tanto, ni cree ni deja de creer, pero el ateo ‘es un creyente al revés’, afirma Tierno (5). Pero surge entonces la cuestión ya vislumbrada con lucidez en el texto de Tierno: Una religión sin Dios también es muy posible. Entran a colación los ateos protagonistas de esa nueva religión fraguada en el cuestionamiento y desarrollo de una posible deidad.

Escribe Julio Quesada (6): ‘A partir de la conciencia de que Dios ha muerto el ateísmo difícil comienza a cuestionar el proyecto utópico (o no tan utópico) que conlleva en su esencia el Estado socialista como futuro en donde ya no habrá violencia, ni oposición, ni resistencias reales al hombre; un mundo mágico y un animal hombre desindividualizado gracias a la sólida uniformización que llevará a cabo el igualitarismo’. En tan solo un nimio planteamiento avanzamos a la idea de que en efecto Dios ha muerto, ¿pero qué o quienes cubrirán su Verbo?

ateismo 4Los problemas que atañen al ser humano cuando éste enfrenta la muerte, siguen sin resolverse y los llevamos una y otra vez a la palestra. Entonces se contrapone frente a la serenidad/la resignación, excediendo lo finito y con ello apunta Tierno: ‘la tragedia personal de quien pretende exceder lo finito suele ser fuente constante de anomalías psíquicas, rencores y frustraciones respecto al mundo y sus exigencias’. No sin razón, al mundo hay que acogerle como es y como puede ser. La sustitución de una realidad como la finitud por ideas religiosas supone una invención por sustitución para ofrecer una solución al que busca, eso es todo. Un planteamiento baladí asumido casi como un pensamiento poético, pero nada más. No se puede hacer de esa idea una política de Estado. Una finitud de pensamiento que restituye al hombre a su realidad y con ella su aceptación. Habla el profesor de la restitución que ‘consiste en devolver a la especie el sentido que ahora, y sólo ahora, comprendemos que debía de haber tenido; es decir, el sentido unitario y único de la finitud’ (7).

Si hablar de religión sin Dios puede parecer sorprendente, existen por ello construcciones de tipos religiosos sin intervención de Dios. El ejemplo del marxismo es, a este respecto, significativo. Esta doctrina postula, de hecho, el sentido de la historia y el advenimiento de un mundo igualitario en un horizonte lejano. Aunque esta igualdad futura debe cumplirse en la Tierra y no en el cielo, encontramos la idea de una orientación de la historia y una fuerza mística que haría que esta orientación suceda. En este sentido, la dialéctica hegeliana que nutre al marxismo participa plenamente en esta religión sin Dios, que es el marxismo. El profesor Tierno lo refrenda cuando escribe:

Nadie ha visto y expresado mejor que Marx (la sustitución) hasta el punto de que el marxismo es una explicación de cómo no tenemos, y tendríamos que tener, el conocimiento del mundo exclusivamente desde el mundo; es decir, desde la especie y sin pretender salirnos de ella. Se debe esto a que Marx era antes que nada un agnóstico. La interpretación del marxismo como una filosofía atea, en algunos casos se llega a sostener que es una filosofía del ateísmo, no tiene ni pies ni cabeza. Marx no negó nunca las creencias ni que hubiera gentes con creencias. Por consiguiente, no negó la religión entre las ideologías no se concluye nada respecto de Dios. De la inclusión de la religión entre las ideologías no se concluye nada respecto de Dios. Dios queda indemne para analizarlo filosóficamente y de este análisis se concluirá que su existencia no es demostrable y que tampoco lo es la hipótesis que se refiere a la posibilidad de que tenga un contenido ajeno al lógico lingüístico la proposición ‘existe una sustancia trascendente al mundo’ (8). En este sentido, el secularismo es también una construcción de tipo religioso. A menudo defendido por ateos, a menudo es una fe en la incredulidad en lugar de una mera incredulidad. El principal peligro de esta nueva religión es su voluntad hegemónica. Los secularistas, de hecho, nos harían creer que el secularismo es laicismo. Aquí podemos ver claramente la analogía con el proselitismo de las religiones católica o islámica. Tengamos cuidado con el secularismo confuso, que aboga por la exclusión de la religión de todas las instituciones públicas y el secularismo, que es el principio de la separación del estado y la religión y, por lo tanto, la imparcialidad o neutralidad de la religión.

Finalmente, si los secularistas lograron reemplazar la laicidad por el secularismo, esto también significaría excluir de sus instituciones públicas su doctrina, cuya estructura es ciertamente religiosa. ‘El ateo es el resultado de una secularización imperfecta, el agnóstico es el testimonio de la madurez de la secularización’ (9), afirma el profesor. ¿Qué es ser agnóstico? Es un libro de cabecera a recordar una y otra vez entre humanistas e intelectuales y ahora sus ideas se renuevan en la originalidad y sinceridad que de estos planteamientos desarrolló el profesor Enrique Tierno Galván. Gracias compañero y Salud!!!

 
Notas:

1.- Enrique Tierno Galván, (1975) Qué es ser agnóstico, Madrid, Tenos, pág. 30. Todas las citas de esta edición.
2.- Enrique Miret escribió con respecto al profesor en el artículo publicado en 1986, ‘Un agnóstico como Dios manda’, en El País.
etéctera.
3.- Ibidem Pág, 16-17.
4.- Ibidem, pág, 17.
5.- Ibidem, pág, 113.
6.- Julio Quesada (1994) Ateísmo difícil, Barcelona, Anagrama, Pág. 133,
7.- Ibidem, pág. 45.
8.- Ibidem, Pág. 54.
9.- Ibidem, Pág. 66

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