abril de 2026

‘Asesinato en el Orient Express’, de Agatha Christie

Editada en 1934, Asesinato en el Orient Express se convirtió muy pronto en una de las obras más populares de su autora y una de las más representativas de la Golden Age, esas dos décadas que van del final de la primera guerra mundial al comienzo de la segunda y que supusieron el auge, la consolidación y probablemente el agotamiento de la novela clásica de misterio. Como otros de sus títulos (Cita con la muerte, Asesinato en Mesopotamia, La venganza de Nofret, Poirot en Egipto…), refleja la predilección de Christie, casada desde 1930 con el arqueólogo Max Mallowan, por los escenarios exóticos y los personajes cosmopolitas, distinguidos y elitistas, un poco acartonados también (incluyendo, claro está, a su héroe, el estrafalario y demodé Hércules Poirot), ejemplos de un mundo y un modo de vida que ya por entonces estaban a punto de desaparecer.

Además de por su absorbente aunque inverosímil trama y por estar ambientada en el lujoso y mítico tren que enlazaba Constantinopla y París, la novela se destaca del resto de las de su estilo por el dilema moral que presenta en su desenlace, y que podríamos resumir en la siguiente pregunta: ¿existe algún asesinato justificable? El inefable detective belga tendrá que decidir si hacer o no la vista gorda cuando descubra al culpable o culpables del crimen. No diremos que la escritora pretendiera revolucionar el concepto de justicia ni que fuera radicalmente moderna, pero sí es cierto que el final de Asesinato en el Orient Express propone una reflexión que trasciende el mero entretenimiento y de la que carecen muchos otros de sus libros.

La relación de Agatha Christie con el teatro fue fructífera y constante a lo largo de su trayectoria. Algunos de sus dramas, como Café solo (su primera pieza, de 1930), La telaraña o la notable Una visita inesperada se escribieron directamente para la escena, si bien a finales de los años noventa, y con la obvia aquiescencia de los herederos legales, el australiano Charles Osborne publicó sendas novelizaciones de tan escaso interés literario como espléndida rentabilidad económica. En otras ocasiones adaptaba sus propias novelas o cuentos; así sucedió por ejemplo con Sangre en la piscina, Testigo de cargo (sobre la que Billy Wilder dirigió su maravillosa película de 1958 con Tyronne Power, Marlene Dietrich y Charles Laughton) o la celebérrima La ratonera (estrenada en 1952 y basada en el mucho más insulso relato Tres ratones ciegos). Pero jamás salió de su pluma una versión teatral de su chef d’ oeuvre.

Eso es lo que justo ahora nos ofrece Pinkerton Espectáculos. Con texto del dramaturgo estadounidense Ken Ludwig traducido por Alicia Serrat y dirección de José Saiz, Asesinato en el Orient Express está de gira por España (quien esto firma la vio el pasado 18 de abril en el Auditorio Montserrat Caballé de Arganda del Rey, pero se puede consultar el calendario en la web sagaproducciones.com). La propuesta, desde luego, no desmerece del original, manteniendo la fidelidad hasta donde es posible (el número de actores de la compañía, por ejemplo, condiciona el cambio de algunos aspectos importantes aunque no decisivos en la trama). El vestuario y la puesta en escena son adorablemente clásicos, remedando la estética años 30 y hasta cierto punto inspirados en la película de Sidney Lumet de 1974. La música que apuntala los momentos álgidos y que sirve de transición para algunas escenas está asimismo extraída de la partitura que para el film compuso Richard Rodney Bennett. Los toques de humor introducidos, casi del todo ausentes en la novela, alivian el dramatismo y acercan los personajes al público, algo indispensable en el teatro comercial hoy en día. Y el elenco contribuye sin duda a que la función llegue a buen puerto, con una acertada Estela Muñoz como la histriónica y desinhibida señora Hubbard o una divertida Carmen Higueras en el papel de la misionera Greta Ohlsson, aportando al personaje un tono drásticamente diferente al de Ingrid Bergman en la cinta de Lumet. Y, por supuesto, Juanjo Artero, que ha alcanzado ya su madurez interpretativa y da vida, a pesar de su demasiado contundente físico, a un convincente Poirot, más cercano eso sí al de Kenneth Branagh que a los de Albert Finney, Peter Ustinov o David Suchet, el actor que con más acierto ha encarnado al pequeño genio de las células grises nacido de la fértil imaginación de una escritora cuyo atractivo, por más generaciones que pasen, no parece agotarse nunca.

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