febrero de 2026

Calidad de Muerte

‘Ángel de la Muerte’. Evelyn de Morgan

                 

Rosa, oh, contradicción pura,
delicia,
de ser sueño de nadie
bajo tantos párpados

Epitafio de Rainer María Rilke.

Nadie hemos elegido nacer. Ni los animales, ni las plantas, ni tan siquiera las bacterias o los protozoos. Tampoco, desde luego, nosotros, los humanos. Partiendo de ese simple pero descomunal hecho, las grandes religiones monoteístas adquieren un sesgo absurdo. Nos piden la aceptación de una responsabilidad enorme por nuestras decisiones una vez que ya nos encontramos sumergidos, velis nolis, en este mundo, que no es precisamente un lugar sencillo para vivir. Es algo así como si nos dijesen: “bien, ya estáis ahí, ahora que sepáis que estáis envueltos en una situación que os puede conducir a una eternidad de sufrimientos horribles”. Pues menuda encerrona cósmica: pasar, nos guste o no, por un examen al que nunca nos hemos matriculado. De ahí que nos sea más natural pensar que eso no tiene mucho seso, o habría que admitir la vida como pesadilla involuntaria. Y no hay nada de eso, empíricamente hablando: la vida, en general, sólo se convierte en pesadilla cuando factores externos a nosotros (una enfermedad, el entorno natural, los otros hombres…) la hacen finalmente inaguantable. Pero, en rigor, ninguna cosa es radicalmente inaguantable, porque siempre existe la posibilidad de la muerte, que representa un final reparador para la peor de las tesituras. En la actualidad existe una gran polémica respecto de la muerte asistida, y era previsible que fuera así, dado lo delicado del asunto. El único punto de vista que, en mi opinión, no es admisible respecto de la eutanasia es, en todo caso, aquel que enuncia que tu final no es negociable porque tu vida pertenece desde el principio a Dios. Ya digo: ¿qué clase de Dios primero te crea sin consultarte y luego te avisa de que tienes entornada y muy cerquita la puerta al Infierno? ¿qué clase de Dios, repito, inocula tal imprecisa «culpa por existir» a aquellos que Él previamente hace existir (y muchas doctrinas, incluido cierto psicoanálisis, explotan esa culpa o «herida» primordial y finalmente imaginaria)? Porque incluso el Cielo implica también que no puedes ser des-creado (descreído sí, pero des-creado no), que lo que eres no tiene remedio, con la seria admonición añadida, como acompañada de un guiño, a la manera de una vaga promesa electoral, de que, oye, es que vas a estar tan a gusto en las praderas y vaguadas celestes que jamás querrás desaparecer -eso es propio, si acaso, de infieles budistas…

Pero lo cierto es que nada ni nadie puede ser des-creado, por decirlo de esta manera. Vivimos, todos los organismos, en lo que el primer Heidegger llamaba «estado-de-yecto», o sea, arrojados a la existencia en un determinado “ahí”, y no hay vuelta de hoja. Incluso cuando morimos, dejamos atrás una huella en el mundo que, por muy insignificante que uno fuese en vida, no puede ser borrada (algún positivista desfasado habrá que afirme que el Big Crunch devolverá todo el Universo a su estado material original y todo lo sucedido será como si no hubiera ocurrido jamás, la cuenta a cero, pero es verdaderamente difícil creer en estas cosas en serio). Sartre escribió, casi al término de El ser y la nada, que cuando alguien muere no deja hueco, de manera que desde el punto de vista del “ser” es como si no hubiera existido nunca. Es difícil saber a qué “ser” se refiere Sartre, algo así como una especie de planicie ontológica yerma, pulida, pero lo cierto es que es una suerte, ya que, si no, el tal “ser” sería como un inmenso queso gruyer… Todos los huecos son rellenados, en efecto, y lo son precisamente a causa de aquellos que vivieron antes que nosotros y que han legado todo tipo de descendencia: carnal, espiritual, material y hasta genética, cosas que Sartre tenía en poca monta.

En cualquier caso, es incuestionable que nuestro rastro perdura tras la muerte de muchos modos. Borges dijo aquello -esas frases efectistas a la par que irreflexivas con que a veces nos sorprende-: “somos el olvido que seremos”. Más bien sucede al revés, me parece: somos porque una y otra vez se vence y se ha vencido al olvido, y si algún día seremos efectivamente olvidados, es porque ahora sin duda somos -o sea: difícilmente se puede olvidar lo que nunca ha sido. El olvido, si acaso, es un nutriente imprescindible del futuro, y si hay recuerdo, si hay rescate de lo sido, es porque lo posibilita el efecto de borrado necesario del olvido. El olvido, pues, está por definición en el pasado, y anticiparlo como un pasado del futuro es una ingeniosa argucia de Borges para empezar a entonar ya la elegía de lo que aún no ha ocurrido, que sería un gesto comparable a ir lamentándose ahora del remoto apagamiento del Sol. Encontraríamos poco correcta, e incluso poco sensata, la actitud de alguien que llamase a vivir como si el Sol ya se hubiera apagado, puesto que es fehaciente que tarde o temprano se apagará… En general, es fácil (mucha gente se ha dedicado profesionalmente a ello, sobre todo los sacerdotes en sus púlpitos) poetizar o proclamar tristezas u horrores sobre la muerte; lo que es difícil es naturalizarla, es decir, afrontarla sin dramas innecesarios. Ya hubo una ocasión, precisamente al nacer, en que ascendimos desde el sótano de la inconsciencia por las escaleras de nuestro cuerpo hasta la vida consciente: morir consiste en realizar el camino inverso (con la diferencia de que, si el ascenso fue lento, aquí nos despeñamos…), y si entonces no “dolió”, tampoco tiene por qué doler ahora -dicho esto al margen de lo violento o no del hecho físico mismo de la muerte, que en cualquier cultura civilizada, y abstracción hecha de la “bella muerte” espartana, se ha entendido como deseable evitar.

La “muerte propia”, pese a Rilke, en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, o al propio Heidegger, en Ser y tiempo, no es algo substancialmente distinto de la muerte ajena. ¿Alguna vez has visto un cadáver de alguien recientemente fallecido, aunque fuera una pequeña mariposa? Pues esa es la cosa, no hay mayor misterio. La mariposa no se mueve, su cuerpo parece un plomo, pronto se descompondrá… Eso es todo lo que hay que entender, resulta forzado acudir a mayores profundidades. La vida, particular y colectiva, es animación, intención, expresividad y cambio en un determinado cuerpo o conjunto de cuerpos, que es justamente de lo que carece la mariposa muerta en el jardín. Pero no por ello han desaparecido, claro está, del mundo la animación, la intención, la expresividad y el cambio. Desde luego, existe un incalculable número de seres que ya han muerto y no por ello el Universo ha perdido ni un ápice de su lozanía. Nuevas mariposas liban en las flores como si nada hubiera pasado a sus antecesoras, y es que nada del otro mundo ha pasado. La gente normal -quiero decir, la no contaminada por filosofías o religiones macabras-, tiene precisamente esta impresión respecto de la muerte, y lo llama, con campechanía, “ley de vida”. Las leyes, ya se sabe, debieran ser impersonales y no conocer excepción; ésta, cuanto menos, a día de hoy, y a diferencia de las que establecemos los hombres, cumple exquisita y escrupulosamente esa condición.

Hoy nos venden montones de libros sobre el “misterio del amor y la muerte”. Dicen que el amor va entrelazado a la muerte pero que es más fuerte que la muerte y cosas así. Generalmente, este pretexto sirve para que el autor asesine impunemente a varios personajes en la flor de la juventud, no sin que antes hayan consumado brevemente el amor. Como dicho amor no pasa la prueba del tiempo, parece tanto más verdadero cuanto más efímero. Y entonces esa muerte de novela se presenta como el pago de una deuda: aquí no es la culpa ficticia del presocrático Anaximandro que según él soporta todo lo que existe por el hecho de existir, sino que lo que se insinúa es que la intensidad tiene un precio, y quien vive intensamente casi debe dar las gracias por morir pronto. En todo esto no veo más que mitos, mitos trascendentes o mitos novelescos. La muerte por sí misma no tiene ningún sentido especial, ni respecto del amor ni respecto de nada más allá del hecho biológico elemental de la sucesión y el relevo de las generaciones. Lo que tiene sentido, como es obvio, es la vida, y la muerte es muerte de la Vida, no la vida es vida de la Muerte. Prueba de ello es que mientras que la viva vive, no ocurre lo opuesto, pues la muerte no muere, lo cual no pretende ser un retruécano, sino la comprobación de que la vida es lógica y existencialmente anterior y prioritaria a la muerte, que depende de ella. Ni siquiera es cierto que “la vida tenga sentido”, como si fuera un continente que pudiera o no tener determinado contenido: no, la vida es ella misma el sentido. El Universo, la Existencia, no es una Gran Pregunta, el Interrogante Eterno para el que nunca encontraremos respuesta. No: si acaso, tal como yo lo veo, el Universo, la Existencia, es la Gran Respuesta de la que nunca conoceremos exactamente la pregunta. Lou Reed cantaba en Sweet Jane el verso And that life is just to die…, poniéndolo en boca de “some evil mothers”. Sin embargo, el espíritu de ese malvado pensamiento tiene un largo y ominoso pasado que todavía sirve para asustar a alguien. La muerte no devora, no se alimenta de la vida, como si la Muerte fuera como unas grandes fauces abiertas o un ingente agujero negro donde la vida, concebida como una entidad independiente de ella, cae incesantemente y es engullida para siempre. Se ha abusado mucho de esta clase de imágenes en la tradición occidental, casi siempre con el fin de desesperar a los ateos o bien como venganza metafísica hacia las clases poderosas, dado que la muerte -el tópico renacentista y barroco- aguarda lo mismo al afortunado que al desposeído.

Galileo Galilei escribió en una ocasión, contra la Iglesia Católica que condenaba sus libros, que aquel que abomine del devenir y de la corrupción final de los seres o de los procesos naturales más le valdría convertirse en estatua. Por supuesto, eso no quita para que la muerte sea una tragedia sin paliativos para el que se encuentra a un paso de ella y para sus deudos. Y tampoco quita para que la interrupción indeseada de la red de relaciones y proyectos que es una vida humana no merezca el nombre moral y jurídico de “crimen”. Pero no cabe duda a su vez de que somos también un eslabón de una cadena que tal vez improvisa su destino, y a ese destino, improvisado o no, nos hallamos también concernidos por el mero trámite de nacer. Veo el tiempo de una vida como un compás abierto: una pata del compás pincha en un punto, que es nuestro nacimiento, luego se abre y la otra pata permanece en el aire, describiendo un área de acción hasta que finalmente cae. El tiempo que tenemos para vivir no consiste en los límites anterior y posterior que traza el compás, como señalan las fechas de las lápidas, sino en la anchura abierta por el ángulo del mismo. El interior contiene una amplia estancia, no el exterior define la breve esencia. “La muerte es más dura asumirla que padecerla”, dijo René de Chateaubriand. Pero Leonardo da Vinci, por su parte, dijo “así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien empleada produce una dulce muerte”. Por todo ello, creo que ya es hora de normalizar nuestra relación con la Parca y establecer unos muy claros Derechos a una Muerte Digna. Preocupémonos de emplear bien la vida, como Da Vinci, y que nuestro fin tras una existencia siempre ajetreada y repleta de identidades, máscaras, tareas y lenguajes sea como la rosa funeral del poeta Rilke: contradicción pura, delicia, de ser sueño de nadie, bajo tantos párpados…

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Archivo Entreletras

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