febrero de 2026

Escolástica medieval y Modernidad

Decía acertadamente Ortega y Gasset (1883-1955) que la modernidad no había sido sino el despliegue y desarrollo de la cristianidad (sic). La modernidad procede del cristianismo, le sigue y, por eso mismo, ya no está exactamente en el cristianismo, sino en la cristianidad. De modo que el pensamiento moderno y la filosofía moderna, en los últimos 500 años, contrarios o conformes al cristianismo, han seguido las líneas trazadas por el pensamiento y la filosofía construidos en la larga Edad Media por el cristianismo. Lo que se ha denominado “filosofía moderna”, desde Descartes (1596-1650), si se estudia bien, no fue más que el despliegue y desarrollo de una de las líneas de la escolástica medieval, y no es tan moderna, por tanto.

Porque la filosofía cristiana medieval, comúnmente denominada “escolástica”, origen directo de la filosofía moderna, no fue una y unívoca. En realidad, no es posible de hablar de “la escolástica medieval” sin incurrir en su falseamiento. Nunca existió una “escolástica medieval”, pues fueron dos, al menos: la escolástica de los dominicos, cuya figura más señera es Santo Tomás de Aquino (1225-1274), y la escolástica franciscana, de la que fueron máximos exponentes Duns Escoto (1266-1308) y Guillermo de Ockham (1287-1347). Y quizá habría que añadir el “averroísmo”. Filosofías muy divergentes entre sí. De lo que se debería hablar, pues, es de “las escolásticas”, en plural, no de “la escolástica”, pues no fue una sola.

El pensamiento medieval, pese a su común fundamento cristiano, no consiguió integrar la filosofía en una sola doctrina. Ese viejo sueño de Cicerón y propósito de Santo Tomás, nunca se alcanzó. A finales del siglo XIV, con las polémicas entre unas y otras líneas “escolásticas”, especialmente “tomistas” y “escotistas”), la filosofía se sumió en una profunda crisis, poniendo a los emergentes humanistas ante la tarea de reorganizarla. Esa renovación y reorganización fue la gran empresa filosófica del Renacimiento, desde los mismos comienzos del siglo XVI.

Las divergencias entre las escolásticas dominica y franciscana

Santo Tomás, dominico, reordenó la teología y la filosofía en su conjunto. Su obra fue guía para todo el pensamiento en los siglos subsiguientes. Frente a él, los franciscanos mantuvieron su tradición “agustinista” y formularon salvedades y objeciones, sobre todo Escoto y Ockham. La escolástica franciscana representó un giro crucial para la modernidad en el pensamiento medieval, al distanciarse del racionalismo aristotélico de los dominicos. Mientras los dominicos enfatizaban en el intelecto y en las esencias universales, los franciscanos -nominalistas- priorizaron la voluntad y la individualidad concreta. Verdades que el tomismo consideraba «demostrables» por la razón, los franciscanos entendían que solo pueden conocerse por la revelación, como la inmortalidad del alma o la omnipotencia divina.

Para Santo Tomás, Dios es Acto Puro y Razón Suprema, y por eso quiere el bien. Dios actúa según su sabiduría y la voluntad divina sigue a su intelecto, de modo que las leyes morales son racionales y cognoscibles. Mas, para Escoto, Dios es Libertad Infinita y si algo es bueno es solo porque Dios así lo quiere, pues podría ser al contrario, según su voluntad. La voluntad es la potencia más noble, ya que la acción es muy superior a la contemplación. Y es libre, pues la razón ha de rendirse ante la verdad, mientras que la voluntad de Dios es absoluta (omnipotencia divina), no determinada por el intelecto o la razón, y sus designios son inescrutables para el hombre. Ockham radicalizaría esa posición al unir “voluntarismo” y “nominalismo”.

Santo Tomás trató de establecer la armonía entre fe y razón. Buscaba, pues, la posible síntesis entre ambas (aristotelismo cristiano), mientras que Escoto opuso objeciones que priorizaban la voluntad y la individualidad sobre la racionalidad. La escolástica franciscana, de base “agustiniana”, argumentó que razón y fe no eran coincidentes siempre y no tenían por qué serlo. Las diferencias entre ambas escolásticas determinaron la crisis de la filosofía medieval en los siglos XIV y XV. Los autores renacentistas de la escuela española intentaron inicialmente superar esas divergencias, mediante la integración del tomismo y del escotismo. Pero dicha integración no se logró, pese a los esfuerzos de los autores hispanos, señaladamente Francisco Suárez (1548-1617) en sus Disputaciones Metafísicas (1597). Esfuerzos de armonización que revitalizaron el decaído escotismo, al aceptar Suárez algunas precisiones de Escoto al tomismo.

Renacimiento y modernidad en el pensamiento del siglo XVI 

Desde las Lecciones de Historia de la Filosofía, de Hegel (1770-1831), en las Historias de la Filosofía más usuales, como la Historia de la Filosofía Occidental (1945), de Bertrand Russell (1872-1970), se afirma que Descartes creó la filosofía moderna, rompiendo definitivamente con la escolástica medieval. Afirmaciones erróneas ambas. Descartes no es el primer filósofo moderno, pues le preceden los autores españoles renacentistas, como Juan Luis Vives (1496-1540) y Suárez. Y la “rebelión” cartesiana fue contra la física aristotélica, no contra la filosofía precedente. En esas historias de la filosofía, el siglo XVI queda como un vacío del pensamiento, que “no pudo” volver a despuntar hasta Descartes y Bacon (1561-1616), “primeros” filósofos modernos.

Fue la filosofía renacentista hispana, con mención especial a Vives y Suárez, la que superó la filosofía medieval, para armonizar tomismo y escotismo, con base racionalista. Al reformular la filosofía, Vives separó y liberó a ésta de la teología, es decir, abandonó del pensamiento medieval y dio nacimiento la filosofía moderna. Un pensamiento que fundamentó y desarrolló el “racionalismo”. Pero era un racionalismo realista y objetivista que criticaba la “tradición realista” de aristotelismo y tomismo, a los que Vives cuestionaba por considerarlos “realismos ingenuos”. También abrió las vías que condujeron a Bacon (1561-1626), a Descartes, a Spinoza (1632-1677) y a Leibniz (1646-1716). Autores estos que, más que creadores de la filosofía moderna, representaron un giro subjetivista, bajo influencia de los planteamientos de la escolástica franciscana.

La escuela española, desde Vives hasta Suárez, mantuvo ese racionalismo realista: realismo metafísico del ser, realismo gnoseológico y epistemológico de lo verdadero y realismo ético-jurídico del bien, porque el ser, lo verdadero y lo bueno están ligados y son coincidentes. No era un realismo dogmático y acrítico y tampoco fue un “criticismo trascendental”, pues los maestros españoles advirtieron el riesgo del “subjetivismo”, es decir, de tomar al sujeto como referente principal del conocimiento, ya que eso impide acceder a las cosas y a la realidad, que pueden llegar a cuestionarse, e incluso negarse, como sucede en el racionalismo idealista y el empirismo.

Los problemas de la renovación filosófica del siglo XVI

La filosofía hispana del Renacimiento, de la mano de Vives y Suárez, reformuló la filosofía para solventar y asumir, en lo que eran razonables, las objeciones críticas de Escoto y Ockham a Santo Tomás, incluso modificando el tomismo cuando así lo consideraron. No buscaron tanto establecer una preeminencia, sino una armonización de la filosofía, con la verdad como guía. Y también incorporaron los nuevos saberes científicos que se empezaban a desarrollar a gran escala en el Renacimiento, con sus problemáticas epistemológicas, sobre todo Vives en su De Disciplinis. Pero mantuvieron y reforzaron el racionalismo realista y objetivista recibido de la tradición tomista, aunque consideraron a ese un realismo “ingenuo”.

Entre los siglos XIII y XVII, predominaron las tesis realistas de la escolástica dominica frente a la franciscana, pero en el siglo XVII, con base en esa última, surgirían filosofías divergentes y hasta contrarias a la filosofía renovada del siglo XVI, a la que se calificó de “neo-escolástica”, con lo que se la ligaba al medievo. A los autores hispanos, que revisaron críticamente el tomismo, se les alineó con la escolástica dominica (“neo-escolásticos”). En primer lugar, surgió el racionalismo subjetivista e idealista (Descartes), que criticó el “realismo”, con la excusa de eludir cualquier escepticismo, para centrar la filosofía en el sujeto y no en la realidad externa. También los empiristas. Finalmente, llegó la crítica kantiana, que fue un intento fallido de superar las diferencias entre subjetivistas, fuesen racionalistas o empiristas.

Mas, en las “nuevas” filosofías inauguradas por Descartes y Bacon, también estaba presente la escolástica, pero la franciscana. Una escolástica ésta que logró difuminar su procedencia igualmente escolástica y, así, se la ha presentado comúnmente como la “filosofía moderna”, frente a la filosofía anterior, a la que se empezó a denominar “neo-escolástica”, en general, casi como una descalificación por “medieval”. El desarrollo de la filosofía moderna no fue otra cosa que la continuación, desde nuevas bases, de las discrepancias y polémicas iniciadas en la Edad Media entre las escolásticas de dominicos y franciscanos, pero adaptadas a la nueva mentalidad y a los nuevos saberes científicos afirmados desde el Renacimiento.

La modernidad: el dominio de la escolástica franciscana

Lo que, desde las Lecciones de Historia de la Filosofía, de Hegel —nunca antes—, se ha denominado “filosofía moderna”, es decir desde Descartes, ha sido el desarrollo de las viejas tesis de Escoto y de Ockham, y de la escolástica franciscana en general, aunque adaptadas a su tiempo. Y con un éxito indudable en los siglos XVIII, XIX y XX, en su pugna con la filosofía “realista” precedente. Esa que prevaleció en los siglos XVI y XVII, pero que no rompió con la tradición de la filosofía y se mantuvo en la línea del racionalismo realista de los maestros españoles renacentistas. Pero el pensamiento realista no ha sido predominante en los últimos siglos.

Así, Maquiavelo (1469-1527) dio a Escoto un viraje secularizador: dejó de buscar la justicia en los cielos para centrarse en lograr la eficacia terrenal. El voluntarismo teológico de Escoto (la ley natural es la voluntad de Dios) también sentó las bases en que se fundó Bodino (1530-1596) para definir la soberanía política: el gobernante (dios secular), como la fuente última de la ley a través de su voluntad. Escoto «desacralizó» la metafísica, lo que también sirvió a Descartes para su sistema, en el que el sujeto (el «yo»), es el principio ordenador mediante su voluntad. Sin el énfasis de Escoto en el individuo-sujeto y en la voluntad, el Cogito ergo sum de Descartes habría tenido un suelo más frágil.

El empirismo británico, muy influido por la escolástica franciscana, tenía a los franciscanos medievales Rogerio Bacon (1220-1292) y Ockham como inspiración. Francis Bacon (1561-1626), siguiendo a Vives (que ejerció cátedra en Oxford), fue el «heredero» de Ockham. Aplicó la lógica nominalista a la investigación práctica: la ruptura de Ockham con la Iglesia y la metafísica, está en la base de su método científico. Hobbes es casi un «Ockham secularizado». Donde Ockham había situado a Dios omnipotente, cuya voluntad es ley absoluta, Hobbes puso al Estado-Leviatán (el «Dios mortal»). Ambos rompieron con la tradición aristotélico-tomista, que veía al hombre como un «animal político» por naturaleza, prefiriendo verlo como un individuo aislado y libre, que solo se une a otros por conveniencia y mediante convenio.

Viejas polémicas aparentemente superadas -cosas de dominicos y franciscanos-, nunca recordadas y casi olvidadas, pero que permiten la comprensión cabal de lo que de verdad ha sido el desarrollo del pensamiento moderno hasta hoy. Sin mistificaciones. La llamada filosofía moderna abandonó el camino seguro de la tradición filosófica general, realista, a la que acusó de “escolástica”, descalificándola así, para tomar la senda perdida de un subjetivismo inspirado por la escolástica franciscana, que ha conducido a la actual situación de la filosofía, tras padecer la oleada del subjetivismo radical de la llamada filosofía posmoderna, a finales del siglo XX.

Como se apuntó al comienzo, Ortega y Gasset sostuvo que la modernidad no había sido más que la continuación, bajo nuevas formas y denominaciones, de lo que él denominó “cristianidad”. Y, en cuanto al desarrollo del pensamiento moderno, no se debe olvidar que éste procede de las polémicas iniciadas en las escolásticas medievales de dominicos y franciscanos.

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Archivo Entreletras

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