abril de 2026

Igualdad e Igualitarismo: ¿Igualdad o Identidad?

El lecho «igualitario» de Procusto.

Los proyectos igualitarios y el “igualitarismo” son peligrosos e indeseables, pues desatan y propagan efectos muy corrosivos para las sociedades en las que se aplican. En sus distintas versiones, que rebrotaron con fuerza en el siglo XVIII, en la Ilustración, esa pretensión igualitaria se ha orientado a destruir cualquier tipo de diferencia. Es la utopía de lo “idéntico”, que precisa conformar un mudo totalmente homogéneo e indiferenciado de “igualdad absoluta” en todo. Pero, como dijo el gran novelista francés Honoré de Balzac (1799-1850), puede que la plena igualdad sea un anhelo de muchos y quizá hasta un derecho, pero no existe en el universo fuerza capaz de convertirla en un hecho.

Para comprender esto hay que alejarse de la dominante estupidez intelectual actual, que idolatra las novedades por el mero hecho de serlo y que está pendiente de la última ocurrencia de cualquier ideólogo “revolucionario” o “progresista”. Ideólogos que suelen camuflar su ausencia de ideas y principios en esa adoración a toda novedad, como ejercicio de “transgresión rebelde”, y contra “el sistema”. Y a los que se considera “revolucionarios” y “progresistas” porque asocian la desigualdad con la opresión, la esencia conflictiva de la naturaleza humana con la violencia, y la diferencia con la exclusión. Y no solo, sino que también se sitúan en un nivel más profundo y primitivo, porque la incómoda verdad de la realidad estorba, ya que muestra que hay hombres mejores que otros y que lo mediocre no es capaz de emular lo superior.

No es que la igualdad, al menos determinada igualdad, como la de oportunidades o ante la ley, sea indeseable, ni nadie propone la desigualdad obligatoria como un ideal. La pulsión igualitaria se ha empleado como señuelo que utilizan gentes mediocres para prosperar subvirtiendo el orden natural. Pero, en un giro tan reciente como inesperado, el señuelo ha devenido creencia, casi religión, y con él las más bajas pulsiones intentan imponer en nuestras sociedades su ley, que es la peor de las leyes: la Ley de las Masas, en su acepción más orteguiana. Pero ¿es que acaso no es lo mismo la igualdad que el igualitarismo? Hay ideas tan absurdas, que solo un intelectual de los de ahora se puede creer.

Igualdad e identidad

Son dos términos que se usan como sinónimos en el lenguaje cotidiano, pero que, en la lógica, las matemáticas, la filosofía o la política, poseen matices que cambian por completo los significados y pueden hacerlos incluso contradictorios. La identidad es la relación más fuerte posible. Se dice que algo o alguien es idéntico a otra cosa o a otro cuando, en realidad, no son dos cosas o dos individuos, sino lo mismo con dos nombres distintos. Si se propone que todos los hombres sean absolutamente iguales se está proponiendo que sean todos uno solo y el mismo, y que se persiga a los “diferenciados”. La igualdad es menos fuerte y presupone dos o más elementos. Dos cosas o personas son iguales cuando, siendo entidades distintas, comparten alguna característica específica, como el valor, la cantidad, el peso, la dignidad o los derechos.

Estar en contra del igualitarismo no significa estar a favor de la desigualdad. La desigualdad en lo político no es deseable porque genera condiciones de privilegio para algunos, y de subordinación en gran parte de la sociedad. Para que una comunidad sea fuerte han de existir, a la vez, cierta similitud o semejanza entre sus miembros, así como una serie de condiciones que garanticen su libertad e independencia individual. Es la independencia del individuo, que no admite igualaciones forzosas en cuanto a la individualidad de cada uno, más que ejerciendo coacción y violencia sobre ellos. La igualdad absoluta en derechos, dignidad y oportunidades no pueden llevarse hasta la identidad de todos y a su igualación forzosa en resultados, sin violencia. El igualitarismo no se impone naturalmente y por sí mismo nunca.

La libertad no presupone ni requiere desvincular al hombre respecto del orden ontológico de las cosas. La “igualdad absoluta” o total, la identidad, sí lo hace. Fueron los teóricos ilustrados del siglo XVIII quienes idearon un nuevo “tipo de hombre”, el “hombre genérico”. En economía, éste fue el homo economicus, esencialmente definido por su dimensión económica. Para la política y después la sociología, sería el buen ciudadano, para las democracias el hombre cualquiera y, para el socialismo, el proletario. En el igualitarismo, el “hombre nuevo” es un hombre unívoco, cuya nota constitutiva no es ya una determinación concreta, sino el hecho mismo de ser “uno” y solo. Las diferencias cualitativas singulares quedan sin sentido ontológico, del que se prescinde para imponer al hombre genérico, universal, abstracto e intercambiable. Las ideologías igualitarias radicalizan al hombre genérico, en cualquiera de sus variantes, para lograr su arquetipo de “hombre nuevo” impersonal. Algo de eso hay en el actual uso de algoritmos: todos los humanos son prescindibles e intercambiables, es decir, idénticos, meros datos estadísticos.

Igualitarismos e identitarismos: pulsiones de intolerancia

Un sistema totalitario no es solo el del poder absoluto de un Estado hipertrofiado. Es también, y más aún, el principio de una sociedad impersonal, despersonalizada. Eso es lo que surge cuando la igualdad se convierte en dogma, que la sociedad se vuelve crecientemente impersonal, no por su propia evolución, sino por la ingeniería social correspondiente. El igualitarismo, al ser absoluto, se convierte en dogma de fe. No puede admitir discusión ni excepción y entroniza la igualdad como principio fundamental, básico y quizá único. Este es su sentido teológico-político: define un bien supremo, identifica herejías y exige una constante vigilancia y persecución moral. Hoy se asiste a sus expresiones más ásperas y descarnadas, como el “wokismo” y la “corrección política”, que integran y unifican todo el igualitarismo actual.

No hace falta pensar mucho para entenderlo. Simplemente basta con observar el constante empeño de quienes ejercen de líderes de los rencores sociales, envidiosos y resentidos por naturaleza, empeñados en proclamar la supresión de todas las diferencias. Para ellos, no pueden existir los sexos, porque implicaría establecer el binomio diferencial de hombre-mujer. En esa agresión general, la cultura debe modificarse para que la diversidad de lenguas, tradiciones, usos, costumbres y preferencias se desdibujen. Las leyes nacionales, propias de cada pueblo y por lo tanto distintas del resto, deben integrarse y universalizarse para apelar a toda la humanidad. Y lo mismo ocurre con la pretensión de una ciudadanía global.

Las diferencias económicas se han de eliminar también. De ahí el afán de precarizar y nivelar salarios, o de fomentar, no tanto la igualdad de oportunidades, como la de resultados —que incluye también la igualdad patrimonial—. Pero podría hablarse también del sistema educativo, igualitario a la baja, o del tratamiento de las personas mediante algoritmos uniformadores, entre otras cuestiones. El igualitarismo posee una pulsión de muerte, pues solo puede materializar sus fines mediante la aniquilación de los espíritus superiores, ante la incapacidad de los mediocres de poder ser más, de emular lo mejor. Incapacidad que impulsa a impedir que los que puedan ser más lo sean, y a facilitar que los mejores puedan ser arrastrados por el impulso nivelador de las masas.

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