octubre 2020 - IV Año

ENSAYO

La Ilustración en España

I.- EL Siglo de las Luces

De “ambigua” califica Escohotado a la Ilustración, en el primer capítulo que le dedica en su obra Los Enemigos del Comercio. Porque la Ilustración no consistió en una teoría, una doctrina o un sistema filosófico. La Ilustración fue un movimiento espiritual, un estado de ánimo, casi un talante. Los ilustrados, aunque no compartieron casi nada en creencias o en fundamentos filosóficos, si compartieron algunos principios, actitudes y valores y, en general, un auténtico interés, a veces casi fervor, por las ciencias. No todos los ilustrados fueron racionalistas, aunque todos ellos consideraron que la razón era un instrumento esencial para alcanzar conocimientos ciertos.

Fue la época en que las sociedades comerciales europeas, con una tradición mercantil remontable al siglo XII, iniciaban su transformación en industriales. Y fue un tiempo optimista, pues esa transformación abrió el cuerno de la abundancia de las riquezas, en un proceso de incremento de la producción y de las rentas que no ha cesado desde entonces. E incorporó un sentimiento de confianza y hasta de fe en el Progreso, así, con mayúscula. Pero también abrió la Caja de Pandora y sus horrores.

La Ilustración inglesa y la norteamericana se orientaron hacia la ciencia y la tecnología, mientras que en Francia brotó una irresistible pasión por la “brillantez”, que cuajó en un movimiento de excelentes literatos, pero de poca sustancia. Como dijo Hegel (1770-1831) burlonamente de ese tiempo, “la filosofía francesa era lo ingenioso mismo”. También hubo ilustración en Alemania, cuyo más elevado exponente fue Kant (1724-1804), crítico por igual del racionalismo francés (y alemán) y del empirismo británico. Y también hubo movimiento ilustrado en España, y en la América Española, al igual que lo hubo en toda Europa. Por eso, para marcar sus profundas diferencias, se suelen utilizar las palabras autóctonas que la definen en cada país: Enlightement (Inglaterra y Norteamérica), Aufklärung (Alemania) y Lumières (Francia), países que fueron los máximos exponentes del movimiento ilustrado.

Las Luces asumieron en todos los paísesel lema sapere aude (atrévete a saber) kantiano. Pero las diferencias entre las distintas “Ilustraciones” en cada país fueron muy grandes. La Ilustración inglesa y norteamericana buscaba fundar Gobiernos Representativos y no compartió el “Despotismo Ilustrado” (todo para el pueblo, pero sin el pueblo) de los philosophes franceses. Los ilustrados alemanes, como Goethe (1749-1832), recelaron siempre de los disturbios y motines revolucionarios. Británicos y alemanes, protestantes, tampoco compartieron el ateísmo y el anticlericalismo radical de los Ilustrados franceses, si bien coincidían con ellos en su “anti-catolicismo”. Como dijo Hegel con cierta sorna en sus Lecciones de Filosofía de la Historia, si se trataba de liberarse del catolicismo, el Gran Libertador habría sido inevitablemente Lutero.

Los brillantes literatos franceses, autodenominados philosophes, llegaron a ser los primeros escritores políticos. Su pretensión de sustituir las complicadas costumbres antiguas por reglas simples, les llevó a desarrollar durante todo el siglo XVIII una campaña de crítica, sin excepción, de todas las instituciones y costumbres, so pretexto de someterlas al juicio de la razón. Pero la crítica de los philosophes fue una “crítica dogmáticamente acrítica”, valga la expresión, plasmada en libros rebosantes de autocomplacencia y narcisismo. Voltaire (1694-1778), el más sutil de ellos, atribuyó todos los males del mundo a la Iglesia (“l’Infame”), y únicamente defendió la “libertad literaria”(¿?), mientras recomendaba al Rey de Francia “imitar al gran emperador de la China en autoridad absoluta”. Kant, en su Crítica de la Razón Pura, desmanteló también las falsas pretensiones críticas de los philosphes franceses.

Con Rousseau (1712-1778), la Ilustración Francesa dio un giro radical. Rousseau acusó a la división del trabajo de ser causa de la corrupción de la sociedad, al alejarse del Estado de Naturaleza. Y así, las sociedades europeas sólo podrían progresar en desigualdad e injusticia. No compartió con los philosophes el despotismo ilustrado, pero su idea de la libertad y de la democracia es muy poco democrática y muy poco libre. La Política de Rousseau contempla el interés común por encima del privado, rechaza la división de poderes y plantea la democracia como “religión política simple”, en la que se persigue y ejecuta a los descreídos.

Gaspar Melchor de Jovellanos

La aparición de un nuevo tipo de comunismo, el comunismo ateo, fue fácil en la Francia de los philosophes. Y más tras el éxito de las obras de Rousseau. Fueron dos Abades Morelly (1717-1778) y Mably (1709-1785), quienes coronaron la hazaña intelectual de reformular el viejo comunismo religioso, precristiano y cristiano, y crear el comunismo ateo moderno. Morelly depuró la tradición ebionita con el filtro de las Luces. Su propuesta “ilustrada”, fue la vieja receta ebionita: condena de la propiedad y sentar que la sociedad es culpable de todas las desviaciones inmorales del comportamiento ”natural”.

Como al principio se indicó, la característica más notable de la Ilustración fue la ambigüedad. En 1776 se publicó la Riqueza de las Naciones de Adam Smith (1723-1790) y también el panfleto comunista de Mably. Inglaterra componía monumentos a la complejidad económico-social y, en Francia, la propuesta era el retorno a la simplicidad de la vida de las tribus salvajes (mito del buen salvaje). Terrible simplismo de los modernos totalitarismos, también herederos de la Ilustración. La teoría liberal encontró plasmación en la Revolución Americana, en 1776, con lo que se completó casi al mismo tiempo que la teoría comunista. Pero no lo hizo, como alternativa a ese ideario, aún exótico, sino para responder al absolutismo monárquico. El liberal no era conservador por el hecho de defender la propiedad privada como institución, pues el liberal apostaba (y apuesta) por la autonomía individual. Relativista por vocación, el liberal contempla la intemperie de la vida sin esperanza en milagros, buscando lograr la mayor eficacia del esfuerzo humano.

II.- La Ilustración en España

Burke (1729-1797) y Tocqueville (1805-1859), estimaron causa de la radicalización de la Revolución Francesa la marginación y exclusión políticas de los philosophes y el denominado “Tercer Estado”, en el siglo XVIII. Una marginación que ayuda a comprender el dolorido alegato de Sieyès (1748-1836) en Qué es el Tercer Estado (1789): “¿Qué es el estado llano? Todo. ¿Qué representa actualmente en el orden político?: Nada”. Pero eso era en Francia, porque la situación de los ilustrados y del estado llano fue otra en general en los demás países.

En España, en el siglo XVIII, la mayor parte de los ilustrados, no sólo contaron con la simpatía y el aprecio de la Corona y de la Corte, sino que ostentaron cargos muy principales en la Administración Real, en el Gobierno, en los Consejos de Castilla, Indias, etc. Pero, en general, la historiografía española ha apreciado poco nuestra Ilustración y no le ha concedido juicios favorables. Ortega y Gasset (1883-1955) calificó al siglo XVIII de “vacío paréntesis en la historia española”. Quizá porque no surgió en el pensamiento español figura alguna de la altura, no ya de un Hume (1711-1776) o un Montesquieu (1689-1755), sino ni siquiera de la relevancia de un Voltaire. Aunque en las Artes, el XVIII español fuese el siglo de Bayeu y su escuela y, sobre todo, el siglo del gran genio de Goya (1746-1828).

La adversa valoración de nuestra Ilustración se funda en que, en España, la Ilustración fue católica, profundamente católica. Y hay ahí una primera y muy fuerte disonancia entre nuestra Ilustración y la de los países más señeros del movimiento ilustrado. La Ilustración en Francia, Inglaterra y Alemania, que fueron sus máximos exponentes, fue profundamente anti-católica, lo que nunca ha sido bien comprendido por la historiografía más moderna, que ha tendido a minusvalorarla por eso. Al contrario, y quizá no tan paradójicamente como pudiera parecer, para el pensamiento más tradicionalista, como el de Menéndez Pelayo (1856-1912) en Los Heterodoxos, la Ilustración significó el comienzo de la pérdida de la identidad católica de España. Con ella se inició el olvido de nuestra tradición cultural, que había llegado a su cima en el siglo XVI y primera mitad del XVII, en el denominado Siglo de Oro.

También España inició en el siglo XVIII el desarrollo de una sociedad industrial, de la que fueron pioneras la Reales Fábricas (hilaturas, cerámicas, acero, etc.). En nuestro país, durante el siglo XVIII aumentó mucho la población, pasando de 8’5 millones de habitantes en 1700, a 11,3 millones en 1800. Las hambrunas generales desparecieron en España, debido a la introducción del cultivo de la patata, desde finales del siglo XVII, y a las mejoras introducidas en la producción agrícola. En el resto de Europa, las hambrunas generales se extenderían hasta bien entrado el siglo XIX. Fue esa España optimista, alegre y apacible siglo XVIII, tan magníficamente reflejada en la pintura costumbrista de los Bayeu o de Goya. Una España que pareció poder recobrarse de las caídas y derrotas padecidas en el siglo precedente. Todavía tuvo España capacidad de hacer un último esfuerzo colonizador en América, con la expedición de Fray Junípero Serra y José de Gálvez, entre 1769 y 1770, hacia la Alta California y el Territorio de Oregón. La ciudad de San Francisco fue fundada el 29 de junio de 1776, 5 días antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.

En lo referente a ideas abstractas y ciencia básica, las aportaciones de nuestros autores no fueron muy abundantes, pero sí importantes. Está la medición del Meridiano de Greenwich (o de Barcelona) por Jorge Juan (1713-1773), la obra botánica de Celestino Mutis (1732-1808), o el descubrimiento del wolframio por los hermanos Delhuyar, en 1783, entre otros. A cambio, los españoles fueron excelentes en la utilización de las ciencias, es decir, en ciencias aplicadas. La ingeniería española lo acreditó con tres grandes hitos. El primero, la construcción de una gran Escuadra que fue la única capaz de enfrentarse con posibilidades de victoria a los británicos, durante el siglo XVIII. El segundo, la arquitectura militar, con fortificaciones de primer nivel, como en la Habana o Cartagena de Indias. Y el tercero, ya a principios del XIX, la creación de la primera escuela técnica de ingeniería civil, la Escuela de Ingenieros de Caminos, fundada en 1802 por el científico, ingeniero e inventor español, D. Agustín de Betancourt (1758-1824). En la Medicina, está la famosa Expedición del Doctor Balmis (1753-1819), sufragada por la Corona y realizada entre 1803 y 1806. Fue la primera expedición sanitaria internacional de la historia, que vacunó contra la viruela a toda la población del Imperio Español, pero también a colonias francesas, inglesas y holandesas. Jenner (1749-1823) inventó la vacuna de la viruela, pero nadie le hizo caso en Inglaterra hasta que se conoció el éxito de la Expedición de Balmis.

Como señala Juan Valera, en esa época, se denominó “afrancesados”, en general, a quienes se decían ilustrados. Pero conviene precisar que hubo muchos afrancesados que no fueron ilustrados, como hubo también muchos ilustrados que no fueron exactamente “afrancesados”, como Jovellanos (1744-1811). Y algunos, pretendiéndose ilustrados, fueron paradójicamente los primeros que comenzaron a desdeñar nuestra literatura clásica, tildándola casi de bárbara, tasando nuestras artes en mucho menos de su justo valor, y negando toda importancia a nuestras ciencias y a nuestra filosofía. Recordemos que la obra del Greco estuvo olvidada y sin exponer durante casi doscientos años, hasta que, a comienzos del siglo XX, D. Manuel Bartolomé Cossío (1857-1935), lo rescató de tan injusta postergación.

Agustín de Betancourt

El Profesor Eduardo Huertas, en su Teatro Musical Popular en el Madrid Ilustrado, y en otras obras, ha destacado la pervivencia durante el siglo XVIII de una importante cultura castiza, que empezaría a llamarse en ese siglo “cultura popular”, en contraposición a la cultura más Académica, que adolecía de los males denunciados por D. Juan Valera. Algunas de las figuras de esa cultura popular, como D. Ramón de la Cruz, sería estudiado por el mismo D. Benito Pérez Galdós (1841-1920).

Abellán, en su Historia del Pensamiento Español, no se refiere a la llamada Primera Ilustración española, aunque menciona la aparición, hacia 1680, de un incipiente movimiento de recuperación intelectual y literario de España, tras el hundimiento general padecido en la segunda mitad del siglo XVII. Un movimiento que se consolidó en el reinado de Felipe V. Abellán denomina a todo el periodo “prerreformismo borbónico”, y no diferencia Pre-Ilustración y Primera Ilustración. Pero dedica a Feijoo (1676-1764) un extenso apartado. El estudio del siglo XVIII y de la Ilustración Española de Abellán, se ciñe casi exclusivamente en las reformas del Rey Carlos III (1716-1788), que representó el apogeo de la Ilustración Española, a partir de1759.

En suma, que se puede decir que hubo Ilustración y que fue muy importante en España y en América. Lo que ocurre es que la Ilustración Española está, no poco, sino mal comprendida y no muy bien estudiada. Porque también existió una Primera Ilustración, cuyo annus mirabilis sitúa Mario Onaindía (1948-2003) en 1737. Fue un año señero en el renacer de las letras españolas. En ese año se publicó la Poética de Ignacio de Luzán (1702-1754) y dos de las principales obras de Gregorio Mayans (1699-1781), Los Orígenes de la Lengua Castellana y la Vida de Miguel de Cervantes, primera biografía del gran novelista. Y, aunque prescindiésemos de Mayans o Luzán y sus obras, sería imposible no destacar al Padre Feijoo, figura señera de la filosofía y la ciencia española en la Primera Ilustración y enlace con el periodo de Carlos III.

En 1725, comenzó Feijoo (1676-1764) la publicación de su principal obra, El Teatro Crítico Universal, que es una colección de ensayos sobre los más diversos y dispares asuntos. Las obras de Feijoo lograron una difusión insospechada, en España y América, donde constituyeron el auténtico punto de arranque del movimiento ilustrado. Y también provocaron sus obras las respuestas más virulentas, tanto en España como en Europa. Y es que Feijoo fue uno de los pocos ilustrados españoles cuyas obras se tradujeron al francés, al italiano, al inglés y al alemán.

Con Gregorio Mayans, la Ilustración Española ganó en profundidad. Aunque jurista de familia y formación, fue Mayans un auténtico arquetipo de hombre ilustrado. Nada afrancesado, su familia fue austracista y marchó a Austria al finalizar la Guerra de Sucesión (1700-1714). Se dio a conocer por su reivindicación de la figura y la obra de D. Diego Saavedra Fajardo (1584-1648), un clásico español del pensamiento político del siglo XVII. Mayans se dedicó al estudio de los desarrollos científicos de la época, y fue un estudioso del pensamiento de Juan Luis Vives (1493-1540). Introdujo el empirismo en España, que él derivó de la obra de Vives. También Mayans estuvo implicado en el “choque” habido entre la Academia Valenciana y la Inquisición, en 1742. Un asunto que finalmente quedó en nada, aunque condujo a Mayans a un retiro del que fue rescatado por el Rey Fernando VI, en 1748.

En el siglo XVIII, la intolerancia religiosa se atemperó, en comparación con el siglo precedente, pero no desapareció. El anglicano Locke, el “Filósofo de la Tolerancia”, en sus Cartas sobre la Tolerancia excluyó de la tolerancia a los católicos, por su obediencia al Papa. Y en 1752, cuando a iniciativa de los whigs (liberales) se introdujo el Calendario Gregoriano (católico), la anglicana Inglaterra conoció graves disturbios en muchas ciudades, por “los 13 días que nos robaron los Papistas” (la diferencia en fechas del calendario Juliano con el Gregoriano). Por no citar las represiones religiosas en Francia, durante el siglo XVIII, de protestantes y hasta de católicos sospechosos de herejía; o las terribles persecuciones contra los católicos en los países protestantes. Pero sólo se tuvo ojos en aquella centuria para mirar a la Inquisición Española.

Bajo el reinado de Fernando VI (1713-1759), entre 1748 y 1759, el movimiento ilustrado dio un importante giro en España, de la mano de los ministros Ensenada (1702-1781) y Carvajal (1698-1754): los proyectos ilustrados se convirtieron en parte del programa de reformas para la modernización de España promovido por el Gobierno del Rey. Las reformas que impulsó Fernando VI se refirieron a muchas materias. Se reformó la Hacienda Pública y se introdujo el Catastro (1749). Se impulsó el comercio americano y, consustancialmente a ello, se reorganizó la Marina de Guerra en lo que fue la reconstrucción del poderío naval español, con una Escuadra temible incluso para los ingleses.

También se mejoraron las relaciones con la Iglesia (Concordato de 1753), que habían sido muy malas desde la entronización en España de Felipe V, por el apoyo del Papado a los austracistas, en la Guerra de Sucesión. Y en materia cultural, a las Reales Academias creadas por Felipe V, la Española y la de la Historia, Fernando VI añadió la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, creada en 1752. Fue también el momento de instauración en la literatura de los modelos neoclásicos franceses, cuya introducción había promovido Luzán en su Poética (1737).

Pedro Rodríguez Campomanes

En los primeros años del reinado de Fernando VI, Agustín de Montiano (1697-1784), el fundador de la Real Academia de la Historia, en 1737, inauguró un género literario de destino efímero, la llamada Tragedia Neoclásica española. En 1750 apareció su tragedia Ataulfo, dedicada al primer rey Visigodo de España. Pero el género no llegó a cuajar en España y desapreció a finales del mismo siglo XVIII. Y, sin embargo, a este género dedicaron importantes textos los más destacados autores del movimiento ilustrado, como Nicolás Fernández Moratín (1737-1780), José Cadalso (1741-1782), Olavide (1725-1803), Jovellanos (1741-1811) y hasta el primer Quintana (1772-1857).

Pocos géneros literarios han conseguido tanto silencio e incomprensión, como la Tragedia Neoclásica Española. Y es que es cierto que la Tragedia Neoclásica española copiaba con menos talento la tragedia neoclásica francesa, iniciada por Racine (1639-1699), pero no lo es menos que las tragedias españolas, todas de carácter histórico, plantearon al público español los problemas de la libertad y de la tiranía, del gobierno representativo, etc., difundiendo en el público los valores del pensamiento político ilustrado. A eso se refiere la obra de Mario Onaindía (1948-2003), La Construcción de la Nación Española (republicanismo y nacionalismo en la ilustración), publicada en 2002. Onaindía considera, igual que Abellán, que puede que la Ilustración Española no tuviese figuras de la talla de los grandes autores españoles del Renacimiento y del Barroco, como Vives, Vitoria, Suárez, Mariana o Gracián. Pero significó un gran avance y mejora en el nivel promedio de los conocimientos de los españoles, acompañada de la difusión general de los valores de la modernidad.

En 1759, al morir Fernando VI, ocupó el Trono de España Carlos III, rey con el que la Ilustración Española alcanzó su apogeo. Inicialmente encontró resistencias, que desembocaron en el Motín de Esquilache (1766), de cuya instigación se acusó a los jesuitas. Pero la línea reformista se mantuvo e incluso continuó durante el reinado de Carlos IV. No obstante, todo se vio abruptamente interrumpido por la invasión francesa de 1808 y la Guerra de la Independencia (1808-1814). Pero la Ilustración Española conseguiría alcanzar su verdadero momento de esplendor y su cenit en Cádiz, en 1812. De todo ello fue testigo ocular y documentalista gráfico privilegiado Goya, Pintor Real desde Carlos III.

El programa de reformas ilustradas se amplió, especialmente entre los años 1765 y 1773, en que ocupó la presidencia del Consejo de Castilla el Conde de Aranda, D. Pedro Abarca de Bolea (1719-1798). Bajo su mandato se expulsó a los Jesuitas de España (1767) y, posteriormente, se consiguió la disolución de la orden por el Papa (1773). Y se hizo el primer Censo de Población (1769). Y también desarrolló una intensa política cultural, para la que contó con la inestimable ayuda del criollo Olavide. Se impulsó el nuevo teatro trágico neoclásico, pero no se despreció el teatro más popular, del que fue el mayor exponente D. Ramón de la Cruz.

Aranda autorizó la expedición de Fray Junípero Serra y Gálvez a California, entre 1769 y 1770, a que antes se hizo referencia. Y los sucesores de Aranda, Campomanes y Floridablanca, reorganizaron el gobierno de América con la creación, en 1776, del Virreinato del Río de la Plata, que se unía a los tres creados en el siglo XVI, Nueva España, Nueva Granada y Perú. En 1783, en la Paz París, se reconoció la independencia de los Estados Unidos de América, y España recuperó la Luisiana y la totalidad de la Florida, así como la Isla de Menorca. Un momento realmente triunfal en que el poderío español parecía haberse recuperado de nuevo.

El Conde de Aranda volvió a ejercer fugazmente el poder unos meses en 1792, pero ya se había desencadenado la dinámica de las Guerras de la Revolución Francesa, que dominaría la política mundial, en Europa y en América, hasta 1815. En España, primero, vino la desastrosa Guerra de la Convención, con Francia (1793-1795); luego, las guerras a que nos arrastró la no menos desastrosa alianza con Francia, entre 1796 y 1808. Finalmente, tras la tormenta de las guerras con Inglaterra (1796-1802 y 1804-1808), se precipitó sobre España la enorme tempestad de la Guerra contra Francia (1808-1814).

La respuesta de España a la crisis revolucionaria fue la Constitución de 1812, obra cumbre de la Ilustración Española. Una constitución que, como apuntó Carlos Marx (Escritos sobre España), no era “una copia servil de la Constitución francesa de 1791”, sino que se trataba de un “vástago genuino y original de la vida intelectual española, que regeneró las antiguas instituciones nacionales” en la línea más clásica del pensamiento político español. Un pensamiento que, aunque Marx no lo cita expresamente, está contenido en la teoría política de los autores clásicos de la Escuela Española (Vives, Vitoria, Suarez, Mariana), pero formulada en los términos en que esa misma teoría del gobierno representativo y limitado, había sido acogida los revolucionarios americanos, como Jefferson 1743-1826) o Paine (1737-1809), o por los revolucionarios franceses del primer momento.

Además, y a diferencia de los precedentes revolucionarios de USA o Francia, la magna obra gaditana pretendió armonizar algo más que unas colonias rebeldes, o que reorganizar una nación en bancarrota, como había sucedido en 1776, en los nacientes Estados Unidos, o en 1789, en la Francia arruinada de Luis XVI. Frente a esos precedentes, la Constitución de 1812 fue una obra de madurez y plenitud modernas, que aspiró a integrar en los nuevos tiempos, desde la libertad, al más vasto imperio hasta entonces conocido, definiendo la Nación española como “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios, (que) es libre e independiente y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”.

Mario Onaindía, en su citada obra, concluye que ése fue el más trascendental resultado de la Ilustración Española, la Constitución de Cádiz, como explica el propio Discurso Preliminar de la “Pepa”, atribuido a Agustín Argüelles (1776-1844). Un discurso que explica cómo y porqué la obra gaditana fue la expresión ilustrada de la tradición político-jurídica española.

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