marzo de 2026

Daniel Migueláñez: el teatro como una forma de estar en el mundo

Ay Teatro. Daniel Migueláñez en ‘Tebanas’. Foto: David Ruiz

¿Cómo empezó esa pasión por la interpretación? ¿Fue una vocación que surgió desde niño?

En mi caso fue una vocación bastante temprana. Aunque en realidad el oficio teatral me eligió más que yo a él. Con 13 años uno no piensa en el futuro ni en qué querrá ser el día de mañana, pero sí lo que le hace feliz y le entusiasma; precisamente por eso, por el entusiasmo y la luz juvenil, es posible que en esos primeros años se fraguase sin quererlo todo lo que vendría después. Haciendo teatro en el Instituto Antonio de Nebrija, en Móstoles, donde estudié la secundaria y el bachillerato, se planteó la posibilidad de presentar la obra que estábamos montando –Picnic, de Arrabal– al Certamen de Teatro de la Comunidad de Madrid. Me dieron el Premio al Mejor Actor y el galardón se repitió al año siguiente. Eduardo Galán, dramaturgo y productor teatral que sigue en plena actividad, me fichó para protagonizar una versión de El Lazarillo de Tormes, en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Ahí empezó todo; de alguna manera, sin saberlo, como te digo, el oficio me parecía estar eligiéndome a mí. Con el tiempo entendí que no era solo una afición, sino una forma de pensar y de estar en el mundo. Por eso mi camino ha ido uniendo varias cosas: la interpretación, la escritura dramática, la dirección y también la docencia. Todo forma parte de la misma pasión por el hecho teatral. Puer aeternus; ahí seguimos, con pasión e inocencia.

Llevas quince años representando muchos papeles en el teatro. ¿Qué recuerdos tienes de tus inicios?

Los inicios siempre tienen algo muy especial porque todo se vive con una intensidad enorme. Recuerdo mucho el vértigo del primer contacto con el escenario, esa mezcla de miedo y entusiasmo que aparece antes de salir a escena. También recuerdo el aprendizaje constante: los primeros ensayos largos, las conversaciones con los compañeros, la sensación de estar descubriendo un oficio muy complejo. El teatro te enseña muy pronto que es un trabajo colectivo y que cada función es irrepetible. Esa conciencia de que todo sucede en el momento es algo que nunca deja de fascinarme.

¿Qué papeles de los que has interpretado te han marcado más?

Hay personajes que se quedan contigo porque te obligan a ir muy lejos como actor o porque dialogan con algo muy profundo de uno mismo o bien porque te permiten explorar aspectos de la condición humana muy alejadas a nuestro comportamiento. A mí me interesan especialmente los personajes complejos, los que tienen contradicciones, los que están atravesados por dilemas morales o existenciales. Hay algo siempre hermoso en la creación de los mitos –pienso en mis abordajes al Tenorio o al Romeo shakespeariano– porque te obligan a ir un paso más allá, a renunciar a las primeras lecturas, para imprimir tu sello propio. También me han marcado mucho los proyectos en los que he participado como creador, cuando uno está implicado no solo como actor sino también desde la dramaturgia o la dirección. En esos casos el proceso es muy intenso, porque el personaje nace prácticamente desde cero y crece durante los ensayos.

Tu capacidad interpretativa es excelente. Cuéntanos alguna anécdota de algún estreno o de los ensayos de las obras en las que has intervenido.

Mil gracias, por lo primero, querido Pedro. En cuanto a lo segundo, la sale de ensayos siempre se manifiesta como un lugar muy vivo, pasan cosas inesperadas todo el tiempo. Recuerdo especialmente esos momentos en los que, de repente, una escena “encuentra” su forma después de muchos intentos. Puede ser un gesto, una pausa, una mirada… y de pronto todo encaja. En los estrenos siempre hay algo de ritual. El primer contacto con el público cambia completamente la energía del espectáculo. Una vez, en el estreno en Edimburgo de Lorca: a theatre benneath the sand, que dirigía Indalecio Corugedo, hubo un silencio muy largo en un momento clave de la obra y pensé por un instante que algo no había funcionado… pero al terminar la escena estalló un aplauso enorme. Ese tipo de momentos te recuerdan lo misteriosa que es la relación entre actor y público.

Y por supuesto atesoramos millones de anécdotas cómicas, morcillas, traspiés, escafurcios, blancazos, caídas, giras disparatadas, trenes que no llegan, hoteles apocalípticos…. y hasta algún portazo mal dado que resquebrajó la fachada del Corral de Comedias de Almagro. Pero eso no es más que la vida, que con humor –motor último–, se abre paso en cualquier oficio.

¿Cuáles son tus actores y actrices favoritos? ¿Cómo te han influido?

Admiro mucho a los actores que tienen una gran verdad escénica, los que parecen habitar completamente el personaje. Me interesa mucho el trabajo de actores de tradición teatral fuerte, donde el texto y la presencia escénica tienen mucho peso. Más que imitar a nadie, lo que uno aprende observando a grandes intérpretes es el rigor, la escucha y la capacidad de estar realmente presente en escena. Cada actor tiene que encontrar su propio camino, pero siempre es muy enriquecedor dialogar con esa tradición. Lo que reivindico, desde luego, más allá de pensar en nombres concretos, es la escucha y el aprendizaje con los colegas de tablado. «Todo está en los ojos del compañero», me decía Ernesto Arias siempre antes de salir a escena. Y no lo olvido.

¿Qué proyectos tienes en un futuro próximo? Eres un actor muy prolífico, ¿a quién te gustaría interpretar?

Ahora mismo estoy muy centrado en varios proyectos teatrales que combinan interpretación, dirección y dramaturgia. Continúo dando mis clases de Historia del Teatro en la Universidad Complutense y la University of Southern California. Acabamos de terminar temporada de Tebanas en La Abadía, remataremos en unos meses la gira, y preparando un proyecto para el verano con el director Manuel Canseco.

También llevo varios años abordando desde distintas perspectivas textos del Siglo de Oro y dialogar con ellos desde una mirada contemporánea me sigue fascinando. Seguimos en esta línea desarrollando nuevos montajes y proyectos escénicos que mezclan investigación, creación y pedagogía.

En cuanto a personajes, siempre me atraen los grandes papeles del teatro clásico, esos que plantean conflictos humanos muy profundos. Son caracteres que nunca se agotan y que cada generación de actores vuelve a descubrir de una manera distinta. Tengo la espinita del Leonardo de Bodas de sangre. Ojalá.

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Archivo Entreletras

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