febrero de 2024 - VIII Año

Eugenio Rivera: “El humor gráfico es catártico. Me sirve para defenderme de todo aquello que me escandaliza”

Fotografía realizada por Ángel Gómez

El madrileño Eugenio Rivera es un creador multidisciplinar, como se dice ahora: un polímata, si somos menos modernos. Su caso no es común. En el mundo de la superespecialización en el que vivimos, él aboga por el diálogo entre disciplinas diversas aunando lenguajes distintos. Quienes le conocen dicen de él que tiene un alma renacentista. Actualmente, dirige la revista Entreletras, y a su vez también es poeta, ilustrador, y crítico de arte y cine. Hace radio, escribe reseñas literarias y prólogos, y se ha hecho habitual en jurados de cine, teatro, periodismo y cómics. Sin embargo, su formación académica como licenciado en Química Orgánica no hacía augurar su futuro, salvo por su posterior aprendizaje en Lenguas Clásicas por la Universidad de San Dámaso. Sus inquietudes le llevaron asimismo a frecuentar el TAI de Madrid y a trabajar en el Taller de Grabado las Vistillas del artista argentino Erik Kirksaether. En los años 80, Rivera se enroló en una aventura teatral como actor en grupos independientes como el de la Compañía de la Casa de Ávila que dirigía Ángel Borge o en el colectivo La Barraca de Alicia Hermida, donde coincidió con la actriz Aitana Sánchez Gijón. Fue también entonces cuando colaboró en montajes del dramaturgo Jesús Campos en el Círculo de BB. AA. de Madrid. Tiempo después trabajó con el actor y director teatral Antonio Medina y con la Compañía Sol y Tábanos de Juan Carlos Puerta.

Desde que se puso en marcha el proyecto de Entreletras —hace ahora siete años— empezó a colaborar semanalmente con ‘La viñeta de Eugenio’ que es lo que nos lleva a hablar con él a propósito de la exposición de las viñetas publicadas en Entreletras, inaugurada con éxito el pasado lunes 15 de enero en el Centro Social Covibar de Rivas-Vaciamadrid.

Uno lee su curriculum y se pregunta cómo es posible que a usted le dé tiempo a hacer tantas cosas.

Sí, es una pregunta que me hacen con frecuencia los amigos y conocidos. Bueno, no es más que una cuestión de organizarse. Es posible que todo venga de la necesidad de dar salida a mi actividad creativa desde mis inicios en un mundo laboral hostil puesto que durante treinta y tantos años estuve obligado a ganarme la vida en un sector ajeno absolutamente al de la creación. Ahora ya puedo confesar que he vivido una auténtica doble vida que rayaba la esquizofrenia porque en mi trabajo estaban “prohibidas” las veleidades artísticas y fue algo que tuve que llevar en la clandestinidad, casi con nocturnidad y alevosía. Y no es una broma: tenía que dibujar y escribir por las noches y durante los fines de semana y las vacaciones o a veces distrayendo tiempo del trabajo. Con frecuencia me sentía como aquellos criptojudíos que debían ocultarse para practicar sus ritos en la intimidad doméstica. Solo he podido “salir del armario” —muchos años después de silencio— tras abandonar aquel inclemente trabajo alimenticio., que llegó a parecerse peligrosamente al corredor de la muerte.

Háblenos de su faceta como viñetista.

Bien, yo había colaborado desde muy joven en algunos medios con mis viñetas e ilustraciones, desde fanzines a publicaciones universitarias. Había estado elaborando cómics desde niño: todavía conservo una docena de tebeos —como antes se llamaban— sin publicar. Pero por las razones antes referidas mi actividad profesional no me permitió hacer público mis obras, así que hay muchas cosas inéditas en cajones y carpetas. Incluso llegué a tener un estudio de pintura y grabado al que dediqué mucho tiempo y todo aquello lo tuve que destruir o malvender llegado el momento. Cuando al fin pude darme a conocer, vieron la luz los cómics Sombras de bohemia y Poesía dibujada en el parque y —algo más tarde— los libros ilustrados Madrid 1939 y Madrid 2020 (Pandémica y celeste). Cuando se funda Entreletras, Francisco Castañón —entonces director de la revista— me invita a unirme al proyecto con la sección que llamamos ‘La viñeta de Eugenio’ para poner una nota de humor a la publicación. Durante todos estos años he simultaneado la publicación semanal de la viñeta con mis otras actividades artísticas. Ahora en Rivas-Vaciamadrid se muestra una selección de treinta chistes de los publicados —durante los siete años de vida de la revista— que andan ya por los trescientos.

¿Qué le permite el humor gráfico que no le ofrecen la poesía o la crítica de arte?

El humor gráfico es catártico. A mí me sirve para defenderme de todo aquello que me escandaliza. No hay humor si no hay pensamiento crítico. Del humor han tratado hombres muy sesudos, desde Platón a Schopenhauer —pasando por Freud o Bergson— pero como opinaba nuestro Gómez de la Serna definir el humorismo, a pesar de ser el antídoto de lo más diverso, es lo más difícil del mundo. Sin embargo, somos incapaces de vivir sin humor. Vivimos en un mundo lleno de estupidez y maldad. Cuando uno lee los periódicos o ve la tele se encuentra con realidades que le agreden. La mediocridad de determinados personajes es proverbial, así que a mí me sale dibujar para sacar mis fantasmas y denunciar la enanez mental de algunos supuestos prohombres. Quizá eso justifique mi papel de hombre-orquesta: la idea se me cuela en la cabeza y unas veces adopta la forma de un poema, un relato, un chiste o una crítica de cine o de arte. La verdad es que, para mí, cualquier arte tiene algo de arma arrojadiza contra la mezquindad y el conformismo imperantes. Hay veces incluso que esa idea queda plasmada en diferentes versiones a la vez en las distintas disciplinas que manejo. La cosa puede llegar a ser muy divertida. Mis creaciones se suelen mover en esos espacios fronterizos, en esos intersticios es donde circula el aire frente a lo rancio y lo casposo.

Y, ¿a qué le somete ese mismo humor gráfico que le libera?

Desde luego a veces no siempre es tan liberador. Tener que dibujar todas las semanas un chiste te impone una servidumbre mayor de la que cabría pensarse, no deja de suponer una presión que puede llegar a resultar intolerable. A veces uno tiene una idea afortunada y cuando ves las redes o la prensa te das cuenta que alguien ya te la ha pisado. Vivimos en un mundo saturado de ruido, que va tan deprisa y que es tan competitivo que si no andas listo siempre hay alguien más hábil que llega antes que tú. Claro que todos los días hay cosas más que suficientes que nos ofenden y nos sobran los motivos para protestar o rebelarnos, pero también hay que mantener cierto distanciamiento emocional para no caer en el panfleto o en el mal gusto y acabar por encarnar aquello que uno mismo pretende denunciar. Yo personalmente me impongo un código deontológico con unas líneas rojas muy claras que me impidan caer en la obscenidad, la impudicia o el insulto personal, aunque a veces no faltan ganas para ello. No suscribo, por ejemplo, casos como el humor chocarrero o gratuito que ejercen publicaciones como El Jueves o el de Charlie Hebdo, aun defendiendo como defiendo por encima de todo la libertad de expresión.

¿Le han censurado alguna viñeta?

La dirección de la revista nunca me ha puesto vetos para ello, pero sí hemos recibido alguna llamada a la redacción desde fuera —desde respetables y “democráticas” instancias políticas— para pegarnos un tirón de orejas y sugerirnos que retirásemos tal o cual viñeta por molesta e inoportuna. “La sacáis dentro de un par de meses o así, pero ahora, no nos hagáis esto, por favor”. Eso sí, muy educadamente. Naturalmente, les hemos mandado a la porra con una amabilidad ejemplar. Entreletras siempre ha pretendido ser un medio independiente y yo personalmente no consiento ninguna injerencia o imposición.

Por otra parte, ¿no teme repetirse o autoplagiarse?

Por supuesto. Ese es el miedo de todo creador. Es lo que yo doy en llamar el “síndrome de los Morancos”. La rutina pertinaz del medio te acaba quemando —como también ocurre en el voraz medio televisivo— que te somete a una alta exposición. Aunque algunos, con harta frecuencia lo ignoran sin inmutarse y nos siguen “vendiendo” siempre el mismo producto ya gastado porque saben que se lo compran. En ocasiones, lo que se da en llamar voz propia no es más que falta de imaginación o pura comodidad. Lo vemos todos los días, incluso en artistas estimables. No quiero dar nombres, pero hay creadores que están muy sobrevalorados y dentro del mundo del humor gráfico hay unos cuantos. De hecho, uno de ellos es muy famoso y cotizado. Pero por supuesto no daré su nombre. Me temo que no cumpliría con mi particular código ético. Búsquelo en mis chistes, lo parodio de vez en cuando. Al buen entendedor…

¿El medio digital le impone algún condicionante añadido?

No tanto el medio digital, aunque obligue a un formato y a una técnica que en ocasiones lo aleja de la estética de mi trabajo. Mis viñetas son muy ochenteras: suelo diseñarlas en papel con tinta china y acuarela y luego las digitalizo. A fin de cuentas, mi escuela generacionalmente es la de la Movida, la de aquellos ilustradores que se empezaron a reunir en los legendarios bajos de la Gran Vía madrileña a finales de los años 70 y que se hicieron un hueco en el mundo editorial en publicaciones como el Madriz, El Víbora o Cairo. Lo que sí impone ciertos límites es el ritmo trepidante de periodicidad de la publicación. Nosotros actualizamos contenidos cada diez días, de modo que ese es el tiempo que la viñeta va a permanecer en portada. Por tanto, hay que tener en cuenta que la situación sobre la que se ironiza no puede atender a la noticia de rabiosa actualidad que tiene una fecha de caducidad muy corta y al día siguiente está olvidada: la mirada tiene que ser más amplia para que el chiste siga estando vigente en la mente del lector durante algún tiempo.  

Ahora también dirige usted Entreletras. ¿No encuentra ninguna incompatibilidad entre su actividad gráfica y su nuevo cargo?

Cuando asumí la dirección de la revista —hace ahora ocho meses— sí me inquietó un poco esa duplicidad de papeles. Alguien podría llegar a preguntarse aquello de cómo no le va a permitir ahora el director publicar esto o lo otro al viñetista si ambos mantienen una relación tan estrecha. Luego empecé a pensar que a fin de cuentas la viñeta durante estos siete años se ha venido a entender como una suerte de editorial de la revista y marcaba de algún modo la línea editorial, como digo, y me di cuenta que no dejaba de ser una labor que podía potenciar desde mi nueva posición. Las dos facetas entiendo que pueden complementarse más allá de su aparente divergencia.

¿Tiene sentido hacer una exposición de viñetas que es un arte efímero que tiene fecha de caducidad? ¿El visitante no se puede llevar la sensación de que ha asistido a algo muerto ya? ¿No puede quedarse fuera al haber perdido el contexto político o social en el que se crearon?

Quizá lleve usted razón, pero yo soy de otra opinión. Desde luego, todo museo como pensaban los futuristas italianos tiene algo de mausoleo y una exposición es a fin de cuentas algo arqueológico. Sin embargo, el humor gráfico comparte con el arte dramático la misma función social, se convierte en un espejo que nos refleja, que saca a la luz los vicios y las miserias morales de la sociedad que se mira en él. Como decía García Lorca, el teatro es un barómetro social y esto se puede aplicar mutatis mutandis a las viñetas que vienen a ser un retablo de marionetas de papel, como los Kamishibais japoneses. Así que los personajes caricaturizados de las viñetas forman una galería podríamos decir balzaquiana que conforman lo que no deja de ser una comedia humana, que es un auténtico testimonio del zeitgeist de esta nuestra época. De hecho, lo bueno de las viñetas es que, si bien el dibujo lo hago yo, cuento con una multitud de circunstanciales guionistas que son los propios protagonistas de las viñetas y que de forma gratuita están —sin saberlo— trabajando para regalarme sus meteduras de pata, su estulticia, sus gags impremeditados. En fin, unos “negros” que siendo juez y parte de la historieta van escribiendo sin comerlo ni beberlo y que nos vienen a demostrar una vez más que la realidad —la triste realidad— supera con creces la ficción más delirante.

Ya para acabar, ¿quiere añadir algo más?

Sí, me gustaría decir alguna cosa más y para ello le voy a ceder la palabra ahora al director de la revista —y no tanto, a su alter ego, el viñetista—.  Quiero decir que un medio tan complejo como el digital —donde Entreletras se desenvuelve— solo es viable con el esfuerzo diario de sus colaboradores a los que desde aquí aplaudo y agradezco su tesón y, por otra parte, este trabajo no sería posible sin el apoyo económico de los patrocinadores y aquí debo trasladar mi profundo agradecimiento a la entusiasta Editorial Ondina —de Elena Muñoz y Paco Márquez— que con su generosa ayuda nos permite seguir adelante en el mercado de las publicaciones digitales. El hecho de que sigamos creciendo día a día, y hayamos ocupado un lugar relevante a pesar de que nunca falten dificultades tanto dentro como fuera de la publicación, hace que seamos también blanco de envidias. Siempre hay alguien que encuentra razones para devaluarnos o simplemente nos echa en cara nuestra insobornable independencia. “Ladran, luego cabalgamos”, como sentencia una cita apócrifa que por error se adjudica al Quijote.

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