mayo de 2024 - VIII Año

Jaime Alejandre: “Caí fulminado por Japón ya en mi adolescencia”

El burgalés Jaime Alejandre Martínez actualmente vive en Tokyo. Es director de la Oficina de Turismo en la Embajada de España de la capital japonesa desde hace cuatro años. Su ámbito de trabajo siempre ha sido el de la cultura, el medio ambiente y el desarrollo sostenible, con un especial interés por la defensa de los derechos humanos de las personas con discapacidad —realizó la primera antología de poesía española en lengua de signos— y por los foros de la Paz y el desarme.

La vida de Alejandre —intrépida y fascinante— está construida por los libros, propios y ajenos —lector voraz y escritor prolífico que lo ha tocado todo, desde la poesía y el teatro hasta la novela y la crítica literaria, pasando por el periodismo—, y por los viajes de casi un centenar de países —no solo se ha acercado a Asia sino que ha recorrido tanto América como África (en Angola trabajó ejerciendo de observador de la ONU).

Asimismo, ha estado involucrado en instituciones y proyectos literarios de diversa índole. Fue fundador y primer secretario general del Centro Español de Poetas, Ensayistas y Narradores del PEN Club Internacional. Hace quince años puso en marcha la colección de poesía contemporánea “Hazversidades poéticas”, y en ella ha publicado la obra de nombres claves de la lírica actual de nuestro país.

Por otra parte, codirige —junto a Arturo Gonzalo Aizpiri— la colección de literatura de viajes “El Periscopio” en Ediciones Evohé, donde él mismo ha publicado dos libros: El veneno del horizonte (2018) y Una acacia en el corazón (2021) (que forman parte de su serie “Mundo Puzle”), junto a otros de clásicos de la talla de Mary Shelley, Joaquín Dicenta, Vicente Blasco Ibáñez, Benito Pérez Galdós, Concha Espina o Ramón del Valle-Inclán.

Hacer una nómina pormenorizada de todos los libros que ha escrito Alejandre —una treintena— y de los premios que ha recibido por ellos es una labor harto prolija que es posible que fatigue al propio autor, el cual no ha dudado en pertrecharse a lo largo de su dilatada carrera de distintas máscaras —¡ay, su precoz pasión por Pessoa! — para intentar diversificarla y seguir siendo él mismo: Jaime Reis, Rosario Alejo, Jaime Azcona, Jiménez de Jamuz y Guinnevere A. Nash.

Por ello, en estas breves notas no vamos a cometer tal osadía y solo consignaremos algunos de ellos.  Alejandre publicó su primera novela —Fugu— en 1994, donde nos acercaba a un mundo desprovisto de sentido en el que la realidad y la ficción se confundían al extremo de provocarnos la inquietante sensación de que nuestra propia identidad estaba en tela de juicio. Su nouvelle Buen viaje, compañero —separada de la anterior en veintitantos años— está basada en la vida real de familias que nos plantean de nuevo unas reflexiones acerca de nuestra identidad a través de la mirada de los otros.

Por otra parte, Alejandre gusta jugar con la mezcla de géneros como hizo en De entre las ruinas (2007), libro que recoge al tiempo relatos y poemas. Asimismo, su obra narrativa —con una economía de medios ejemplar— se mueve entre el cuento y la novela con una decidida vocación de no apegarse nunca a una pauta precisa.

Tras una decena de poemarios publicados —que principian con Espectador de mí (1987)—, la obra lírica de Alejandre, a partir de … Y más allá de mi vida (2016) —que prolonga el siguiente Amor de construcción masiva (2017), ambos con títulos no menos elocuentes que el primero—toma distancia de los temas trágicos con tintes existencialistas del abandono y la soledad del ego y se expande de la propia identidad en la asunción de lo amoroso. Ahora el viaje no es geográfico ya: solo le impone al Yo poético el objetivo de llevarle hacía sí mismo pasando por la comunión espiritual con el Otro. Diríase que el autor —a lomos de sus experiencias— se ha “orientado” en el mejor sentido del término.

Entreletras —dada su imposibilidad de trasladarse a Tokyo— y el entrevistado — impedido por sus obligaciones profesionales en estos momentos para volar a Madrid— deciden encontrarse en el ciberespacio para dar cumplida cuenta de esta entrevista. Ya sabemos que las ocho horas de diferencia horaria tampoco son un obstáculo para ello.

Hace unas semanas en esta misma sección, el profesor Ignacio Gómez de Liaño confesaba que había tenido una relación de amor-odio con Japón. Usted que vive actualmente en Tokyo, ¿cuál es su experiencia al respecto?

La mía es la de un enamoramiento imperecedero donde no caben odio ni desdén. Mi admiración y mi sintonía espiritual con estas tierras resisten cualquier embate posible de las decepciones. Caí fulminado por Japón ya en mi adolescencia. Al principio viví con él un “shinobu koi”, un amor no manifestado. Pero pocos años después, mi primera novela, “Fugu” (ahora reeditada en su 35 aniversario) transcurría en parte en Shimonoseki, una pequeña localidad del este de la isla de Honsu. Ahora tengo la fortuna de vivir en Japón, y mi amor es tanto que no tengo intención de regresar, deseando que mis cenizas se dispersen el día final en esta tierra donde, sin siquiera merecerlo, alcancé la humana estatura a la que uno puede aspirar.

Usted que es un viajero incansable, ¿qué destacaría de Japón que lo diferencia del resto de países que conoce?

Podríamos caer en los tópicos (aunque los tópicos no son sino la constatación de la realidad por su reiteración) como la respetuosidad, la belleza, la ceremonia, la seguridad. Pero a ello yo sumo que este país mantiene los valores que hacen más humanos a los seres que habitan hoy este planeta. La pervivencia de lo común, lo que une ante la vida y sus embates, algo diametralmente opuesto al destructor individualismo que asola toda la tierra fuera de estos horizontes. La entereza sin aspavientos ante la contrariedad, la nobleza ante el fracaso, la resistencia común en la adversidad. También ese sentimiento trágico de la existencia soportado con estoica serenidad. Pero además, vivo mi existencia estos años con un gran celo sobre mis esfuerzos y mi tiempo, ya que mis horas, como es natural, menguan hoy a gran velocidad. Quiero decir que huyo de todo aquello que consuma mis energías y mis minutos innecesariamente. En Japón resulta que no tengo que invertir esfuerzos en evitar que me roben la cartera, en desesperarme porque la gente llegue quince minutos tarde a un acto público, en soportar  que la violenta conversación a gritos en el Metro por móvil de un tipo con su pareja o su madre o su hijo agreda mi espíritu calmo. Todo eso convierte a Japón en el último reducto del humanismo tal y como yo lo entiendo.

¿Habla japonés? ¿Qué le parece el tratamiento que le dan los poetas hispanos al haiku?

Primera novela de Jaime Alejandre (edición 35º aniversario, enero 2024)

El japonés está considerado el idioma más difícil de la tierra. Al fin y al cabo combina en cada frase, por simple que sea, dos silabarios (hiragana y katakana) y un alfabeto de ideogramas (kanji), que tiene múltiples pronunciaciones y significados en función de las combinaciones de tales kanji. Ello convierte al japonés en un tesoro inigualable de posibilidades expresivas. Yo hablo japonés como para defenderme en la vida diaria pero no para poder incorporar a mi espíritu la psique colectiva profunda del Japón. Precisamente por eso no tengo la desfachatez de pretender perpetrar haikus, o mi estrofa favorita, los tanka. Así, al respecto de la poesía, la puedo leer y pronunciar y entender con ciertos apoyos, pero no caigo en eso tan en boga ahora en España del (ab)uso contra la poesía japonesa. Creo, no exento de cólera, que demasiados titulan con impunidad delictiva “haiku” a lo que son simplemente poemitas, bulerías, por no decir “burlerías”. Me remito a lo que dice con implacabilidad Vicente Haya cuando señala que simple y llanamente “le faltan al respeto a la civilización que concibió este género”.

Usted ha cultivado todos los géneros literarios. ¿En cuál de ellos se siente más cómodo?

Respecto a los géneros prefiero fijarme en que la literatura está llena de escritores heterodoxos, mestizos (Rafael Pérez Estrada, Céline, Giacomo Casanova…) cuyas obras solo los aduaneros de la literatura se empeñan en estabularlas porque si no no comprenden nada. Mi libro “Manual de Historia Prescindible” quedó finalista en varios premios líricos y una vez alguien me dijo que no podía ganarlos porque no era “poesía-poesía”. Aún estoy por recuperarme de la hipoxia que me causó. Supongo que serían miembros de aquel jurado tipos de esos que creen que poesía es escribir líneas cortas una debajo de otra. Como el menú de un restaurante. En fin, lo de los géneros siempre me recuerda el mito griego de Procusto, bandido del Ática que detenía a los viajeros, los extendía sobre un lecho de hierro y los estiraba o los mutilaba hasta hacerlos coincidir con su propia medida de la verdad.

¿De cuál de sus libros se siente más satisfecho?

Difícil pregunta. ¿A quién quieres más, a papá o a mamá? Además resulta que jamás me he leído un libro mío como tal. Quiero decir de un tirón, una vez publicado. Lo leo solo mientras lo escribo, y corrigiendo galeradas. Y ya me parece un exceso prestarme tanta atención a mí mismo. Pero luego, una vez editados, se quedan en una estantería, intonsos, como si dijéramos.

¿Cuáles son sus autores de cabecera? Puede incluir si lo desea, cineastas, músicos y artistas plásticos.

Allá va: Albert Camus, Cervantes, Yourcenar, Billy Wilder, Romain Gary, Jacques Brel, Rachmaninov, Elvira Daudet, Joseph Campbell, Simon Arriaga, Julio Castelló, Kore-eda, Cernuda, Bill Fay, Lipovetsky, Woody Allen, Tim Burton, Yasujirō Ozu, Naomi Kawase, Alfonsina Storni, Makoto Shinkai, Gloria Fuertes, Calderón de la Barca, Quevedo, Espronceda, Rafael Azcona, Kawabata, Leandro Alonso, Hugo Pratt, Egon Schiele, Stefan Zweig, Raymond Chandler, Natsume Soseki, Peter Watson, Unamuno, Séneca, Sandor Márai, Bob Dylan, Leonard Cohen, Verdi, Bill Viola, Bertrand Russel, Henryk Górecki, Erland Cooper, Eleni Karaindrou, Yoyi Yamada… Bueno, paro, paro. Como ven mi promiscuidad, exenta en lo posible de prejuicios, hace que mi cama, y su cabecero, sean de un considerable tamaño. En fin, para el apasionado febril de la lectura, la música y el arte que soy, supongo que me ocurre como al seductor o seductora que entra en un salón lleno de bellezas: le sería fácil elegir exclusivamente a aquel ser al que apartaría para no cortejarlo, pero podría y desearía acostarse con todos los demás. Sí, para mí tal vez será más fácil decir aquellos autores (elegiré solo uno por cada categoría de lo que proponíais, para no ganarme demasiadas animadversiones) a los que no pondría a los pies de la cama ni siquiera ocultos bajo una manta, pero sí los colocaría a los pies de los caballos, en concreto de los cuatro del Apocalipsis, arrojados fuera de mi vida porque nada de lo suyo me interesa: Tarantino, Henry James, Andy Warhol, Richard Strauss. Y en Japón, Haruki Murakami.

A lo largo de su carrera literaria se ha ocultado detrás de diferentes seudónimos. ¿Por qué le preocupa tanto la identidad? ¿Jaime Reis es un híbrido entre usted y el célebre poeta portugués?

En mi caso, el uso de heterónimos no busca tanto ocultarme tras ellos como intentar dar palabra identitaria a cada una de las personas que me habitan. Esto es en el sentido más pessoano imaginable. “Un baúl lleno de gentes” se autodefinía Fernando Pessoa como autor. Cada uno de sus heterónimos tenía personalidad propia: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Bernardo Soares… Así que sí, Jaime Reis, mi heterónimo más usado (fue el segundo que usé; el primero fue Jiménez de Jamuz, que por cierto es el toponímico de un pueblo de León) lo debo al genio portugués. Así lo reseñaba expresamente hace 40 años el prólogo de mi primer libro (publicado) “Espectador de mí”.

Sus dos últimos poemarios son amorosos. Parece haber un cambio de registro de sus temas previos de corte existencial. ¿Considera —como su adorado Fernando Pessoa— que “sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor sí que son ridículas?

La verdad es que todos mis libros son de amor. Amor por la vida, que me rebosa desde que era un niño. Enfermo de entusiasmo, etimológicamente con mi alma poseída por la divinidad. Pero en realidad mi último poemario “Obstinación”, se publicó en 2023, bastantes años después de aquellos dos. Y, como digo, es un libro de amor: amor al hombre y sus obras, amor al espíritu que sobrevive a la desesperación y las traiciones, amor por esta existencia terrenal que me cautivó desde que me puse en pie y a la que amaré sin flaquear hasta que se extingan mis, por otra parte, prescindibles latidos. Por cierto, he tomado la decisión de que con ese libro concluye mi poesía y ya no quiero escribir más versos, algo que he cumplido escrupulosamente desde hace un año y medio.

¿En qué medida este cambio temático se puede asociar a su experiencia oriental?

Creo que queda aclarado que mi poesía, desde mi primer libro “Vértigo cotidiano”, empezado a escribir en 1979, con quince años, ya era la poesía de un enamorado de la vida. Que haya cantado a menudo a la muerte o a la brevedad de la existencia tiene que ver precisamente con mi pasión por la vida. Y supongo que mi percepción japonesa y zen tiene mucho que ver con cantar lo que se pierde, pero se recupera hasta que ya nosotros mismos nos perdemos sin vuelta atrás. Incluso las personas que perdemos regresan a nosotros cada vez que las recordamos. Solo se irán definitivamente cuando seamos nosotros los que no estemos. Justo hoy he estado disfrutando de una tardía pero espectacular sakura en el río Meguro junto a mi casa. Me he sentido arrebatado por la belleza efímera (la que dura un solo día) y con melancolía, claro, me he preguntado: ¿cuántas sakuras más verán mis ojos y mi corazón? Pero en seguida he recordado que numerar las emociones es cosa de occidentales cartesianos y me he dejado llevar por un sentimiento que es, sin duda ninguna, el de compartir la eternidad… en este preciso instante.

¿Oriente le ha servido para “orientarse”?

Literalmente, el úlimo poemario de Jaime Alejandre

Nunca lo había pensado, y eso que me encantan los calambures y juegos de palabras. Pero no sé, no creo que vivir “orientado” (por la brújula de la existencia) tenga que ser una virtud necesariamente. Estar perdido es muchas veces (así lo he sentido yo) la mejor manera de ser uno mismo y no claudicar, seguir buscando, insistir en la hazaña de ser un hombre para uno mismo y para los demás. Y vivir “orientado” (por el orientalismo, en mi caso, en concreto, el japonismo) tampoco creo que sea más relevante en términos generales que vivir “occidentalizado”. Lo que no obsta para que lo segundo, el occidentalismo contemporáneo, que para mí es una mezcla pluscuamperfecta, una dilución inseparable de capitalismo salvaje e individualismo, sea el germen de la destrucción del concepto de Humanidad. Esa bestia fantasmal que rige los designios de las naciones y los seres humanos hoy, que ha elevado a la categoría de deidad la libertad, entendida simplemente como la libertad de emborracharse y actuar sin tener en cuenta a los demás “porque yo lo valgo”, me produce náuseas.

Usted en ocasiones ha mezclado el verso y la prosa, ¿siente fascinación por los géneros fronterizos?

Esta pregunta creo que ya la he respondido antes hablando de la pasión estabuladora. No me gustan los entomólogos de la realidad, que fanáticamente separan las diferentes especies y para ello las clavan con brutales alfileres y las encierran en vitrinas de cristal donde la asepsia campa por sus (faltas de) respetos. La vida es diversa, se mezcla, se adapta para dar nuevas percepciones. Esa es la riqueza de la creación artística. Y solo yendo más allá de las fronteras se descubren nuevos territorios. En la sombra de lo establecido, definido, disecado, solo queda la carcasa de lo que una vez fue vida.

A su juicio, ¿qué singulariza a la poesía frente al resto de géneros literarios?

Como he dicho, la poesía es algo que va más allá del propio género de adscripción. Y más poesía he encontrado en libros como “El don de Vorace” del malogrado jovencísimo escritor Félix Francisco Casanova, que en todos los hemistiquios juntos de demasiados poetas españoles, de experiencias y diferencias, funcionarizados a sueldo de los premios de las Diputaciones “Providenciales”.

Usted que conoce bien la cultura japonesa, ¿qué opinión le merece ‘Perfect days’, la última película de Wim Wenders?

Creo que es una película efectista, sin más. Efectista a ojos de un occidental cuyo conocimiento de Japón no vaya mucho más allá de los arquetipos, fallidos la mayoría de ellos. Entiéndase, la película está bien. No es habitual que grandes creadores hagan obras rematadamente malas. Pero mediocre alguna, sí. Y en este caso no la veo yo a la altura de los comentarios que me llegan.

Por empezar por el principio, me parece innecesaria esa repetición inicial de la supuestamente tediosa vida diaria del protagonista, ya que ocupa un tercio del metraje de la película sin aportar valor. Porque esa repetición no apoya al argumento. Otra cosa es la absorbente atmósfera que se crea en películas como “La isla desnuda”, de Kaneto Shindo, donde la reproducción del bucle juega un papel fundamental en la narrativa. Con una reiteración en la de Wenders era suficiente. No hay que explicarle todo hasta la saciedad al espectador. Si no lo ha entendido a la primera, mala cosa, y es posible que el problema sea el propio espectador, no el guion. Pero eso no tiene solución, al menos durante las dos horas de una proyección, porque está relacionado con la educación y el sistema de valores de nuestra sociedad.

Por continuar con la creación de la personalidad del protagonista, que el personaje es de una clase privilegiada nos queda claro de forma inmediata: no es precisamente pequeña su casa, la tiene llena de libros, le caben plantas, tiene dos pisos y hasta aparcamiento, lo que en Tokyo (y en Madrid), no es poca cosa. La aparición posterior de la hermana con su coche y sus joyas no hace sino refrendar algo que juega a la contra de la narración. Esa sensación de paz zen, de aceptación de las circunstancias de la vida sería mucho más consistente en quien tenga que afrontar la dureza de la vida que se le ha impuesto, no en la de un personaje que decide vivirla así porque él sí puede tomar una decisión como esa.

Por otro lado, el guion opta por elegir como trabajo simbólico de lo más bajo de  la sociedad el de un limpiador de váteres. Visión occidental. En Japón no se tiene esa concepción elitista y jerarquizada de que un trabajo pueda ser estigmatizable per se. Lo que no se acepta aquí es no hacer tu labor perfecta, poniendo todo tu pundonor en ella, sea la que sea: vigilar la seguridad de una obra, limpiar retretes, reponer en un supermercado, ejercer tu cátedra de astrofísica o regentar un sushi de moda. O lo que sea. Además, limpiar baños no parece la peor actividad a la vista de lo que se nos cuenta en la película, cuando ese trabajo le permite al protagonista cumplir su sueño, que es no tener relación con los humanos, no hablar, no interactuar, andar plácidamente y ser dueño en la medida de lo posible de su tiempo. Si en ese contexto se quisiera haber elegido un puesto de trabajo realmente asfixiante y duro, debería haberse escogido el de dependiente en una tienda de conveniencia con trato directo, continuo, inacabable con clientes. Claro que aparentemente la elección del tema de limpiaváteres no fue siquiera una decisión del director sino de los promotores. Según parece, una de las ciudades de Tokyo (Shinjuku, Shibuya, no recuerdo bien) quería cambiar la imagen “publicitaria” de sus váteres públicos (hay váteres en todos los sitios de Japón, hasta en medio del campo, y están siempre impolutos) en relación con los Juegos Olímpicos. Así buscaban contratar un anuncio con un enfoque imaginativo y creativo. El proyecto cayó, después de varios rechazos, en Wenders, que de repente pensó sacar tajada (intelectual, no solo económica) del tema aprovechando el tirón actual del japonismo en todo el mundo. Y desarrolló esta historia que, como digo, la encuentro bien  hecha, sí, pero fallida. Aunque arranque pasiones allá por Europa. Pero aquí, difícilmente se la contempla como algo con autenticidad y visión iluminada del modo de ser confucionista-zen de la gran parte de la sociedad japonesa.

¿Qué proyectos futuros tiene?

Querría terminar el texto sobre Japón que estoy escribiendo hace cuatro años, tercer volumen de mi extensa obra de viajes, titulada “Mundo puzle”. A la vez querría publicar un libro de fotografías tomadas en mi vida aquí, en el País del Sol Naciente.

Para cerrar esta entrevista, ¿podría hacerlo con un poema suyo?

Sea pues uno muy breve, y que citaba ya a Japón, escrito hace más de cuarenta años:

“No soy un farolillo japonés.
Pero jamás podría serlo:
le falta seda al corazón;
mis brazos no son ramas de cerezo”.

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