
Marga Clark (Madrid, 1944) es una creadora cuya obra no puede entenderse sin la intersección constante entre la palabra y la imagen. Formada en las vanguardias de Nueva York y consolidada tras su paso por la Academia Española en Roma, Clark ha construido un universo donde la fotografía mira hacia afuera mientras la poesía bucea en los abismos del interior.
Su trayectoria poética, iniciada formalmente en 1999 con el poemario Del sentir invisible -presentado en el Círculo de Bellas Artes por Antonio Gamoneda-, está atravesada por una intensidad pasional que Ana María Moix definió como un camino hacia lo inasible. Pero su labor trasciende lo individual: Clark ha sido la voz incansable que ha rescatado del olvido a su tía, la malograda escultora de la Generación del 27, Marga Gil Roësset.
Clark nos brindó la oportunidad de conocer su estudio madrileño, un auténtico museo donde atesora su extensa producción fotográfica, y en él pudimos recorrer en su voz los “atisbos” de una artista que sigue buscando la esencia en el mar insondable de la existencia.
Afirmas que la poesía es un viaje hacia el interior, mientras que la fotografía dirige la mirada hacia afuera. ¿En qué momento de tu proceso creativo estas dos miradas logran encontrarse o fundirse?
Yo siempre me he movido entre estos dos mundos, el de la imagen y el de la palabra, que han ido caminado juntos en vías paralelas, cogidos de la mano. Los he fusionado solamente en mis vídeos poéticos o portfolios poéticos o en mis cajas áureas. A veces las imágenes me han ido sugiriendo poemas y otras, han sido los poemas los que me han sugerido imágenes. La noción del tiempo en mi obra es muy sui generis: y capturo imágenes que me dicta mi conciencia, aunque no tengan nada que ver con el mundo en el que estoy trabajando, pero algo me dice que las tengo que captar con la cámara, porque más tarde las necesitaré en el momento adecuado. A veces esperan durante años en el carrete a ser reveladas. Y es que yo tengo un archivo fotográfico en el desván de mi memoria…
Aunque dices que el tiempo no tiene un valor cronológico para ti, sí que hablas de tres etapas en tu carrera.
Siempre me he planteado mi trabajo artístico como un desafío. Mi primera etapa es cuando yo vivía en Nueva York, adonde fui muy jovencita a estudiar con una beca a un Junior College. Después me casé allí, tuve dos hijos y empecé mi carrera fotográfica en Manhattan. Esta primera época va del año 76 al 85, más o menos. La he titulado “Movimiento Estático”, que es un oxímoron porque intento poner en movimiento la estática. Mi segunda época es “Transformaciones”, donde investigo sobre la dicotomía apariencia/esencia, y emprendo un movimiento del exterior al interior de lo fotografiado buscando su esencia. En la tercera época: “Instantáneas del alma”, he tratado de rescatar la vida de la muerte, fotografiando todo aquello que está destinado a sumirse en el olvido.
Cuando pasas del color inicial al blanco y negro —en un cambio estético que define tu segunda etapa— ¿ya te encuentras en España?
No. Eso todavía es en Nueva York. Mi segunda etapa va del año 85 hasta finales de los 90. En el 93-94 me dieron la beca de la Academia de Bellas Artes en Roma, donde viví nueve meses. Era la primera vez que daban una beca de fotografía. Te puedes imaginar lo que fue aquello para mí: una institución que había sido dirigida por el mismísimo Valle-Inclán. Allí comencé a escribir mucha poesía e inicié mi tercera época que es mucho más lírica y trascendente porque intento rescatar a todas estas mujeres ya fallecidas del olvido.
Regresé a España en el 95. Ya había realizado muchas exposiciones. En Estados Unidos participé en una exposición colectiva, “Traditions”, que recorrió los principales museos americanos. Y, así mismo, en España expuse con un grupo de artistas como Ángeles Marco, Concha Jerez, Ouka Leele, Cristina García Rodero y algunas otras, en una exposición:” Artistas españolas en Europa”. La muestra viajó por todos los museos europeos más importantes. También he expuesto en la legendaria galería Juana Mordó y he hecho exposiciones en espacios más jóvenes y alternativos. Y he expuesto durante ocho años consecutivos en ARCO. Nunca he pertenecido a ningún criterio generacional ni a ninguna escuela.
Imagino que Nueva York era entonces un gran crisol de creatividad.
Bueno, la etapa de Nueva York fue especialmente fértil para mí. Claro, todo el ambiente neoyorquino fue brutal. Viví durante treinta y dos años allí, y con el tema de la fotografía pude conocer y fotografiar a muchos artistas, intelectuales y políticos nacionales e internacionales. Tengo una anécdota muy divertida con Paul Newman a quien fotografié en una ocasión y cuando llegué a casa me di cuenta de que ¡no había puesto el carrete! ¿Te lo puedes creer? Imagínate: fue una de mis mayores desilusiones. También conocí a Steve McQueen. Y a Truman Capote, en una comida en casa de los padres de unos amigos. Me sucedió una cosa muy curiosa y un tanto embarazosa con él: le llamé la atención porque criticaba mucho a personas que no estaban presentes; le dije que me parecía de muy mal gusto. Así que preguntó, entre enfadado y curioso, a la dueña de la casa: “¿quién es esa jovencita tan impertinente que ha osado desafiarme?”. Yo entonces era muy joven, estaba recién casada y apenas lo conocía.
¿Estuviste en la Factory de Warhol?
Por supuesto. Conocí a Andy Warhol, siempre inmutable y muy hermético tras sus gafas negras. Estuve en la Factory porque la galería Fernando Vijande le iba a hacer a Warhol la célebre exposición de los cuchillos y las cruces. Así que Fernando me entregó un paquete para que se lo llevara a la Fábrica. Cuando se lo entregué a él personalmente, Warhol me miró un poco despectivo, pero también con cierta curiosidad, sin decir una palabra, ni siquiera un gesto de agradecimiento. Era una época de mucha evolución en la ciudad, de mucha creatividad y también de mucho idealismo porque era la época de Vietnam. Un feroz grito de NO a la guerra. Es allí donde empezó todo: las discotecas, Studio 54, Xenon, cenas, reuniones, y cada noche participábamos de todo ese juego altamente creativo de “performances”… instalaciones… Era muy vital, muy innovador, un ambiente totalmente inspirador…
También conociste en Nueva York al gran fotógrafo Philippe Halsman…
Mi maravilloso maestro del retrato… Halsman se ofreció a dar un curso: “Psicología del retrato”, en su estudio, donde a través de la luz transformaba los rostros. Escogió a quince becarios para que trabajaran con él durante seis meses, y tuve la suerte de que me seleccionara a mí entre ellos. Yo apenas empezaba con la fotografía. Aprendí mucho con él (coge un libro del fotógrafo que tiene sobre la mesa, dedicado por el autor a ella, y me muestra el retrato de Einstein). Buscaba desarmar a sus modelos, que se quitaran la máscara… Antes de fotografiarlos, hablaba con ellos para que perdieran esa coraza que todos mostramos cuando nos ponemos delante de una cámara fotográfica. “¡Mira qué imagen! ¡Esto es un retrato! fíjate qué mirada tiene Einstein. Halsman le sacó esa expresión de dolor en sus ojos cuando le preguntó justo antes de apretar el disparador por la bomba atómica, y el físico le confesó”: “Todos esos muertos los llevo yo cargados a mis espaldas”. Así es cómo él consiguió captar toda esa inmensa tristeza en los ojos…

Tu obra fotográfica ha sido descrita como hermosa e inquietante. ¿Buscas intencionadamente esa inquietud para despertar al espectador de lo cotidiano?
Sí, absolutamente. Busco esa realidad invisible, que tanto desconocemos y que incluso nos da miedo conocer. Vamos un poco por la vida mirando, pero sin ver. Yo siempre he dicho que no es poeta solamente el que escribe versos, sino aquel que sabe descubrir y descifrar todas estas señales, signos y símbolos que nos van apareciendo a lo largo del camino en nuestras vidas. Es muy importante mantener los ojos abiertos y saber mirar. Hay que distinguir entre Visión y Mirada, la fotografía es mirada, y la poesía es visión. Con la poesía «busco», con la mirada dirigida hacia adentro. Con la fotografía «encuentro», con la mirada dirigida hacia fuera a través de un objetivo. La poesía para mí se manifiesta cuando el ser humano es capaz de trascender su realidad —la cotidianidad que nos rodea— y establece un diálogo con lo invisible. El fotógrafo y escritor Lewis Carroll dijo: “Quisiera ver de qué color es la luz de una vela cuando está apagada”. Y es todo este tema de la invisibilidad y del misterio lo que más me interesa investigar, porque la poesía es una vía de conocimiento —todo ese mundo de la intuición, de los sueños, de la imaginación—. Un conocimiento intuitivo, que yo pienso que es el más verdadero de todos porque es el que está relacionado con todo este mundo invisible que yace en nuestra entraña: el inconsciente colectivo al que se refiere Jung. Lo invisible es desconocido y debe ser revelado, y la poesía es esa llave que abre el umbral de lo inefable.
Has utilizado un verbo muy significativo que es “revelar” lo invisible. Curiosamente es el mismo que utilizáis los fotógrafos para dar a luz las fotografías.
¡Qué buena apreciación! Eso es. Mira, la fotografía analógica tenía misterio. Ahora la fotografía digital ha eliminado ese momento mágico en que tú estás en un cuarto oscuro y de repente metes un trozo de papel y ves cómo la imagen va surgiendo. Es como una aparición. Se te va revelando. Es muy interesante porque incluso la ves de una forma diferente a como la captaste con tu cámara. Cuando tú la captaste tenías el obstáculo de un objetivo entre la realidad y tu ojo, pero de repente ves cómo aparece. Es como un nacimiento. Yo escribí un texto que establece un paralelismo entre la fotografía y nuestras vidas, y lo cito:
La vida es una luz que poco a poco se va desvaneciendo como pasa con las fotografías. En el revelado, la imagen aparece en la más absoluta oscuridad, al igual que nosotros venimos de la oscuridad a la luz cuando nacemos. La desaparición de la imagen en el celuloide de la película no es sino un recordatorio de nuestra propia desaparición.
Hablando de otro aspecto fundamental de tu vida, nos vamos a referir a tu tía Marga Gil Roësset, un tabú durante mucho tiempo. Tú te has convertido en la memoria viva de su legado. Otro proceso de revelación. ¿Qué vigencia tiene la obra de Marga actualmente y cómo forma parte también de tu mundo creativo?
Es cierto, pero curiosamente mi tía era una niña prodigio que destacó en el dibujo y en la escultura, dos medios que yo no practico…
Es muy interesante desde luego…
Marga, como tú has dicho, ha sido un tema tabú desde que se quitó la vida, en 1932, hasta el 1997, año en el que salió su historia en el ABC Cultural. Y entonces ya todo el mundo empezó a hablar sobre Marga y yo ya, como todo el mundo hablaba de la historia romántica de mi tía y Juan Ramón, decidí salir al paso para hablar en primera persona de alguien a quien se le había negado la memoria. Si, por un lado, me sentí como vulnerada por la noticia, por otro me encontré con la posibilidad de poder expresarme. Y así surgió la novela Amarga luz, un testimonio novelado donde narro su historia, entrelazada con la mía, arropándola dentro de un entorno familiar. Años más tarde escribí el poemario El olor de tu nombre, que ganó el premio Villa de Madrid de poesía 2008, y eso me hizo mucha ilusión porque es como si nos hubieran dado el premio a las dos. En el poemario intercalo en cursiva frases del diario íntimo que Marga escribió semanas antes de su muerte. A través de su diario nos enteramos de que se enamoró platónicamente de Juan Ramón Jiménez y que estaba contemplando matarse. Su muerte fue un hecho totalmente premeditado, no fue un impulso irreflexivo, sino que fue muy consciente, porque ella ya no podía vivir ni con él, ni sin él.
Tú ya antes te habías interesado por la reivindicación de la memoria de mujeres anónimas que habían desaparecido…
Efectivamente. Mucho antes de recuperar la memoria de mi tía Marga ya había estado trabajando en la recuperación de esas mujeres abandonadas en los nichos de los cementerios sin saber por qué lo estaba haciendo… Ahora es cuando me doy cuenta que Marga me estaba preparando para que fuera reivindicando las historias de estas mujeres desconocidas y llegara a ella veinte años más tarde. Yo tenía que hacer ese trabajo a fin de prepararme para rescatarla a ella del oscuro silencio al que había sido sometida en esa sombría tumba del olvido durante tantos años. ¡Marga me dirigió hacia ellas! Yo veía las caras de estas mujeres en los nichos y se me sobrecogía el corazón. Era como si me estuvieran diciendo: “Llévame contigo…, me estoy desvaneciendo…, estoy desapareciendo…, alarga mi recuerdo”. Y yo las fotografiaba deteniendo así momentáneamente ese deterioro en el celuloide de la película. Por eso, cuando la historia de Marga salió a la luz en el 97, supe que había llegado el momento y que tenía que recuperar su figura, sacarla del olvido. Además, yo me llamaba Marga como ella. Siempre ha estado muy dentro de mí. Su ausencia ha sido una presencia muy importante en mi vida. Y no solo he sido yo quien se ha ocupado de su memoria. Muchas hispanistas, sobre todo mujeres, han hecho sus tesis y sus doctorados sobre la obra y la figura de Marga y se han puesto en contacto conmigo para ello. Entre ellas sobresale Nuria Capdevila-Argüelles. Es quien más sabe sobre su obra, y también ha escrito sobre las cuatro mujeres artistas maravillosas de mi familia, en el libro: Artistas y precursoras. Un siglo de autoras Roësset. Me voy a referir a las cuatro: Maró —María Roësset Mosquera—, hermana de mi abuela Margot, cuyo autorretrato está en la colección permanente del Museo del Prado; Marga Gil Roësset, la ilustradora y escultora de talento extraordinario, y su hermana Consuelo —hermanas de mi padre—, una pedagoga editora e intelectual de gran altura. Si Marga era la creadora, ella era la intelectual: fundó la revista Chicos, entre otras. Y después había otra prima, Marisa Roësset, una pintora, que abrió aquí en Madrid un taller de pintura para formar a las mujeres artistas en la época de Franco. Nuria Capdevila, muy generosamente, me cita a mí como la seguidora de estas cuatro antecesoras brillantes.
En breve, en el Museo Thyssen vas celebrar un homenaje a tu tía. ¿Nos quieres hablar de él?
Claro que sí. Yo he realizado un vídeo sobre Marga donde reúno la mayor parte de su obra e incluyo fotos de familia y desde hace años vengo dando conferencias en bibliotecas en provincias, aquí en Madrid y en Barcelona, al tiempo que he ofrecido varios conciertos poéticos con diferentes músicos. Pero ahora, como bien dices, he tenido la suerte de que me hayan cedido el auditorio en el Thyssen, y el 17 de abril a las 19:30 h. voy a celebrar un concierto poético con Gabriel Miranda Martínez, un violinista maravilloso que vive en Suiza y que afortunadamente va a estar en Madrid en esas fechas y está encantado de colaborar conmigo en este hermoso proyecto. Espero que podáis venir todos y todas las que queráis conocer un poco más sobre la vida y la obra de Marga Gil Roësset.
Hablemos de tu obra poética. Tu último poemario se titula ‘Atisbos’, publicado en el 2021, y también tienes un libro escrito a medias con tu hijo, que vive precisamente en Nueva York.
Así es. El libro con mi hijo es muy entrañable. Yo siempre he tenido una relación muy atípica, muy estrecha, con mi hijo Steve. Una relación que incluso aquí en España no se entendería. Como yo no soy muy dada ni a roles ni a protocolos ni a nada de esto, siempre he tenido un vínculo con mi hijo como de confidente, de amiga, de colega… Hace dos años me escribió un texto recordando nuestros años en el Nueva York de los años 70 y 80, y me decía: “Marga, contéstame con lo que tú quieras. Todos los viernes durante un año nos vamos a escribir el uno al otro, pero sin reglas. Me puedes responder con un poema, un recuerdo, o con una canción o lo que a ti te venga”. No teníamos ninguna intención de publicar esto, pero después pensamos que era muy publicable porque tenía las tres cosas que debe tener una publicación: una, que entretiene; otra, que conmueve; y otra, que alecciona también, o sea que no es insustancial. Ha salido en una editorial pequeña, que se llama Lapislátzuli, una editorial que solamente publica pequeñas joyitas.
Hay que decir que tu hijo es también artista, como tú.
Sí, es un gran poeta, pintor y también es director de cine. La última película la ha hecho con Jeremy Irons —Alma de actor—, pero no la han publicitado nada. No tiene demasiada visión comercial. También ha hecho una película preciosa sobre nosotros. Es un largometraje de cuando éramos jóvenes; yo recién divorciada con mis dos hijos: él con diez años y mi hija con doce, mientras vivíamos en Nueva York, Aida, una señora chilena, nos cuidaba a los tres y era como una segunda madre para mis hijos. Mi personaje lo interpretó Pilar Pérez de Ayala, que lo hizo genial, aunque era un poco más seria que yo (jajaja).

Nueva York es un escenario, no solo cinematográfico, sino literario. Todos tenemos en la cabeza poemarios como ‘Poeta en Nueva York’ de Lorca y ‘Cuaderno de Nueva York’ de Pepe Hierro o ‘Visión de Nueva York’, el diario de collages de Carmen Martín Gaite. ¿Has pensado en hacer tu propio libro sobre esta ciudad en la que has tenido tantas vivencias?
Te has olvidado del libro de Valentín Gómez Oliver: Retablo de Nueva York, publicado recientemente. Sí, algunas de estas vivencias ya las cuento en el libro que he escrito con Steve, pero me queda mucho que contar. Date cuenta de que allí me casé, he tenido mis hijos, he vuelto a la universidad. Bueno, me han pasado millones de cosas… He tenido unas vivencias muy variadas, muy interesantes, muy formativas, porque Nueva York es una ciudad grandiosa. Pero yo necesitaba más, buscaba una trascendencia que los americanos no tenían, les falta espiritualidad… Yo necesitaba ese llegar hasta el fondo para después resurgir…
El mundo en que yo me movía era un mundo de extranjeros. Había muchos españoles, sobre todo artistas y escritores catalanes: Roberto Llimós, Frederic Amat, Eduardo Mendoza, Antoni Muntadas… Pero también vivía el mundo americano a través de mi exmarido, por el que conocí un ambiente más social, más upper class. He conocido allí tanta gente que ahora mismo no puedo recordar a todos. Por ejemplo, conocí a Russell Means, el indio americano, fotografiado por Warhol, que venía a mi casa y, estoy segura que yo tenía el teléfono pinchado, porque él era un revolucionario y estaba perseguido por el FBI: era un hombre bellísimo… En fin, me tengo que sentar un día para recordarlo todo y empezar a escribir mi vida deshojada, no sé qué título le pondría… He escrito sobre mis primeros diecinueve años de vida en Amarga luz, donde describo mis años de pequeña y adolescente en el Madrid de los años 50 hasta que viajo a Nueva York en el 63 a los 19 años…
Amarga luz es un libro muy especial para ti porque tienes una experiencia trascendente durante su escritura.
Efectivamente. Sí porque, aunque es un testimonio novelado, también tiene mucho autobiográfico. Narro cómo yo de pequeña empiezo a sentir la aparición del fantasma de mi tía Marga. Tengo que cambiar algunos hechos por exigencias narrativas; por ejemplo cuando me voy a Nueva York a los diecinueve años y me invento que me enamoro de un profesor casado y mucho mayor que yo, haciendo el paralelismo de Marga con Juan Ramón y —dado que era un amor imposible— a mí también se me pasan por la cabeza pensamientos destructivos, pero es entonces cuando me llega el diario de Marga que me manda mi padre al cumplir 21 años, y al leerlo, me doy cuenta que la vida de una misma, el talento artístico, es mucho más importante que el amor hacia ningún hombre. Y así, la muerte de mi tía no fue en vano, porque salva la de su sobrina. Es mi primera novela y está escrita desde la mismísima entraña porque me la ha dictado Marga. Y es que siempre he tenido un conocimiento muy intuitivo sobre ella, por eso me la llevé conmigo cuando de muy joven me fui a Nueva York. Y cuando en mis momentos de soledad hablaba sola, también dialogaba con ella ya que llevamos el mismo nombre. En tres momentos de mi vida, Marga me dio señales para que siguiera mi camino. Fíjate, yo tenía catorce años cuando escribí algo sorprendente: “Si el verso rima con la muerte y la poesía es el rumbo de mi vida, vida y muerte rimarán en mi existencia, y esa rima creará poesía”. ¿Cómo pude escribir yo esto siendo tan pequeña? Cierto es que había leído por entonces a los místicos en el colegio, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, y eso podía justificar lo de la muerte, pero ¿cómo sabía ya entonces que la poesía iba a ser mi camino? Lo entendí cuando lo leí cuarenta años más tarde. Por eso en mis talleres siempre me gusta explicar a mis estudiantes que tienen que aprender a decir NO, porque os van a proponer cosas que son muy halagüeñas, que son muy tentadoras, pero que os van a separar del camino a seguir. Uno tienes que escuchar su interior porque la voz tiene que salir siempre de dentro. Esto también va por los políticos y los líderes que nos gobiernan. Si escucharan más a sus voces interiores, esas voces puras que no nos engañan, el mundo sería un lugar más armónico, solidario y empático. La creación, el arte y sobre todo la poesía es lo único que puede salvar al ser humano en estos días tan conflictivos y oscuros.
¿Cómo te animaste a publicar tu poesía?
En realidad, regresé de Nueva York a Madrid en el 95 para pasar los últimos años de la vida de mi madre con ella y para publicar mi poesía. Yo siempre he dicho que el origen de toda mi creación es la poesía, pero viviendo en Nueva York era más fácil para mí salir con el mundo de la imagen, es decir, la fotografía. La poesía, al principio, era mi mundo silencioso, escribía mucho, pero sin ninguna pretensión de publicar. Pero cuando regresé a Madrid, el pulso de la poesía que contenía en mi mente era ya incontenible y salió a raudales como una Dana inundando mi sentir. Fue entonces cuando mandé, con cierto pudor, mis poemas al poeta vivo que siempre he admirado. Antonio Gamoneda. Él sugirió que no renunciara a mi voz poética que había advertido en algunos de esos poemas, y así surgió: Del sentir invisible, mi primer poemario que él tuvo la generosidad de presentar en el Círculo de Bellas Artes en Madrid. Posteriormente he sido muy afortunada al contar con insignes poetas como presentadores de mis poemarios como: Ana María Moix, Ángel Guinda, Rafael Soler, Victoria Cirlot, Amalia Iglesias, Valentí Gómez Oliver y otros más, con la inestimable colaboración de mis queridos editores Huerga y Fierro.












