abril de 2024 - VIII Año

Acompañando al carbonero Tasio por la España vaciada

Escena de la película Tasio

Aquel Tasio de los años 80 fue un auténtico visionario: hombre pacífico, buscó su esencia vital en su terruño, en medio de una naturaleza exuberante para ser lo que siempre soñó: carbonero

Caminamos al lado de un humanista, un sabio que decidió vivir según sus ideales en un locus amoenus del valle navarro de las Amescoas

Alejado de la ciudad, foco atractivo para muchos españoles durante ciertos momentos de nuestra historia, decidió mimetizarse con un paisaje (casi) idílico

Y ahora, en pleno auge de la España vaciada, de ese vacío provocado por el éxodo rural de las décadas 50 y 60 que vivió nuestro país durante el régimen franquista, asistimos a la contemplación de regiones despobladas, sin jóvenes ni niños, solo abuelos, muy pocos, que observan cómo pasa la vida sin juegos infantiles, ni risas adolescentes, sin plazas llenas de puestos donde comerciantes exponen sus mercancías…en las ermitas ya no suenan los cantos de las romerías ni hay melodías que bailar compartiendo viandas y celebraciones.

Algo de todo eso aparece en la película Tasio, una añoranza poética por la aldea frente a la ciudad, el recogimiento del abrazo rural, la solidaridad entre familias, la complicidad de adultos y menores, muy del gusto naturista del director Montxo Armendáriz, conocedor de primera mano del terreno fílmico y paisajístico por el que rueda.

Hay momentos en que se atisba al buen salvaje: un telúrico Tasio, vuelve sus ojos y sus pasos a la madre tierra, que cuida sin causar daño, que la preserva de abusos; feliz en un terreno de su preciada sierra de Urbasa, cultiva con esmero una parva: túmulo formado por madera, vegetales y residuos para el milagro natural del carbón, sustento de su familia formada por su esposa, Paulina y la hija de ambos, Elisa, que al crecer, abandona el lugar para ir a la capital, Vitoria, a casarse; es memorable la frase final en que invita, mejor, apremia a su padre a acompañarles, a vivir en la ciudad: un viaje iniciático cuyo ofrecimiento, Tasio, con una sonrisa, tranquila y sabia, rechaza sin dudarlo. Nuestro protagonista, rural hasta la médula, no titubea: su sitio está en el monte, desde su infancia feliz hasta su asentada madurez.

El carbonero de la película está basado en un personaje real, Anastasio Ochoa Ruíz, un hombre de espíritu libre, y tal es el principio que sustenta el hilo narrativo de la cinta: la libertad.

Y no es fácil sucumbir a este valor dadas las dificultades por las que atraviesa nuestro país: las imágenes que vemos son el auténtico trasunto de una situación socioeconómica muy compleja para el sector agrícola; los jóvenes desean mejores condiciones de vida y ven en la ciudad el pasaporte para lograrlo. Muchos serán los ejemplos literarios y en la gran pantalla que se harán eco de esta situación, tan dura como real (dejaremos este aspecto para otro próximo artículo).

En Tasio el relato viene tejido por un hilo sencillo y a la vez sublime que divide la acción del protagonista a lo largo de cuatro etapas de la vida, a la manera de las Soledades gongorinas: la infancia, la adolescencia, la juventud y la madurez.

Somos de la opinión que en cualquier tiempo girar la mirada a la naturaleza facilita y permite un aprendizaje muy valioso: entrar en contacto con la esencia misma del ser humano como lo practicaban los clásicos; acercarnos a un entorno que favorece el propio conocimiento más en profundidad y así agudizar la intuición y practicar la perspicacia, cualidades tan necesarias ahora y siempre para adoptar decisiones y fomentar el espíritu crítico.

Tasio viene a resultar el epítome de persona que pretende -y lo logra, aunque con dificultades- crecer en consonancia con sus principios, coherente con sus ideales y luchando por un bienestar colectivo; podría ser un líder político en nuestros días, pero habría que darle varias vueltas a la película, sin duda: añadir y suprimir algunos fotogramas, según los tiempos acuciantes del metaverso, por ejemplo, o acomodando modos y hechuras a la inminente Inteligencia Artificial.

En el vacío de los pueblos y localidades tienen cabida nuevas generaciones comprometidas, enamoradas de una vida más natural, y posiblemente más perfecta, adaptada a muchos perfiles humanos con intereses e inquietudes distintos a los que se viven en los núcleos urbanos.

La naturaleza crea un vínculo tan fuerte como leal. Tasio se resiste al cambio de lo que siempre ha conocido: su vida y sus costumbres, la tradición, su autonomía y libertad…trabajo y esfuerzo con el fin de un átomo de paz para dormir con la conciencia tranquila; se identifica con el paisaje, en definitiva, es una prolongación de los bosques, de la hojarasca en otoño y del calor estival; asiste en primera persona al milagro del renacer una y otra vez las estaciones.

En su zona de confort no hay lugar para el miedo ni la sospecha; las barreras son fácilmente franqueables porque conoce recursos y mantiene un diálogo con la naturaleza. Dueño de sus actos, se convierte en un ser entrañable, que destila candidez y bondad, fuerza y sinceridad.

No sé si hoy resulta lo que vengo escribiendo muy lírico, quizá un cuadro pictórico evanescente, música celestial, desvarío personal o propósito alcanzable.

De lo digital al mundo natural y viceversa, solo hay un puente que cruzar, un deseo humano, quizá exótico para algunos y prometedor para otros.

La película, casi un documental, propone recordar al ser humano lo que es en su presente, una introspección personal desde la naturaleza, alejándonos del prosaísmo ruidoso y mundanal para tomar conciencia de nuestra realidad, la que nos circunda y la interior; el pasado no nos tiene que resultar tan lejano ni lo podemos olvidar, si anhelamos un futuro próspero, satisfactorio y apacible.

Tasio, vive entre nosotros…habría que escucharlo.

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Archivo Entreletras

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