abril de 2024 - VIII Año

‘Alas de trapo’, de María Sangüesa

Alas de trapo
María Sangüesa
Huerga y Fierro Editores, 2020
Colección Graffiti Poesía
124 páginas

En el último tramo del año 2020 vio la luz Alas de trapo, el postrer y excelente poemario de la escritora María Sangüesa cuyo sugerente título no solo posee un protagonismo explícito en la obra, sino que nos invita a descubrir la clave de este curioso oxímoron transitando por sus versos y descifrando los misterios de sus brillantes imágenes junto con su simbolismo mitológico.

El libro, primorosamente editado por Huerga y Fierro Editores, comienza con un magnífico prólogo de Felipe Vázquez y está dividido en seis poemas extensos, seis estancias contiguas o instantes de vida que conforman una única morada en la que el tiempo, como símbolo fluvial, surge del pasado para instalarse en un presente continuo e incluso futuro.

Todo conecta con el tópico literario del homo viator o viaje de la vida, la existencia como camino, y en esa singladura María nos aproxima al umbral de su primera estancia donde con UN TONO AZUL CASI TRISTEZA rememora la añoranza de un recuerdo juvenil «en esta noche/ de luna cómplice que vierte/ sus lágrimas de luz contra esas olas/ que agitan de nostalgia mi marea».

En la siguiente estancia nos abre las puertas de una segunda morada de significativo título, VIDA ENTRE PRECINTOS, en la que su casa-alma transcurre entre mudanzas de objetos y de vida: un viejo costurero y botones «que abrocharon/ aquel escote que escondía/ un alboroto de latidos […] y una ilusión prendida en sus ojales»; fotos, recetas, dibujos, viejos documentos, cartas de amigos que murieron… un espacio vital que María va labrando «para que admita/ poner mantillo y riego a mis recuerdos/ y ver crecer sus tallos hacia el cielo». De esta forma, el encuentro con una caja de fósforos antiguos hace que María transforme al fin la nostalgia «de esos días de luz que se apagaron/ cuando entró -sin permiso– la tristeza» en una forma de subversión: «quizá llegó el momento de encenderlos».

Con estos versos finaliza el segundo poema y construye un puente desde la nostalgia y la resignación contemplativa hacia la visión combativa, el canto crítico y la denuncia.

En la tercera estancia, que da título al libro, las ALAS DE TRAPO, a semejanza de las de cera de Ícaro, simbolizan el inicio en el ejercicio de la libertad. María emprende su camino; pero sus alas de trapo parecen encerrar una paradoja entre el deseo de volar y la fuerza gravitacional de sus deberes atávicos que suele desembocar en una caída, la de ser mujer en un mundo marcado por la exclusión, ya que:

«quizá se sientan libres un instante,
pero su ruta está marcada
por los soplos del aire que las iza
y esas manos que tensan sus cordeles».

No obstante, el vuelo de María simboliza un viaje iniciático hacia sí misma y una vitalidad que implica devenir en la resistencia:

«Cabalgaré la luz de la mañana
con alas de palabras siempre inquietas».

De esta forma alcanzamos el umbral de su cuarta estancia, PÉTALOS DE FUEGO, en el que adoptando una cita de Celaya, «Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren y canto respirando», nos invita a trascender su individualidad haciendo suyas las injusticias y sufrimientos de la sangre inocente derramada por la codicia despiadada de las guerras, o la Europa que levanta muros y fronteras a los refugiados para ser cómplices de su muerte y desamparo. Surge el tópico de vita-militia, la vida como lucha continua frente a las adversidades, que María combate con sus versos para incitarnos a abandonar su singularidad y formar «por siempre un gran NOSOTROS» plural y solidario con el que «seremos una marcha inquebrantable».

Llegamos así a la quinta estancia, SIN MANSEDUMBRE NI RENCORES, en el que la autora rememora sus orígenes, «los dolores plegados como paños/ en los estantes de mi «almario»», para poder entender el presente y denunciar, ante «la celda en que quisieron confinarme», el sometimiento con el que predestinan a las mujeres a «un caminar sujeta a mil barreras/ marcadas por atávicos legados». Mujeres varadas a las que María ofrece sus versos como portavoz ante el desprecio y desamparo de unas leyes permisivas e injustas: «Me niego a ser mudez de tantos siglos/ tejidos por milenios de silencio». «Alzo mi voz/ que clama por las voces/ de todas las mujeres silenciadas». «Pues no existen murallas que sujeten/ la fuerza de mis versos tras tus muros».

Finalmente, en la sexta y última estancia, rompe la unidad versal y se acoge a la prosa para finalizar el poemario con TESELAS DEL AYER: Teseo, Ariadna, Dionisos, Circe… nombres que «como gotas de agua» abren surcos «en la pared del tiempo».

La autora recurre así a la intertextualidad para establecer un paralelismo entre los personajes mitológicos y su propia existencia desembocando en un brillante epílogo con el poema Penélope liberada. María se instala en la voz de Penélope, símbolo atávico de resignación contemplativa y fidelidad, pero lo hace subvirtiendo el mito griego desde su conciencia de mujer del siglo XXI para rebelarse contra su papel histórico. De esta forma, y evocando el célebre poema de Cavafis, Penélope-María se resiste a quedar estancada en los recuerdos y ataduras del destino y decide abandonar Ítaca, «mi puerto de pesares», para emprender su vuelo: «Hoy sé que lo importante es mi trayecto». Y aun cuando la vida no la ha dotado de alas, ella las ha construido con los retales de sus vivencias, unas alas que a pesar de su extrema fragilidad le permiten navegar por las olas de la insumisión y emprender un camino hacia sí misma y hacia su futuro.

Penélope-María se subvierte: «Ya nadie jugará con mi destino», y con ella no solo se rebelan todas las mujeres, sino que nos otorga la clave de su universo poético como presente de generosidad:

«Y entrégate, entrégate a la vida
 sin olvidar dejar mis alas
 tendidas como velas sobre el tiempo».

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