mayo de 2024 - VIII Año

Poesía y vino

El placer de beber vino y poetizar a lo largo de la historia

El solo hecho de titular un artículo bajo la denominación escueta de “Poesía y vino” puede dar lugar a malentendidos; el principal es sacar la conclusión, no siempre errónea, de que los poetas somos unos borrachos. Claro está que hay que tener una cierta prevención a la hora de establecer esta conclusión; más, si el vino es bueno. Y es ésta: “El bebedor de vino suele ser una persona que degusta más que bebe”. No se nos puede olvidar que beber buen vino no es lo mismo que beber otro tipo de bebidas alcohólicas como las derivadas de la destilación de hierbas y frutos variados. Mientras éstas se ingieren con la intención, las más de las veces, de olvidar, el caldo de la uva se bebe para recordar, atrayendo por igual la alegría y la nostalgia, madres ambas de la buena poesía.

No en vano se atribuye al gran Dante esta feliz frase: “El vino siembra poesía en los corazones”. El inmortal autor de la “Comedia” (recordemos que lo de añadir “Divina” al título original se le ocurrió a un editor hacia el año 1500, dos siglos después de ser escrita) podía tratar temas de intriga política y de profunda sacralidad sin olvidarse de las bendiciones del vino.

Iniciemos, pues, un breve, pero significativo, recorrido por lo que ha supuesto el vino en la poesía.

Conocida es, desde antiguo, la fama de las bodegas de La Rioja por todo el mundo. En esta región el vino alcanzó el cielo y el pueblo llano lo cantó con desparpajo elocuente en las llamadas Coplas Riojanas, que si bien no son un modelo de versificación ilustrada, si son un modelo de alegría desatada, como la que dice:

“Le ruego al Padre divino
me llene la panza de vino.
Y si esto no es suficiente,
me la llene de aguardiente.”

O esta otra:

“Lindo canta la calandria
y muy lindo el ruiseñor,
mejor canta la botella
si le sacan el tapón.”

En el cancionero de Jorge Manrique tan conocido y loado por sus maravillosas y tristes “Coplas a la muerte de su padre” hay también espacio para lo que él denomina “Coplas burlescas”, donde equipara en goce y satisfacción rogar a dios y beber vino, aunque parece poner más énfasis en lo segundo:

“Santo Luque, yo te pido
Que ruegues a dios por mí,
Y no pongas en olvido
De darme vino de ti”

Pero el tono más burlesco lo adquiere esta otra copla donde “se burla”, nunca mejor dicho, de aquellos, en este caso aquellas, que empinan el codo más de la cuenta:

“Y reza de cada día
esta devota señora,
esta santa letanía
que ponemos aquí agora
en medio del suelo duro
hincados los sus inojos,
llorando de los sus ojos
de beber el vino puro”

No sé si es muy lógico pensar que los grandes maestros de la literatura rusa crearon esas voluminosas y eternas obras de profunda psicología, con personajes atormentados y almas sufrientes, por la acción de las grandes dosis de vodka que ingerían. Desde luego grandes escritores sí fueron; grandes bebedores, algunos, también.

Sin embargo, parece lógico pensar que, en las tierras donde el vino, que no los licores, tiene justa fama, la influencia del jugo macerado de la uva en la literatura es más que evidente, y no lo digo solo por su consumo, sino por los cantos que ha inspirado a tantos y tantos grandes poetas. En la poesía francesa, siempre tan prolífica y de tanta calidad, tenemos sobresalientes ejemplos, tanto de vinos como de poetas.
Baudelaire, en su obra cumbre “Las Flores del mal”, no se olvida del vino, y es que, conociendo al personaje, no podía ser de otra manera. En su poema “El alma del vino” dice:

“En ti caeré, vegetal ambrosía,
grano precioso arrojado por el eterno Sembrador,
para que de nuestro amor nazca la poesía,
que brotará hacia Dios como una rara flor.”

Como ejemplo de maridaje entre poesía y vino quizá no haya mejor ejemplo poético.

Pero claro, para un bohemio dado a los excesos, como era él, el vino puede tener otros significados. En su poema “El vino del asesino”, Baudelaire explora espacios más recónditos del alma humana:

“Nadie me puede comprender. ¿Uno sólo
de entre estos borrachos estúpidos
sueña en sus noches mórbidas
en hacer del vino un sudario?”

Y es que es importante saber que el vino es, quizá, tan viejo como el hombre, y de ahí su excelente química con todo lo que el hombre aborda.

El gran poeta y novelista José Manuel Caballero Bonald comienza su libro “Breviario del vino” diciendo:

“Empecemos por el principio, es decir, por la leyenda, que no siempre es una versión desfigurada de la historia. Incluso suponiendo que lo sea, resulta especialmente tentador atribuirle a la biografía del vino la misma antigüedad que a la biografía del hombre. Se trata –claro es- de una simple y excusable aproximación imaginativa. Pero, aun sin que exista a este respecto un repertorio de datos mínimamente creíbles, tampoco parece excesivo admitir que nuestros primeros padres fueron también los primeros consumidores de zumo de uva, aunque es probable que lo bebieran sin fermentar o mal fermentado y en cantidades más bien discretas.”

Ya Jorge Luis Borges, en su poema “Al vino”, se hacía eco de esa antigüedad y ese maridaje de excelencia con el hombre:

“En el bronce de Homero resplandece tu nombre,
negro vino que alegras el corazón del hombre.
Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
desde el ritón del griego al cuerno del germano.”

Pero es Pablo Neruda, tan amigo de vivir la vida como de cantarla, en lo bueno y en lo malo, el que nos descubre la imagen onírica del vino, sus posibilidades poéticas para abrirnos a otros mundos. Estos versos son un ejemplo:

“Cuando a regiones, cuando a sacrificios
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.”

Las posibilidades poéticas del vino, no ya como impulsor bajo su consumo sino como figura poética propia, son innumerables, y esto me sirve para recordar a un amigo, el poeta Juan Manuel Calvo, autor de un excelente libro de poemas, titulado “La luz que acompaña al vino”, y rendido admirador del vino elaborado en Toro (Zamora). Un precioso soneto de ese libro dice así:

“El vino, por ser tan dios, es, de natural, terrible,
Y castiga a los más torpes como si fueran culpables.
Cuando no se siente a gusto, tiene un genio imponderable.
Y su extraño proceder no parece compatible

Con su paladar amable y ansioso de compañía.
Por ser humano, nos habla con palabras conocidas
A quienes le conocemos. Y nos alegra la vida
Cuando, atentos a lo suyo, moderamos su osadía.

Disfruta, su ser complejo, de su propia desmesura
Y de lo oscuro hace luz y a la luz la deja a oscuras.
Fuera del caos se equivoca y en el caos es la cordura.

Como alma de Pan, es torpe, y de su torpeza abusa.
¿Qué música no conoce o qué instrumento le asusta?
De su pánico terror, nacen las mejores musas.”

Pero vayamos más allá.

Mallarmé llevó el vino y la poesía a terrenos que quizá otros no hubieran osado pisar cuando escribió su famoso “Brindis fúnebre por Theophile Gautier”. Ese que empezaba diciendo:

“¡Oh tú, de nuestra dicha el fatal emblema!”

Y es que brindar con vino por la muerte de un amigo puede parecer un pecado de lesa humanidad, pero de un poeta hacia otro poeta, en su muerte, es la mejor despedida posible.

Pero los poetas no solo escribieron por, para y de vino. También hablaron de él. Algunas citas ya se han hecho célebres.

Dorothy Parker, la cosmopolita escritora norteamericana, dijo, asistiendo a una fiesta, en una comprometida, aunque prometedora, ocasión:

“Una copa más y estaré debajo del anfitrión.”

Es probable que, como buena americana, la copa fuera de whisky, pero como era una mujer de clase y gran sentido del humor (recordemos que eligió como epitafio para su tumba la frase: “Perdonen por el polvo”), podía ser perfectamente de vino. No menospreciemos al vino por sus evidentes y demostradas dotes de iniciador sexual.

Y si de sexualidad y vino hablamos, nada mejor que recordar el maravilloso libro del poeta madrileño Antonio Daganzo, “Llamarse por encima de la noche” (editado en Chile, en 2012), donde, en un extenso canto titulado “Vino navegado”, nos transporta a un mundo de pasión idílica a través de sensuales imágenes poéticas:

“¡Pasión ya de fluir,
abajo las bodegas,
que todo se prodigue!
Desatados azumbres,
al cabo deliciosos,
sabor a madrugada con postigos abiertos
y desnudo entusiasmo,
llevaremos el vino a la ternura,
lo expondremos al sol de sus vides antiguas,
navegamos.”

Y es que el vino navegado (vino cocido a fuego lento con especias y frutas) es, en Chile, una bebida de mucha raigambre y con un sinfín de leyendas, y muy propicio a despertar las fuentes de la pasión, como bien dice otra parte de este canto:

“La mirada que fluye ahora nos muestra
el amparo o el roce,
la pasión fidedigna porque no cabe otra
cuando el vino es amor,
la lentitud reflejo
y existir entregarse.”

Cambiando de tema. Un buen ejemplo de lo que podía lograr el vino en la conciencia colectiva de algunos escritores nos lo dio Jean Cocteau, cuando llegó a desmitificar a algunos de sus poetas coetáneos diciendo:

“Lo que ha hecho creer que los miembros de mi generación eran muy espirituales era el número de vinos que se servían entonces en la mesa.”

Pero fue Friedrich Nietzsche, filósofo que también hizo sus pinitos en la poesía, el que dejó para la historia la frase más rotunda y excesiva:

“El cristianismo y el alcohol son los dos grandes corruptores.”

Nos consolaremos pensando que dijo alcohol y no vino, y así, a partir de aquí, establecer las diferencias oportunas.

Como alternativa, quedémonos con las palabras del grande entre los grandes, Goethe, que dijo:

“El vino alegra el corazón del hombre y la alegría es la madre de todas las virtudes”.

Desde luego, el que no se contenta es porque no quiere.

Si, antes de terminar, alguien me obligara a elegir algo con lo que quedarme de esa conjunción que aquí hemos dado en llamar “Poesía y vino”, no dudaría en quedarme con este poema de José Ángel Valente, de su libro “Al dios del lugar”:

“El vino tenía el vago color de la ceniza.

Se bebía con un poso de sombra

Oscura, sombra, cuerpo
Mojado en las arenas.

Llegaste aquí, viniste hasta esta noche.


El insidioso fondo de la copa

Esconde a un dios incógnito.
Me diste
A beber sangre
En esta noche.
Fondo
Del dios bebido hasta las heces.”

Pero tampoco podría olvidarme de Miguel Hernández, que escribió una maravillosa, centelleante y divertida “Oda al vino”, que empieza:

“A lluvia de calor, techo de parras,
a reposo de pino,
actividad de avispas y cigarras
en el sarmiento fino,
cuerda de pompas y sostén de vino.”

La poesía, con o sin vino, siempre ha tenido y tendrá una cara triste, y es que la poesía es como la vida, triste en sí misma. Cantar las injusticias y recordar el dolor de los que sufren, sea el poeta o sea el mundo, es algo inherente a ella. Quizá, en el fondo de nuestro corazón, los poetas sabemos que utilizamos el vino para alegrarnos después de cantar tantas tristezas.

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Escrito por

Archivo Entreletras

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