julio de 2024 - VIII Año

Crónica de cine… pero poco

Bien, comencemos por el principio. Yo vivía de chiquinino en una calle que desembocaba en plaza con un mercado que era una delicia para los niños y sus madres… Y ustedes dirán: «¡Jo, pues empezamos bien!» Si comienzo así es por dos razones: la primera porque la palabra chiquinino siempre me ha parecido muy cariñosa y le quita hierro al asunto, y la segunda porque sitúo la ubicación del escenario en la calle Palafox confluente con Luchana; allí estaba mi cine, porque por aquellas fechas todo era de uno mismo. Pues como decía, allá que me fui el domingo (que es cuando se tiene que ir al cine de toda la vida de Dios) para ver Poor Things, que para los que entienden el idioma de la «pérfida Albión» sería «pobres cosas»; para nosotros, que somos más personales, sería «Pobres criaturas», de un tal Yorgos Lanthimos, esto lo digo porque el director me parece lo más importante para un crítico.

Al asunto: Mi antiguo cine ya me pareció otra cosa, todo de mármol blanco, acristalado y muy luminoso; eso, y que curiosamente no había aquellas ventanitas por donde se asomaba el rostro de una persona, lo que le quitaba aquel misterio de cueva de los milagros… Y ustedes dirán: «¡Jo, pues bien empezamos!» Eso mismo dije yo: «¿Y ahora quién me va a dar mis entradas? No obstante, me adentré sin miedo por un pasillo en pendiente pronunciada hasta el fondo donde divisé una pareja de efebos que me esperaban detrás de un alto cubito de plástico negro. Aclaro lo de efebos, pues me parecieron jóvenes y hermosos; uno del género masculino y otro del femenino, aunque hoy en día los dictámenes son confusos y prohibitivos; pues bien, me acerqué y con cierta mosqueada expresión les solté: «Perdonen mi intromisión, pero no encuentro las taquillas para sacar mis entradas». Ellos me miraron como yo antiguamente miraba a Paco Martínez Soria en la película La ciudad no es para mí  (esto lo señalo para que se vea que sé mucho de cine);  sigo, a lo cual ellos, desplegando una nívea sonrisa, me señalaron una especie de maquinitas que había en una pared, de aquellas de marcianitos con muchas etiquetas y colorines; «ahí, con un manejo adecuado, se las darán». Viendo el espanto en mi mirada, me dijeron con una sonrisa conmiserativa que ellos mismos me las darían.

Como iba con mi pareja, menos mal que saqué un billete de 50 euros para pagar, porque me quedé de piedra pómez al recibir de vuelta un papelito de 10 euros y una monedita de 20 céntimos; yo, con tímida voz, les dije: «Debe de haber una confusión, le di 50 euros, ¿cuánto vale la entrada?». Ellos, con la sonrisa aún mas ampliada, me dijeron: «son 19,90 euros cada una, caballero», lo que a mí me sonó como «amable paleto». Inmediatamente me explicaron: «Verá usted, es que este cine no es como los demás (a mí me sonó a cancioncilla infantil), tiene unos asientos totalmente reclinables por la espalda y extensibles por las piernas en los cuales usted podrá descansar a su gusto, también en ellos será amablemente servido por señoritas o caballeros igualmente a su gusto si usted lo solicita». «¡Jo!, usted como yo, pensará: ¡esto promete!», aunque yo también pensé: «Si lo sé, vengo solo», y luego, «¿cómo podré ver la peli en tales condiciones?» Deseché cualquier pensamiento, subí por las escaleras de mármol blanco y cristal cruzando algún pasillo igual, y me adentré en una sala confortable con sillones no menos confortables, y me senté en un cuero negro muy confortable con unos extraños mandos a los lados que al punto reconocí por tener en mi casa un sillón que compré a mi madre, reclinable, (el sillón, no mi madre). Entonces vi que hacia mí venía una señorita muy agraciada con una bandeja, que me preguntó: «¿Qué quiere usted que le sirva de esa extensa carta que le ponen en pantalla?». A mi lado, mi pareja puso una expresión rara, rara, rara, y a mí se me empezaron a bajar las expectativas entre otras cosas.

Después de un amplio prolegómeno (me encanta esta palabra), comenzó la película, con lo cual tuve que decirle a un esbelto y fornido camarero: «¡Quie’s quitarte, que no veo!». Venía con algo parecido a una pechuga de pollo al curry que, dado que era la sesión de tarde y yo había comido ya copiosamente, me dio un vuelco el estómago. Así pasamos un rato bastante concurrido entre actores, camareros y espectadores.

Aquí debo hacer un inciso y comentar algo: A mi derecha, eso sí, convenientemente separada, se sentó una maravillosa mujer con una falda no muy larga y una fisura a los lados (la falda, no la mujer), con lo cual, al comenzar a extender el confortable  sillón, se le subió dicha falda ligeramente, en aproximación de las cejas. Mucho me temo que algunos aspectos del film en cuestión se me habrán pasado por alto.

Pero, en fin, a lo que íbamos: ¡La película, Magnífica!; un experimento sociológico sobre las pobres criaturas que somos los seres denominados humanos.

Con unas magnificas interpretaciones de:

Willen Dafoe como el Pater Creator,
Emma Stone como la chica (que se decía),
Mark Ruffalo como el seductor ultrajado,
Ramy Youssef como el marido pospuesto.

Seguidos de unos actores de reparto igualmente interesantes, todos magistralmente dirigidos por el tal Yorgos Lanthimos; con unos colores sublimados.

Muy aconsejable su visionado.

P.S. Pero no me convence la ola del nuevo cine con restauración.

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Archivo Entreletras

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