febrero de 2024 - VIII Año

Así traduces, así traicionas: de autores y villanos

Traductor, traidor y hasta traicionero, si rizamos el rizo por eso de la frase tan legendaria de “traduttore, traditore” que vale más como un juego de palabras, una paronomasia que una sentencia llena de verdad o de cierta verosimilitud.

Trans-ducere (¿Transportistas por carretera?)…

A los traductores y a las traductoras (no voy a continuar desdoblando el género gramatical en el resto del artículo) les persigue el marchamo de villanos, de actitud vil con la que acometen su trabajo de traducir, versionar, trasponer o trasladar…a sabiendas de que la sinonimia absoluta no existe, pero dichos términos nos pueden aproximar a la labor que desempeñan.

Y esa actitud e intencionalidad aviesa -ajena, claro está- les perjudica a la hora de reconocer el mérito más que encomiable de su tarea, porque siempre flota a su alrededor la sospecha, el halo de su impronta personal que en muchos casos bastardiza el original hasta llegar a la meta.

Por otro lado, traducir entraña una buena dosis de humildad, de no querer ni estar ni aparecer en la foto, sino detrás del ficus, como el intérprete que susurra al mandatario político en la conversación mantenida con su homólogo: tanto el intérprete como el traductor han de mimetizarse con la cortina que los tapa, con la cabina que los cubre, con las páginas del libro o con los documentos escritos y redactados por otros: que no se vea, ni se perciba una mano extraña, una palabra distinta a la originaria en esa labor de transición que están realizando: discreción a tutiplén (y en muchos casos, soledad).

Así el comportamiento y la actitud del traductor, de ese presunto traidor: que no se atisbe su sello personal, ni el más leve ruido del tajo de la pluma sobre el papel, o sea, de la tecla en el ordenador. Asepsia hospitalaria.

Acabamos de mencionar los rasgos de humildad y discreción que deben caracterizar al traductor a los que han de adornar lindezas inexcusables como cultura, paciencia, tiempo, investigación, conocimientos multidisciplinares, estudios y formación, observador, constancia y perfeccionista…, por lo tanto, sin rechistar, pero sin ser un simple amanuense o copista diría yo.

A lo largo de mi vida profesional, he conocido a muchos traductores y los hay de todo pelo y pelaje como en botica; abundan los presuntuosos, pagados de sí mismos muy lejos de la idea de facilitador y mediador, término tan usado hoy en diferentes ámbitos. Consideran que les debemos pleitesía y agradecimiento reconocido y público si deseamos leer en nuestra lengua, la que hablamos sin dominio de otras foráneas, títulos de autores eslavos, ingleses, franceses, asiáticos… pero no solo me refiero a los traductores literarios sino a los profesionales del ramo de la medicina y la salud, la ciencia y la tecnología o la jurisprudencia, que en muchos casos se pavonean expandiendo su “cola polícroma” valga la metáfora.

A la mayoría se les adivina fácilmente una pátina de engreimiento que escupen al populacho lector y usuario de documentos, a veces inescrutables, que se han de desentrañar para lograr entendimiento comunicativo, y se enfurecen cuando su nombre no aparece en la portada, es decir, en la pasta o tapa de la obra que han traducido compartiendo luces y nominación con el creador, es decir, que no se les nombra con todas sus letras.

Se quejan de que a ellos les asignan las sombras.

Esta actitud obedece a un problema de personalidad, obvio, pero lo más grave es que tal respingo se debe a no entender la esencia de su oficio, a todas luces, más que meritorio y sin opacidad.

Esas obras de literatura: Emily Brontë…

Edición en castellano de ‘Cumbres borrascosas’. Círculo de lectores, 1969

Hoy me voy a referir a todos los traductores leales, a los que no se van por los cerros de Úbeda y nos pierden a los lectores por vericuetos insondables.  A cuantos de nosotros nos ha ocurrido que al leer un libro traducido empezamos a notar cierta inquietud un nerviosismo que nos lleva a volver al párrafo recién leído, a la página anterior, nos invade una sensación de no me estoy enterado, qué lío, cuándo ha pasado esto, o quién ha dicho lo otro.

Y vuelta a empezar… pero el desasosiego no nos abandona, sino que se acrecienta. Hacemos la prueba de saltar algún capítulo, y el aire de confusión persiste.

Está claro: no se trata de la incapacidad del receptor, de su falta de concentración: el ávido y avezado lector que, entusiasmado con el título entre las manos, se dispone a leer, pero…se le cae, el título y el libro entero.

Ahí es cuando emerge el villano, la sombra del traductor, con toda su luz, paradoja aparte, y con toda esa ausencia de características, que mejor lo definen como lo hemos visto anteriormente.

Emily Brontë siempre supone un valor seguro como literata. Nos gusta con el paso del tiempo, en cine y en papel, en series y del tirón. Su inefable Cumbres borrascosas forma parte del imaginario popular y de los planes académicos también.

Ver una y otra vez la película no aburre, extraemos en cada uno de los visionados matices que no habíamos detectado antes; los personajes nos recuerdan a … sus actitudes nos llevan a… el paisaje tan…y ese final…

Todo personal e intransferible, individual y genuino por lo auténtico de la escritura y del estilo, la técnica y el argumento…pero, ¿hemos leído esas “borrascas anímicas tan encumbradas” en el idioma en que lo escribió su autora?

Me regalan una traducción de dicho libro, en español, a cargo de la traductora María Ramos Salgado; profesional de la traducción que cumple a rajatabla el listado de aspectos que ya hemos citado para no convertir Cumbres borrascosas en un texto espurio.

La traductora ejerce su oficio con un rigor y una exactitud encomiables, sin actitud de felonía ni aire de villana. No se columbra ni de lejos ni de cerca traición. Leer en español la novela mítica sobre el amor entre Catherine Earnshaw y Heatcliff contribuye a revivir el mundo creado por la ínclita la autora, que la firmó con seudónimo, por cierto.

En este caso, María Ramos, la transportista de carretera, la que trans-ducere, hace pasar del inglés de Ellis Bell al español una historia memorable, un clásico de la literatura inglesa con una solvencia profesional más que digna. Su oficio de traductora desprende un trabajo concienzudo y metódico, un placer derivado de las cosas bien hechas.

Podrían lucir juntas, Emily y María, autora y traductora. Ya están unidas más allá del tiempo, más allá de los confines espaciales: su distancia se acorta. Ambas se aproximan y nos acercan gracias a la magia de la traducción.

Gracias por traducir…

Por supuesto, los traductores resultan muy necesarios hoy en día, y lo han sido en décadas anteriores y en centurias pasadas, sin duda alguna.

Desde las épocas clásicas del teatro grecolatino hasta los bestsellers actuales, desde los poemas heroicos hasta la publicidad, agradecemos el denuedo con que se afanan traductores y traductoras (sí, ahora cierro desdoblando) para traspasar tanta cultura, tanta vida que de otra manera quedarían en el olvido en las sombras.

Traducir es arte, todo un arte que requiere ilusión y oficio. Esclarecer y dar luz.

Traducir y leer para vivir.

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Escrito por

Archivo Entreletras

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