octubre 2020 - IV Año

LETRAS

John Fante, mostró la xenofobia y la explotación de las minorías en la América profunda

John Fante (1909 – 1983), escritor italoestadounidenese

Hay escritores que mueren, prácticamente en el olvido, más décadas más tarde son recuperados y obtienen el reconocimiento que no lograron en vida. Es, desde luego, el caso de John Fante, un italoestadounidense capaz de describir con imágenes brutales y desgarradoras, la miseria y la explotación que llevaron a cientos de miles de italianos a emigrar a Estados Unidos. En sus páginas mezcla la ferocidad más cruda con un delicado lirismo.

Pocos obtuvieron el éxito esperado. Muchos de ellos malvivieron y murieron en un ambiente cerrado y hostil, sufriendo una explotación en esos lugares donde, da la impresión que el tiempo se ha detenido. La atmósfera asfixiante que envuelve  sus novelas, está cargada de exclusión, rechazo e inadaptación. Quienes se ven empujados a emigrar a causa de la miseria… continúan atados a ella en los lugares que creyeron de promisión.

Frecuentemente nos habla de “perdedores” y de su lucha por la vida. Tienen mucha fuerza sus acidas descripciones de los barrios italianos o de los lugares en que se agrupan unos centenares. Las condiciones infrahumanas de esos “ghettos” son patentes así como el indisimulado desprecio y las descalificaciones de que eran objeto los llamados “macaroni”.

John Fante (1909 – 1983) era hijo de emigrantes italianos, procedentes de los Abruzos. Constituye un vivo ejemplo de esos hombres, de extracción humilde… que van dando tumbos para ganarse la vida.

De él nos ha quedado una tetralogía espléndida, protagonizada por su “alter ego” “Bandini”, de la que hablaremos más adelante. Creo que no es nada desdeñable, que alcanzó reconocimiento y fama en Europa, antes que en Estados Unidos.

Se le suele adscribir al denominado “Realismo sucio”. En su obra hay una admiración innegable por Fedor Dostoievski, tampoco es difícil encontrar reminiscencias de Raymond Chandier. Más probablemente, quien más hizo por divulgar su obra y porque fuera apreciada fue Charles Bukowski.

La mayoría de sus relatos están ambientados en California. Hay en las páginas de sus novelas, situaciones lacerantes que se repiten una y otra vez: la pobreza, la incomunicación o el desprecio y la xenofobia que sufren los italoamericanos y otras minorías, por parte de quienes se creen superiores y hacen ostentación de su supremacía por ser blancos, propietarios, protestantes y pertenecer, según ellos, al núcleo de descendientes de los primeros colonos. En sus páginas ocupan un lugar predominante “los perdedores”, quienes tienen sueños y los ven desmoronarse y hacerse añicos. La crueldad, la violencia estructural y la lucha por la existencia tienen frecuentemente, mucho de autobiográfico.

El escritor con su familia

John Fante sabe mezclar muy bien, la violencia con rasgos de humor, que hacen sus novelas amenas, enganchando al lector en las tramas y peripecias de sus personajes.

Le preocupa la falta de cooperación y organización, de parte de la sociedad estadounidense, especialmente en las zonas rurales y por ello, más alejadas de los centros de poder, donde forman parte de la existencia cotidiana, los rituales atávicos, los prejuicios… y hasta la ausencia de unas leyes, de por sí precarias, a la hora de defender a los más débiles y vulnerables.

Se diría que los personajes viven asfixiados por la ley del más fuerte, por sus propias alienaciones y por los mitos fundacionales que constituyen un relato que excluye a los denominados “extranjeros”. El valor de los argumentos racionales está condicionado por los más rancios prejuicios. Desde luego, las prácticas sociales no son inclusivas, sino que dan lugar a unas barreras invisibles que limitan, aíslan y marginan.

En ese ambiente hostil, el único refugio es el de la familia y el de las tradiciones de la vieja y lejana Italia. Quizás, por eso, los hogares de los italoestadounidenses frecuentemente huelen a salsa de tomate, pizza y especies.

Hagamos un excurso para llevar a cabo una breve aproximación a cómo fue la inmigración italiana a Estados Unidos. Digamos, en primer lugar, que los italoestadounidenses son ciudadanos americanos con ascendencia italiana, aunque las familias de las que proceden lleven varias generaciones, teóricamente, formando parte del país en que residen.

Puede calcularse que emigraron desde las últimas décadas del XIX hasta principios del XX, más o menos, cinco millones de italianos. En su mayoría procedían de las zonas más pobres y castigadas de Italia, es decir, el sur, principalmente de Nápoles, Sicilia y regiones limítrofes. Por regla general, eran campesinos hambrientos e iletrados.

No cabe duda de que constituían una minoría importante, aunque dispersa y un tanto desestructurada. Hacia 1910 podían cifrarse en el 6% de la población y eran ya más de dieciocho millones. Como viene siendo habitual en estos casos, tendían a agruparse en determinados estados como Pensilvania, California o Connecticut. Por otro lado, en las ciudades más populosas solía existir un barrio que se denominaba y aún hoy sigue denominándose, “Little Italy”.

Una vez más, puede decirse que la emigración es hija de la pobreza. Sus condiciones de vida eran muy duras: se veían obligados a subsistir hacinados, sin las mínimas condiciones de salubridad exigida… y, por ello, la tuberculosis azotaba, sin piedad, a este colectivo. No eran, ni mucho menos excepcionales los actos xenófobos, violentos que, en los casos más graves, desembocaban en agresiones e incluso linchamientos.

Llegaban con la intención de trabajar unos años y regresar a Italia, el paraíso perdido. Estos proyectos no siempre se llevaban a cabo. Puede calcularse que sólo regresó la cuarta parte.

Sólo mencionaré, por ser un hecho poco conocido, que durante la II Guerra Mundial hubo campos de concentración donde se recluyó a los italoestadounidenses. Es un libro, muy ilustrativo a este respecto, Una storia segreta de Lawrence DiStaci, cuyo título evoca la poca atención que ha suscitado este tema hasta la fecha.

El cine, también, ha tratado este asunto, aunque sin hacer especial hincapié. Películas como  Prisoners among us, narra la emigración y asimilación de los italianos a la cultura estadounidense durante la II Guerra Mundial. En particular, examina las políticas de «enemigos alienígenas» que afectaron profunda y dolorosamente la identidad italoamericana.

El teatro, de igual forma, se hizo eco de estos problemas de asimilación, de choque cultural y de dificultades para la integración. Citaré sólo Panorama desde el puente  de Arthur Miller y La rosa tatuada  de Tennessee Williams pero hay bastantes más.

Antes de finalizar este excurso, conviene señalar que durante la II Guerra Mundial, más de un millón de italoestadounidenses lucharon contra el fascismo formando parte del ejército de Estados Unidos.

No me es posible, por falta de espacio, describir las vicisitudes que acompañaron la invasión aliada de Italia, que comenzó por la Isla de Sicilia, donde prestaron valiosos servicios. La mafia apoyó el desembarco para luego, cobrarse con creces, el apoyo que prestaron a esa operación bélica de carácter estratégico.

Con respecto a la mafia, las tres películas de El padrino  de Francis Ford Coppola ocupan ya un lugar destacado en la historia del cine. La interpretación de Marlon Brando como “Don Vito Corleone”, en la primera, es señera y emblemática. Puede apreciarse, ostensiblemente, como la familia es una estructura cerrada que, en buena medida, conserva las tradiciones ancestrales sicilianas.

Es interesante el afán indagador de John Fante, que no se limita a describir acciones y lugares sino que insinúa aspectos que tienen relación con la idiosincrasia, valores y formas de vida, invitando al lector a que los vaya descifrando y encajando en su lugar.

No desdeña metáforas y símbolos que invitan a captar una cierta atmósfera alegórica… que se desprende de los lugares apestosos, de las vidas rotas y fracasadas y de las ilusiones destrozadas, violentamente, a machetazos.

Es digno de destacar que sus personajes son patéticamente individualistas. Forman parte de esa estirpe de solitarios que no tienen donde guarecerse y que carecen de lazos profundos, tanto afectivos como de “compañerismo”. Frecuentemente caen en depresiones y rencorosamente se lamen las heridas.

Estos hombres como “Bandini”, protagonista de su célebre tetralogía, puede en cierto modo, homologarse con el “Harry Conejo Angstrom” de John Updicke, aunque sólo sea porque son irascibles, amargados, van dando tumbos de un lugar a otro… y se van hundiendo más y más en una realidad hostil que acaba fagocitándolos.

Estimo que este es un buen momento para leer o releer a John Fante. En castellano, la Editorial Anagrama ha publicado la mayor parte de sus obras. ¿Por dónde sería más acertado iniciar este acercamiento? Tengo la impresión que el llamado “Realismo sucio”, tan en boga hace unas décadas, hoy apenas se recuerda.

En sus novelas las vicisitudes, los problemas y la difícil adaptación de los italoamericanos a la vida cotidiana del país al que emigraron, así como las duras condiciones sociales de los años 30, 40, 50 y 60 del siglo XX, constituyen la columna vertebral de sus relatos, principalmente en la América profunda.

La tetralogía que se conoce como “Saga de Arturo Bandini” constituye, desde mi punto de vista, la mejor forma de iniciar o reiniciar un acercamiento. Es muy completa y contiene la mayor parte de sus elementos característicos y nucleares Pregúntale al polvo (Ask the dust) 1939 (traducción al castellano 1989); si bien  cualquiera de las otras tres de la tetralogía, también, son opciones a tener en cuenta. Así, Espera a la primavera Bandini 1938 (tc.1988), Sueños de bunker Hill  1982 (tc. 2002) y la última de la serie, que permaneció inédita hasta 1985, es decir, dos años después de su muerte, The road to Los Angeles (Camino de Los Angeles) (tc. 2002). A fin de no agobiar al lector, señalaré finalmente una novela que no pertenece a la saga Bandini, pero que tiene con ella numerosas concomitancias, tanto en ambiente como en los tipos que describe, me refiero, a The Brotherhood of the Grape (La hermandad de la uva) 1977 (tc. 2004).

John Fante también fue en la vida un nítido perdedor. Su diabetes se fue complicando y al final de su atormentada existencia tuvo que dictar sus últimas páginas a su mujer.

Sus personajes, especialmente Bandini deambulan, se mueven de un lado a otro, sin encontrar nunca su lugar en el mundo. A veces, son soñadores como cuando se paran a observar como una bandada de pájaros atraviesa el horizonte o durante la noche, en el silencio, se detienen a escuchar al búho que mientras ulula  parece que todo lo sabe o, al menos, lo intuye.

Los arranques de vitalidad mítica dan lugar a depresiones despiadadas ante la hostilidad de quienes les rodean. La memoria frecuentemente, juega malas pasadas constituyéndose en el lugar donde devienen y se posan los recuerdos más amargos.

Quizás, por casualidad, quizás por ancestrales augurios, los personajes tienen miedo a enfrentarse a la vida y huyen de sus semejantes en quienes adivinan un peligro. Sus buenas intenciones, pronto traicionadas son baldías, estériles como el aroma de una flor seca. Hay ocasiones en que se deciden a espantar a los demonios familiares, pero siempre en el último momento les fallan las fuerzas y vuelven a caminar sin rumbo, llenos de rabia, alejándose de sí mismos a cada zancada.

A su alrededor el envilecimiento ocupa un espacio cada vez más visible y amplio. La incompetencia y la ineptitud son disfraces que adopta la fatalidad. De cuando en cuando, el fanatismo religioso hace, también, su aparición. Perciben amenazantes miradas de lobo y asisten con dolor y rabia a explotaciones demoledoras en las que el hombre es sólo un objeto en manos de otros hombres, algo que se usa y que después se arroja inmisericordemente al “foso de los cocodrilos”. Se ven condenados a una permanente e insoportable presión social y a una falta de respeto absoluto por la dignidad humana. La angustia aprieta más y más las clavijas… y cada vez restan menos fuerzas para generar respuestas.

Con el paso del tiempo ha habido italoestadounidenses que han ido ocupando puestos de relieve en la vida política, económica y cultural de Estados Unidos. Un solo nombre basta para ver este ascenso y para ejemplificarlo. Me refiero a la Congresista Nancy Pelosi, que además, ha roto techos de cristal que impedían a la mujer el acceso a determinados “puestos claves”. Ella logró ser la primera italoestadounidense que alcanzó la Presidencia de la Cámara de Representantes de EE.UU. y lo hizo y, no por casualidad, por el Partido Demócrata.

Si se les despierta la curiosidad por leer a John Fante, déjense vencer por la tentación y disfruten de su literatura inquietante, pesimista y hermosa.

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