A treinta años de ausencia, su legado poético y humano emerge con el reconocimiento
Lautaro vio nacer a uno de los poetas más influyentes del siglo XX bajo la persistente lluvia de La Frontera junto al molino y el paso del tren. Provino de una familia de inmigrantes franceses que se radicaron en la región de la Araucanía. A los doce años ya era un hábil lector y con lenguaje sencillo, preciso y cargado de metáforas que dieron a sus poemas mayor expresividad; Jorge Teillier abrazó el espíritu de la llamada «poesía lárica». Inició su carrera universitaria en Santiago, donde estudió historia en el Instituto Pedagógico, desde 1953. Allí fue compañero de Efraín Barquero, Rolando Cárdenas y Pablo Guíñez, con quienes formó parte de la corriente de los poetas láricos, junto a Alberto Rubio y Alfonso Calderón, todos de la Generación del Cincuenta. Entabló amistad con Enrique Lihn, Jorge Edwards, Miguel Serrano, Armando Uribe, Enrique Lafourcade, Gonzalo Rojas y algunos de los poetas fundadores del grupo La Mandrágora: Braulio Arenas, Enrique Gómez-Correa y Teófilo Cid.
EL SEÑOR TANGO CANTA SOBRE EL RING CON EL POETA DEL LAR
Jorge Teillier ha sido tocado por el tango, destino que surgió misteriosamente marcado en su nacimiento el 24 de junio de 1935. Fue el mismo día del inaudito choque de dos aviones Ford Trimotor, en el Aeropuerto Olaya Herrera, Guayabal de Medellín-Colombia. En una de esas aeronaves iba Carlos Gardel, junto a su compositor y guionista de cabecera, el argentino de origen italiano Alfredo Le Pera, así como su guitarrista Guillermo Barbieri, todos murieron. En ese momento Teillier arribó a este mundo. El poeta del terruño, lo cotidiano y la nostalgia, me confesó: «para mí, esta coincidencia nunca fue azarosa».
Además, este no es un día cualquiera, según la tradición popular campesina es el instante en que puede florecer la higuera, se convoca el milagro de ver aflorar lo que por naturaleza jamás florece; se puede tentar a la suerte, conocer el futuro o explicar el pasado, es la Noche de San Juan. Se trata del mismo día del Año Nuevo de los pueblos originarios, el We Tripantu mapuche, o el Inti Raymi incaico, una de las noches más largas del año, la más poderosa y mágica; rituales religiosos o paganos, caminando sobre el fuego purificador o saltando las hogueras siete veces. Color y calor en los campos y pueblos de La Frontera, suspendidos en la atmósfera de hierbas aromáticas como la salvia, menta, tomillo, orégano, muérdago, verbena, hojas de laurel, romero e hinojo; o saltando las olas de espaldas al mar, en las localidades costeras, cercano al nuevo ciclo del solsticio de invierno, que marcaría con su lluvia persistente la lírica de Teillier, inaugurada con Para ángeles y gorriones (1956), del que cito los últimos versos del poema «Bajo un viejo techo»:
pero sé que no hay mañanas y no hay cantos de gallos, / abro los ojos para no ver reseco el árbol de mis sueños, / y bajo él, la muerte que me tiende la mano.
Aparecen caballos y jinetes que continúan su cabalgata en El cielo cae con las hojas (1958), nostalgia que se apodera de sus poemas como este que, sin embargo —a manera de oxímoron—, se llama «Alegría»:
Desaparece la linterna roja / del último carro del tren… / Recordar el centelleo de los rieles. / Recordar la tristeza / dormida como una vieja sirvienta / en un rincón de la casa.
Sigue con El árbol de la memoria (1961), en su poema «Andenes» dice:
Tictaqueo del reloj. El jefe-estación / juega un solitario. El reloj sigue diciendo / que la noche es el único tren / que puede llegar a este pueblo…
Luego en «Despedida», con epígrafe de Ezra Pound, escribe:
Me despido de una muchacha / que sin preguntarme si la amaba o no la amaba / caminó conmigo y se acostó conmigo… / Me despido de una muchacha / cuyo rostro suelo ver en sueños / iluminado por la triste mirada / de trenes que parten bajo la lluvia… / y me despido de estos poemas / para ocultar quizás lo único verdadero: / que respiramos y dejamos de respirar.
En Poemas del país de nunca jamás (1963), llama la atención «Un desconocido silba en el bosque», dice:
El padre lee un cuento de hadas / y el hermano muerto escucha tras la puerta. / Se apaga en la ventana / la bujía que nos señalaba el camino.
Dedica «Juegos», a su hijo Sebastián y su hija Carolina; luego dedica el poema «Los dominios perdidos», al escritor francés Alain-Fournier —(La Chapelle-d’Angillon, 1886 – Les Éparges, 1914), muerto en combate a los 27 años, tras haber escrito su única novela: El gran Meaulnes—, donde Teillier dice:
Lo que importa no es la casa de todos los días / sino aquella oculta en un recodo de los sueños. / Lo que importa no es el carruaje / sino sus huellas descubiertas por azar en el barro… / Anochece. / Y al tañido de una campana llamando a la fiesta / se rompe la dura corteza de las apariencias. / Aparecen la casa vigilada por glicinas, una muchacha / leyendo en la glorieta bajo el piar de gorriones, / el ruido de las ruedas de un barco lejano…
Le siguen poemas como «En la secreta casa de la noche», donde ella se pasea por su cuarto como sombra desnuda. O «Tarjeta postal»:
Este domingo me veo de nuevo en el salón / mirando revistas viejas y daguerrotipos / mientras tú tocas valses en la pianola…
Poesía sonora en la que se puede escuchar el tintineo metálico del cencerro de una oveja, la locomotora entrando al pueblo, el cuerno primitivo del vendedor de helados, el silbato del afilador de cuchillos, el cortejo de la boda campesina, el paso de las carretas rurales, el trinar de los pájaros, la garlopa del carpintero vecino, los mapuches pregonando cochayuyo, el silbido del titiritero, la campana, la pianola, el viento, la lluvia, crepitantes pasos, agonizantes chillidos.
REVISTA ORFEO
En ella plumas como Miguel Arteche, Jorge Edwards, Floridor Pérez, Jaime Concha, Omar Lara, Gonzalo Millán, Jaime Giordano, Óscar Hahn, Delia Domínguez, Humberto Díaz-Casanueva, Miguel Castillo Didier, Enrique Lihn. Desde su aparición fue clara la actitud integradora, manifestada luego en su declaración de principios: «Orfeo es un testimonio de amor a la poesía y no está al servicio de generaciones, grupos o promociones, términos todos que creemos ya superados, así como deben superarse cualquier encasillamiento o estériles luchas literarias» (Orfeo # 4).
La primera página fue dedicada a las citas, donde incluyó a autores como André Breton, Rosamel del Valle, Emily Dickinson, Carl Sandburg, Friedrich Hölderlin, Charles Baudelaire, Jack Kerouac, Henry Treece y Paul Éluard. Luego venía la sección de poetas extranjeros como René-Guy Cadou con su poema «Quien entra por azar», Kobayashi Issa y «Tres haikús» o Jacques Prévert con «Alondra del recuerdo». A continuación, venían los poetas nacionales: Mahfúd Massís, Alberto Rojas Jiménez, Luisa Johnson, Pablo de Rokha, Nicanor Parra, Mario Ferrero, Luis Oyarzún, Vicente Huidobro, Gonzalo Rojas, Andrés Sabella. Entre ellos quiero destacar el poema «Me persigue Chillán» de Sergio Hernández, quien además era corresponsal de Orfeo, como lo fueron Daniel Barros desde Buenos Aires y Jorge Edwards desde París.
Publica Poemas secretos (1965), cito de «La portadora»:
Pues bien sé yo que tú y yo no somos sino una palabra más / que terminará de pronunciarse. Más adelante dice: Toma mi mano. Piensa que estamos entre la multitud aturdida / y satisfecha ante las puertas infernales… / conservar el recuerdo de una sola palabra amada / y el recuerdo de ese gesto, / lo único nuestro.
Luego en «Daría todo el oro del mundo»:
… Por ver aparecer / caballos y cometas / en los sitios vacíos de mi juventud… / Daría no sé cuánto / por descansar en la tierra / con las frías monedas de plata de la lluvia / cerrándome los ojos.
Dedica el libro Crónica del forastero (1968) a Rolando Cárdenas y otros autores, el poema homónimo dice:
No hay que silbar en la oscuridad. / Sí, / no debo llamar al perro ya desaparecido. / Debo regresar solo… / Frente al molino / descargan los sacos de una carreta triguera / con los gestos de hace cien años. / Los gestos son los mismos / aunque la tierra se llene de cohetes / que llevan hacia otros mundos.
También surge el jinete que es el primo muerto, y las visitas al cementerio a dejarle flores a la tumba de su hermana, y dice:
Te hablo a ti que has muerto. / Tú has muerto, tu perro ha muerto ahogado. / Pero si cierras los ojos vendrá a encontrarte a orillas del río. / No temas: te hallarás con el niño que vivía a orillas del río.
Poemas intensos con epígrafes de Hermann Broch, François Villon, Eliseo Diego, Pierre de Place o André Salmon. Editorial Universitaria publica Muertes y maravillas (1971), cito de su poema «Relatos»:
Tú quieres que nunca haya sucedido nada / y en la buhardilla abres un baúl / para vestirte como novia de otro siglo… / Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto. / De pronto no somos sino un puñado de sombras / que el viento intenta dispersar.
MIS ENCUENTROS CON JORGE TEILLIER
Me encontré por primera vez con Jorge Teillier el año 1978 en el Café Cinema, de Micha, ubicado en la galería del Cine Arte de Viña del Mar. De inmediato me sorprendió la oportuna sagacidad de sus expresiones en medio de la fumarola y ocurrencias donde eran habituales Juan Luis Martínez, Sara Vial, Rubén Jacob, Aldo Francia, Patricia Tejeda, Hugo Zambelli o Mario Rossel, con quienes algunas tardes hacíamos un recorrido por las librerías de la Galería Couve y calle Quinta, para culminar en la tertulia de Ennio Moltedo y Allan Browne, en el desaparecido Bavestrello, frente a la plaza O´Higgins de Valparaíso, en cuyo subterráneo estuvo preso el legendario Emile Dubois. Ambiente de fábula, época en que nos visitaron Juvencio Valle, Enrique Volpe y María Luisa Bombal. Ese mismo año Jorge había publicado Para un pueblo fantasma, libro que traía bajo el brazo para leernos algunos fragmentos:
Eso fue la felicidad: / dibujar en la escarcha figuras sin sentido / sabiendo que no durarían nada, / cortar una rama de pino / para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda, / atrapar una plumilla de cardo / para detener la huida de toda una estación.
Luego comentamos sus poemas dedicados a Rolando Cárdenas, Jorge Edwards, Rosamel del Valle y Serguéi Esenin, a propósito de la corriente del Imaginismo ruso.
EL MOLINO DEL INGENIO Y LA PIEL DE SUS OBSESIONES
El poeta vivió sus años postreros como habitante de El Molino del Ingenio, en la comuna de Cabildo (región de Valparaíso), escribiendo bajo la portentosa higuera imaginaria desde fines de los ochenta, amando el tango, a sus poetas y cantores porque, decía: «viven en los márgenes de lo que se considera correcto, en los bordes de las costumbres sociales aceptadas, como los boxeadores, como los hípicos». Sin duda, nuestro poeta órfico fue coherente con este postulado.
La ética y estética que se transluce bajo la piel original del tango es una clave para comprender sus obsesiones, su propia vida y obra. Jorge siempre defendió la idea de la libertad, y alguna vez dijo que una persona puede vivir en la marginalidad y al mismo tiempo saberse realizada, a condición de haber vivido voluntariamente como ha querido, sin concesiones. Él mismo lo hizo, y experimentó esa independencia, con una cierta actitud de nomadismo y rebeldía, hasta el temprano minuto de su muerte.
En el desaparecido Club Radical, de La Ligua, alguna vez me dijo: «el tipo marginal por voluntad es alguien que consagró la vida a lo que realmente amó… por ello es un hombre realizado». Dejó un silencio y escuchamos el viento y la lluvia junto al fogón, luego recitó tres versos de «Estación sumergida»:
un día muerto por dagas invernales, un día fusilado por lluvias. / De pronto lo rompen manotazos de campanas, tictaqueos de sombras / y se cierra como una cuchillada de trenes oxidados.
El Parrón de La Ligua fue su lugar de encuentro, en algunas épocas casi vivía allí, donde aún permanece su mesa histórica en un costado, con estructura de fierro y cubierta de tablón; también están sus fotografías en los muros que atestiguan el acontecer poético de esa época ida. En ese lugar hablaba de box, hípica, tango y recordó el Hipódromo de Palermo donde Le Pera se inspiró para escribir la letra de su célebre Por una cabeza. Luego de unas copas, encendía el dínamo de los versos que lo habitaban.
Teillier es poeta y personaje a medio camino entre un lord inglés y un boxeador contra las cuerdas, al decir del argentino Jorge Boccanera. Profundo conocedor del género tanguero, brindó conferencias en gimnasios de box, con el ring a modo de estrado. Me manifestó con entusiasmo: «sabían muchísimo; sabían quién cantó Percanta que me amuraste. Yo pregunté: ¿alguien sabe cómo se llamaba originalmente ese tango? Levantaron la mano todos. Se llamaba Lita y después se cambió a Mi noche triste». Los tangos están vivos como los poemas, pueden cambiar sus letras, sus ritmos y hasta sus nombres, me dijo otra tarde en el bar.
Sabía que los escritores rioplatenses que han tenido afición por el tango constituyen legión, entre ellos, Julio Cortázar escribió letras que musicalizó Juan Carlos Cedrón, quien siguió componiendo con versos del poeta Juan Gelman. Aníbal Troilo y Astor Piazzolla musicalizaron las milongas escritas por Borges.
El día exacto de los cincuenta años de la muerte de Gardel y de la vida de Jorge, el poeta de la lluvia tomó una servilleta en el bar y escribió su poema «Gracias al Maestro», que culmina así:
A los cincuenta años tú cantas mejor mientras yo escribo peor / Pero la suerte nos reúne siempre en el día de San Juan. / Ya se fue la suerte que es grela. En el aire, sin embargo, persiste la música. / La del agua y la del viento.
El poeta me contaba que, al concluir su conferencia sobre el tango en el gimnasio de box, todos terminaban cantando. Algunos bromeaban diciendo cosas como: «soy Gardel», «sos Gardel», o también «andá a cantarle a Gardel». Jorge dejó un silencio algo áspero en su conversación, dando paso al aroma de la nostalgia. Pasaron unos minutos y luego se sonrió para agregar con chispera mientras levantaba su copa: «todos cantaban muy mal, pero bebían vino muy bien».
En esta época las tertulias eran en Il Bosco, desaparecido en 1984, donde era habitual encontrarnos con Stella Díaz Varín, el filósofo Martín Cerda, Emilio Oviedo o Luis Sánchez Latorre (Filebo), entonando tangos de Discépolo y Leguizamo; también en torno al relato de cómo Manzi escribió su inmortal «Sur», en los barriales de Pompeya, o Borges su «Jacinto Chiclana».
De su libro Cartas para reinas de otras primaveras (1985), cito del poema «Paseos con Carolina»:
Hoy es día de tu santo y tú ni lo recuerdas / pero en Nueva York 11 Álvaro y Jonás con tu tío Iván / alzan una copa en tu honor / y tu hermano en Bucarest oye aletear molinos / de alas de mariposas… / No te importa / «que me jale la barra del bar» / como dices con tu acento de Cuyanquén / Palermo, o Puente de los Suspiros / porque sabes que a tu lado recupero / la Bilz de los carros de tercera / y la Panimávida tiene sabor a Veuve-Clicquot… / Carolina, / amor mío, / hija mía.
TREN POÉTICO AL SUR
Nunca olvidaré nuestros viajes como el del tren nocturno a Puerto Montt, leyendo poemas toda la noche. Otro a inicios de los años noventa que hicimos con Jorge Teillier, Jaime Valdivieso, Guillermo Trejo, Gonzalo Millán y otros poetas a un Festival en Concepción, donde participamos y leímos junto a Omar Lara, durante una semana muy interesante, en la que Omar demostró una vez más su enorme capacidad para convocar a diversas voces. Una mañana, antes de acudir a nuestras lecturas en la universidad, cruzamos la plaza y entramos a un bar, levanté mi mano y ordené un café doble; acto seguido Jorge me dijo «Theodoro, me gustó ese estilo tuyo de pedir el doble» y ordenó con vehemencia «cantinero, un whisky doble». Bebió un sorbo y recordó sus versos:
Estoy donde Don Rocha frente a un vaso de whisky. / Sí, nostalgias del Far West, nostalgia de rebaños y trigales infinitos, de lunas azules y de un tiempo sin tiempo.
Ese tren a Concepción ya no existe y Teillier, Valdivieso, Trejo, Millán y Lara, tampoco. Encuentro histórico. La nostalgia reflexiva de sus voces son un sello y presencia que sigo escuchando y que quiero creer que perdurará.
En 1993 publica El Molino y la Higuera, cito de su poema «Hoy soy un miembro del Club de los Corazones Solitarios», que revela su estado de huerfanía:
… En la clínica espero, aburrido, el desayuno. / Mientras mi compañero de mesa mira el muro recién blanqueado / y comenta, riendo, una película de gangsters. Luego agrega: Nunca te envié ni siquiera una postal, y no sé por qué me acuerdo de ti… / Yo no sabía que iba a cumplir cincuenta años sin nadie / y por eso te veo mientras espero el desayuno…
Luego en «Antes del desorden», dice:
Yo caminaba por la avenida Macul. ¿Qué edad tenía? / ¿Veintidós años, veintitrés años? / Sobre los plátanos orientales / El sol otoñal / Se deshacía como el vitreaux de una iglesia abandonada… / Un amor que yo desconocía se me reveló en una pequeña nube rojiza / Aunque solo me esperaba el silencio de la pensión donde debía regresar.
LA TERTULIA DE LA UNIÓN CHICA
Sus frecuentes viajes a Santiago lo hacían recalar en La Unión Chica, de calle Nueva York 11, donde siempre se le recuerda. Infaltable era la presencia de Rolando Cárdenas leyendo sus poemas de El invierno de la provincia, o Pablo Guíñez con Fundación de las aguas. En algunas ocasiones estuvo la periodista Angélica Selman, y figuras como Stella Díaz Varín, Mario Ferrero, Eduardo Anguita, Ximena Adriazola o Francisco Coloane. En esas tertulias se hablaba de Omar Cáceres o Huidobro y también de Prévert, Rilke, Gerard de Nerval, Czesław Miłosz, Dylan Thomas, Guillaume Apollinaire, René Char o Louis Aragon. De alguna manera esos encuentros órficos eran un «regazo» secreto, un paliativo para resistir el fatídico agujero negro de la realidad anodina. Otras veces nos reunimos con Edmundo Herrera en el Refugio López Velarde, en la SECH. Con Tomás Lefever, Guillermo Rifo y Ángel Parra, en la Plaza Ñuñoa. Conversando de Balzac o Cocteau en la terraza de Los Cisnes, frente al Pedagógico, en Macul. Revisando un prólogo con Fernando Alegría en el bar del Hotel Foresta. Con Humberto Díaz-Casanueva, en su taller literario del Goethe Institut, o con Nicanor Parra en su casa de La Reina, en medio del laberinto de los libros y las presencias fantasmagóricas de Thomas Merton, Whitman o Shakespeare.
LA ÚLTIMA ÉPOCA Y SU PARTIDA
En esa última época nos vimos en el café del Drugstore, en Providencia, con el escritor Claudio Giaconi y el dramaturgo Jorge Díaz, en 1994. Jorge había estado hospitalizado el año anterior, los estragos del tiempo y la partida de Rolando Cárdenas (1933-1990), habían dejado sus huellas y nos dijo: «escribo algunos poemas como quien lanza botellas al mar». Lo vi más lejos de la vocación mínima que requiere la vida práctica, se había acrecentado su dificultad para todo lo que no fuera pensar, soñar o conversar, sin embargo, conservaba intacta la memoria, su capacidad de sorprendernos con la palabra exacta y con el dejo único del sarcasmo inesperado, imposible de olvidar. De traje y corbata, camisa blanca, como siempre, arrastraba esa nostalgia que lo hacía cercano, empático y nos dijo: «creo que todos mis libros forman un solo libro, publicado de manera fragmentaria, a excepción de Crónica del forastero». Y agregó con tono enfático: «me parece que difícilmente uno tiene más de un poema que escribir en su vida». En marzo de ese año escribió en El Molino del Ingenio, el poema: «A Darío, mi nieto que aún no sabe leer», con saludos del Perro Toby y del Gato Pedro, donde le dice:
… Sé digno de tu nombre y te digo en nombre de Vallejo / «Darío de las Américas Celestes».
Esos últimos años la vida que escogió cobró su moneda:
Sí, elegí el invierno / y el marchitarse sin ruido / no debe entristecer a nadie.
Lo vieron deambular de madrugada, por la plaza de La Ligua bajo el signo pálido del amargo vino de la soledad, acompañado tal vez por los fantasmas de los poetas franceses que palpitaban en su sangre gala, Mallarmé, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Claudel, Gide, Valéry, que eran sus referentes para esculpir la poesía de los lares; una noche se lo llevaron detenido en el furgón, por ebriedad; los poetas amigos acudieron de inmediato para entrevistarse con el comisario, quien al saber que se trataba de un poeta, de inmediato lo sacó del calabozo donde compartía con mendigos y forajidos, entonces sucedió algo insólito: Jorge desenfundó con gratitud una caja de vino desde el bolsillo de su chaqueta y con elegante ademán se lo obsequió al oficial, quien no tuvo más opción que aceptar su airoso gesto poético.
Alguna vez nos dijo sobre su escritura: «En este sentido quiero hacer destacar que para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco desde muy niño, cuando sentía sus pasos subiendo la escalera que me llevaba a la torre de la casa donde me encerraba a leer». Sus palabras eran presagio cerca de la partida, que sucedió el 22 de abril de 1996 en el hospital Gustavo Frick, de Viña del Mar, ciudad desde la que hoy evoco algo de su vida y obra. Allí estuvo por una semana luego de una fuerte hemorragia. A partir de ese lugar definitivo, trasladaron su cuerpo al Molino del Ingenio y al día siguiente a la iglesia de La Ligua.
En su poema «Un hombre solo en una casa sola», nos dice:
Un hombre solo en una casa sola / No tiene deseos de encender el fuego / No tiene deseos de dormir o estar despierto… / Y no quiere oír más la palabra Futuro… / La escarcha ha empañado las ventanas… / solo le gustaría tener una copa que le contara una vieja historia / A ese hombre solo en una casa sola. / Una historia como las que oía en su casa natal / Historias que no recuerda como no recuerda que aún está vivo / Ve solo una copa vacía y una magnolia marchita…
Fue enterrado en el cementerio de La Ligua, recuerdo ese miércoles y el retumbo de las paletadas de los sepultureros. Allí está en la cumbre del cerro, austera su tumba a ras de suelo, cobijada por la prodigiosa buganvilia color rojo sangre que aparece en sus poemas junto a las japónicas glicinas. En esos días de su despedida manifesté, «la partida de Jorge, el guardián del mito, poeta de la Frontera y del Molino del Ingenio, sello insoslayable de nuestro parnaso, abre un capítulo que no se cierra con su muerte, sino más bien comienza, en base a su portentoso legado poético y humano». El discurso de honor estuvo a cargo de su amigo poeta y diplomático Miguel Serrano, con quien tuvo admiración mutua y afinidad desde que el poeta del lar le escribió al autor de La flor inexistente a Yugoslavia, para invitarlo a formar parte de la revista Orfeo, que desde su inicio proyectó una actitud integradora.
Ahora recuerdo a Jorge como un mapa de la memoria creativa, compartiendo en la Feria del Libro del Parque Forestal o en la librería de Lafourcade, junto al Café de la Pérgola en la Plaza del Mulato Gil de Castro del Barrio Lastarria, donde alguna vez nos dijo: «Nada detendrá el anochecer». Con más claridad aún me visita su voz en la última conversación en su escritorio del Ingenio, la que transcurrió en otra dimensión de espacio-tiempo, como un retorno al molino, la higuera, la campana, la lluvia, el tren, colmados de aroma del lar. De súbito apareció un halcón joven y se posó muy cerca nuestro, Jorge lo contempló con especial sutileza desde el rabillo del ojo, y me dijo trémulo: «Quisiera ser ese halcón, en otra vida». Ha pasado algo más de un cuarto de siglo, y hoy mientras escribo con humildad en su homenaje, me ha visitado ese mismo joven halcón, que me observa desde el rabillo del ojo: ¿Jorge, eres tú?
Teillier es uno de los pilares de las letras nacionales y nos dejó un desafío mayor con estos versos de «El poeta de este mundo», del libro Muertes y maravillas, donde nos dice: La poesía debe ser una moneda cotidiana, que reafirma con este perfecto endecasílabo: y debe estar sobre todas las mesas. Aunque no le otorgaron el máximo galardón nacional, el interés hacia su obra se acrecienta con el tiempo. Sus poemas han sido traducidos al francés, italiano, sueco, ruso, polaco, alemán y portugués y cuenta con dos colecciones bilingües: In Order to Talk with the Dead y From the Country of Nevermore, alcanzando el merecido reconocimiento internacional.
Este artículo se ha publicado originalmente en la Fundación Iberoamericana y se reproduce en Entreletras con el permiso expreso del autor.











