José Félix Olalla Marañón (Madrid, 1956-2026)
Hay personas cuya ausencia deja un silencio. Y hay otras cuya ausencia parece dejar, además, una pregunta. José Félix Olalla pertenece a estas últimas. Porque quien hizo de la palabra una forma de conocimiento no puede desaparecer del todo mientras sus palabras sigan encontrando lectores.
José Félix Olalla murió en Madrid el pasado 1 de agosto, a los 69 años. Apenas unos meses antes había entregado a los lectores Los cantos de Toribiano, un libro de memorias que tiene algo de despedida involuntaria: veintitrés relatos breves en los que el poeta volvía sobre su propia vida, sobre las personas que la habían acompañado y sobre ese tejido de experiencias que acaba formando una existencia. El libro había sido presentado en enero y todavía en mayo de este mismo año seguía recibiendo atención crítica.
Quizá sea ese el modo más justo de acercarse ahora a José Félix: no desde la muerte, sino desde la obra que dejó abierta.
Nacido en Madrid en 1956, farmacéutico de formación y profesión, desarrolló durante décadas una intensa actividad en la Administración sanitaria y en el ámbito empresarial. Pero junto a esa trayectoria científica y profesional discurrió otra, inseparable de ella: la del poeta. Olalla perteneció a esa rara estirpe de hombres capaces de no considerar incompatibles el rigor de la ciencia y la incertidumbre de la poesía.
Su primer libro, Ciudad pasajera, apareció en 1981. Cuatro años después llegaría Doble luna de Marte, que obtuvo un accésit del Premio Adonáis y que lo situó muy pronto entre las voces poéticas que merecían ser escuchadas. Después vendrían Los pies del mensajero, En el tiempo intermedio, Después de nosotros, Colección particular, El canon de medicina, Cerca de tu memoria, Los signos del pentagrama, Más amor si más hubiera, Nomenclátor, ¿Quién leerá esto?, Letra de vuelta, Acuarela y La trama del cielo. Una obra extensa, sostenida durante más de cuatro décadas, que fue recibiendo premios y reconocimientos y que llegó también a otros idiomas.
Pero hacer una lista de sus libros sería una manera demasiado pobre de hablar de José Félix Olalla.
Su poesía era, ante todo, una poesía de la experiencia interior. El paisaje, la memoria, el amor, el paso del tiempo, la enfermedad, la muerte, la tradición bíblica y la búsqueda de trascendencia aparecen en ella como distintas formas de una misma pregunta: qué significa vivir y qué queda de nosotros cuando el tiempo va retirando una a una las cosas que creíamos permanentes.
Había en sus versos una voluntad de comunicación que él mismo consideraba esencial. Para Olalla, la poesía no consistía simplemente en expresar sentimientos, sino en convertir la experiencia personal en una experiencia que pudiera ser compartida. De ahí su confianza en la metáfora, en la imagen y en la capacidad de la palabra poética para transformar una vivencia individual en algo reconocible por los demás.
Tal vez por eso su condición de farmacéutico no fue nunca un simple dato biográfico. En su escritura aparecen con frecuencia el cuerpo, la enfermedad, la medicina y la fragilidad humana. No como elementos ajenos a la poesía, sino como recordatorio de nuestra condición mortal. El canon de medicina o Nomenclátor muestran hasta qué punto podía convertir el lenguaje de su profesión en materia literaria. En él, la farmacia y la poesía no eran mundos enfrentados: eran dos maneras distintas de acercarse al misterio de la vida.
También dedicó buena parte de sus energías a crear comunidad alrededor de la cultura. Presidió la Asociación Española de Farmacéuticos de Letras y Artes (AEFLA) entre 2003 y 2015 y, años después, la asociación lo nombró presidente de honor vitalicio. No fue un reconocimiento puramente protocolario: quienes lo trataron recuerdan precisamente su capacidad de trabajo, su generosidad y su disposición a impulsar la actividad cultural de los demás.
Durante años dirigió además una tertulia poética en el Hogar de Ávila de Madrid, por la que pasaron numerosos escritores. Allí aparece otra de las dimensiones fundamentales de su personalidad: José Félix no entendía la literatura como una carrera solitaria. Le interesaban los libros, naturalmente, pero también las personas que había detrás de ellos. Escuchar, presentar, comentar, acompañar, abrir espacios para que otros pudieran leer sus versos: también eso era, para él, hacer poesía.
Y quizá haya que detenerse especialmente en su último libro.
Los cantos de Toribiano apareció en 2025 y fue recibido como una nueva pieza significativa dentro de una trayectoria ya consolidada. En él, Olalla abandonaba parcialmente el verso para adentrarse en la memoria, pero sin abandonar la mirada lírica. La prosa seguía siendo la de un poeta: atenta al detalle, a la música de las palabras y, sobre todo, a la posibilidad de rescatar del olvido aquello que merece permanecer.
Es conmovedor que ese libro haya sido una de sus últimas obras.
Porque toda memoria es, en cierto modo, una lucha contra la desaparición. Escribir sobre los lugares, las personas, las conversaciones y los pequeños acontecimientos de una vida significa decir que nada de ello debería perderse por completo. José Félix Olalla, que tantas veces había escrito sobre el tiempo, acabó dejando también un libro para enfrentarse a él.
Ahora somos nosotros quienes tenemos que guardar su memoria.
Queda el farmacéutico que entendió que cuidar la vida podía ser también una forma de humanismo. Queda el poeta que durante más de cuarenta años buscó en las palabras una manera de acercarse al misterio. Queda el lector generoso, el compañero de tertulias, el promotor de encuentros, el hombre que supo tender puentes entre la ciencia y las letras. Y quedan, sobre todo, sus libros.
Un poeta sabe que las palabras tienen una vida más larga que quien las pronuncia. Por eso la muerte no consigue cerrar del todo la obra de José Félix Olalla. Sus libros seguirán haciendo aquello para lo que fueron escritos: entrar en la intimidad de alguien que los abra y convertir, por un instante, la experiencia de otro en experiencia propia.
José Félix Olalla ya no está entre nosotros. Pero todavía podemos encontrarlo allí donde él quiso permanecer: en la palabra compartida, en la memoria y en la poesía.
Y quizá esa sea la mejor manera de despedir a un poeta: no decir que se ha ido, sino abrir uno de sus libros y volver a escucharlo.
Yo he querido abrir para esta ocasion su poemario “La trama del cielo” (Vitruvio, 2022) y dejar aquí como testimonio unos versos del poema 59, que aun refiriéndose a la heroica muerte de Roldán, se nos antojan clarividentemente autobiográficos:











