abril de 2024 - VIII Año

Núcleos temáticos en la obra poética de Armando Uribe Arce

Por razones variadas y complejas, la obra poética de Armando Uribe Arce (Santiago de Chile, 1933- 2020), compuesta por nada menos que 60 títulos (que incluyen además géneros como la memoria y el ensayo, y además textos de carácter jurídico), no es suficientemente conocida por la gran mayoría de los lectores (a pesar de haber sido reconocido con el Premio Nacional de Literatura en el año 2004); más bien son más conocidas las tajantes declaraciones que este poeta, transformado en su momento en una respetable figura intelectual, hacía respecto de temas políticos y contingentes. Por razones de espacio no podemos referirnos en su conjunto total a esta obra; sin embargo, creemos que a partir de la publicación de “El transeúnte pálido”, hasta “Por ser vos quien sois”, la obra poética de Armando Uribe queda suficientemente perfilada y ocupando un espacio preferente en la poesía chilena del siglo XX. Por lo demás, la mayoría de los textos antologados de Armando Uribe provienen de las obras escritas en este período. Creemos también que es en estas primeras obras donde se encuentra la matriz de sentido, siendo el resto solo modulaciones de esa misma matriz.

Si intentáramos fijar la procedencia del impulso poético en Armando Uribe deberíamos al menos consignar tres hechos: la niñez del poeta, específicamente el momento en que el poeta escuchaba de boca de su madre, canciones para niños y fabulas de origen español y chileno; luego, en la adolescencia, el descubrimiento gozoso-doloroso de la muerte y la sexualidad (que pensamos fue simultáneo al descubrimiento del inconsciente, o al menos del término); y luego su encuentro con las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique, inter texto que subyace en toda la obra de Uribe, y que constituye una irremisión irremediable.

Estos tres hechos son de extrema importancia para el contenido de cada uno de los primeros textos de Armando Uribe, conocidos en la antología “El joven Laurel”, publicada en 1953, gracias al poeta y profesor Roque Esteban Scarpa, y de allí en adelante son reactualizados en el resto de su obra.

“El transeúnte pálido”, Ediciones del Joven Laurel, de 1954, es el primer libro de Armando Uribe, prologado por Roque Esteban Scarpa, quien además estuvo al cuidado de su edición. Este libro biográficamente va a ser determinante para Armando Uribe, ya que lo obligaría (contra incluso su propia voluntad) a continuar escribiendo. En “El transeúnte pálido” se instalarán al al menos dos de los núcleos temáticos más acusados en la obra de Uribe: el amor y la muerte. En este primer libro, Uribe hace un examen riguroso de sus más tempranas contradicciones y paradojas:

“Soy pobre como la rata.
Triste como tía
Y toco esta corneta de cartón en cumpleaños
De pequeños deformes.
Y la guitarra del cielo suena sola
Con la indolente angustia de la noche
Y las palomas de las oraciones
Vuelan cenizas por la tierra muda”.

Su segunda obra, “El engañoso laúd”, Ediciones del Joven laurel, de 1956, hará aparecer otro núcleo temático persistente también: el erotismo.

“Tus pechos resaltan
como corderillos pastando.
Esto lo dijo Salomón
Y yo lo repito con gusto

Espero que me des
Esos corderos para acariciarlos.
Yo tengo la mano suave y soy
Un lobo con piel de oveja”.

En esta segunda obra, junto con el erotismo, aparece también el juego masoquista, que perdurara también más adelante:

“Cuando yo amo algo
No lo acaricio, no.
Cuando amo
Lo trato de olvidar prontamente.

Así me consuelo pensando en mí
Como en el único subsistente, heroico, solo”.

Aparecerá además una crítica respecto al carácter funcional y al juego engañoso de las apariencias:

“A la hora de doce, a las seis de la tarde, en la mañana.
Caminar como sonámbulo, larga y estérilmente
Ocupado en parecer ocupado
Como un hombre de negocios sin negocios y en quiebra”.

Y una denuncia radical de la hipocresía con que asimilamos nuestra propia transitoriedad.

“Pierdo el día fingiendo alegrías de polvo”.

Su tercera obra, “Los obstáculos”, es el primer libro de Armando Uribe publicado en el extranjero, puntualmente en Madrid, España, bajo Ediciones Rialp, en la Colección Adonáis. Este libro marca una escisión en la obra de Armando Uribe, ya que estructuralmente está construido bajo un solo modelo (modelo epigramático que no abandonara jamás) y abre su poesía hacia un dialogo con la tradición poética italiana, sobre todo con el poeta Eugenio Montale, el autor de “Huesos de sepia”, y a su vez abre un diálogo también con Giuseppe Ungaretti. Sin embargo, la influencia de Montale es determinante:

“El apagado mundo,
el encendido Mundo,
el eterno, el escarpado monte
que hay que subir a pie desnudo en roca viva,
sin escaleras, manto oscuro
de mineral compacto, piedra, almohada.
El mudo mundo amado, muro amargo
en torno a la espinosa nada a solas”.

Esta obra nos recuerda el impacto también del paisaje itálico en la obra de un poeta ítalo-chileno como Enrique Volpe. Después de la aparición de “Los obstáculos” vienen una serie de ensayos literarios, todos sobre poetas italianos (los ya mencionados Montale y Ungaretti) y las traducciones de Pound, que aportarán a la obra poética de Uribe un temple más diverso, lo cual se verá en la publicación de su cuarta obra poética: “ No hay lugar”, Editorial Universitaria, 1972, libro que a juicio de muchos críticos y poetas representa el punto máximo de la obra de Uribe, y en cierta medida cumpliría una condición de enlace entre los primeros libros de Uribe y los que vendrían después. Muchos de los textos son de una brevedad proverbial, colindando muchas veces con el aforismo. Aunque se ha señalado que toda la obra de Uribe está cruzada por una ficción mortuoria, la muerte como núcleo temático (dentro de estas primeras obras) aparece como nunca antes tematizada como tal en “No hay lugar”:

“En cada cosa está toda la muerte”

“La muerte está en la ira
como el caracol en la concha.
La muerte muestra sus cachos.
Yo baño caracoles fétidos.
La muerte mientras tanto camina lentamente”.

Hay además una negación continua de la vitalidad, una afirmación de la vejez, tal como lo ilustran estos dos textos:

“Parecido a mi abuelo, con su abrigo
Me paseo gravemente por mi pieza
A los doce años leo Cartas de Lord Chesterfield.
El resultado es éste: a los treinta y cinco
Estoy tendido en la cama de mi pieza
Y soy mi propio abuelo”.

“¡Jovencito! Yo nunca he sido joven
Lo que se llama joven.
Como un viejo
De cinco años de edad meditaba en la muerte
Revolviendo la poza con un palo.
(A los quince, a los veinte, a los veintiocho
Revolvía la poza con un palo)”.

Hasta aquí se puede apreciar en la obra de Uribe el salto hacia la paradoja, entendiéndola como la superación de una dialéctica extrema. “Por ser vos quien sois”, Editorial Universitaria, 1989, hace aparecer de un modo extenso un último núcleo temático: “Dios” es un texto escrito a partir de la apelación a un dios que lo ha abandonado, reactualización versificada del “eli eli, lama sabactani”. “Por ser vos quien sois” reincorpora a Armando Uribe en la escena literaria nacional, puesto que rompe definitivamente el silencio editorial que se había autoimpuesto respecto de publicar en su propio país, iniciando hasta ahora una prolífica actividad editorial de la cual solo vamos a mencionar algunos títulos: “Odio lo que odio, rabio como rabio”, “Los ataúdes, las erratas”, “A peor vida”, “Contra la voluntad”, “Verso bruto” , “Las críticas en crisis”, “De muerte”, “Desdijo”, “Ahorcón”, “La fe, el amor, la estupidez”, “Apocalipsis apócrifo” , “Ídem”, “Baba”, “Feo”, etc. Textos todos que se han mantenido inexorablemente imbricados bajo modelos y tonos: epigramático, fabulesco, confesional, sentencioso, auto sentencioso, escatológico y apostrófico. Textos que siguen insistentemente utilizando los mismos procedimientos retóricos, las mismas ambigüedades enunciativas y las oposiciones oximorónicas, y por supuesto la misma secuencialidad de versos (generalmente no más de 8 estrofas), con un uso ya patentado de la rima asonante y consonante.

He ido mencionando cada uno de los núcleos temáticos de la poesía de Uribe en relación a la cronología de sus primeras obras, puesto que, recién con la publicación de “Por ser vos quien sois”, éstos quedan ya definidos. Finalmente, la poesía de Armando Uribe, en términos generales, entabla un diálogo consigo mismo, con su propia e irritada conciencia a partir de conflictuar la oposición egológica y alterológica. Diálogo muy disimulado. Acusa, interpela, al hombre (particularmente al hombre-masa, ya definido por José Ortega y Gasett, incapaz de tener el estatuto de una concepción antropológica), a dios, a la historia, a sí mismo, como también a su singularidad, y hace que cada uno de sus fantasmas (tanto de su razón o su sinrazón) en sus representaciones inhibidas monologuen, en un parlamento mefistofélico, solemnemente macabro. Otra característica importante es cómo dota, desde una conciencia dramática, un sinsentido a la donación de cada cosa y a su vez testimonia, ya no desde ese ahí del ser heideggeriano, los fenómenos existenciales; es decir, no solo el amor sino cómo amamos, no solo la muerte sino cómo morimos. El hablante quisiera ser feto o cadáver, mas no acepta su devenir orgánico, su singularidad, va en pos de la disolución de su identidad ya sea por medio del erotismo o por medio de la divinidad. Él es intolerable para sí mismo (a pesar de que contradictoriamente apele a la auto seducción). Aun más allá de su propia muerte, dice en “Por ser vos quien sois”:

“Ni el Dios viviente ni el Mesías muerto
vienen a mi rescate bajo tierra,
ni el cordero de Dios ni la paloma
del espíritu santo. ¡Virgen Santa!
Pero viene el ratón agudo, es cierto.
Viene un gusano viejo que me aterra.
Viene la mosca, ojalá que me coma,
y vengo yo que es lo que más me
espanta”

El cuerpo para Uribe es la máquina pavorosa que solo puede aspirar a la “Pureza de la tumba” (verso del “El transeúnte pálido”); el erotismo y la belleza no logran convencerlo del todo, puesto que, como fenómenos existenciales, están atrapados en códigos. De esta forma, lo que se busca es rescatar estos fenómenos existenciales de estos mismos códigos. El poeta advierte aquel “Engañoso laúd”. Hay también una afirmación y negación de la belleza; en la mayoría de las veces, afirmaciones abstractas. Uribe enmarca la belleza más en su decadencia que en su esplendor. Enmarca el cuerpo en su devenir cadáver, ya que solo así logra verlo tal como es, sin la máscara, sin el maquillaje. El cuerpo con sus limitaciones, funciones orgánicas, excrementicias, el cuerpo humillado por esconder dentro de sí mismo a la misma muerte. El cuerpo es un espacio donde Uribe está en condición de rehén, esperando ser liberado por medio del desprendimiento mortal, para realmente llegar a ser. Uribe ha declarado que ante Dios, que es el único que realmente “Es”, nosotros solo estamos. Uribe extrema su dialogo con la muerte, al punto de que busca mantener al cadáver con conciencia de sujeto, lo cual le permite verse carroña, le permite asistir a su propia corrupción. Con la mayor frialdad, le permite asistir a la degradación de todos los cuerpos y a la corrosión de todas las materias y por extensión la descomposición de un cuerpo social. Pero Uribe se complace en forma extrema con la teatralización de su propia muerte, o tal vez rescatar a la muerte como fenómeno de sus propios ritos funerarios.

Los espacios en la poesía de Armando Uribe también se van reduciendo hasta el completo encierro y oscurecimiento; las piezas de los departamentos vuélvense penumbras; los parques, los rincones, todos son transformados en espacios de espera, donde se agoniza, mórbidamente se vocifera, se clama, sobreponiéndose al propio paisaje o atmósfera, un testimonio yermo. La divinidad no escapa tampoco a esta afirmación y negación a la vez (gesto que lo vincula con la teología negativa), puesto que el diálogo con ella es desde la fosa, el sepulcro. Los textos de Uribe también muestran una predilección por describir escenas donde su identidad oblitera en seres esperpénticos, zoomorfos, microcéfalos, prognatos. Pensemos, por ejemplo, en un posible bestiario de Uribe: cocodrilos, zorros, perros, burros, carneros, búhos, alacranes, ratones, chivos, murciélagos (en cada uno de ellos se pueden identificar rasgos neuróticos), o provenientes directamente de la zoología fantástica, participan de la equivocación, contradicción, ridiculez, escándalos y malentendidos entre los hombres, y entre los hombres y el mismo Dios. Textos que tienen también ciertos ribetes expresionistas y góticos. La aversión de Uribe por un presente donde dominaría y domina la vulgaridad, la estupidez, la tontería, la usura, la crítica lapidaria que ejerce a la posmodernidad, lo lleva a una actitud claustral, el propio luto ante sí mismo, su luto frente a quien fuera su mujer Cecilia Echeverría, quien radicalizaría en Uribe una reafirmación en la muerte, o una aspiración a la “Pureza de la nada”. La nada que llega al hombre y el hombre que llega a la nada.

Uribe, al decir de Rosamel del Valle, vive en “anticipadas conversaciones con el gusano”, y al decir de Nicanor Parra: “Los verdaderos jueces son los gusanos”. Uribe anotaba en libretas frases en estado de vigilia, lúgubres variaciones y notas de lo mismo; describía sus pesadillas y, como mencionábamos, más adelante le dio un lugar preponderante al inconsciente, como depósito de imágenes y por ende al propio surrealismo (en tanto que el dadaísmo se adelantó a la misma filosofía en cuanto a la problemática del sinsentido). Mas es importante señalar que no hay un acercamiento a técnicas surrealistas como la escritura automática, puesto que Uribe es un convencido de que no es la escritura automática sino la métrica misma y sus leyes las que pueden lograr un contacto entre el poeta y su inconsciente. Esto no es tan infundado, puesto que uno de los libros más vanguardistas del poeta Miguel Hernández fue escrito bajo la forma clásica del soneto.

Para terminar, un fragmento de Kierkegaard: “¡Cuando uno considera la vida de los hombres, siente tristeza de ver tanta gente pasar sus días en una tranquila perdición; se agotan no a lo largo de una evolución en la que asimilan la sustancia de la vida a medida que se desarrolla, sino que viven, por así decir, vaciándose, se desvanecen como sombras, su alma inmortal es barrida por el soplo del viento y el problema de la inmortalidad no los angustia, ¡porque ya están descompuestos antes de la muerte!”

Nota: Este ensayo fue publicado anteriormente en www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura dirigida por Luis Martinez Solorza.

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