Dentro de la producción literaria de Agatha Mary Clarissa Miller (1890-1976), universalmente conocida como Agatha Christie (apellido de su primer marido, el un tanto crápula y disoluto coronel Archibald Christie), hay novelas que han pasado bastante desapercibidas a la atención de la crítica y los lectores, siempre más inclinados hacia las celebérrimas series protagonizadas por Hércules Poirot y miss Jane Marple, o a novelas exentas como Diez negritos, verdadero locus memorabilis en la trayectoria de la escritora de Torquay. Una de ellas, a la que nos gustaría dedicar las siguientes y por fuerza breves líneas es Hacia cero (Towards Zero).
De acuerdo con la ordenación cronológica que la novelista y estudiosa Carolina-Dafne Alonso-Cortés ofrece en su voluminoso e interesantísimo Agatha Christie, la reina del crimen (Knossos, Madrid, 2006), esta obra supone el ítem cuadragésimo tercero en la bibliografía de nuestra autora. Publicada en 1944, Hacia cero es una novela de madurez, con todos los ingredientes que, desde su debut en 1920 con El misterioso caso de Styles, se habían convertido ya en una especie de marca de fábrica: una historia relacionada de alguna manera con el pasado más o menos remoto de los personajes; una visión conservadora y anticuada de los usos y costumbres; una atención especial a los conflictos intergeneracionales y un cuidado extremo de la trama. Y, junto a todo ello, un afán innegociable por retratar la vida de la clase media-alta, a la que pertenecía la propia Christie, ambientando los hechos en la clásica mansión de la campiña inglesa, en este caso en la de la acaudalada y algo déspota lady Camilla Tresillian, asesinada en su alcoba de un modo brutal. Por cierto que el de lady Tresillian no es el único asesinato que se comete en la novela. Unas páginas atrás, otro personaje muere de una de las maneras más ingeniosas e indemostrables de la historia del relato policial, aunque a Alonso-Cortés —en opinión que obviamente no compartimos— le parezca una ingenuidad.
Como en otras novelas de Agatha Christie —y en esto se aleja de grandes maestros del género como Ellery Queen o Van Dine— el crimen no se presenta en las primeras páginas, que se centran en describir el comportamiento, el modo de pensar y las motivaciones de los protagonistas. Para la autora, el acto delictivo es la consecuencia inevitable de ese caldo que va cociéndose muy poco a poco. En ese sentido, la suya es una narrativa profundamente psicológica. “Las novelas empiezan con el asesinato, pero el asesinato es el fin. La historia empieza mucho antes”, dice atinadamente un personaje. Volvemos a disentir de Alonso-Cortés cuando afirma: “En la página 113 no ha habido ningún cadáver todavía. Las situaciones y conversaciones se están haciendo demasiado largas y lo que sostiene al lector es la esperanza de una muerte próxima y violenta”.
Consciente por supuesto del éxito que a esas alturas de su carrera había cosechado, Agatha Christie se permite introducir elementos autorreferenciales. En determinado capítulo, diversos personajes mantienen una animada conversación en la que se ponderan las virtudes deductivas de Hércules Poirot. El detective belga ha alcanzado tal fama que traspasa los límites de sus propias novelas y se convierte en referencia inexcusable para los personajes de otras obras. Este rasgo metaficcional es un nítido ejemplo de que la Christie nunca fue una novelista tan mediocre como algunos de sus detractores se empeñan en hacernos creer.
Hacia cero es, por otra parte, la última de las novelas en las que aparece el superintendente Battle, quien tuvo su primera aparición en la fallida El secreto de Chimneys (1925), ala que siguieron El misterio de las siete esferas (1929, de la que recientemente se ha estrenado una aburrida serie de televisión), Cartas sobre la mesa (1936, donde comparte cartel con Hércules Poirot) y Matar es fácil (1939). Battle es un policía discreto y metódico, perfecta antítesis del histriónico H.P. Es un hombre observador y prudente que, sin necesidad de recurrir a ramalazos de genialidad ni de invocar a difusas células grises, posee la inteligencia y el sentido común suficientes como para resolver los casos en los que se ve involucrado. Estamos ante un tipo de detective de estirpe realista, no ante el Übermensch nietzscheano de inconmensurables capacidades intelectivas que, mutatis mutandis, representan Poirot, Philo Vance o Peter Wimsey. Es una lástima que su creadora no desarrollara más las múltiples posibilidades que le proporcionaba una criatura de estas características.
Con todos los errores y defectos de estilo que queramos achacarle, que los tiene, Agatha Christie continúa estando, cincuenta años después de su muerte, en el olimpo de la mystery novel. Y libros como este Hacia cero, situados un poco al margen del canon más consolidado, nos hablan de que su autora transitó con provecho por caminos que no desembocaban necesariamente en St. Mary Mead o Whitehaven Mansions.











