mayo de 2024 - VIII Año

Sobre ‘El azar de la mujer rubia’ de Manuel Vicent

Editorial Alfaguara. 2013

Manuel Vicent es un conocido y brillante escritor nacido en Vilavella (Castellón) en 1936. Su prosa es rotunda como la paleta de un pintor. Dotado de fuertes rasgos coloristas plagados de ironía, sus descripciones se extienden sobre el papel impregnando la atmósfera, y dejando extendidos, con muy pocos trazos, la esencia del personaje y su entorno. El autor se deleita en la creación de imágenes icónicas, con perfiles afilados como los de Carmen Díaz de Rivera.

Carmen Díaz de Rivera jugó un importante papel en la transición de la democrática como asesora política. En ese contexto su proyección e influencia alcanzó el entorno de Adolfo Suarez y el de Juan Carlos I. Su belleza y su inteligencia quedaron acreditadas, pero lo más sustantivo que se hace en el relato es recoger la mirada de los demás sobre ella.Ese material le permite al autor reflexionar sobre la dama y sobre los que la conocieron y la trataron.

Manuel Vicent ha recogido en otros relatos de figuras singulares. Algunos de ellos impregnados de la experiencia y el conocimiento real como los de Ava Gardner o de Concha Piquer con aroma a recuerdos propios.

En este caso, la maestría de su relato arranca de la propia biografía de la interesada. Nuestra protagonista nació en Madrid en el seno de una familia algo más que acomodada, del barrio de Salamanca. Su madre, Carmen de Icaza, era una escritora singular de la postguerra. Casada con un militar franquista, tuvo una relación extramarital con Serrano Suñer, ministro de Franco y cuñado de éste. La relación venía de lejos, desde que se conocieron en Burgos, cuando el “cuñadísimo” ocupaba la cartera de Interior en los primeros compases de la guerra. Esta relación dio como fruto el nacimiento de una niña en 1942, que andando el tiempo se convertiría en la musa de la transición. Su figura concitó perplejidad alrededor de los políticos del momento y su influencia se dejó sentir dentro del círculo del gobierno. Se cita que el asunto motivó el enojo de Carmen Polo y su salida de la cartera de Asuntos Exteriores.

Es clave en la vida de esta niña, su entorno de convivencia compartida con los hijos de Serrano Suñer, que hasta entonces figuraba como un pariente próximo. Todo continuó sin desvelarse, por lo que la muchacha ignoró su situación parental hasta el momento de llegar a la edad adulta. Andando el tiempo, la protagonista se enamora de uno de los hijos de “su tío”. Las consecuencias se desvelarán cuando ésta joven manifieste a la familia su deseo de casarse con uno de ellos, sin saber su parentesco. Ese contraste producido por el deseo encubierto hasta entonces, le generó un choque irreversible. La imposibilidad de consumar la unión determinó un golpe del que nunca se repuso, marcando su vida para siempre.

La descripción de todas estas vicisitudes están resueltas con habilidad e inteligencia por el autor y le han servido para hacer un retrato político de la transición no exento de ironía, utilizando a la protagonista como hilo conductor del relato. No es una narración histórica en sí misma, sino un divertido análisis de las semblanzas y los momentos simbólicos de muchos de los hechos claves ligados a los personajes que describe y su relación con ellos.

Desfilan por el análisis las figuras del Rey, Juan Carlos I, Adolfo Suarez, José María Aznar, Ana Botella, los políticos de la oposición, cantantes, bailarines y feriantes. Todos encuentran en la trama un papel de protagonistas, o de figurantes. Entran y salen del relato como un caleidoscopio de sensaciones y colores.

En un momento en que se celebra el aniversario de los cuarenta años de la abultada victoria socialista de 1982, y cuando todavía quedan claves por descifrar de los acontecimientos históricos de finales del franquismo y la transición, el escritor aprovecha el evento para poner el acento en algunos comportamientos y en ciertos perfiles claves para el análisis.

La crónica genera una sonrisa burlona e incluso una sonora carcajada. Lo suyo es un enfoque berlanguiano de la historia acompañado de una honda reflexión de nosotros mismos. Sus descripciones son como las imágenes que reproducen los espejos cóncavos que citaba Valle Inclán, en que los acontecimientos que fueron clasificados como trágicos, acabaran por verse como símbolos grotescos de una época.

Hay pasajes como el caso de la boda de la hija Aznar en el Escorial, que están descritos con maestría y humor que van más allá de un evento social. Aunque el momento histórico es posterior a la transición, el autor sitúa la evocación aprovechando la pérdida de memoria de Adolfo Suárez, al final de su vida, cuando Juan Carlos lo visita y rememora los momentos vividos con el ex-presidente, ya retirado y enfermo. Este bosque donde se pierden todos, como la neblina del paciente, le sirve al autor para contar momentos clave de nuestra historia.

El autor juega una partida de billar en la que la protagonista, la mujer rubia, se encuentra situada entre Suarez y el Rey Juan Carlos I, como una reina de corazones. El autor la describe promoviendo ciertas iniciativas algunas de las cuales el espectador seguro que no conoce.

Importante fueron dos detalles, las bendiciones de Monseñor Tarancón, que son en ese trance decisivas, y el apoyo USA. El papel de Monseñor es clave para la aceptación del nuevo régimen y constituyó un salto significativo por parte de la diplomacia vaticana respecto a 1936. En segundo lugar, no menos decisivo, fue el regazo ofrecido por el Secretario de Estado, Henry Kissinger en su visita a España, en 1976. A pocas fechas de la renovación del tratado de amistad y cooperación con USA. La visita determinó su aceptación del nuevo régimen y el punto de salida. Fue el momento tomado para cursar la invitación a Juan Carlos I a visitar la Casa Blanca y rubricar el cierre la sucesión.

Por el desfile de personajes que ilustran las páginas del texto hay algunas escenas hilarantes donde aparecen rutilantes personajes de la política española y la corrupción, como el caso de Jesús Gil y Gil. Este personaje procedente de Ávila, como Adolfo Suarez, que fue capaz de montar su imperio inmobiliario en Marbella, mientras compartía tribuna en el Atlético de Madrid, sin que su pasado se interpusiera con él. Era un veterano tiburón escabullido de su responsabilidad, cuando el franquismo le exoneró de una severa sentencia judicial como constructor. Un luctuoso suceso que se llevó por delante un montón de comensales en un restaurante de la sierra madrileña. Era un Madrid donde los viejos dirigentes del tardofranquismo, vestidos de gala en las Cortes abrieron juego, facilitando la entronización del Rey, a cambio de ciertas gabelas para seguir viviendo. A duras penas estos y otros personajes dieron pasos decisivos para restituir la democracia, no sin ruido y con ciertas resistencias.

Así se condujeron los acontecimientos de la mano de Adolfo Suárez, el aplicado joven de Cebreros, y se alumbraron los primeros comicios de 1977. Fue un tiempo en que éste, que fue usado como líder y escudo del proceso fue coronando todas las cumbres. Luego las presiones le hicieron abandonar a medio mandato pasados cinco años, cediendo la vara de mando a Calvo Sotelo. Fue en su toma de posesión cuando se perpetró el asalto de los golpistas al Parlamento el 23 de febrero de 1981. Muchas de las incógnitas de esos años aún perduran. Es una paradoja que alrededor de ese apellido se iniciara un golpe militar en 1936 y en vísperas de su empoderamiento asomara otro por parte del ejército, con el propósito de quebrar la democracia y sacrificar la convivencia.

Entre tanto, la mujer rubia andando el tiempo, encontró su cita con la muerte cuando estaba plena de experiencias y de vida. Su cuerpo fue entregado a la congregación de monjas de Arenas de San Pedro, que durante un tiempo le dio cobijo. Eran los años de juventud cuando el desamor la tenía sobrecogida. Allí, indica el autor, los olivos del convento han ido tomando el color de sus ojos. Aquellos ojos que cautivaron a su entorno y que eran una prolongación de los de su madre. Sobre ellos conocemos que se deslizó la historia de la transición como un espejo asombrando a los hombres que la conocieron.

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