abril de 2024 - VIII Año

Unamuno y Portugal

Hace algunos meses, antes de que esta pandemia enloquecida transformara por completo nuestros hábitos de vida, todavía eran muchos los que pasaban alguna tarde disfrutando de una buena película en cualquier sala de cine. Algunos espectadores, por desgracia no demasiado numerosos, al ver “Mientras dure la guerra” descubrieron en la gran pantalla las vicisitudes del gran pensador, poeta, narrador y dramaturgo, don Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca cuando, ya en el ocaso de sus días, comenzó la guerra civil española.

Muchas y variadas son las opiniones sobre los méritos o los desatinos de esa película de Alejandro Amenábar. En cualquier caso, tuvo al menos el acierto, aunque fuese indirecto, de recordar a muchos espectadores portugueses que una figura esencial para comprender todo lo que fue el siglo XX español, como es la de Unamuno, no puede llegar a entenderse sin tener en cuenta su estrecha relación con Portugal.

Son muchas las publicaciones, unas eruditas, otras más de divulgación, que han estudiado y difundido las relaciones de don Miguel con Portugal y, sobre todo, con los portugueses. Entre las primeras destaca, sin duda, el excelente libro de Julio García Morejón, “Unamuno y Portugal”, publicado en 1964 con ocasión del primer centenario del filósofo. Entre las segundas, recordemos, como no, alguno de los artículos firmados por Rui Vaz de Cunha, quien defiende que la estrecha relación se basaba, más que nada, en la facilidad que tenía el rector de Salamanca para viajar a Portugal, al disfrutar de billetes gratuitos en los ferrocarriles de ambos lados de la frontera.

En cualquier caso, con la erudita seriedad que le caracteriza, García Morejón afirma que Unamuno “fue el único español de su época que no sólo vivió con intensidad, casi agónicamente, el paisaje, el alma y las letras lusitanas, sino que se integró de tal forma en la psique del pueblo hermano que difícilmente conseguiría escapar en su vida al hechizo de aquella cultura.” Por su parte, Rui Vaz de Cunha nos recuerda aspectos más humanos de ese Unamuno enamorado de Portugal. Nos cuenta, por ejemplo, dónde le gustaba disfrutar de un suculento bacalao, con quién paseaba sin prisas por la Avenida da Liberdade charlando de lo divino y de lo humano, los hoteles dónde se alojaba en sus numerosos viajes a Lisboa y cómo estiraba las escasas pesetas de su magro sueldo para que le lucieran algo más al cambiarlas por los entonces robustos escudos.

Los inicios del amor a Portugal de Unamuno surgen con la estrecha relación que, desde muy pronto, todavía a finales del siglo XIX, estableció con Guerra Junqueiro y su primera visita a Portugal en 1904, más concretamente a Coimbra y su magnífica Universidad, que sería, de alguna manera, el pistoletazo de salida de una nueva relación, cada vez más estrecha y vital con todo lo portugués. Son muy conocidas la influencia y la admiración de Unamuno hacia multitud de figuras relevantes de la cultura portuguesa. Baste recordar, por ejemplo, a Antero de Quental, Oliveira Martins, João de Deus, Teixeira de Pascoaes o Eugénio de Castro.

Tuvo incluso Unamuno una ferviente devoción hacia las obras de Camilo Castelo Branco, que llama todavía más la atención al haberse declarado en muchas ocasiones, – él autor de novelas-, lector de cualquier texto salvo de novelas, género que consideraba pasajero, frente a lo permanente de la Historia. Consideraba, de alguna manera, que Camilo representaba un cierto sarcasmo, muy ibérico, frente a esa otra ironía mucho más sutil y elegante, pero de alguna manera alejada del carácter, tanto portugués como español, que sería la característica de un autor de la talla de Eça de Queirós.

Como muestra de su amor a los dos países ibéricos, don Miguel nos legó un libro extraordinario, “Por tierras de Portugal y de España”, escrito en 1909, que en estos días de pandemia y de tristezas compartidas a ambos lados de la raya, merecería mucha mayor difusión tanto entre portugueses como españoles. En sus breves páginas, Unamuno retrata aspectos deliciosos de la vida cotidiana, como la pesca en Espinho, la importancia de las ánimas del purgatorio en Portugal, la devoción hacia el Buen Jesús del Monte o la descripción de ciudades como Braga, Guarda o Alcobaça. También reflexiona sobre aspectos profundos del carácter lusitano, llegando incluso a redactar, mientras contempla el monumento a Eça en la plaza del Barón de Quintela, las famosas páginas sobre Portugal como pueblo de suicidas. El libro se completa con similares textos referidos al lado español de la raya, ocupándose de Barcelona, Guadalupe o Yuste, para culminar con una reflexión –avant la lettre– sobre la ecología, donde pone de relieve que el amor inteligente a la naturaleza es uno de los más refinados productos de la civilización y la cultura.

Y qué duda cabe que otro de esos refinados productos es el reconocimiento público a los que, como nuestro filósofo ibérico, han contribuido a que nuestros dos países, en medio de tantos desastres pasados y presentes sean al menos un poco mejores. Así, sería bueno que una calle, una plaza, o al menos un monumento o una humilde placa, recordara las vivencias de don Miguel de Unamuno en su querida Lisboa.

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Archivo Entreletras

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