noviembre 2020 - IV Año

LIBROS

‘Necesito una isla grande’ de Rafael Soler

Necesito una isla grande
Rafael Soler
Ediciones Contrabando
Valencia, 2019
180 páginas

Es mucho lo que este año 2020 ha quebrado o dejado en suspenso. Confinamientos, cuarentenas e incertidumbres han aplazado quehaceres que, entre tanto desasosiego, habrá que ir retomando, mientras intentamos afrontar el futuro con entereza. En la lista de tareas pendientes de quien suscribe está escribir sobre algunos libros que, por su calidad literaria, no debemos dejar de comentar, para conocimiento de esa inmensa minoría que disfruta con la lectura.

Uno de esos libros apareció en diciembre del año pasado, la entrega más reciente del poeta y narrador valenciano afincado en Madrid, Rafael Soler. ‘Necesito una isla grande’ es el título de su última novela. Una novela que nos habla del anhelo por vivir y cómo la vida merece la pena ser vivida con plenitud, a pesar de obstáculos inesperados y la mella que el paso del tiempo va dejando.

Realizar la recensión de una novela supone hallar un punto de equilibrio, para invitar al público lector a descubrirla, cuando contiene excelente literatura como es el caso, y no revelar el argumento de la misma. Veamos.

Vaya por delante que ‘Necesito una isla grande’ es una magnifica novela. Rafael Soler narra con solvencia una historia de vitalidad y exaltación, con un cordial toque de nostalgia. Lo que narra Soler es el devenir de la existencia misma, tan cotidiana y, al tiempo, tan trascedente. Un relato elaborado con la solvencia y fuerza expresiva de un autor que emplea el lenguaje con maestría y personalidad propia, fruto de una sólida trayectoria como prosista iniciada a finales de los setenta con su novela El grito, a la que siguieron El corazón del Lobo, El sueño de Torba y Barranco, publicadas en los años ochenta. En 2018 regresó al género con ‘El último gin-tonic’, novela que cosechó el aplauso de la crítica y el público lector.

En esta ‘isla grande’ que ahora nos brinda Soler destaca, en primer lugar, la originalidad de su argumento. Ante todo decir que es una historia de nuestra época, escrita con un léxico muy actual, cuya lectura cautiva y engancha a quienes se adentran en sus páginas. Un relato que gira en torno a varios personajes de avanzada edad, pero dispuestos aún a dar guerra sabedores de estar recorriendo el último tramo de su itinerario vital, porque ‘la puta vida […] se escapa a borbotones, y un día es una gripe mal curada, y otra un golpe de tos inoportuno…’

Tomás, Panocha, Carmina, Coronel, Rocky,… irán forjando de esta forma una historia colmada de una gran humanidad, donde Soler da lo mejor como narrador para hacernos saber que siempre es momento de entusiasmarse con esa aventura que es vivir, y cómo los impulsos o emociones de la juventud pueden ser los mismos a pesar de que los años hayan pasado factura. Pocas cosas cambian. Solo mantener la ilusión como horizonte y la voluntad de hacer frente al desgaste que produce el paso del tiempo parece ser la respuesta, algo a lo que están más que dispuestos los personajes de ‘Necesito una isla grande’.

Personajes construidos con rigor, cuya particular idiosincrasia iremos conociendo según avanza el relato. De algún modo, cada uno es parte del acabado mosaico donde surgen los protagonistas de esta novela, a los que se va tomando afecto y en los que también es posible descubrirnos nosotros mismos.

La vida es un viaje, y el viaje en ‘Necesito una isla grande’ es un eje fundamental. Un intrascendente (solo en apariencia), pero significativo viaje a la playa que emprenderán los protagonistas de esta novela. Aunque sobre lo planeado ocurrirá ‘algo inesperado’, como sucede tantas veces en la realidad, ‘uno de esos acontecimientos que impulsan una historia o un guion’. Es el viaje de cinco ‘viejos’ que ‘valían por cuarenta’ y dos jóvenes que se apuntarán al ‘Cuerpo expedicionario’.

En la novela destaca el tono coloquial del relato, diálogos bien estructurados que se entreveran con aportaciones descriptivas, casi gráficas, del narrador, para poner en contexto acción y personajes. Siempre con un carácter cinematográfico que proporciona agilidad a la trama. Soler conoce bien el oficio de escritor. Hay aquí una técnica narrativa que nos conduce a dos niveles de lectura. Me refiero, en concreto, a las historias de Carmina que ‘aparecían de repente y ella recogía cuidadosa’. Esas historias en cursiva que abren paréntesis en la narración, por decir así, con el objeto de permitirnos conocer mejor el trasfondo de los personajes. Pasajes indispensables para comprender la psicología individual y colectiva de los protagonistas que como una corriente subterránea acompañan a la historia principal, colmada, insisto en ello, de una gran humanidad.

Ya en camino, los personajes entrados en años ideados por Soler tratarán de ‘gastar’ con avidez ‘el tiempo que no queda’. Así, estos ‘octogenarios desaprensivos’ arrasarán un ‘restaurante de medio pelo’, pasarán sin pena ni gloria por la comisaría y afrontarán por el camino algún que otro problema de salud. Todo por hacer ‘algo último que merezca la pena’ antes de que llegue lo inevitable, como acontecerá de hecho con dos de los expedicionarios.

No falta el humor, por cierto, en esta novela. Son varios los episodios en los que el ingenio de Soler nos hace sonreír, como cuando Rocky encarga ‘veinte docenas’ de rosas amarillas ‘que no eran pocas aunque parecía muchas’ para su querida Angelines ‘en prueba de su amor’.

La vida, ya se ha dicho, es un viaje, pero también puede ser anhelo, y no por ello menos real cuando en ocasiones nos traslada a nuestro paraíso imaginado. Quizá todos tengamos una isla soñada en los Mares del Sur donde nos gustaría pasar ‘seis horas’ o ‘seis minutos’ que, como le sucede a Tomás, ‘duraban muchos días’. De momento, si necesitan encontrar una ‘isla grande’ más cercana, tienen a su disposición la escrita por Rafael Soler para deleitarse con su lectura. No lo retrasen más.