febrero 2023 - VII Año

‘Hegemonía Española (1475-1640) y comienzo de la era europea (1492-1945)’ de Luis Pío Moa

Hegemonía Española (1475-1640) y comienzo de la era europea (1492-1945)
Luis Pío Moa
Ediciones Encuentro, Madrid 2022
546 páginas

La publicación de Hegemonía Española (1475-1640) y comienzo de la era europea (1492-1945), de Luis Pío Moa, ha venido a completar, por el momento, la profunda reflexión sobre España y su historia que el autor inició, hace ya muchos años, con sus primeros estudios sobre la Guerra Civil Española 1936-1939. Unos estudios que han levantado mucha polvareda, incluso algún “ilustre académico” ha llegado a escribir un libro titulado Anti-Moa. Polvaredas y polémicas que nunca se han sustanciado en debates entre posiciones contrapuestas, de lo que se queja el propio autor.

En lo que se refiere a sus estudios sobre la Guerra Civil 1936-1939, Moa ha conseguido en marzo de 2022 un logro más que notable, con la publicación de la edición francesa de su obra Los Mitos de la Guerra Civil (primera edición en La Esfera de los Libros, 2003), con gran éxito de ventas y con el esperable “anatema” de un grupo de historiadores franceses “progresistas” de guardia. Quizá también ayude a comprender las turbulencias provocadas en torno a su persona y a su obra, el hecho de que Moa sea uno de los autores que, en los últimos 30 años, ha conseguido mayores cifras de ventas en obras sobre esa guerra civil, muy superior a la de sus “detractores”, que han sido mucho menos apreciados que Moa por el gran público.

Pero, como acredita su Hegemonía Española, si es que hiciera falta, Moa es autor de una obra mucho más amplia que la relativa a la historia del siglo XX español. Ha destacado, sin duda, en la historia de la guerra civil española por antonomasia, pero también lo ha hecho en ensayística o en literatura en general, e incluso ha colaborado asiduamente en prensa. Precisamente una de sus primeras obras, en concreto la segunda, fue la divertida novela El erótico crimen del Ateneo de Madrid (Mosand 1995). No estará de más recordar que Moa fue Socio Bibliotecario del Ateneo de Madrid tres años, entre 1988 y 1991, al igual que Julián Juderías (1877-1918). Y tampoco lo estará recordar que, más recientemente, también ha sido Socio Bibliotecario del Ateneo de Madrid, el director de Entreletras (www.entreletras.eu)

Al margen de las obras dedicadas a la guerra civil, Moa ya había publicado anteriormente otras tres sobre historia europea y española, Nueva Historia de España (2010), Europa: Introducción a su historia (2016), y La Reconquista y España (2018), editadas por La Esfera de los Libros. De la segunda de estas, entreletras.eu se hizo eco. Moa, a partir de la revisión histórica de la Guerra Civil española 1936-1939, el hecho más trascendental de la Historia de España del siglo XX con el que comenzó sus investigaciones, ha efectuado un replanteamiento analítico e interpretativo de nuestra historia y de sus conexiones con la historia europea y universal. Un esfuerzo de investigación y análisis que no se debe sólo a la escasez de bibliografía histórica hispana sobre los siglos XVI y XVII, algunos de cuyos hitos más destacados no se han estudiado mucho en nuestro país. En estas materias, por el contrario, sí que existe una abundantísima bibliografía francesa y anglo-sajona, desde el siglo XVIII, elaborada por los “hispanistas” extranjeros.

La aparición de este nuevo libro de Moa viene así a colmar, en cierto modo, determinados vacíos que son probablemente mucho mayores de lo que el propio autor se podría haber imaginado en un principio. En efecto, desde que se publicase en 2016 la edición del centenario (1916-2016) del clásico de Julián Juderías, La leyenda negra de España (La Esfera de los libros, edición a cargo de Luis Español Bouché), han aparecido una multiplicidad de obras sobre dicha leyenda y el tiempo al que se refiere. Algunas de estas obras han conseguido obtener un gran éxito de ventas. Entre las de mayor difusión se encuentran las de Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra (editado por Siruela, 2016) y Fracasología: España y sus élites (Espasa, 2019).

Aunque han aparecido más trabajos, incluso bastantes más y casi todos de alto interés. Entre ellos quizá merezcan ser destacados especialmente la biografía de Julián Juderías, realizada por el citado Luis Español (Leyendas Negras: vida y obra de Julián Juderías 1877-1918): la leyenda negra antiamericana, 2007); o el libro de José Varela Ortega, España, un relato de grandeza y odio (Espasa 2019); o el del argentino Marcelo Gullo Omodeo, Madre Patria (Espasa, 2021). Sin olvidar el magnífico documental España, la Primera Globalización (2021), de José Luis López Linares. Se ha de mencionar también El Canon Español (2021) de Jon Juaristi y Juan I. Alonso. Si además de las mencionadas obras y alguna otra, se añadiesen los artículos publicados sobre esta materia, la cifra de trabajos aparecidos recientemente podría ser difícil de calcular.

Sin embargo, salvo quizá en el caso de El Canon Español, de Juaristi, la práctica totalidad de estas obras adolece de una determinada autolimitación en sus planteamientos. En general, todas se han centrado en reivindicar la realidad histórica frente a la colección de falsedades de las diferentes versiones negrolegendarias de la Historia de España. Y quizá se encuentre aquí también un vacío que la obra de Moa ha tratado de llenar. Y es que, los planteamientos de esas obras han sido básicamente defensivos, de mera contestación o respuesta, más que de exposición e interpretación de la realidad del tiempo cenital del poderío español, cuya simple descripción permite entender mejor los “cómo” y los “por qué” de la construcción de esa leyenda. Dicho sea, sin desestima y con gratitud al más que considerable esfuerzo divulgativo realizado por todos los autores citados y otros en estos últimos años.

La línea que sigue Moa de exposición descriptiva y con abundantes referencias a lo cultural, ideológico y científico, que tanta importancia tuvo como la pura potencia militar y naval españolas, resulta un acierto en Hegemonía Española. Y lo es muy especialmente para el propósito analítico e interpretativo que subyace a la exposición de esta más que interesante aportación histórica. Con ello, además, y quizá sin habérselo propuesto el autor, esta obra viene a colmar otro vacío. Y es que la Leyenda Negra también está concentrada en un tiempo muy concreto, el que media entre 1492 y 1640, es decir, exactamente el tiempo de la hegemonía española que da título al libro.

Las fechas que se indican las destaca el propio autor en el título del libro, al cifrar la hegemonía española entre 1475 y 1640, y la era europea entre 1492 y 1945, límites temporales que quizá podrían ampliarse algo más, si bien no cabe duda de que están muy bien escogidas. Mas, es ese un periodo de la historia hispana en el que el prejuicio suele imponerse sobre el conocimiento, lo que distorsiona las posibilidades de su cabal comprensión. El tiempo de la hegemonía española precisa de una aproximación cuidadosa, pues está oscurecido u ocultado por prejuicios y desconocimiento o, peor aún, por la acumulación de conocimientos parciales, en la doble acepción de “parcial”: conocimiento incompleto y conocimiento sesgadamente parcial.

Prejuicios y un desconocimiento que nacen del hecho indiscutible de que la edad más floreciente de España en lo político y militar, o en ciencias, letras, artes y pensamiento, es decir, el Siglo de Oro hispano, coincidió con el mundo inmundo de la mayor intolerancia religiosa en toda Europa: los siglos XVI y XVII, con las luchas religiosas. El Renacimiento también fue un tiempo convulso de intolerancia y fanatismo promovidos por el naciente protestantismo. Y suele pasar desapercibido que, igualmente, fue el tiempo en que los turcos siguieron intentando conquistar Europa: el primer asedio turco de Viena fue en 1529 y el último en 1683, y la actividad de piratería en el Mediterráneo se extendió hasta finales del siglo XVIII. En los siglos XVI y XVII, además de en los conflictos europeos y en las contiendas religiosas, España luchó constantemente, sin apenas treguas, con el poder naval turco y berberisco en el Mediterráneo.

Lo que Moa presenta en su obra es el resultado de un esfuerzo analítico e interpretativo que permita colmar esos vacíos de atención, de conocimiento y de interpretación que rodea al periodo comprendido entre 1492 y 1640, aunque quizá fuera más adecuado fecharlo entre 1469 y 1648. Y lo ha abordado con una muy precisa acotación temporal y con una exposición detallada, aunque sucinta, de lo que fue ese protagonismo general de España. De predominio y de liderazgo militar y político, sin duda, pero también en lo científico, lo económico, lo político, lo cultural y lo religioso, en esos casi dos siglos. Un tiempo que ha sido denominado también el Siglo de Oro, pues la hegemonía española no fue solo militar y política, ya que también alcanzó a todo lo referido a la cultura del Renacimiento, en el que España y los autores hispanos lideraron espiritualmente la convulsa Europa de las controversias y las persecuciones religiosas en ambos siglos.

La obra dedica los catorce primeros capítulos a estudiar y exponer las bases del poderío español, que Moa sitúa en el reinado de los Reyes Católicos. Apreciación ésta esencialmente correcta, si bien cabría buscar esas bases antes. En efecto, la potencia militar y cultural hispanas no surgen con los Reyes Católicos, sino que alcanzan sus primeros grandes éxitos con ellos. El gran historiador belga Henri Pirenne (1862-1935) situó el inicio de la potencia hispana con la expansión aragonesa en el Mediterráneo, en 1282 (conquista de Sicilia), por Pedro III el Grande de Aragón (1240-1285). Y su hijo, el también gran historiador Jacques Pirenne (1891-1972), situó el surgimiento de la potencia española en el final de la Guerra de los Cien Años (1337-1453), con la supremacía de la escuadra castellana en el Mar del Norte y la consolidación del poder naval aragonés en el Mediterráneo, así como con el inicio de las exploraciones atlánticas de Portugal (descubrimiento de las Azores y el pase de Cabo Bon en África).

Sin duda que los Reyes Católicos introdujeron cambios políticos y organizativos en el Estado que se completarían y perfeccionarían después, por Carlos I y Felipe II. Cambios que contribuyeron a que surgiera una nueva sociedad, mediante la transformación de la sociedad medieval recibida de las edades de supervivencia y asentamiento, con lo que se inauguró la edad de apogeo y expansión europea, según la terminología acuñada por el propio Moa. También dejaron una gran herencia, tanto en lo material, con el final de la Reconquista y el descubrimiento de América, como en lo espiritual, con las reformas religiosas y políticas. Pero dejaron, sobre todo, unos medios humanos magníficos en lo que se refiere a la organización política y religiosa, a las Universidades y a la administración y al ejército, cuya calidad ayuda a comprender la aparente facilidad con que se acometieron y se triunfó incluso en empresas tan osadas entonces como la exploración oceánica.

El reinado de los Reyes Católicos significó, sobre todo, una culminación: fue lo más aproximado que pudiera imaginarse al apogeo y culminación de la España medieval, pero también su final. Los Reyes Católicos hicieron realidad casi todos los sueños y ambiciones políticas de la vieja Castilla, lo que inevitablemente les confiere también un indudable aire de fin de época. En el momento en que el Renacimiento comenzaba a imponerse en Europa, los Reyes Católicos representaron el apogeo y el triunfo de final de la Castilla medieval, justo en el momento en que esa misma sociedad estaba a punto de desaparecer por las mismas transformaciones que introdujeron Isabel Fernando en sus dominios.

Una de las obras literarias más célebres compuestas en el tiempo de los Reyes Católicos son las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique (1440-1479). Una obra que glosa con belleza y hondura el final de la Castilla Medieval, proyectado en la figura del Maestre Don Rodrigo Manrique, cuya muerte se transforma en la metáfora de otro final, el de la vieja Castilla, aunque éste fuese un final realmente apoteósico. Y su autor, Jorge Manrique, probablemente sea mucho más representativo del reinado de los Reyes Católicos que Juan de Mena o Fernando de Rojas, más representativos seguramente del avance del espíritu renacentista en España, cuyas creaciones literarias permiten reconstruir el universo intelectual y mental de los españoles de ese tiempo. Todos estos autores, y otros, son tratados por Moa con estudios breves y certeros, en el libro.

Al estudio y análisis del no menos impresionante reinado de Carlos I de España y V de Alemania (1500-1558), que se extendió casi 40 años, entre 1516 y 1555, dedica Moa los once capítulos siguientes, del XV al XXV. Un reinado que, pese a su enorme proyección europea, tuvo también una importante dimensión americana, imposible antes. Carlos I, heredero del Sacro Imperio Romano-Germánico, intentó recomponer la perdida unidad de la Cristiandad, quebrada durante la Guerra de los Cien Años, entre Francia e Inglaterra, y definitivamente rota tras la Reforma Protestante de Lutero, anunciada en 1517 y materializada definitivamente entre 1521 y 1529. Esa idea, la recomposición de la desaparecida Cristiandad, fue la guía de su política, para la que el tiempo le convenció que sólo podía contar con plena seguridad con las fuerzas de España.

En la Europa de los siglos XVI y XVII, Francia continuaría siendo la principal adversaria de España con una tenacidad y constancia que sólo se frenaría por el comienzo de las guerras de religión francesas. Los primeros disturbios organizados por los protestantes calvinistas (hugonotes) desde 1530, como destrucciones de imágenes sagradas, se intensificaron hasta llegar a la guerra abierta, entre 1562 y 1598. Francia estuvo casi medio siglo envuelta en guerras civiles entre católicos y protestantes y pudo haberse convertido en una monarquía calvinista, como la holandesa. Pero, pese a los problemas creados por los protestantes, los reyes franceses, católicos, no dudaron en apoyar a luteranos en Alemania y a calvinistas en Flandes, contra España, y fueron el principal aliado cristiano de los turcos, en el Mediterráneo, en el siglo XVI.

Ese ambicioso proyecto de recomponer la dividida cristiandad se plasmó especialmente en las presiones de Carlos I para la convocatoria de un Gran Concilio que superase la ruptura religiosa. Pero solo pudo realizarlo a medias, es decir, no tuvo éxito. El Concilio de Trento se convocó tarde, en 1545, y duró demasiado, hasta 1563, aunque sí fue la respuesta católica a la Reforma protestante pues ya no eran posibles los llamamientos a la conciliación y la concordia. Los protestantes definían al Papa como el “Anticristo”: no se podía conciliar nada. Pero el Concilio también aclaró la doctrina católica y disciplinó al clero, al tiempo que condenó la Reforma Protestante como una herejía. La concordia era imposible y pese a las victorias militares del Emperador sobre los protestantes, especialmente en Mühlberg (1547), estos resistieron.

Pese a los triunfos de Carlos I, los protestantes conseguirían de Francia la financiación y el apoyo militar precisos para seguir la guerra. También se concertaría con los turcos en el rey francés Enrique II, que así pudo malograr en 1552 las anteriores victorias de Carlos I sobre franceses, turcos y protestantes. Decepcionado por las traiciones de los príncipes alemanes, de Francia y hasta del Papa, y por los reveses sufridos entre 1552 y 1553, en Europa y en el Norte de África, el Emperador abdicó en 1555. Lo hizo respecto a la corona de España en su hijo Felipe II, y en su hermano Fernando respecto al Sacro Imperio Romano-Germánico. Murió en 1558, en el Monasterio de Yuste.

Los mayores éxitos de España durante el reinado de Carlos I no se alcanzaron ni en Europa ni en el Norte de África, sino que se consiguieron en América. En Europa, a falta de éxitos políticos o militares mayores que la mera contención de Francia, de los protestantes y de los turcos, el gran éxito de España fue la supremacía cultural y espiritual de más de 100 años en un continente desgarrado por las pugnas religiosas, que se prolongarían hasta mediados del siglo siguiente, el siglo XVII. La precitada obra de Juaristi, El Canon Español, tiene un título descriptivo muy apropiado para lo que constituyó esa hegemonía cultural: el Canon español. El primer cuarto del siglo XVI asistió asombrado a la eclosión en España de una brillante generación de científicos, ingenieros, navegantes, militares, médicos, juristas, astrónomos, pensadores, literatos y artistas, que asombraron e inspiraron a Europa y al mundo.

En América y en el mundo, entre 1519 y 1522, los españoles culminaron dos grandes gestas: la conquista de la Nueva España, el actual México, por Hernán Cortés, y la realización de la primera vuelta al mundo por la expedición de Magallanes y Elcano, que abrió el Océano Pacífico y significó la aparición de Europa en Extremo Oriente (los portugueses llegaron a Macao en 1557). Nueva España se convertiría en el primer virreinato en América, en 1535. En esos mismos años, Pizarro se afianzaba en Perú, que sería el segundo virreinato, en 1543, con lo que los dos grandes imperios precolombinos quedaron incorporados a la Corona de España.

Estas conquistas, fabulosas en lo material, tuvieron una no menor trascendencia en lo espiritual, pues abrió debates de la mayor relevancia sobre el derecho de conquista, el carácter de súbditos de la Corona de los nativos y sobre los derechos de estos. Un debate de gran importancia, pues abrió al mundo la idea de “humanidad”, iniciando el camino que concluiría en el reconocimiento y declaración, tres siglos después, de los derechos humanos. En el curso de esos debates destacaría el hoy ya santo de la Iglesia, Bartolomé de las Casas, el “Apóstol” de los indios, fue un personaje complejo que, con su obra Brevísima Relación de la destrucción de las Indias, triunfó en la controversia de Valladolid (1550-1551), y sentó una de las bases principal0es que fundamentarían la Leyenda Negra, en cuya confección trabajaron con entusiasmo parejo los 9británicos, los protestantes y los franceses.

Los doce siguientes capítulos, del XXVI al XXXVII, están dedicados al estudio del Imperio Español de Felipe II, el gran rey renacentista, culto y mecenas de las artes y el pensamiento, en cuyos dominios nunca se ponía el sol. Según la mayor parte de los estudiosos, nacionales y extranjeros, su reinado marca el momento de máximo apogeo de la potencia española, tanto en lo político y militar, como en lo espiritual y cultural. En Europa, Felipe II contuvo a los agresivos protestantes de la época, especialmente británicos, holandeses y alemanes, y consiguió evitar la instauración en Francia de una monarquía calvinista, lo que estuvo a punto de suceder al final de las guerras de religión galas. Y en el Mediterráneo, venció a los turcos en Lepanto (1571), y liberó a Italia y al Mediterráneo Occidental de la amenaza musulmana. El mayor éxito de Felipe II fue la incorporación de Portugal y su imperio ultra-marino, en 1580.

España había podido contener a todos sus enemigos y a punto estuvo de derrotarlos a todos. Pero los éxitos militares y políticos de Felipe II solo permitieron a España instaurar la llamada Pax Hispanica, que consistió en una serie de treguas que se extenderían desde finales del siglo XVI hasta más o menos 1620-1621. Estas dilatadas treguas, que se desarrollaron durante el reinado de Felipe III (1598-1621), permitieron a España restañar algunas de las muchas heridas recibidas en las múltiples guerras mantenidas con turcos, protestantes y Francia. Mientras, en América, Asia y el Pacífico, la expansión española se consolidaba y acrecía los dominios de la Monarquía Hispánica. El reinado de Felipe III, fue así un tiempo de esplendor y de paz, en contraste con los de Carlos I y Felipe II, entre 1516 y 1598. Pero esa tenue paz permitió fortalecerse a los enemigos de España más que a esta y, a partir de 1618, se reanudaron las hostilidades con el inició de la Guerra de los Treinta Años, que determinaría el inicio del declive español.

Al igual que en reinado de Carlos I, durante los reinados de Felipe II y su sucesor, Felipe III, España siguió ostentando, no solo la supremacía política y militar, sino también el liderazgo espiritual y cultural de toda Europa. La participación e intervenciones de los teólogos españoles fue fundamental en la fase final del Concilio de Trento (1545-1563), la más importante del Concilio, en los años 1562 y 1563. Pero aún fue mayor, en cuanto a sus repercusiones posteriores y a su vigencia, la importancia de los autores de la denominada Escuela de Salamanca. Una escuela de pensamiento prefigurada por Juan Luis Vives e iniciada, en su fase inicial, por los dominicos, con la gran figura de Francisco de Vitoria. En la segunda mitad del siglo XVI, la Escuela de Salamanca entraría en su fase superior con los jesuitas, entre los que sobresalen, entre otros muchos, Francisco Suárez y Juan de Mariana. Moa, en capítulo XL de esta obra realiza, un breve estudio de aproximación a la gran literatura española de la época, centrándola en Cervantes, Mateo Alemán, Lope de Vega y Tirso de Molina, sin dejar de mencionar a otros grandes creadores de la dramaturgia, de la arquitectura, de la poseía o de la pintura, que siguen figurando hoy en día entre los más grandes maestros de las letras y de las artes.

En 1518 se inició un conflicto menor, casi local, la Guerra de Bohemia, con la insurrección de los magnates y nobles protestantes checos contra el Rey y Emperador electo, Fernando II de Austria.  Inicialmente fue un conflicto político-religioso en el Reino de Bohemia, pero pronto se convirtió en una guerra entre partidarios de la reforma y de la contrarreforma en el Sacro Imperio Romano Germánico. Poco a poco, el conflicto se generalizó en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), con la intervención paulatina de todas las potencias europeas. Pero fue también un conflicto entre Francia y España por la supremacía europea. La contienda se libró en prácticamente todos los continentes y todos los océanos, lo que permite considerarla, de facto, como la primera guerra mundial. La guerra general acabó en 1648 (Paz de Westfalia), más se prolongaría en conflictos menores y locales muchos años más. La contienda se desarrolló durante el reinado de Felipe IV de España (1521-1565), pero sus prolongaciones contra la Francia de Luis XIV y contra Portugal no concluirían hasta 1659 y 1668, respectivamente.

La Paz de Westfalia, en 1648, constituyó una derrota incuestionable para los protestantes, que perdieron prácticamente todos los territorios en disputa con los católicos, aunque se mantuvieron fuertes en sus bases (Inglaterra, Escandinavia, Alemania del Norte). Pero España también se vio vencida: Se perdió Portugal y la Francia de Luis XIV emergió como la nueva gran potencia católica y continental. Europa no volvió a conocer las guerras religiosas, pero, en España, nadie entendió bien cómo había sido posible la derrota española en una contienda religiosa en la que fueron vencidos los protestantes. La traición a España de Francia, de Austria y hasta del Papado, en la fase final de aquella guerra, sigue sin ser, ni bien conocida, ni bien comprendida en España, y produjo grandes decepciones y desengaños en los españoles de la época. Como subraya Moa, tras siglo y medio de hegemonía hispana “España quedaba reducida a potencia de segundo orden, sobre la cual iban a disputar los vencedores”, que lo harían en los dos siglos siguientes, en los que la expansión mundial pasaría a ser europea y no solo española y portuguesa.

La obra de Moa, de alto interés por la novedad de sus enfoques y análisis, viene a colmar varios vacíos, como antes se dijo, uno de ellos y quizá el de mayor importancia sea ese desconocimiento general a que se hizo referencia sobre los hechos y éxitos de la época de la hegemonía hispánica, que debe precisarse adecuadamente. No es una época histórica ignorada, sino poco y mal estudiada y peor conocida en España. Se trata, a fin de cuentas, de una época de la que casi todos han oído hablar alguna vez, pero de modo parcial y fragmentario, y casi nunca de modo completo e integral. Está tratada en las más completas e importantes Historias Generales de España, como las de Modesto Lafuente o Menéndez Pidal. No: lo que ha faltado en España han sido estudios específicos sobre todo el periodo o sus diferentes partes. Un vacío que se ha de suplir acudiendo a las muy abundantes obras de hispanistas extranjeros.

En el siglo XVII, por ejemplo, no se elaboró en España ninguna historia relevante que continuase la de Juan de Mariana, que concluía en el reinado de los Reyes Católicos, para completarla con la de los dos reinados más destacados de toda nuestra historia nacional, los de Carlos I y Felipe II. Y, en el siglo XVIII, solo se conocen la obra de Juan Yáñez Montroy (1683-1726) que publicó en 1723 unas Memorias para la historia de don Felipe III, Rey de España, y los estudios del ilustrado Gregorio Mayans (1699-1781) sobre el Renacimiento y los humanistas españoles del XVI, especialmente Juan Luis Vives y Cervantes. Por el contrario, el primer gran texto histórico del siglo XVIII en el que se estudió el esplendor y caída del Imperio Español fue la obra de Voltaire (1698-1778) El Siglo de Luis XIV (1751). Una obra de gran éxito en España, pues era la primera interpretación de la hegemonía española, si bien lo hacía desde la sesgada posición anti-católica y pro-francesa de Voltaire. Y para el estudio del reinado de Carlos I, siguen siendo indispensables las obras del alemán Brandi y del italiano Chabod, al igual que sigue siendo necesario acudir al francés Braudel para el estudio del reinado de Felipe II.

En el siglo XIX, se pudo estudiar mejor el apogeo del Imperio Español. Apareció la citada Historia General de España, de Modesto Lafuente, y algunas otras, si bien no puede decirse que mejorase mucho la situación en cuanto a estudios singulares sobre ese periodo. Antonio Cánovas del Castillo fue casi excepción, con su Bosquejo Histórico de la Casa de Austria (1868) y sus Estudios del reinado de Felipe IV (1888). Obras realizadas más para corregir que para completar su juvenil Historia de la Decadencia Española. Esta última la concibió como una continuación de la Historia del Padre Mariana, que comenzó hacia 1845, y que luego consideró incompletísima y salpicada de graves errores. También Menéndez Pelayo realizó algunos apuntes de alto interés sobre la Historia de España. Pero la historiografía del siglo XIX tampoco dedicó muchos más estudios a los hechos históricos protagonizados por España en los siglos XVI y XVII. En lo que se refiere a América, en el siglo XX, con la excepción de los interesantes estudios de Salvador de Madariaga, la investigación sobre el trascendental tiempo de la hegemonía española ha corrido de cuenta de los “hispanistas” ingleses y norteamericanos especialmente.

La obra concluye en sus tres últimos capítulos, XLlI, XLIII y XLIV, con una interesantísima reflexión sobre la decadencia española y unas no menos interesantes y novedosas conclusiones, para terminar con un análisis de la bibliografía existente sobre el periodo. Obra muy recomendable para cualquier lector, pues está concebida y elaborada con una clara intención de difusión entre el gran público, y no sólo para estudiosos y especialistas, alguno de los cuales la ha recibido con elogiosos comentarios, como ha sido el caso del norteamericano Stanley Payne.

Pedro López Arriba

Licenciado en Derecho y Filosofía (UAM) y funcionario de la Administración del Estado

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