abril de 2024 - VIII Año

‘Tránsito’, de Jesús Zomeño

Tránsito de Jesús Zomeño
Ediciones Contrabando, 2023
104 págs.

Una isla sin tesoro

Tránsito es un libro grave, no quiere ello decir que los otros libros de Jesús Zomeño no lo sean, y algunos lo son mucho, pero lo son de otra manera; sea que el que tengo ahora entre las manos crea un personaje falsamente distante, hombre-isla, solo uno, que parece lejano pero que no lo está, voz en off atrapada en su soliloquio, en duelo polifónico que nos trae a la memoria reflexiones sobre el dolor que ya leímos en El cielo de Kaunas (Contrabando, 2019); sea tal vez por la elipsis del viaje que parece borrar el tiempo cronológico y llevar al lector a participar de lo que se ve tras la puerta de un salón abierto de par en par y formar parte de la literatura en tanto que intimidad que se interpela, que insinúa, que nos demuestra su fuerza transformadora de la realidad.

La sugerente portada de este libro de la artista Alicia Zomeño, hija del autor, nos abre a ese mosaico que reflexiona sobre lo narrado y sobre el propio texto y, a veces, se presenta como aforismo.

Pensamientos que se convierten en susurros, a veces delirantes brochazos de pintura en zonas de sombra; articulada orfebrería también de olores acres y especias que cubren el olor de los cadáveres.

Un hombre solo atraviesa Bulgaria, es de noche, va en un tren: solo un verdadero viajero sabe del significado de un tren nocturno y del deseo de abandonar esa caja de espejos.

Los ojos del autor se posan en un gesto, pero también en una tartera repleta de comida donde adivina efluvios, colores y así convierte el lenguaje en un lenguaje de las cosas que nos es devuelto con la carga subjetiva del que va más allá y vence todo determinismo.

A veces, carboniza lo que aprehende, y quiere ver en los objetos una forma de sumergirse en la realidad: suma de hastíos pues quien observa de ese modo tan analítico se ve sitiado por la desesperanza.

Aislamiento físico, el coche o vagón ferroviario y la noche extrema le garantizan esa seguridad del que nada teme pues afuera no hay nada. La libertad de una celda nos da alas para ascender y vernos desde el cielo y aquí en el techo metálico del vagón el narrador se mueve como un ser trascendido, que nos viera desde su lugar anaranjado, flotante o tras el vaho de los cristales, desde el afuera que trata de evitar a toda costa.

 Tránsito es un texto interior, de alguien que huye hacia dentro. Centrípeto.

Con el texto de Zomeño aprendemos a oír más, a ver más, a sentir más. Ahí reside la erótica de esta breve novela surgida de un poderoso deseo de ocupación de una infraestructura literaria creada por el mismo autor pare dejarse ir.

Y aquí vuelve el poeta que descifra la realidad y busca una conciliación que se antoja imposible.

El tren atraviesa la oscuridad del bosque centroeuropeo: fugacidad de voces gangosas: lo que se ha dejado atrás es un fardo sin historia: la realidad pierde sus referencias según avanza el viaje, nos dice hacia el final.

¿Qué dicen los trenes en la hoja de cuchillo de la madrugada?

Los polizones que podrían saltar de otro tren en paralelo son como soldados que huyen de las trincheras heladas de este autor experto en la I Guerra Mundial, llamada por otros La Gran Guerra.

El yo narrador, a veces, parece abandonar el coche y arrastrarse por los caminos embarrados de De este pan y de esta guerra (Contrabando, 2016).

Sufre de todas sus prisiones, poca información sobre su biografía, ninguna sobre su carácter, tan solo algunas notas como la de que su aspecto es el de alguien sin lucha interior: ¿tal vez un hombre gris, pero con una interesante, léase incesante, vida interior? ¿Un hombre que desdeña la existencia, el paso ya indoloro de los días?  Sabemos que no habla la lengua búlgara…

Nos dice que todas las estaciones son una misma estación: Gare de Lyon, Estación del Norte, Paddington. Hay en todas ellas un extraño polen en el aire, un burbujeo de lo que fue y lo que pudo haber sido. A poco que el viajero sea dado a la ensoñación puede recrear imágenes de otro tiempo, mozos con gorra acarreando equipajes, uniformes, sotanas …

Y a la vez hay una luz recobrada, nueva, la de la libertad del que parte, del que se va, esa alegría que nos hace olvidar que estamos en nuestras vidas como embalsamados, destruidos por la memoria, que la muerte es cosa corriente, costumbre; y su opuesto: la luz hosca de las mañanas en que se llega, ínfimos, mudos, como si en el arribo se activara de nuevo el mecanismo del cuán infelices somos.

Flota en todas ellas el pasado como si los binarios desajustaran la voracidad con que los días nos arrasan. Borradura del tiempo cronológico. Orilla. Margen.

Zomeño, aunque nos hable del presente siente en pasado, es muy consciente de esa dualidad del ser humano. El texto se produce en el eco de sus pensamientos.

Alguien que va sentado en el fondo del vagón y no puede atrapar el sueño.

Libro que me llevo de viaje, subrayado, anotado. Que he hecho mío.

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