marzo de 2024 - VIII Año

Yuval N. Harari y la negación científica de la libertad

Yuval Noah Harari, nacido en 1976, profesor de historia militar y medieval en la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha destacado por tres de sus obras, Sapiens, Homo Deus y 21 lecciones. En ellas ha desarrollado una singular teorización de la historia. En filosofía se sitúa en una línea de pensamiento muy influida por Foucault, pese a que nunca lo ha citado, y también por Nietzsche y Heidegger, a los que tampoco cita. Harari parte de la idea foucaultiana de la “muerte del hombre”, y postula un nuevo tipo de hombre, el “hombre superior” (quizá ¿el superhombre de Nietzsche?). Se declara transhumanista, vegano, animalista, homosexual y practica una meditación budista, Vipassana, que considera la existencia una imperfección.

Su fama se debe a algunas de sus tesis sobre la evolución actual de la humanidad en un mundo dominado por los grandes desarrollos tecnológicos. Se le ha criticado que, siendo especialista en Historia Medieval, escriba de la Historia de la Humanidad y hasta del futuro que espera a ésta. Harari propone una Filosofía de la Historia Universal, casi de pretensiones hegelianas, que hace recordar la definición que daba Juan Valera a la filosofía de la historia: “el arte de predecir los grandes acontecimientos después de que hayan sucedido”. También se le ha llamado el “historiador profeta”. Y no es mala definición la de profeta, pues pronostica que el mundo por venir será un paraíso sin enfermedades, ni hambres, ni intolerancia, … ni muerte.

En Sapiens: Una breve historia de la humanidad, publicado en 2014, ofreció un panorama completo de la historia humana, explorando el surgimiento y la evolución del Homo Sapiens, el desarrollo de las sociedades, la “revolución agrícola del neolítico” y la ganadera, y el papel de los cambios culturales y cognitivos. Harari combina ideas científicas y filosóficas, ofreciendo a los lectores una peculiar perspectiva de la experiencia humana. Tras el éxito de Sapiens, Harari publicó Homo Deus: Breve Historia del Mañana, en 2015, en la que estudió lo que él veía como el futuro probable de la humanidad, y exploró las posibles consecuencias de los avances tecnológicos, la inteligencia artificial, la biotecnología y los algoritmos. Harari analiza los desafíos que estos desarrollos plantean a las ideas tradicionales de identidad, conciencia y libertad.

En 21 lecciones para el siglo XXI, Harari aborda los problemas actuales más acuciantes. Esta obra cubre una amplia gama de temas, incluido el aumento del populismo, o el impacto de las tecnologías en el empleo, la ética de la biotecnología, la educación y los desafíos de la sobrecarga de información. Harari ofrece sugerencias para comprender la complejidad de un mundo que cambia rápidamente. Las obras de Harari han sido valoradas por su enfoque interdisciplinar, que combina historia, ciencia y filosofía, para ofrecer una perspectiva sobre pasado, presente y futuro de la humanidad. Su estilo de escritura, accesible a una amplia audiencia, le ha dado una popularidad que sobrepasa los círculos académicos.

El pensamiento de Harari sobre la libertad está disperso por sus escritos y entrevistas. De un lado, sugiere que las decisiones de los individuos están cada vez más controladas y vigiladas, y se puede manipular a los individuos, como muestran los conocimientos sobre el funcionamiento del cerebro. Esto le llevará a concluir que la libertad es un relato mítico, un autoengaño, construido por el viejo humanismo. Pero, por otra parte, alerta sobre la necesidad de reaccionar frente a estos peligros, haciendo una llamada a la responsabilidad ética. Pero, ¿no es esto contradictorio? El determinismo no es compatible con la responsabilidad ética, pues la ética precisa de la libertad para poder ser: sin libertad, la ética carece de sentido.

Harari ha discutido la idea de libertad en el contexto de la historia humana y de la interacción entre los seres humanos y las estructuras sociales. Para él, la libertad individual es un concepto complejo, sujeto a muchas determinaciones. Aunque los humanos tienen capacidad de tomar decisiones y actuar según su voluntad, él argumenta que las elecciones y decisiones personales están más que condicionadas por toda una serie de factores, como las estructuras biológicas, la cultura, las creencias y las estructuras sociales. Pero su negación y cuestionamiento de la libertad no pasa de ser un conjunto de afirmaciones que apenas se sostienen, y que no se demuestran: la libertad es un mito, sin más, para Harari.

Y un mito peligroso, afirma, porque invisibiliza y enmascara las formas de manipulación de los poderes fácticos. Para él, la humanidad se permite creer algo en el laboratorio y otra cosa diferente, y hasta opuesta, en el tribunal o en el Parlamento. Su tesis es que el libre albedrío no es una realidad científica sino un mito heredado por el liberalismo de la teología cristiana. Por eso reclama para las sociedades un proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI: sólo un sistema despojado de la fantasía de la libertad permitirá mantener el orden social que nos conduce a la felicidad y a l inmortalidad. Una tesis determinista fuerte, sin duda, pero los determinismos siempre son muy bien acogidos por el gran público, pues liberan de la responsabilidad personal.

Fruto de la revolución cognitiva, continúa Harari, el homo sapiens no se ha limitado a una simple adaptación, sino que ha construido un mundo a su medida, a través de las revoluciones tecnológicas. Los desarrollos tecnológicos han permitido a la humanidad situarse hoy en un momento histórico singular, a las puertas de una nueva era, la trans-humana. Una era consecuencia de las potencialidades de las biotecnologías, de la inteligencia artificial o de la construcción de seres inorgánicos, robots con cualidades similares a las humanas. El post o transhumanismo, dice Harari con entusiasmo, desplazará por fin al viejo humanismo que ha sido y sigue siendo el pensamiento dominante en la ya larga historia de la especie. Para Harari, el humanismo portaba el racionalismo, germen de su propia destrucción y desintegración, aunque esto, lejos de preocuparle, le parezca algo positivo, además de ser inevitable.

Debido a su inteligencia y capacidad de transformar el entorno ambiental y construir los mundos culturales que han conformado la historia humana, el hombre, dice Harari, se ha creído siempre superior a los demás seres vivos, en la idea de que ocupa el centro del universo. Más aún, el hombre se siente poseedor de una chispa especial, el alma, aunque hoy ésta se cuestiona y se niega, por causa de los descubrimientos científicos sobre la mente humana. Con su mente superdotada, el ser humano tiene capacidad de dar sentido al mundo y a su propia realidad, y de ese modo ha construido los grandes relatos de la historia, basados en la centralidad y el superior valor y dignidad de los humanos, pues no otra cosa es el humanismo tradicional (https://www.entreletras.eu/ensayo/transhumanismo-y-posthumanismo-en-la-crisis-del-pensamiento/ ).

Ese extraordinario desarrollo de la inteligencia humana ha llevado a un enfrentamiento entre las dos instancias que, actualmente, según Harari, ejercen de fuentes de sentido: las religiones y las ciencias. Ahora bien, frente a quienes consideran que ambas perspectivas son radicalmente contrarias e incapaces de complementarse, Harari sostiene que, debemos el viejo humanismo a la colaboración y pacto entre ambas. Aunque también considera que bien pudiera ser que el pacto entre la ciencia y el humanismo religioso tradicional se esté desmoronando, lo que dará paso a un tipo de pacto diferente entre la ciencia y alguna nueva religión “posthumanista”, claro, que supere definitivamente el viejo humanismo.

Las tesis de Harari resultan simplistas. Sus análisis pueden ser de interés, pues es preocupante saber en qué medida se empuja a los individuos hacia una sociedad que trata de manipularlos y decirles lo que tienen que hacer y cómo vivir. Pero eso no permite negar la libertad humana, sino que, más bien, debería alertar de los crecientes recortes en su ejercicio. Y lo mismo cabe decir sobre sus advertencias respecto de las posibilidades cada vez más claras de que nuestras mentes puedan ser “hackeadas”. Lo que tampoco significa que no haya libertad, sino que las nuevas tecnologías prestan instrumentos para el conocimiento y para que éste pueda ser útil y, simultáneamente, también se pueden usar para someter a los individuos y recortar libertades. Esas limitaciones o peligros no suprimen la libertad, solo la limitan y la ponen en riesgo. Los avances tecnológicos no determinan al hombre, sino que le condicionan y le recortan la libertad. Afortunadamente, el hombre no es solo un organismo vivo regido por estructuras biológicas y algoritmos de información genética, que se desarrollan e interactúan de forma impersonal e inconsciente.

Harari concluye que la economía de libre mercado que se ha impuesto en la mayor parte de la geografía planetaria, ha tenido como eje central la libertad política y económica. Pero la propia dinámica del liberalismo capitalista conduce a éste su rápida obsolescencia y superación, puesto que, afirma, el ser humano ha descubierto que el libre albedrío no existe, que es un autoengaño. Las conclusiones de Harari no se pueden compartir, pues, como enseña el viejo humanismo, la ética presupone la libertad. Y sólo desde el humanismo de siempre se podrá conseguir que las nuevas tecnologías sean un instrumento beneficioso para la humanidad, y no un cúmulo de riesgos y amenazas que puedan terminar alcanzando el rango de horror de las distopías.

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