abril de 2024 - VIII Año

Transhumanismo y posthumanismo, en la crisis del pensamiento

El humanismo, nacido en la Grecia clásica y tan trascendental para la civilización y la cultura europeas, ha logrado sobrevivir hasta ahora. No pereció en los terribles trances padecidos por el mundo y la humanidad en el terrible siglo XX: ni el comunismo, ni el nacional-socialismo, y tampoco los revoltosos de 1968, ni la filosofía posmoderna, consiguieron acabar con él, pese a que lo pretendieron y lo intentaron en muchas ocasiones y siguen intentándolo. Quizá el secreto de la vigencia del humanismo está en que posee una pésima salud de hierro.

El enorme desarrollo de las ciencias y las tecnologías en los últimos 50 años, con la expansión de la informática y de los medios de información, ha producido una creciente intrusión en el pensamiento de ideas que pretenden derivarse del desarrollo de las ciencias. Injerencias que se presentan como modalidades del pensamiento más actual. En el primer cuarto del siglo XXI, se asiste a la eclosión de “grandes novedades” en las costumbres y los modos de pensar. Es el caso de la aparición de la “neurociencia” (Markus Gabriel frente al determinismo científico). También han aparecido otras ideas que, bajo los nombres de transhumanismo y posthumanismo, se presentan como “grandes novedades” en el pensamiento, con pretendida fundamentación en los desarrollos científico-tecnológicos.

Seguramente no pasan de modas -que no modos- de pensamiento, que no pueden considerarse filosofías o ideologías todavía. Sus aspiraciones, sobre las bases de la “Ciencia” (así, en singular y con mayúscula) que proclaman, consistirían en “superar” o “trascender” y, en cualquier caso, cancelar el humanismo tal como se le conoce, pues el viejo humanismo estaría desfasado respecto a las novedades del desarrollo de esa “Ciencia”. No es la “novedad” una buena carta de presentación en filosofía, ni en el pensamiento en general. El pensamiento y la filosofía son antiguos y es frecuente que se “descubran” novedades que ya fueron enunciadas antaño. Ha ocurrido mucho en tiempos recientes.

No son lo mismo el transhumanismo y el posthumanismo, aunque coincidan en algunos casos. El posthumanismo ha surgido de los desarrollos de la filosofía posmoderna, como parte del cuestionamiento general de la vieja “Modernidad” renacentista e ilustrada. Su propuesta es la deconstrucción del concepto de “hombre” configurado históricamente en esa tradición cultural (La filosofía posmoderna, un final ineludible) . El hombre, para los posmodernos, “no es un sujeto”, sino que más bien “está sujeto” y constreñido a un constructo cultural opresivo: “ser hombre”. Un constructo del poder del que el hombre debe emanciparse para liberar al hombre de esa “sujeción”. Como dijo expresivamente Foucault: “ser sujeto es estar sujeto”.

El transhumanismo surgió de los desarrollos informáticos y de los avances médicos y biológicos de los últimos 50 años. Sus creadores, principalmente ingenieros informáticos, parten de la idea de que los saberes del hombre, o son científicos, o no son. Su irrupción en el pensamiento vino con su propuesta de “mejorar” al hombre, darle una vida mejor, más prolongada y sin dolor, sin angustia ni sufrimiento. Para ello plantean la aplicación de prótesis, mecanismos cibernéticos, tratamientos médicos, manipulación genética, etc. Propuestas que poco tienen que ver con el desarrollo de las ciencias. No son un resultado del conocimiento científico, sino que derivan de la introducción en el discurso teórico, como si fuese “ciencia” o parte de ella, de interpretaciones filosóficas, normalmente erróneas, que pretenden ser derivaciones del conocimiento científico.

Parte el transhumanismo de considerar que el espíritu ocupa un armazón deleznable, el cuerpo humano biológico, que es muy inadecuado para la vida de ese espíritu. El cuerpo que ocupa el ser humano es miserable en sí mismo: sujeto a la enfermedad, a la vejez y al dolor, y condenado a morir. El transhumanismo propone abordar las “bio-mejoras” y las “tecno-mejoras” que permitirían “arreglar” esa pobre realidad miserable de los cuerpos humanos. Resuenan aquí ecos de la consideración del cuerpo como la prisión del alma, propia del platonismo.

El transhumanismo integra dos orientaciones: de un lado, la tecno-científica, dedicada al estudio de los desarrollos informáticos y cibernéticos, y a los avances médico-biológicos, que permitan “modificar” al hombre para su mejora; de otra parte, la vertiente cultural, elaborada bajo influencia de la filosofía posmoderna y articulada sobre la crítica del humanismo moderno y su concepto de ser humano, como se ha dicho. Mas las diferencias entre ambas se difuminan hasta casi desaparecer, al revisar sus propósitos, pues ambas líneas se unen en la esperanza “emancipadora” de los desarrollos bio-tecnológicos, que posibilitarían sobrepasar y superar los límites biológicos que constriñen las capacidades del hombre.

El transhumanismo se funda en una visión activa y optimista del progreso de las ciencias y la tecnología. Optimismo que contrasta con su visión del ser humano, fuertemente pesimista. El hombre necesita “mejoras”, incluso ortopédicas, para calmar la angustia, dolor y sufrimientos que le perturban. Pero, si inaceptable es que la ciencia y la técnica se constituyan en la medida última y única de la verdad y de la realidad, menos aceptable aún es proponerlas como guías de conducta. El ser humano “mejorado” del transhumanismo, lo que no es, es el ser humano real. Y la angustia, el dolor y el sufrimiento son tan consustanciales a la vida, como lo es el deseo de aliviarlos. Suprimirlos, si es que se pudiese lograr, no está claro que fuese tan positivo como lo ven los transhumanistas.

El objetivo definido por los teóricos transhumanistas (como Donna Haraway, Rosi Braidotti, John Harris o Ray Kurzweil) es cambiar los cuerpos, obviamente para “perfeccionarlos”. De ese modo, no solo no se rechaza, sino que se recomienda, incluso, la manipulación genética, la inserción de prótesis mecánicas y hasta de chips, etc., para permitir que los cuerpos sean lo menos inadecuados posibles al espíritu que los habita. Pero ya no estamos hablando del ser humano que conocemos. Centauros, sirenas, faunos y otros ensueños mitológicos parecen hoy día más próximos que nunca en cuanto a su posible fabricación, sí, pero centauros, sirenas y faunos tampoco eran humanos.

El Transhumanismo se mueve sobre bases quebradizas, como la vieja promesa de la inmortalidad, “aggiornata”. Y, pese a que sobre todo se funda en su fe en la actividad tecno-científica, también encuentra apoyo en algunas ideas de la tradición filosófica. Así, comprensión de la vida como enfermedad del alma, o el envejecimiento como error biológico, o la idea del cuerpo como prisión de la mente y otras ideas filosóficas de larga tradición, también sirven de apoyo a su argumentación, a la vez que refuerzan la percepción de que las pretensiones transhumanistas han sido buscadas por el hombre a lo largo de la historia.

Mas, pese a lo maravillosos que puedan parecer todos los avances científicos y tecnológicos, la gran maravilla sigue siendo el ser humano. Maravilla que se halla en la impresionante realidad de que aún lo doloroso, lo que angustia, lo que da sufrimiento, o el miedo a la muerte, pueden llegar a concebirse y a expresarse con belleza y emotiva profundidad. Ya lo dice la canción, “las amarguras no son amargas, cuando las canta Chavela Vargas”. Y es inaceptable que las ciencias y la tecnología sean la medida única y última de la realidad: también el arte, la filosofía, la jurisprudencia, la religión, la lingüística o la historia, contienen realidad y poseen verdades acerca del mundo y del ser humano.

Mejorar al ser humano y su vida también es una aspiración del humanismo desde siempre. Pero el humanismo partía -y lo hace- de aceptar en su totalidad la vida, con todo lo bueno y todo lo malo que tiene. Y, desde esa aceptación, se propone mejorar al hombre, pero mediante el conocimiento y la virtud, no por la creación de seres genéticamente manipulados con implantes cibernéticos. Seres más fabricados que creados y, más que hombres o superhombres, seres con los rasgos del monstruo. Tampoco hay en esto novedad: quienes planean fabricar hombres perfectos, en realidad solo podrán crear monstruos, igual que quienes prometen paraísos en la tierra solo son constructores de infiernos.

Pese a transhumanismos y posthumanismos, el viejo humanismo continúa activo y se resiste a desaparecer, pues, aunque debilitado por los muchos ataques recibidos en los últimos años, sigue poseyendo esa pésima salud de hierro tan característica, a que se hacía mención al principio.

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