julio de 2024 - VIII Año

‘Teoría de una práctica amorosa’, de Jessica Atal

Teoría de una práctica amorosa
Jessica Atal
Ediciones Bonnefont, Santiago de Chile, 2020.
Fotografías de Isabel Skibsted.
128 páginas.

La muy interesante trayectoria literaria de Jessica Atal (Santiago de Chile, 1964) ha pivotado con frecuencia, de modo más o menos explícito, en torno a la condición femenina. Tras la novela virtual WhatsApp, Amor, de 2016, el libro de relatos Ella también se va, dos años posterior, abordó la desdichada problemática de la mujer en nuestro mundo, “apelando”, en palabras de la escritora Diamela Eltit, “a esas constantes zonas movedizas que oprimen al sujeto mujer y la expropian de un territorio propio, seguro, como no sea el liberador ejercicio de la letra que está allí para reparar la omisión y la constancia de la sumisión”.

Con todo, y corresponde decir incluso que ante todo –antes que narradora, ensayista, crítica literaria, editora y tallerista- Jessica Atal es poeta; poeta de inapelable universo propio y ya de largos caminos, pues, al respecto, el primer título en su haber, Variaciones en azul profundo, data de 1991. Posteriormente, cuatro importantes poemarios de su autoría fueron viendo la luz hasta el año 2016 –Pérdida, Arquetipos, Cortina de elefantes, Carne Blanca-, y de esas cuatro obras, cabe fijarse en Arquetipos, memorable trabajo del año 2013, para distinguirlo sin duda como el más paradigmático en lo que atañe a la feminidad. De aquel volumen, aparecido bajo el sello de RIL Editores, destaqué en su día su “ambicioso sentido histórico y totalizador”: si la ilustre Gabriela Mistral “ya había retratado con amplitud la condición femenina en su serie de poemas reunidos bajo el epígrafe de “Locas mujeres” –serie que quedó repartida entre Lagar I y los textos póstumos de Lagar II”-, Jessica Atal planteó, con Arquetipos, una suerte de “cabal actualización de la citada perspectiva de género”, cuyo muestrario no desdeñaba “la ironía, la crudeza –sexual incluso- o la directa pintura prototípica de consecuencias inesperadas”. A lo dicho, pude añadir lo siguiente: “(…) el flujo de conciencia que la autora encauza en versos cortos y afilados, como puñales, dota al discurso de un original equilibrio entre lo crítico y paródico y lo furioso. En cualquier caso, una secreta sensación de desvalimiento impera en las sucesivas figuraciones de un sujeto lírico proteico necesariamente”. Razones todas ellas que vuelven a resultar hoy de trascendencia máxima, al haberse sumado al caudal poético de la autora una nueva y vigorosa entrega, presentada esta vez por Ediciones Bonnefont: Teoría de una práctica amorosa, que, en palabras de la propia Jessica Atal, “tiene por objetivo la denuncia”, con la esperanza de que la poesía, “desde su espacio revolucionario, contribuya a expandir la conciencia sobre el valor de la mujer y el lugar que ella debe ocupar, con todo el respeto que merece, dentro de cada una y todas las sociedades que conforman nuestro planeta”.

Ya desde su mismo título puede atisbarse el calado y la magnitud de la denuncia que este valiente libro pone sobre la mesa, habida cuenta de que nos hallamos ante unas páginas cuyo asunto e intención fundamental es la toma de conciencia respecto de las violencias machistas cuya amenaza –y realidad concreta, en muchos casos- las mujeres padecen en todo el mundo, de un modo u otro. Porque decir Teoría de una práctica amorosa supone analizar cómo el maltrato físico y/o psicológico que las mujeres pueden llegar a sufrir por el hecho de ser mujeres, en el seno de la pareja o fuera incluso de la pareja, forma parte de un determinado estado de cosas, asumido con escalofriante naturalidad centuria tras centuria, según el cual queda tácitamente establecida la posibilidad de recurrir a las actitudes violentas a la hora de relacionarse con el género femenino en clave sentimental o sexual. Por otra parte, decir Teoría de una práctica amorosa, proponer tales exactas palabras y no otras, representa un nuevo ejercicio de esa ironía característica (“el apocalipsis / era un texto antiguo más / ninguna palabra era sagrada / solo perseguíamos / algo que fumar”) con la que Jessica Atal suele acceder a las mejores cualidades de su estilo; sobre todo, a ese tipo de versificación, afilada y escueta, que es marca de la casa ya, y que combina aquí los giros de pensamiento insólito, o de vocación ocasionalmente hermética –aunque siempre sugestiva-, con otras páginas de palmaria nitidez, donde los juegos germinadores de palabras logran articular pasajes impactantes: “el hombre me pinta / el hombre me borra / el hombre me ensucia / (en señal de abandono) / el hombre me tala/me ataca/me atraca / el hombre me clava/me cala / el hombre me tacha / el hombre me cubre de tierra / de sangre/vacío / el hombre me vacía / el hombre me toma vacía / el hombre me arranca”. Así comienza uno de los poemas medulares de la obra, paradójicamente –o no tan paradójicamente- titulado “El hombre”, donde descuellan fragmentos de gran brillo, como éste que muestra las sutiles secuelas de la dominación masculina en el cuerpo y el alma de la mujer: “poco a poco / desciendo a las ruinas del hombre / me hace escombros / me encadena/me tuerce / hasta sufrir por el hombre / hasta afiebrarme en el hombre / y caer del árbol del hombre (…)”.

Por la problemática abordada en Teoría de una práctica amorosa, obvio es que Jessica Atal nunca se había acercado tanto a una posible crudeza apabullante en la pintura del sufrimiento femenino –al respecto, las fotografías de Isabel Skibsted parecen dejarnos, muchas veces, en la frontera misma del gemido o del clamor-. Sin embargo, la autora acierta plenamente al no cargar las tintas ni en el vuelo de la ideación ni en el flujo de lo retórico. Con gran inteligencia, asuntos como los guiños metaliterarios –ya el poema inicial acierta a unir a Milan Kundera y Louisa May Alcott con encomiable sencillez- o las complejas relaciones entre el amor y la creación (“cada escritor / tiene una historia de amor / o desamor que contar / como todos los humanos / solo que es menos cuidadoso / a la hora de revelar / intimidades”) otorgan al volumen una profundidad de campo que alivia y enriquece; en este sentido, el poema titulado “Desarme”, cuyo inicio es de gran efecto, se antoja una composición espléndida, con su ávida exploración de los puentes siempre colgantes entre poesía y vida (“¿quieres decirme algo / poesía? / ¿no? / ¿por qué me haces / escribir entonces / como esperando / mis respuestas?).

En la línea de Arquetipos, pero de modo sustancialmente diverso, el muestrario de feminidades se vertebra aquí a través de las dedicatorias que acompañan a cada uno de los cuarenta y seis poemas del libro; dedicatorias que nombran a cuarenta y seis mujeres diferentes, con las que la autora establece algo así como un diálogo implícito y al cabo generador de la textualidad proteica del volumen. De tal manera, el sujeto poético es uno y muchos, o, por mejor decir, una y muchas: todas las mujeres que una voz de mujer acierta a sintetizar. Y a fe que Jessica Atal –en el que ya puede considerarse, indudablemente, otro jalón fundamental de su itinerario artístico- consigue dar cohesión a toda la creatividad vertida en Teoría de una práctica amorosa.

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