enero de 2026

‘Preparando al amor para la muerte’, de Javier del Prado Biezma

Preparando al amor para la muerte
Javier del Prado Biezma
Editorial Libros del Aire/ Poesía

Boo de Piélagos, Cantabria, 2025

ARQUITECTURA DEL CUERPO

El vitalismo creativo no tiene edad. Nunca reposa. Tensa de continuo el arco del poeta para perfilar una inventiva inagotable. Perfila identidades literarias de contornos abiertos. Así sucede con Javier del Prado Biezma (Toledo, 1940), catedrático de Literatura y profesor durante décadas de la Universidad Complutense de Madrid, con un reconocido historial docente, traductor, ensayista y poeta de dilatado quehacer lírico, que emprende ruta en 1983 con la entrega Fragmentos de una autobiografía imposible, que avanza en el tiempo hasta 2025, cuando se publicó la entrega Preparando al amor para la muerte.

La obra cuenta con un prefacio y el rescoldo de una dedicatoria sentimental: “para ISABEL, llamada ESPLENDOR”. El texto alienta la sensación de justificar una escritura de ambiente existencial y de una apasionada relación con el trayecto biográfico y sus circunstancias. Una conferencia, titulada “Cuerpo nombrado, cuerpo abolido”, pronunciada en la Rábida (Huelva), con motivo de un congreso internacional, inició una larga reflexión entre cuerpo y objeto, que ha marcado casi veinte años de escritura y una pronunciada evolución del pensamiento poético y, de forma más concreta, en la lírica de temática amorosa. El tratamiento lingüístico del amor requiere nueva epifanía; abrir ventanas, al margen del aderezo simbólico y metafórico. Hacer del sentimiento amoroso médula del poema y poner en segundo plano las estrategias verbales. Se trata de “Preparar la vivencia del amor para la muerte”. Ello implica recobrar la capacidad del lenguaje meditativo para dar voz a la ontología de ser.

La conciencia de existir pone norte en los poemas del primer apartado del libro, cuyo título “Pórtico esencial de la voz y del cuerpo” recrea una identificación de la materia corporal como carne trascendida. Sola y pura, la palabra muestra un despojamiento de signos. Sabe que la experiencia de vivir en soledad concede el inconformismo sabio de la vigilia, ese estado que integra voluntad y memoria. En la cronología del ayer permanece el afán de recordar superficie y hondura, la experiencia de sentir el cuerpo, como gozoso laberinto de la carne.

El yo meditativo regresa a la estela biográfica para enunciar el sabor de la piel y recordar con sensibilidad de elegía los estratos existenciales.  El sujeto se adentra en la secreta desolación de la palabra muda que define la ausencia; afirma el vivir como un canto de la belleza corporal. Frente al desconsuelo de la separación, la sensibilidad personal postula una pautada pretensión de preservar lo vivido, aunque caiga la noche.

Javier del Prado Biedma

La segunda sección, “Suite de la mirada y el tacto” se adentra en las sombras del futuro, cuando la muerte instala su orfandad. El recorrido es complejo, se trata de dar vigencia al amor, aunque no esté el cuerpo. Quien explora se identifica con la orfandad; conoce esos senderos que se bifurcan  entre sombras buscando la plenitud de ser.

“Cancionero central del ser y la palabra” hace de la voz del pensamiento la mejor expresión de lo vivido, de ese largo y repetido caminar del hombre y del amante hacia la noche. Camino del atardecer y la ceniza, no se apaga la sed de vuelo. El cuerpo personifica todavía la impronta del deseo; es un cuenco de luz, más allá del destello que desbordan las palabras. El latido se impone a lo conceptual; es nítida verdad y anatomía. Las composiciones descubren los elementos del cuerpo y los cubren de tangible esplendor. Los íntimos rincones ratifican que el verbo es vano e inexacto, incapaz de explicar la contundencia de lo corporal, ese espacio acotado que se hará ausencia al atardecer.

Amar es desandar distancias, asumir la actitud del transeúnte que deja sus pasos en un largo viaje desde el amor hacia la muerte. En el apartado “Anecdotario de existencia” se suceden los andenes como fragmentos de una realidad marcada por la celebración del cuerpo. Así ven la luz poemas que moldean emotivas encrucijadas de recuerdos. Son pulpa del amor, vivencias de un aprendizaje que perdura en el tiempo, siempre a la sombra del deseo, como el propósito de “ver y ser, más allá de la belleza”.

Ese empeño del epitafio de tomar la voz cuando se ha consumido el turno de palabra empuja los textos finales reunidos en “Epitafios”. Se trata de seguir siendo tras la conciencia de poniente. En la escritura de Preparando al amor para la muerte el yo declina, pero nace el grito desde dentro para cristalizar en el todavía una explosión de luz que dé salida a la voz amordazada. Más allá de la palabra, el viaje al centro de ser a través del amor, esa perseverancia sostenida que prepara la ausencia y da luz a la noche.

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Archivo Entreletras

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