septiembre 2020 - IV Año

ENSAYO

La educación y la filosofía como utopía

Por Felipe Aguado Hernández (Catedrático de Filosofía).-

aulaLa educación integral

Desde la antigüedad clásica, la educación ha formado parte importante del desarrollo de la sociedad y la cultura. A los griegos y latinos debemos algunos de los términos históricamente ligados a la educación. Por ejemplo, Pedagogo (profesor), el que orienta y conduce al niño en su formación, en su educación; educar, sacar lo que se tiene dentro, desarrollar las capacidades de la persona. El humanismo renacentista recuperó algunos de los enfoques clásicos de la educación, formulando algunos proyectos educativos muy interesantes, de los que puede ser ejemplo la Didáctica Magna de Comenius. La propia Utopía de Moro da gran importancia a la educación y la formación de los ciudadanos. En ella llama la atención particularmente el planteamiento tan actual de la formación «permanente» de los ciudadanos más allá de la «escuela»: Todos los jóvenes reciben educación y buena parte de la ciudanía, tanto hombres como mujeres, dedican a la formación, como dijimos, las horas que les deja libres el trabajo.

Con todo, lo más importante que respecto a la educación heredamos del mundo cásico no son los términos que nos ha legado, sino los planteamientos y proyectos educativos que están en su base. De ellos, por ejemplo, tomamos la idea de que el profesor, necesariamente pedagogo, educador, es quien ayuda al joven a desarrollar sus propias capacidades. Y más importante aún es el planteamiento central de la educación como paideia, formación de la personalidad, del carácter para ser una buena persona y un buen ciudadano, más allá de la mera instrucción. En palabras del propio Moro: la educación de los niños y jóvenes, primando la formación moral sobre la instrucción.

En contraste con estos ideales, lo que realmente se ha practicado en nuestras sociedades tiene poco que ver con estos antecedentes del mundo clásico y del humanismo renacentista. La teoría, y sobre todo la práctica educativa, hasta los últimos 30 o 40 años, han estado dominadas por lo que podemos denominar educación «instructivista». Paulo Freire la llamaba «bancaria», refiriéndose a aquella práctica educativa orientada a que la mente de los alumnos, como si de una cuenta corriente se tratara, se llene ávidamente de contenidos, claro está que meramente memorizados. Este enfoque de la educación obviamente tiene poco que ver con el desarrollo integral de la persona o la formación del ciudadano. En la educación instructivista se valora primordialmente la «asimilación» de lo que el sistema educativo quiere que se aprenda: fechas, datos, fórmulas, esquemas. En la educación integral, en cambio, prima el valor de la formación del comportamiento, incluyendo el intelectual, pero no sólo éste. Por tanto, formación intelectual pasiva y asimilativa frente a formación integral libre y autónoma del pensar, sentir y actuar. En definitiva, y mido bien las palabras, educación instructiva frente a educación ética (o del comportamiento) del ciudadano. Que la educación integral sea fundamentalmente ética y cívica tiene enormes implicaciones, aunque no es éste el momento de establecerlas en su conjunto. Sólo destacaremos un plano: el papel que puede jugar la utopía en éste planteamiento de la educación.

La educación, columna vertebral de la socialización

educacion-superiorUna segunda cuestión acompaña necesariamente a lo ya planteado: ¿Quién educa? Hoy es un lugar común aceptar que es toda la sociedad la que educa. Se ha popularizado el lema «toda la tribu es la que educa». Es absolutamente cierto que es toda la sociedad la que educa. Y no sólo a los niños y jóvenes, sino a todos los ciudadanos, a través de mecanismos permanentes de transmisión de ideas y valores. Es lo que los sociólogos denominan «socialización». Sabemos que la sociedad transmite a sus miembros permanentemente, aunque de forma más intensa cuanto más joven se es, su «cultura», es decir, su sistema de ideas y valores, articulado en una lengua, unas costumbres, unas leyes y normas, unas instituciones, unos conocimientos y creencias. Los ciudadanos asumen esa «cultura» y se identifican con ella, haciéndose así miembros de tal sociedad.

La socialización es el proceso por el que una sociedad «educa» a sus miembros para integrarlos en ella, para hacerlos «buenos» ciudadanos. Es, por una parte, un proceso «global» en el que se implica toda la sociedad (instituciones, familia, organizaciones ideológicas, medios de comunicación, sistema educativo,…), y por otra, «integral» porque afecta a todos los planos de la persona (racional, afectivo, práctico,…). No obstante, conforme la sociedad se va haciendo más compleja en el proceso histórico, va especializando sus funciones internas. Durkheim explicaba que, merced al incremento histórico de la división del trabajo, las sociedades evolucionan desde un estado que denominaba de solidaridad mecánica, hasta otro que llamaba de solidaridad orgánica. En el primero, identificable con las sociedades paleolíticas, la división del trabajo es mínima y «es toda la tribu la que educa» de forma inmediata. En el segundo, identificable grosso modo con las sociedades contemporáneas, la división del trabajo está muy desarrollada y los individuos han perdido la memoria afectiva del todo social, del «organismo» social, y actúan en la sociedad de forma individualista, cumpliendo con su trabajo, con su papel social, sin más. En estas sociedades de «solidaridad orgánica», de amplia división del trabajo, aunque sigue educando toda la sociedad, ya se generan instituciones que se encargan específicamente de «enseñar». La «escuela», el sistema educativo es quien recibe esa función de la sociedad.
La educación, crítica o adaptativa.

¿Cuál es esa función primordial que la sociedad adjudica a la educación?: La formación de ciudadanos útiles. Para ello, en primer lugar, les debe hacer asumir la «cultura» propia de su sociedad e identificarse con ella; en segundo lugar, debe prepararlos para producir algún bien útil a esa sociedad. Así pues, la educación no es una actividad atemporal; al contrario, cada sociedad genera un tipo específico de educación. La educación no es neutra, ni política ni ideológicamente. Los planteamientos educativos son diferentes en una sociedad aristocrática que en otra capitalista, en una sociedad autoritaria que en otra democrática. Cada sistema social, y con él cada sistema educativo, tiene su propia «cultura», sus ideas y valores específicos, diferentes entre sí. Por ello cuando los profesores dicen que son «educadores» y que tienen que «enseñar», la primera cuestión que hay que plantearse es la del tipo de educación que se quiere desarrollar, y en paralelo, el tipo de sociedad que queremos construir. No basta con ponerse a «enseñar» sin más, cargados de buenas intenciones, pues la educación, de por sí, o por defecto –como diría un informático-, es una función social con la misión de adaptar los ciudadanos al sistema. Dejándonos llevar por los modelos educativos establecidos entramos en el juego del sistema y nos convertimos en sus agentes. Hay que saber que estamos dentro de un sistema de por sí adaptativo y plantearnos seriamente el papel que se quiere jugar dentro de él.

mani 2Las leyes de educación, particularmente en las sociedades democráticas, y España es un buen ejemplo, llevan en su seno una gran contradicción. Suelen incluir, entre los objetivos de la educación, la formación integral de las personas como ciudadanos libres y responsables para participar en la construcción de una sociedad justa y democrática. Nuestra Constitución, y de ella se nutren las declaraciones de objetivos de las leyes de educación, especifica que la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales (art. 27.2). Pero estos objetivos en torno al «pleno desarrollo de la personalidad humana» son en principio imposibles de cumplir en una sociedad como la nuestra. La sociedad capitalista que soporta esos planes educativos es individualista, manipuladora, competitiva y esencialmente desigual. Estos son los valores establecidos en los que nos socializamos, claramente contradictorios con la declaración constitucional acerca del desarrollo pleno de nuestra personalidad, que debe hacerse en torno a los valores contrarios: solidaridad, apoyo mutuo, igualdad. Así pues, el sistema educativo se debate entre objetivos utópicamente comunitarios e imperativos sociales pragmáticamente egoístas; entre una enseñanza crítica y personalizada y otra adaptativa al sistema. Por eso confluyen en su seno las prácticas pedagógicas más dispares, desde las más comunitaristas y activas hasta las meramente instructivistas. Aunque estas últimas son siempre mayoritarias, como corresponde a la cultura dominante, y aquellas, propias de minorías «rebeldes». Los estudiantes reciben mensajes contradictorios entre, por una parte, los objetivos de las programaciones de los departamentos y, por otra, muchas de las prácticas en el aula; entre los grandes objetivos y declaraciones de las instituciones y buena parte de su día a día; entre prácticas educativas activas (minoritarias) y prácticas educativas instructivistas (mayoritarias). Con demasiada frecuencia se imponen las segundas, aunque siempre quedan bastantes impactos liberadores en muchos jóvenes, afortunadamente.

¿Qué hacen pues los profesores partidarios de una enseñanza no meramente adaptativa sino crítica y suscitadora de personas integrales y libres, ciudadanos de un mundo democrático y solidario? ¿Dimiten? ¿Se «adaptan» y juegan también a la contradicción esquizofrénica entre objetivos utopistas y prácticas adaptativas? ¿Mantienen la educación utopista hasta donde pueden? Esta es la cuestión educativa, pedagógica y didáctica fundamental que los profesores y los padres conscientes creo que deben plantearse con responsabilidad y la máxima claridad posible: educamos en la utopía o en la adaptación o en una suerte de compromiso entre ambas.

Filosofía y educación

Las cuestiones planteadas corresponden a un enfoque global de la educación. O lo que es lo mismo, son cuestiones filosóficas (del sentido, de lo global) que entran de lleno en el fundamento de la propia Filosofía y de la enseñanza.

EducacionLas concepciones de la educación son hijas de la antropología y la filosofía política sobre las que se asientan. Según concibamos a la persona y a la sociedad así formularemos las bases de la educación. Es evidente que hay muchas concepciones sobre el ser humano y la sociedad, pero no todas tienen la misma validez. No mantenemos la hipocresía de decir que todas las ideologías son igualmente respetables. Otra cosa son las personas que las sostienen. Son «respetables» en sentido pleno aquellas concepciones antropológicas y políticas que entienden al ser humano como sujeto de unos derechos inalienables (los «derechos humanos») que deben ser desarrollados por él mismo con el apoyo inequívoco de una sociedad construida sobre bases congruentes con ellos. Por eso la sociedad debe ser igualitaria y democrática en su sentido fuerte, es decir, comunitaria. La conclusión, por tanto, no puede ser otra que la educación debe construir personas integralmente desarrollados en sociedades comunitarias. Dicho con otras palabras, tal vez poco correctas políticamente: debemos dotarnos de una antropología y una filosofía política utopistas y desarrollar sobre ellas una educación también utopista, porque son las que pueden construir este ideal.

Utopía y educación

La educación ha de ser utopista o correrá el peligro de quedar reducida a mero amaestramiento. Utopía entendida no en el sentido deformado y rebajado en tanto que ilusión bella que no puede ser alcanzada nunca por el hombre, que es la acepción establecida, sino como un ideal que no existe pero que puede y debe existir si nos lo proponemos. Es decir, como un imperativo ético. Ser utopista implica estar imbuido del ideal razonable, la esperanza y la acción.

La utopía es realizable. Hay que proclamarlo. Es la posibilidad de un futuro aceptable. Recordemos que ya se han realizado miles de utopías parciales y que tenemos entre nosotros muchas utopías «reales» que existen aquí y ahora para muchos seres humanos, que eran pura utopía «imposible» de alcanzar para nuestros antepasados. La utopía es posible y la primera premisa de la educación es precisamente ésta: la utopía es posible; y la segunda, que educar es formular la utopía, compartirla y trabajar por hacerla posible.

Por ello también la Filosofía es el núcleo de la educación. La Filosofía hoy es antropología y filosofía política que son, decíamos, el soporte de los planteamientos educativos. Por eso la Filosofía está en la base de los proyectos educativos. La Filosofía nos permite formular la utopía. Enseñar Filosofía es enseñar a formular la utopía, sus raíces y fundamentos, y dar cuenta de por qué hemos de comprometernos con ella. ¿Por esto se pretende, desde tantos ámbitos, suprimir la Filosofía de los planes de educación?

 

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