
Al cabo de los años he observado que la belleza,
como la felicidad, es frecuente.
No pasa un día en que no estemos, un instante, en
el paraíso.
Jorge Luis Borges
Algo inefable esclareció la cruda realidad de esa noche gélida y áspera de invierno.
Sí, fue una visión divina y una visión viscontiana al tiempo.
En una atmósfera gris de largos pasillos, súbitamente, apareció el rojo destellante de las rituales vestimentas sacerdotales. Caminaban en dos hileras atravesando el largo corredor hacia la gran puerta del templo.
Plano cenital. La comitiva sacerdotal avanza hacia el templo, cerrando el cortejo marcha el cardenal.
Un cardenal con la mitra bordada en hilo de oro sobre seda blanca, y el báculo en la mano.
Se abren los portones del templo, suenan las trompetas del órgano, pendones rojos caen desde los muros, adornándolos.
Desprevenida por un impacto de inusitada belleza, del gozo de lo inesperado, es tal el vigor de lo que vi, que aún hoy, tres días después, me alimenta.
Sigo la comitiva discretamente, y entro tras ellos en el templo.
Dentro, lo extraordinario aguarda de nuevo.

A la espera están treinta sacerdotes, revestidos con sus albas blancas, imagen que impacta, y la estela roja de los mártires. Reciben en pie a la comitiva del cardenal.
Ordinario / extraordinario. La liturgia resplandece siempre, y hoy más que nunca, en un mundo vulgar, abotargado y obeso. El mundo de los supermercados y centros comerciales catedralicios, donde resplandece el plástico, y sus ávidos consumidores.
Recibí el placer de un impacto cromático, la visión de un mundo antiguo, una ráfaga de rareza y belleza a un tiempo, una sorpresa radical.
Un milagro ad hoc para alegrar el día más imperfecto, más desolado de este invierno, crudo, lluvioso, gélido y sin luz.
Postscriptum: El escenario de lo vivido fue el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI), así llamado antiguamente, edificio histórico de Madrid.












