octubre 2020 - IV Año

LUGARES

Reseña incompleta de La Habana

Fotografías: Pilar Pérez-Fuentes.

 MG 5086Durante el último año he estado tres veces en La Habana. Desde que, en 1995, por razones de trabajo, visité la ciudad por primera vez, he regresado allí en numerosas ocasiones. He paseado sus calles y plazas, me he bañado en sus playas, mantengo en ella varios amigos. En La Habana conocí a mi actual esposa, otra enamorada de la ciudad y del país. Juntos hemos recorrido la isla, de Morón a Trinidad, de Baracoa a Viñales. Durante un tiempo, colaboré en hacer sostenible un sistema de salud del que, pese a sus carencias y defectos, los cubanos pueden sentirse orgullosos. Me gustan la música, la literatura y el cine de ese país. Y, sobre todo, me gusta la gente, vitalista, creativa, tan cercana siempre a los españoles.

Por razones bien conocidas, los cubanos y las cubanas han de dar a diario muestras de un ingenio sin límites y de una voluntad casi demente de supervivencia. Resolver, le llaman a eso. Asuntos tan sencillos como ducharse, comprar tomates, conseguir un antitérmico o desplazarse por la ciudad, suelen exigirles grandes dosis de paciencia e ingenio. Salvo que dispongan de moneda convertible, por supuesto. Pues esa es la inmediata y más evidente constatación de quien llega por primera vez: que hay dos Habanas, como hay dos Cubas: la del peso cubano (barata, escasa y de mala calidad) y la del peso convertible (cara, surtida, con calidades equiparables al primer mundo). Los cubanos viven desde hace años la forzada esquizofrenia de habitar dos universos paralelos cuya distancia material y estética puede estimarse por la tasa de cambio: un peso convertible equivale a 24-25 pesos cubanos. La representación gráfica de esa distancia podría hacerse superponiendo dos vistas panorámicas: una de Centro Habana y otra de Siboney. O comparando los artículos de Granma, el diario del Comité Central del Partido Comunista, único legal en el país, con los comentarios de la gente de la calle, incluidos los de muchos de los afiliados de base de ese mismo partido. No se requiere una gran perspicacia para adivinar cual de esos dos mundos habitan la alta dirigencia del país y sus allegados.

Sin embargo, es poco probable que el visitante extranjero gaste su tiempo leyendo Granma o viendo la monótona televisión oficial: las calles de la ciudad ofrecen un espectáculo mucho más interesante. A primera vista, el déficit de inversión es clamoroso. Últimamente, se han asfaltado algunas avenidas, hay más semáforos (chinos) en los cruces, muchas casas del Vedado están siendo rehabilitadas y convertidas en hoteles de lujo, el parque móvil (incluidos los obsoletos y atestados autobuses urbanos) se ha modernizado y las farolas iluminan varias avenidas bombillas (chinas y vietnamitas) de bajo consumo. Pareciera, no obstante, que ello apenas alcanza a reponer lo que el uso desgasta, mucho menos a compensar la brutal caída de las inversiones del llamado Periodo Especial (1991-1998). La cual vino, por cierto, a sumarse al deliberado olvido con que la Revolución obsequió desde un principio a los distritos «burgueses» (Centro Habana, El IMG 0265Vedado). Abandonados por sus antiguos propietarios, repoblados por organismos oficiales y por una población (en buena parte emigrantes del centro y el oriente de la isla) de escasa capacidad adquisitiva, las edificaciones decayeron, los parques y plazas se descuidaron, los servicios básicos de agua, luz, alcantarillado y recogida de basuras languidecieron y las reparaciones se eternizaron. En esas condiciones el voluntarioso eslogan de un CDR de Centro Habana («Socialismo es construcción») suena a sarcasmo o a broma de mal gusto.

Por si fuera poco, la supresión del mercado de viviendas (sustituido por un surrealista sistema de «permutas») eliminó cualquier incentivo para el mantenimiento a largo plazo de los inmuebles y generó una picaresca que le ha proporcionado al cine cubano algunos de sus mejores (y más ácidos) guiones. Ese mercado, junto a los negocios por cuenta propia en una lista de casi doscientas actividades (de pensiones a peluquerías, de tiendas de artesanía a pequeños restaurantes), fue reintroducido hace unos años. Los cubanos pueden ahora poseer viviendas e inmuebles… si tienen dinero para comprarlos, naturalmente. Desde 1998, la mayor parte de ese dinero proviene de cubanos del exterior y de inversores extranjeros asociados con testaferros locales.

Podría decirse que hay muchas Habanas, cada una con su historia y personalidad propias: la Habana Vieja (colonial, rehabilitada en parte por el Historiador de la Ciudad y sometida a una fuerte presión turística, incluido un reciente y depredador turismo de cruceros); Centro Habana (populosa, arruinada, descrita por novelistas como Pedro Juan Gutiérrez en Trilogía Sucia de la Habana y Vladimir Hernández en Requiem Habana o por filmes como Últimos días en La Habana de Fernando Pérez); El Vedado (de hermosos palacetes y casas ajardinadas edificadas por la burguesía republicana durante la primera mitad del siglo XX que están siendo poco a poco rehabilitadas). Y al oeste del rio Almendares: Miramar (con grandes avenidas, casas ajardinadas, y sedes de empresas), el Nuevo Vedado (una agradable zona de chalets que los taxistas conocen como el barrio de los generales); Cubanacán y Siboney (extensas zonas ajardinadas con mansiones al estilo de Miami, donde viven la dirigencia del Régimen, diplomáticos y corporaciones extranjeras). Sin olvidar duros extrarradios como Marianao, Boyeros o las ciudades-satélites de estilo soviético de los setenta y ochenta como La Habana Este.

 MG 5517Desplazarse por esta urbe de dimensiones estratosféricas exige una gran habilidad para identificar los distintos tipos de transporte público (buses de la empresa municipal, buses cooperativos, relucientes (y caros) taxis amarillos para turistas, viejos taxis para cubanos, decrépitos «almendrones» (que por lo general funcionan como taxis colectivos), moto-taxis, ciclo-taxis y autos particulares (ilegales) compiten en cada calle y cada esquina. Un mismo recorrido puede costar entre 5 céntimos y 10 (CUCS o dólares) dependiendo del vehículo, la hora y la capacidad de negociación. Los autos estadounidenses de los años cuarenta y cincuenta, muchos de los cuales, relucientes y bien conservados, ofrecen recorridos turísticos, son un rasgo característico del paisaje urbano. Como también lo son alegres grupos de escolares uniformados entrando y saliendo de las numerosas escuelas públicas de la ciudad. En La Habana no se ven «niños de la calle», ese terrible espectáculo de abandono y miseria tan común en otras grandes ciudades del mundo. La tasa de escolarización es altísima. Recién llegada de otro país del Caribe, a la esposa de un diplomático europeo le asombraba que niños y adolescentes fueran caminado o en bicicleta a colegios e institutos, e incluso regresaran solos a casa de noche, pese a la escasa iluminación, sin riesgo alguno. La Habana sigue siendo una ciudad segura. Tampoco se perciben bolsas de miseria, aunque de vez en cuando personas pobremente vestidas rebuscan en los contenedores de basura o recogen botellas usadas, y humildísimas ancianas desdentadas ofrecen mecheros o bolsitas de plástico por un peso cubano en los portales. A veces, discretamente, alguien se acerca a un turista y le pide algo para comer. En Cuba las pensiones no suelen superar los 300 pesos cubanos (unos 12-15 dólares) mensuales, y gran número de personas mayores dependen una «libreta» (lista de productos básicos subvencionada por el estado) cada vez más reducida y de sus familias para sobrevivir.
Apabullan lo abigarrado de la tipología humana y la variedad de ocupaciones. Choferes y guías turísticos, reclamos de restaurantes, albañiles y electricistas de obra pública, vendedores de maní, chicharrones y ajos pelados, susurradores oferentes de cigarros puros, jugadores de dominó y ajedrez, mecánicos callejeros, elegantes cubanos con acceso a divisas, fieles de santería vestidos de blanco, militares de verde oliva, policías en sus motos, largas filas de gente esperando las guaguas, jóvenes y menos jóvenes arracimados en las plazas con acceso a internet, vocingleros grupos de turistas gringos (en retroceso desde la llegada de Donald Trump), mulatas de generosas carnes y ceñidas licras, anunciadores de premios en loterías ilegales, madres con niños, mujeres con platos recién cocinados, hombres portando cartones de huevos, excursionistas y mochileros…  MG 5587La vida parece desarrollarse en la calle (o en portalones y patios abiertos a ella), a la vista de todos. Y alrededor de ellos, poderosas pese a la decadencia y la destrucción, se despliegan la diversidad y la riqueza de un patrimonio arquitectónico y decorativo (columnas, rejas, capiteles, ménsulas, cornucopias, metopas, escalinatas y vitrales) que, en La Ciudad de las columnas, Alejo Carpentier describió con mano maestra. Lista a la que me permitiría añadir las rehabilitadas salas de cine y estaciones de servicio de los años cuarenta y cincuenta.

Sin duda hay una Habana española entreverada de elementos afrocubanos y reminiscencias chinas; y otra de clara influencia gringa (en la arquitectura, pero, también, en ciertos giros lingüísticos o en la afición al beisbol). Existe una Habana monumental, la de las fortalezas coloniales, el Capitolio, el Gran Teatro, la plaza de la Revolución o el cementerio de Colón; y otra de plazas y calles ora recoletas, ora majestuosas y enseñoreadas por una vegetación de frondosidad inigualable. Está La Habana de los de agros de cuadra y las tiendas del estado; y, también, la de la cadena Panamericana y de unas cuantas galerías de lujo que ofrecen marcas internacionales. Existe La Habana de los micro-negocios de carrito, escalera y portal; y, también, la de los grandes hoteles, sean los tradicionales (Inglaterra, Sevilla, Nacional, Capri, Habana Libre, Meliá-Cohiba o Riviera), o los nuevos como el recién inaugurado Kempinski, en pleno Parque Central, al que pronto se sumarán otros dos al final de Prado, frente a la fortaleza de la Cabaña y la bocana del puerto. Hay una Habana de iglesias, párrocos y obispos; y otra, menos ostensible y más diseminada, de babalaos y locales de santería. Existe La Habana de los museos (entre ellos el Museo Nacional con sus magníficas colecciones de Wilfredo Lam y de Portocarrero), y la de las pequeñas galerías de arte y las ferias y mercados de artesanía. Existe La Habana de los exilados republicanos (el doctor Pittaluga, María Zambrano, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, Rafael Alberti y María Teresa León, entre otros), y La Habana de los debates y conferencias literarias, de las presentaciones de libros en la UNIAC, la Casa de las Américas, el centro Dulce María Loynaz o la Casa del Alba. Está la Habana de los certámenes de cine, las salas de conciertos y los festivales de música; y también la más recogida de los pequeños clubes de jazz, de música cubana o de salsa, que incluye asimismo aquellos lugares, variables, inciertos, donde acuden a «descargar» de forma más o menos espontánea, los mejores músicos de la ciudad. Pues uno de los rasgos de esta urbe multiforme, contradictoria, proteica, es su intensa vida cultural, en general de buena calidad y a menudo gratuita. Por supuesto, existe La Habana del Malecón, esa larga avenida costera, a un tiempo vía de comunicación y lugar de encuentro, a la que el Atlántico, según su variable humor, contempla, acaricia o golpea, y cuyos súbitos amaneceres e inacabables ocasos, bien valen por todo un viaje. Y, digan lo que digan, sigue existiendo la Habana de la profunda solidaridad vecinal ante las adversidades se presenten en forma de huracán, de apagones o de falta de papel higiénico.

 MG 5311Porque La Habana son todas esas Habanas, y muchas más que el paseante atisba con solo posar la mirada en cierto edificio o en determinado patio interior, pero a las que esa mezcla de pudor y prisa que define al viajero moderno le dificulta acceder, cualquier reseña de la ciudad ha de ser, por fuerza, incompleta: poco más que un boceto o un croquis. Para hacer justicia a una ciudad donde, entre otras cosas, es posible comer churros tan buenos como los de Madrid o amanecer con el canto de los gallos, haría falta algo distinto: una suerte de hipertexto en el que cada palabra, cada término, pudiera abrirse y dar entrada, como si de un video-juego interactivo se tratase, a una sucesión de universos independientes y conectados.

Cincuenta y nueve años después, La Habana, como el resto de Cuba, afronta una difícil transición. La generación de la Sierra Maestra se dispone a entregar el relevo lo cual generará, sin duda, dificultades y tensiones. Desde el vecino del norte llegan nuevos vientos desfavorables. Además de endurecer los requisitos a los estadounidenses que desean viajar a Cuba, la administración Trump ha cerrado la oficina consular de su embajada. Para viajar a Estados Unidos, los cubanos deben solicitar el visado… ¡en Bogotá! Por su parte, la Unión Europea, tras veinte años de infeliz desencuentro, acaba de abrir una nueva y prometedora etapa de relación con la isla. Escribo estas líneas a mediados de diciembre, tras la amplia cristalera del hotel Riviera, frente a un mar plateado sobre el que se derrama una luz cristalina y leve que me recuerda a la que, hace años, contemplé desde otra orilla del mismo océano, en la bahía de Cádiz. Mañana dejaré el país y regresaré a España. El futuro no está escrito. Los habaneros y el resto de los cubanos se esfuerzan por escribir el suyo. Solo puedo desearles que 2018 les traiga una vida mejor, es decir, más prosperidad y más democracia.

 
 
 
 

Pilar Pérez-Fuentes

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